CROSSWORDS

CROSSWORDS
Con estas palabras os doy la bienvenida y mi mayor agradecimiento a vosotros que sois los que hacéis posible que este blog se mantenga activo y vaya renovándolo cada poco tiempo. Mi deseo es que el contenido de este blog os aporte diferentes emociones y sentimientos. Un abrazo cariñoso también a todos los que estáis ahí y formáis parte de esta poesía y a todos los que quieren también formar parte de ella, a las nuevas incorporaciones: un abrazo de bienvenida a todos ellos



sábado, 15 de octubre de 2011

Además, había como algo en mí, como una pequeña ilusión

 Además, había como algo en mí, como una pequeña ilusión

que me impulsaba a desarrollar mi vida y estaba clarísimo que yo la acogería a ella antes que a otra realidad. Aquellas palabras sin apenas valor debían ser palabras perdidas y yo me sentía con una cierta responsabilidad para volver a llenarlas y volverlas a su cauce normal. Ya me viera conocer capullo y eran espantosas sus consecuencias.
  Esto no hacía más que caldear el fuego entre mis padres y yo. Además, parecía como si toda la realidad quisiera ayudarles a cargar sobre mí. Me sentía un poco más solo. ¿Y todos los ratos felices con ellos?: no volverían a ser lo mismo. No pasaba del todo, sino a veces un poquito, porque me dolía mucho más no encontrarme sin una respuesta convincente llevada a mis labios. Me empezaba a sentir dentro de mi plenitud un poco más vacío por no saber responderles. El silencio debía ser la mejor respuesta, si, y muchos me lo querían decir así, pero el silencio también tenía lugar para la duda y llegado a ese punto no sabía qué hacer.
  Pily me mandaba algunos poemas suyos y me gustaban porque también en ellos se reflejaba la inocencia de un corazón. Su sonrisa podía decirme mucho más: en ella también estaban escritos todos aquellos sentimientos. Era un tipo de poema especial, como ella, no sé por qué pero había algo en ella que luchaba por formar pronto parte mía. Y aquella idea de pasar un poco de la realidad debía ponerla pronto en práctica porque todos aquellos poemas me recordaban algunos míos y a la vez querían unirse a otros más bellos para entre todos, todos juntos a la vez, unirse a mí para conquistar nuestra esperanza. y eso era tal vez un poco extraño, porque aquello al principio no me había gustado mucho, pero en cuanto había levantado la vista del papel y empezado a afrontar de nuevo la realidad, había comprendido que estaba naciendo algo nuevo en mí, un sentimiento desconocido y cada vez necesitaba más de ellos.
  Muchas veces me había preguntado quién era Pily, por qué había querido la eternidad que se me presentase ahora de repente como esa estrella en mi ventana y penetrase tan profundamente en mi corazón como cruzando toda mi esperanza. Por qué había sido Pily y no Pepi o Rocío o Teresa o cualquier amiga más. No, no había respuesta: todas estaban esperándole. Ellas sí sabían quién les iba a seguir.
  Amiga, perdóname. A veces me hago ilusiones sin querer o incluso sin estar convencido. Muchas de ellas soy yo mismo quien las desecho porque no quiero que convivan conmigo. Otras siento que soy todavía demasiado indefenso para echarlas de mí. sólo me gustaría escuchar de tus labios esa hermosa palabra de amistad: te quiero, te sigo queriendo… y que tengas un poco de paciencia conmigo. Sé que soy un latoso, un pesado aunque no quiera, pero solamente una sonrisa puede liberarme: una sonrisa y una palabra sincera, como tú ayer. Y comprendas que a veces necesito ser así.
  Pero seguía existiendo la rebelión contra mis padres: yo también tenía que pasar un poco de ella. Sin embargo no podía ser así porque me había volcado en ellos y todo esto significaba mucho más que la vida, mucho más que la verdad. Yo les quería, si hay amor no puede haber incomprensión posible. La soledad en que me encontraba entonces era horrorosa: sólo por aquellas amigas podía resistir.
  Les seguía haciendo la cama a mis hermanos. No obstante a veces me enfadaba con alguno y entonces pensaba que le hacía un  gran favor haciéndosela. Cuando me enfadaba me volvía distinto y no la quería hacer… pero muchas veces al día siguiente me decía: "¿por qué no?: aquello fue una seña, si, pero se quedó impresa en el pasado. Ahora ya todo es distinto. Mira, la música contigo, todas las melodías que un día le hicieron soñar y las estrellas en el cielo. Vamos a hacérsela, no te enfades ahora"… y se la hacía.
  No me importaba que ella no viese el por qué: había descubierto que era mucho más bonito saborearlo uno consigo mismo y darlo a compartir después en los más bellos y encantadores poemas, poemas sencillos que le llegasen a todo el mundo.  
   En la carta que le escribí a Pily le decía que mi madre cuando subía de la tienda solía venir preocupada por algo, y cuando no lo encontraba aquí y por cualquier razón se podía desahogar conmigo. A mí me gustaba que lo hiciese de esa manera pues significaba al menos para mí que había algo para lo que pudiese servir. Y me gustaba, aunque también me ofendiese. Ella no tenía por qué estar preocupada y yo me consideraba un poco parte de su vida. Mi padre cuando llegaba por la noche lo podía hacer con todos. Yo tal vez lo notaba un poco más a mi manera porque me veía como el más inútil. En verdad sin trabajo, sin ánimo alguno… ¿quién era yo?: a mí me gustaba ser así, pero ¿con quién lo hacía?. También yo tenía derecho a desahogarme: esa respuesta apareció en un primer momento.
