A veces la vida pasa muy despacio para mí
y soy capaz de mirar
cómo se mueve el tiempo a mi alrededor.
Y a veces consigo meterme en cada segundo
y desde él mirar lo que puede sucederme:
adivinar, presentir.
Una sensación de calma envuelve mi cuerpo
y mi alma: me estremece.
A veces le tengo miedo al mundo:
camino por él, si, me muevo,
pero no soy consciente que camino:
me detengo, medito…
y no me canso de meditar.
Hoy recojo ese niño que aún está sorprendido,
asustado
y le enseño el universo que hay a mi alrededor.
Y pongo en su boca palabras que dije yo, hace ya tiempo.
Y sé que las recuerda.
A veces sólo el tiempo pasa por mí…
callado, ausente;
pero mi niño y yo llenamos el universo.


Hermosa dualidad digna de corazones bicéfalos (druida de doble personalidad).
ResponderSuprimirlobezno
Aunque es un tema que ya has tratado otras veces, recurrente pero esencial, aquí le aportas un aire místico de serenidad encontrada. Me agrada que tu "niño y tú" sigáis juntos.
ResponderSuprimirEs cierto, Raúl, es quizás innato en muchos poetas tocar pensamientos ya tocados anteriormente, pero a través de ello también están señalando un cierto nivel de evolución, primero a sí mismos pues se convierte en caminar hacia adelante y segundo como una manera de adentrarse interiormente y, desde ahí, afrontar una especie de reconversión. Muchas veces pensaba: debo dejar de ser niño para ser el hombre, para madurar... debo dejar de tener reacciones de niño; pero no es así, él te condujo al ser que eres hoy. Un niño siempre aporta inocencia y verdad
ResponderSuprimirLobezno, el hombre y el niño están unidos siempre, aunque las palabras que se pronuncien intenten decir lo contrario. El hombre y el niño se aportan uno al otro la comprensión y la verdad necesaria para afrontar la vida: la pureza y la emoción, la espiritualidad y el camino... ahí el hombre y el niño se reencuentran y caminan juntos
ResponderSuprimir