  En esta carta ya a punto de mandársela, no quería dejársela con aquellas pocas hojas. Además, lo que más me había aniñado era que había escrito en ese momento un poema y me había gustado mucho. También hablaba de la idea de mi depresión, pero con un toque especial porque sentía que me definía muy bien esa idea de pasar, concentraba de una manera fantástica su significado y sin coger detalles de los anteriores poemas. Además, también detallaba este otro concepto de necesidad. Y se lo escribí.
  Cuando se la mandé  me encontré que había descubierto la verdadera razón de todos mis actos: esa necesidad de desahogo. Por esa razón escribía poemas… porque mi amor necesitaba olvidar sobre un papel los momentos tristes y vivir los felices: por esa razón tenía las cartas y tantas amigas y daba un beso y quería sentirme querido. Tantas preguntas entregadas al vacío por ser sendas o al silencio por ser sendas… ahora podrían volver a mis labios porque ya había encontrado esa respuesta.
  Y comencé a concluir muchas etapas en mi vida: había sido el tiempo en que me había enseñado esa respuesta el velador de mis sueños, el guardián de todas mis pisadas. Alguien me dijo que lo considerara como traidor porque no le lo había enseñado antes… así podría responderle a todas mis dudas que tanto me esclavizaban por momentos. No, no era verdad, yo no tenía por qué pensar eso y ella bien sabía por qué. Antes no estaba preparado  para afrontarla y ahora poseía muchas más amigas a quienes poder comunicar mi nuevo descubrimiento. Y todas se sentirían un poco más felices.
  ¿Quién mejor que Pily para mostrarme ese hallazgo: ella me había conducido a él. Tenía necesidad de agradecérselo a alguien, pero la verdad es que no sabía a quién: agradecérselo a todo el universo a través de ella. Unos días antes me había mandado un poema: era especial lo que en él me decía.
  A partir de ahora ya cambiarán mis amigas un poco, ya podrían cambiar… porque lo primero que yo haría sería enseñarles mi nuevo descubrimiento… para muchas sé que eso sería como retenerlas más junto a mí. Bueno, a eso no quiero responder, pues sería como volverme a hacer un lío. Pero sé que la idea de retenerles jamás había pasado por mi mente: es ahora la primera vez que las escucho. No es parte de una eternidad el someter: así Inter.`retado vendría a ser como un sometimiento.
  La mejor idea era pasar. No quería, me resistía a quererlo así, pero debía ser lo más acertado. Me parecía dar la razón a tantos y tantos pasotas… que no lo entendía. El hablar en voz baja pasó a ser para mí una parte fundamental.
  Un día en Navidad estaba sentado en la mesa con mis hermanos y no sé qué pasó entre mi hermana y mi padre. Ella se enfureció un poco y comentó entre dientes: "Hay que pasar un poco". No sé, pero aquello me gustó. Aquello en parte quería decir que yo no estaba muy equivocado al tener esa decisión. Pero nunca comprendí por qué ellos eran de esa forma. Tal vez yo estaba equivocado, quizás lo único que había aprendido ser importante era tener un trabajo, tener alguien que te quiera y te anime y caer bien en cualquier parte estando casi siempre rodeado de personas y sintiéndose cuidado por alguna forma por ellos: justo lo que yo no había conseguido jamás.
  Ellos sí, ¿porqué iban a estarlo entonces?. No entendía el por qué, pero yo solamente me había quedado con aquellas palabras.
  Por esos días yo estaba muy alterado. Se repetían las veces en que mi madre se disgustaba conmigo y yo, viéndola así, me desesperaba mucho más porque no sabía qué decirme. Casi siempre desembocaba en una misma idea: "tú estás recogiendo- decía entre dientes- justamente lo que has sembrado, lo que has venido sembrando en estos días". Yo no soy más que el producto de lo que tú has edificado. Jo, tú bien sabes que no me gusta estar así porque pasar de ti para mi alma sería como ir agonizando lentamente. Me desespero porque me veo incapaz de descubrir esa fórmula que me una de una vez. Tanto como mi vida ha ido descubriendo con el paso de los años… y llegas tú ahora y yo no sé encontrar esa respuesta esencial. Me haces sentir como un desgraciado,  como un desviado de la vida. Me haces sentir como si todo lo que he ido descubriendo, todo lo que ha sido capaz de sostener una vida… fuese polvo. Si, polvo, porque toda mi vida es sólo eso. Siento que los sueños se van a desvanecer.
  Varias veces recuerdo que tuve la intención de explicarle nuestra diferencia por carta, pero siempre me daba un poco de miedo al final y no lo hacía. Pensaba también aprovechar los momentos que estaba sólo con ella, pero también me encontraba con algo inoportuno… Al final me decía que no lo haría, pero incluso eso me desilusionada: debía esperar y luchar por seguir cambiando.
  Me dolía, si, me dolía todo lo que se presentase ante mí. era como una semejanza a lo que la eternidad me presentara después… y no todo podía ser así. Me dolía pasar sobre todo, hubiera podido ser ella quien me había vuelto rebelde. Yo jamás había concebido ser para ella de esta forma: me dolía especialmente porque no le veía capaz de hacerme daño ni aún queriéndomelo hacer. Muchas veces le había oído quejarse de la vida… no sé por qué, pero ésa la mayor de las llagas que podían atravesarme. Como un corazón que vertía continuamente sangre a su alrededor y estaba cada vez más próximo de llegar a su fin aunque no lo quisiera. Y los peor de todo es que tampoco sabía qué hacer.
  Por esa razón, por no saber contra quién pelearme, porque veía perderse el más valiente ánimo de mi vida, había perdido mi verdadera forma de ser y hasta quería rebelarme contra el mismo destino…. No podía haber cosas imposibles para mí: yo necesitaba encontrarla, aunque tardase toda una vida en sui búsqueda. Y aunque yo no tuviera ninguna posibilidad de volver a hablar con ella, de volver a entenderme con ella… yo quería cambiar va partir de hoy todo mi horizonte porque también lo necesitaba y así, que también sería un poco a mi manera, demostrarle en lo que pudiera un cierto agradecimiento por darme la vida y darle un poco más de amor.
  La verdad es que esta decisión mía iba enrareciéndose cada vez más. Sentía muchas veces como la misma realidad opuesta a esta manera de actuar…
  Lo que más me animaba a seguir insistiendo era el pensar, sabiéndolo con certeza, que a finales de año iba a haber una convivencia en Tuy y allí podría ver de nuevo a todas mis amigas y sobre todas a Pily. Y yo acudiría a ella deseando hallar una solución a todo aquel problema, tal vez la más rápida posible. También allí podría hablar con algún sacerdote de todo aquello que me pudiese ayudar: solamente aquél era el principal  para mí y necesitaba una respuesta a todas mis preguntas… todas ellas eran de carne y hueso y por lo tanto buscaba una respuesta de igual medida. Ir… sabía que iría seguro. Cuando llegué a la convivencia me di cuenta que no había ido Pily: aquello reconozco que me deprimió un poquito, pero sólo fue al principio. Porque a Pily la tenía muy cerca de mi casa y de mí también. Y aunque me pusiera un poco triste, en el fondo era sólo un momento y no me preocupaba mucho, a veces me gustaba estar: también veía felicidad en él. Me gustaba que ella fuese así conmigo porque iba fundiéndome, a veces incluso llegaba hasta sus últimas consecuencias como en aquel día, pero era también cierto que la felicidad me esperaba en cualquier sitio. Y entonces sentía como un sabor más eterno y profundo. Pero aquello no era para ponerse así: si hubiera ido Pily seguramente me habría volcado más en ella y dejado a un rincón la necesidad de tener amigas. Y yo necesitaba tener más y más. Así que también allí estaba ella.
  Pronto conocí a tres chiquitas y les vi amigas ya desde un primer momento. Eran también casi fantásticas.
  Al día siguiente fui a hablar con don José Carvajal sobre el tema que me había llevado allí. Un momento antes había leído una especie de cuentecillo y yo casi llorando había sacado de él como una moraleja. No sé lo que era, era como una enseñanza, pero yo la había escrito casi llorando. Decía: "No se puede ya mejorar el pasado, creo que es mejor reparar el presente y proyectar un nuevo futuro".
  Después fui a hablar con él: quería aclarar un poco esa situación. Le conté que una semanas antes había estado hablando con un sacerdote salesiano sobre aquel problema… y que me había tranquilizado mucho. Me dijo que ese problema sí que era doloroso porque afectaba más a toda la familia. Que no debía irritarme, porque era cuando ellos se daban más la razón… y que lo tomara todo con más tranquilidad.  Después le conté un enfado que había tenido con ella: estaba en el fallado, donde tenía las cosas y los artilugios de planchar. Yo no sé por qué entré allí ni qué periodo del día era, aunque me parecía que por la mañana. Entonces ella me preguntó por los animales y yo me retiré de allí y me quise tranquilizar buscando otra cosa. Noté como si me estuviera atacando para irritarme y yo me debía mantener en calma. Le respondí de mala gana, como cansado de que siempre estuviera con lo mismo. Y me marché… pero al marcharme sentí algo que me decía que había hecho mal: la verdadera respuesta es que no quedaba conforme con aquel episodio. Mi tía tiene un campo al lado del nuestro y me había dejado ir a coger hierba para los conejos… y a mí cada vez  me gustaba más ir porque me mantenía alejado por un rato de mi madre. Pero aquello tampoco me convencía mucho. Le conté también la idea que había tenido de escribirle una carta y mi temor al final…
  Me tranquilizó. Me dijo que ante todo no me irritase. La idea de la carta le pareció fantástica: me pidió que no la dejase escapar. Ahí podría estar la mejor solución.
  Y salí de la convivencia dispuesto a hacerlo.
  Desde aquella convivencia yo necesitaba hablar de eso: una necesidad tan grande que parecía impulsada por la vida misma. Hablar de toda aquella esperanza… ya iba creciendo, me gustaba pensar que cada vez estaba más cerca.
  No sé si fue aquella tarde o después que fui por casa de Isabel y hablé con su hijo. Él me dijo que parecía tonto, que la esperanza es lo último que se pierde, que todavía no me podía sentir derrotado. Entonces le conté aquel episodio del viaje a Fátima: lo mal que me sentí. Nadie podía entender lo que yo decía a través de él. Ella me conocía, al menos eso era lo que decía siempre; entonces, ¿por qué no entendía?. Algo estaba mal ahí… y yo en ese poema quería convencerme de eso mismo, quería animarme. Y lo había sentido de polvo. Le conté lo que allí había llorado: tal vez un poquito. Sin embargo él veía cada vez más cerca esa esperanza: a mí me reconfortaba pensarlo así.
  Ya había cambiado. Bastaba únicamente una palabra para cruzar este aire y yo la tenía en mis labios. Don José me había dicho que pese a todo no dejase de escribir: era mi mayor desahogo. Todos vivían problemas semejantes, pero yo tenía, al menos él lo veía así, el don de expresarlos de una forma sugestiva y bella. ¡Qué no la alejase jamás de mí!.
  Desperté aquel día con el deseo de rebelarme contra la realidad y terminar con aquel mal sueño. Pero no pude, soledad, tú bien sabes que no pude: parecían haberse guardado todos los disgustos para aquel día… se empezó a derrumbar toda aquella ilusión hasta desprenderse en el vacío. Me dolió, tú bien sabes que me dio el mayor miedo de toda la eternidad. Y escribí este poema.             
  Nos van a llevar a Vigo a ver a Quico en el hospital. Estamos todos en la verja esperando el coche (Malena y yo), mamá está arreglándose y Nacho fue a un primer viaje a Ramallosa a dar un recado de parte de mi madre. Yo estoy impaciente para decirle que cuando me pilló a mí él coche también se me hinchó la cara. Por las primeras noticias de mi madre Quico tiene hinchada la cara:                                                                                                                  eso me lleva a pensar que el hinchazón de la cara es a causa del tropezón del coche.
  Por el camino fui pensando en todo esto, no podía pensar en otra cosa. Cuando llegamos estaba el coche de papá allí y en una ventana vi a una chica o mujer y le pregunté a mamá si aquélla era Mariora. Cuando entramos en la habitación había un pequeño pasillo y un pequeño cuarto de baño. Cuando llegué al cuarto había dos camas: en la de más al fondo estaba Quico, parecía dormido. Tenía una mancha de sangre por debajo de la mandíbula y otra sobre la ceja derecha un poco inclinada hacia arriba. Yo me quedé mirando un rato largo para él, porque recordaba las veces que le había chillado yo y ahora… tan calladito y silencioso. Ahora me dolían todas las veces en que yo le había gritado. Y también pensaba en la que él y yo habíamos reído o hecho reír.  
Bueno, me dolía principalmente porque él había sido de los tres hermanos más que tengo, quien más había hablado conmigo y aunque tenía algunos momentos malos de riñas yo le perdonaba. Toda una vida pasó por mi cabeza en esos momentos.        
  Mi hermana le dijo a mi madre que había llamado Ana y que pedía hablar con Quico, aunque así no iba a poder… de todas formas habó un poco. Después llamaron por teléfono: era nuestra prima Chichita, hija de la tía Mª Esther.
  Estuvo un rato hablando con ella. Había un sillón pegado a la pared que parecía muy cómodo sentado en él. Papá estaba sentado en él. Mi hermana mayor un poco más adelante estaba también sentada. A la altura de la media cama había un aparato de metal que tenía una bola de cristal en la parte más alta. De esa bola pendía un cordón que se extendía sobre la cama. Él tenía una mano, la derecha, sobre la cama, que dejaba ver el hombro; el otro estaba cubierto.
  Dijo mi padre que varias veces habían ido a tomarle la tensión y que la última había sido hace un momento. Entonces dijo mi hermana que la habían notado 12 de tensión.
  Un poco después todos estaban hablando cuando de repente Quico empezó a mover los dedos. Yo me admiré y le avisé a mamá, pero ella no me escuchó. Se oía muy fuerte la respiración de mi hermano. Mi padre dijo que sería mejor que se fuese  conmigo y con mi hermana pequeña a pasear al Castro, pero yo le dije que no quería. Entonces mi hermano abrió los ojos poco a poco. En ese momento me pasó un escalofrío por el cuerpo. Entonces Quico levantó un brazo. Mi madre se lo cogió y le dijo que se estuviera quieto porque eso le dolía mucho. Quico le dijo:
-          Me siento mal. Me siento mal. Hace un rato me encontraba como en un paraíso y ahora me siento mal.
  Después de un rato intentó mover el otro brazo que tenía bajo las sábanas. Mi padre que estaba de ese lado se lo detuvo y le dijo que se estuviera callado porque así iban a ser tres meses.
-          ¿Tanto?- dijo él.
  En mi mente hay un pequeño transcurso de tiempo que no sé lo que pasó.
  Mi hermana pequeña dijo si sacábamos el turrón que habíamos traído para darle un poco a Quico. Alguien se acercó al armario que había en la otra esquina y sacó una bolsa que habíamos traído de Ramallosa y la dejó encima de la cama. Después Quico empezó a temblar. La pierna la tenía estirada. Mi madre llamó por la alarma a la enfermera. Yo me asusté. Entonces mi padre nos dijo que saliéramos y salimos. Ya fuera yo estaba impaciente por que viniera la enfermera y en aquellos momentos de tensión hasta me parece que solté algún taco.
  El pasillo no era muy largo. A la derecha de la habitación según se mira para ella había un espacio amplio y unas escaleras. Bajó un chico y yo le saludé. Pero después subieron dos o tres personas a las que no me acordé de saludar. Del fondo del pasillo aparecieron dos enfermeras. Una de ellas preguntó si había sido allí donde habían llamado. No sé si fue ella que lo preguntó o mi hermana que lo dijo.
-          Una para esta habitación- dijo ella.
  Me pareció un poco antipático así, pero lo dejé. Una enfermera, que se llamaba Olga se acercó y entró allí. Mi padre me dijo entonces que me fuera para casa de los abuelos. Por el camino iba mareado y con un odio conmigo que rompería lo que se me hubiese puesto delante. Hasta cerré el puño pensando eso. Me fui apurado para la casa de mi tía. Cuando fui a salir del hospital le pregunté a la portera:
-          Olga… esa enfermera: Olga… ¿trabajó antes en la Cruz Roja?
-          No, no…
-          ¡Ah!, nada… era una simple pregunta.
  Salí por la puerta vacilante y cerré la puerta.
  Iba muy triste por el camino. Cuando llegué a casa de los abuelos subí los cuatro pisos a todo correr. Cuando entré les di un beso y esperé hablando con ellos. Ahora sólo pasaba una tuna por la calle y le pregunté a la abuela si era igual que la tuna que formaba mi padre. Me la explicó.



I  ¿Escribir?. No sé por qué…
pero pienso que siempre ha sido lo mío. Cuando me decían mis amigas, algunas de ellas, que estaban escribiendo un diario, pensaba yo: "¡Qué suerte!. Poder escribir en los momentos de tristeza". Y me conformaba con escribir algunos poemas a veces. Al principio escribía bastantes, supongo que, entonces, me distraía mucho más de otras preocupaciones; seguirían existiendo, pero ya de otra manera. Me había animado, sobre todo, ese algo por lo que luchar.
Pero bueno, no quiero hacer de todo esto un diario, porque supongo que es muy monótono el ir escribiendo día a día. Ahora que estoy trabajando en estos mimbres y barnizando en el fallado, aprovecharé a veces para subir y escribir un poco. No podría citar a todas las amigas que tengo, pero sí me gustaría recordar algunas. No sé por qué soy así, pienso que la vida se me pone cuesta arriba, y sigo como siempre. No, nada de tonto, baboso o el inútil de siempre: eso es lo que supone mi mayor condena. Pienso que sigo queriendo a mi madre por encima de todo, aunque sólo sea inconscientemente. Pero es algo que sigue tirando de mí. Lo peor del caso, es que ya crearon hábito en mí muchas de las cosas que antes hacía por ella. Así también lo empecé a hacer yo. Bueno, ya estoy con el mismo rollo de siempre. No, no es así.
En esto me ayudaron mucho las amigas. La primera que tuve, si, me acuerdo de ella, se llamaba Isabel y era de Cangas. Se casó, lo sentí; pero bueno, empecé a aceptarlo como parte de la vida. Además de Pily, era maravillosa Ana. Con ella descubrí miles de cosas, aunque esté esperando un beso todavía. Bueno, ella fue quien me explicó la razón por lo que tanto discutía con Malena. Le quería explicar mi punto de vista sobre los padres, y di en el clavo. Creo que a veces me doy cuenta de muchas cosas antes de que lo sepan mis padres; mi madre, sobre todo, que es con la que hablo más. Y eso mismo que le había contado a Ana, lo vi en otras palabras hablando Quico con mi madre. Él le dijo que Malena ya está empezando a hacerse una pollita.
No sé si ella se daría cuenta de lo que sucedió en aquel silencio, aunque fuese pequeño. Me acordé de Ana. Tengo sus cartas, no sé cuántas veces las habré leído ya. Me gusta Ana, aunque creo que la razón por la que no pienso en algo más, es porque las veo a todas demasiado guapas para mí. Nunca sé qué contestar cuando me preguntan cuestiones como ésa. La verdad es que no sé qué es eso, porque me gusta más el vivir por detalles, los detalles felices que me dan todas ellas. Por eso me gusta ir al baile los domingos. Creo que ahora no sabría dejarlo, aunque creo que es malo ir tantas veces, porque hay muchas a las que puedes ver todos los domingos, y no sé qué pensarán de mí. Pero bueno, eso no me importa, ya me voy separando de ellas. Ana, la chica que me enseñó a bailar, me animó mucho, y me gusta sentirla allí, aunque creo que le estoy empezando a caer pesado. Allí sí que me gusta recordar a Loli, tenía detalles realmente encantadores y, a pesar de que tiene ligue, sigue bailando. Eso me encanta. Me molestaría que no fuese sincera, pero no tengo que preocuparme por eso, porque lo es. Otra, en su lugar, ya me hubiera echado a patadas. Tiene detalles maravillosos, como cogerse de mi brazo como una pareja, o esa sonrisa, o ese "¡Es broma, hombre!". Si, es broma, no lo dice en serio. O bailar muchas seguidas. Muchas veces me vuelvo a preguntar por qué no soy un latazo para ella. Teresa y Julia, las dos Antonianas. Teresa me da un beso todos los domingos. Me gusta cuando dicen ellas que no se casarán hasta dentro de varios años, o tal vez nunca.

Pero el mayor problema sigue siendo cuando sube mi madre del pueblo. Era más fácil cuando estaba solo en casa, porque tenía miles de tareas por hacer. Ahora cuando llega, a veces me pilla en la habitación porque Quico me ha llamado o porque estoy terminando una cama. Y lo peor es cómo se pone. Se enfada, puede que tenga razón, como eso que dice de que huele mal la habitación (no puedo estar lavándome a todas horas), pero me gustaría que supiese el cómo me pongo yo en esos instantes. “Se ponen a andar”- dice ella, y se queda tan tranquila. Pero no es sólo eso.
Me gustó mucho cuando me dijo Quico un día: “Así se pone siempre”. Bueno, eso fue lo que más me ayudó a que ahora esté más tranquilo y, aunque sea despacio, note el ir a menos ese estado nervioso. Creo que acertó la hermana Genma cuando me escribió aquel análisis. Quico, sé que un día lo vio, y me dijo que era una bobada, pero yo creo que también lo entendió un poco. Fue él el único que me vio llorar un día en que me enfadé con mi madre. Lo que me da más rabia es que todos esos enfados no harían falta si hubiera un poco más de diálogo entre nosotros. Supongo que se lo diré un día que se enfade conmigo, porque el detalle en que ella calló y me llamó más la atención, fue aquél en que estaba un sábado mi padre, ella y yo viendo la televisión después de comer. Yo salí a cortar hierba para los conejos y, un rato después, se plantó un señor en el portal llamando por ella. Fui a ver, primero pensé que sería a pedir, algo que le da mucha rabia, el señor insistía en que quería hablar con ella para algo de pintar una casa en Playa América. Lo que pensé en aquellos instantes fue: “Si, ya. Tienen tantos trucos los que quieren pedir”. Bueno, no me parece. Pero el caso es que ella está durmiendo. Tal vez le haga un favor si le digo que venga más tarde. Sé que se levantará ella, y habrá alguna razón para echarme la bronca, pero creo que esto no debe impedirme el que lo haga yo por ella. Puede ser que no me lo agradezca, pero sé que tú si.

Y así lo hice. Le dije que viniera más tarde. Después, cuando a ella le encontré de pie, se lo dije. Pues se enfadó. Me dijo que era un señor sin trabajo al que ella le iba a decir esa casa para pintar o algo parecido en la playa. Y descargó todo. Creo que el mayor impedimento que tengo es el miedo que me da hablando con ellos. Me quedo callado, y ahí ya estoy perdido. Hasta que le dije, en medio de lo que gritaba ella y gritaba, que lo había hecho por ella y me había parecido bien. Ahí se calló y se fue. Más tarde me dijo dónde vivía el señor y que le fuera a avisar. Desde hace tiempo, me duele el gritar con ella, o el mandarla a freír churros, el no hacerle casi y, sobre todo, el mandarla a la mierda, es algo que no debería existir, pero pienso que es algo que lo necesito para no volverme loco.
Me da mucha rabia, porque a partir de cuando me dijo la hermana Genma que era a mí al hijo que más querían porque me veían más indefenso, ya lo empecé a notar más claramente en ella, aunque se enfrentara la presencia de Malena. Y sé que las discusiones con Malena iban a acabarse un día (a veces, deseé que le salieran las cosas mal, algo de lo que me arrepentía más tarde, y no quiero volver a pasar). Pero Malena me estaba separando de ella, y eso era más difícil de concebir. Otras veces, cuando mi madre estaba tranquila y se acercaba a mí, sobre todo para quitarme pulgas, era lo que más le entretenía, aunque también se mostrase un poco preocupada por eso, entonces veía que ella seguía queriéndome a mí tal y como me lo había dicho Gemma. Pero era una duda mayor, porque contraponía muchas cosas conmigo, a mí me gustaría explicarle todas, pero a tal había llegado mi ceguera, que cuando ella se enfadaba, una pregunta que no tenía respuesta, y yo ya no veía tener derecho a vivir. No sé, pienso que soy muy irregular.
Me quedó más en la mente una pregunta que me hice cuando ella, discutiendo conmigo, me dijo que los hijos también deben perdonar a los padres porque ellos también eran humanos y tenían sus errores. ¿Por qué?. Siempre decían que era palabra de Dios, y todo eso iba a misa. Yo creía en ellos, confiaba plenamente en todo lo que me decían, volcándome, así llegaría a comprender mejor las cosas. Hasta que un día vi que se equivocaban, y ahora me decían todo eso.

¿Por qué yo estaba hecho un mar de dudas?. ¿Habría sentido para esperar un empezar de nuevo?. Así era, y así lo hice. Pero, ¿y todo el periodo anterior?, ¿y todos los enfados?, ¿y todas las preocupaciones?. Aquello me parecía tiempo perdido, lo que tanto era objeto de quejas por parte de mi madre. Me molestaba lo que llamaba tiempo perdido para mí. El estar escribiendo o, simplemente, pensando. Me daba rabia el que, por ella misma, no viese la parte buena de todo ello. Podía decírsela, pero odiaba decirle cualquier cosa cuando estaba así, enfadada, porque era como si le doliese más. No estaba conforme con ser de esta forma, pero ¿qué más podía hacer?. Echaba de menos el diálogo, ahora me iba haciendo más falta que nunca. ¿Qué había pasado conmigo?, ¿por qué discutía tanto?, ¿era un niño?, ¿por qué siendo niño me hacía preguntas de una persona mayor?.
Muchas veces me pregunto si será necesario hacerme tantas preguntas, cualquier otro puede vivir la vida sin preocupaciones ¿por qué yo no?. Sin embargo, cada vez siento que me resulta más imposible desembarazarme de todas ellas. Los primeros días, creía completamente en la confianza, y era demasiado inocente. Cuando hablaba con otras personas y les decía si tenía o no razón, no buscaba la intención de decir cosas de mi madre. No conocía el que la gente se divirtiese hablando de los demás. Yo sólo lo hacía porque eran mis amigos, todos eran mis amigos, el mundo era un universo de hermanos y confiaba en ellos. Sólo quería que me ayudasen a luchar por la vida. Ella era algo hermoso, lo había descubierto en el primer poema. Muchas veces, pienso si algún día podrá cambiar todo eso. Hoy, por ejemplo, es miércoles y vinieron Isabel y Palmira. Nunca busqué nada malo al hablar con Isabel. No sé al principio cómo fue, pero lo que más me llama la atención de ella, es que tiene algunos detalles que me encantan. Hace unos días, cuando estaba el camino que está frente al pozo lleno de hierba, vi a mi padre intentando cortarla. No lo hacía bien, dejaba salir un trozo del suelo. El año pasado fui yo quien la cortó con la azada, a ras del suelo, pero buscando la raíz de la hierba con el fin de que no volviera a crecer. Me quedó muy bien, y este año también lo pensaba hacer yo, el caso creo que era que me asustaba ver una hierba tan alta. Me dio rabia ver a mi padre, lo primero que pensé fue que lo hacía para echármelo luego en cara, yo había oído de él muchas veces palabras como “tonto”, “inútil”, “baboso”, y algunas otras. Pero ésas sobre todo, ya no sabía qué pensar. Me quedaba callado, y eso era lo peor, me daba miedo contestar, es cierto, pero el comenzar a decir casi siempre: no, lo que pasa… no quería decir que les quitase la razón, podía ser simplemente una manía mía.

Eso fue lo que me trajo quizás más de cabeza. Aún no podía luchar por superarme, me desanimaba más fácilmente. A mi padre le hacía caso, aunque intentaba pasar un poco de él, pero ya no le daba tanta importancia como a ella. Seguía volcado, pero ya no me tomaba tan a la tremenda sus palabras.
Mi madre decía mucho que “rezaba”, y para ella, este rezar mío suponía todo aquello que murmuraba después de cualquier hecho que sucediese, casi siempre estando ella en medio. Decía que era mi odio y mi ira; alguna vez pudo ser así, pero la verdad es que desde el principio lo utilicé como un medio para superarme. Para comprender en qué había fallado, e intentar superarlo para otra vez. Pero claro, del dicho al hecho hay mucho trecho, por que no sé cuánto duré con este pensamiento; más tarde, supongo que un poco influenciado por el ambiente, me decía: “Viste, eres tonto”, “porque eres tonto”, y cosas así. Aquello estaba mal, pero lo hacía inconscientemente y no me daba cuenta. También intentaba hacerlo por ella. Hasta que hubo una persona que me lo hizo reconocer: Antonio, un señor de Sabarís, pero con corazón de niño. Me dijo que eso era como tener piedad de mí mismo, y que eso no conseguiría más que anularme la voluntad. Hasta que me lo creyera un día y no encontrase más solución que decir que la vida no tenía sentido. Y él fue quien me ayudó a irlo olvidando poco a poco de mí. Y fue el que me ayudó a ver más claramente a la persona de Quico. Reforzó más la idea que tenía. Ana, en una carta, me dijo que me estaba separando de mi familia por los poemas y las fantasías, pero había una persona que se había dado cuenta y no lo quería así… y era Quico. Antonio me había dicho que era el único hermano para poderme echar una mano de mayor. Recuerdo que en cuanto empecé a oír eso y quise reconstruir lo que se estaba desmoronando, también había riñas y enfados, pero no había por qué tomárselos en serio. Duró varios meses. Muchos recados que me mandaba a ir a buscar cualquier cosa, lo empecé a hacer gustoso. Muchas veces, me decía “gracias”, no hacían falta entre él y yo, tal vez con otro si. Ana, cuando me dijo eso de Quico, añadió también que yo le interrumpía, me oponía: que es como era yo.
II
Y lo comprendí todo eso, ésa era la amistad por la que tanto había soñado. Y ahora había muchas más, me ayudaban todas a salvar la monotonía. En muchos poemas y palabras y diálogos, decía gustosamente que todo esto era mi mundo. No sé, pero no quería sentirme separado de mis padres sobre todo de ella. Había empezado a escribir poemas con el fin de una especie de meditación o razonamiento, lo alegre quería eternizarlo, sobre lo que me ocurría, pero para buscar muchas salidas, muchas más, no una sóla, pero salidas en el sentido de encontrar más cosas buenas para hacer, supongo que al principio pensé que la vida era mucho más fácil y todo esto siempre estaría conmigo para ayudarme.
Me parece que era como un medio para desahogarme de lo que pasó en Murcia. Allí creo que llegué a ver tan desilusionado todo, que llegué a sentirme inmerso en una tempestad, en la cual me veo perdido hoy. La culpa no es de allí, lo sé; tal vez el que había despertado o el que había vuelto a nacer. Pienso que había llegado completamente equivocado y, supongo que lo que todavía me ocurre ahora, que a veces me pongo a pensar en muchas cosas de la vida que aún no conozco, y me deprimo. No tiene mucha razón en ponerse así, pero es que lo que me parece es que no sé todavía pensar en lo que será después. Muchas otras veces me convenzo de la necesidad que tiene el baile para mí. Suelo ir todos los domingos, aunque a mi madre le mienta algunas veces, debe ser por el contraste del ambiente. Allí me siento distinto. No sé qué chica me dijo que iban allí para encontrar novia o novio. La verdad es que no sé cómo, nunca conocí esa experiencia, creo que me da miedo conocerla. Me parece que soy demasiado tímido. Uno de los recuerdos más aciagos que traje de Murcia, que es el que dije que aún me duraba hoy, allí, creo que empecé a buscar la felicidad por mí mismo, mi propia felicidad, y lo equivoqué con el placer. Pero eso fue a más.

  Necesitaba decírtelo. Creo que por eso sobre todo ahora soy tan tímido con las chicas, y tenerlas como amigas. A lo más que voy a darles es un beso. Y me pongo tan rojo o me quedo callado cuando un chico me habla de alguna relación con la mujer. Tanto que oí hablar a mi hermano de un amor platónico, creo que soy demasiado platónico. No sé si narcisista sería la palabra adecuada. En Vilariño, me acerco a muchas, o en otro sitio, tal vez lleve esa intención, pero soy de esos que disfrutan mirándolas. O incluso con llegar a tocarle una pierna. O ver a alguna chica por debajo de las faldas. Esto es algo que nunca le dije a nadie, sólo a un sacerdote en Fátima. Siempre que veo la televisión ansío ver algún desnudo. Es mejor cuando lo recuerdo a solas.
Creo que el problema sexual me viene por etapas, después de una dura, una tranquila. La verdad es que se me hace muy difícil dominarlo.
Comulgando todos los días, haciendo de cada semana una vida, creo que se va mejorando un poco. Pero siento que ahora estoy en un periodo malo y, el dolor que siento al no verlo sometido, me hace deprimir un poco más. Esto no cabe duda que ayuda a caldear el ambiente para que me irrite, pero creo que ya he aprendido un poco a dejarlo de lado, aunque en este momento mismo me sienta muy mal. Siempre estaba convencido que era la falta de distracción; distracción porque no me gusta estar toda la mañana o una tarde haciendo algo solo.
Por esa razón me gusta cuando vienen Isabel y Palmira. Me gusta estar con Isabel, no es tan vieja aunque al principio fuera más atracción por verla, con esas ansias tan platónicas. Ahora ya va desapareciendo, aunque puede que todavía queden algunos restos. A mi madre creo que ya le molesta que me guste trabajar cuando viene ella y, el resto de la semana, ni golpe. Bueno, tampoco es así, tan crudo, como ella lo pinta. Me gusta, si, porque estoy acompañado, sí puede haber algo de platonismo, no me doy cuenta, tal vez sea el sentirla a mi lado. No me siento solo. Muchas veces digo que me gusta variar, comer entre horas, por ejemplo, y si es algún trabajo, poder sentir que puedo parar y escribir un poema o ir a algún sitio. Cuando empecé a contarle algo, al igual que hago con todos, no lo hacía con esa intención, al contrario, quería superarme y poder hacerlo cada día un poco más. Mi punto de vista, y también el suyo, quizás buscaba la experiencia en todos los casos. Que me dijesen que hacía algo bien; bueno, no creo que sea tan malo, además, yo sabía que no era el que lo hacía más bien, pero eso me animaba a hacer más cosas. Me acuerdo el día aquél que me dijo lo del camino, cuando un día antes mi padre había estado cortando, el día siguiente, lo hice en toda la tarde. Y fue por ella. Cierto es que ya lo pensaba hacer un día, pero me creo que si ella no me hubiese dicho eso, seguiría igual. Ayer miércoles estuvo limpiando con la guadaña ésa larga la hierba de la parte entre el camino y el muro y me dijo que fuera amontonando, por ejemplo, encima de la pila que habíamos hecho unos días antes, unas semanas. Y así lo hice, animado, como siempre. Quería hacerlo un poco apurado, porque si queda para el último día, para otro, me olvido.
Llevaba tres montones recogidos y ella miró hacia mí y me dijo: “Hiciste mucho”. Ése fue otro detalle que me animó. Además, ella dice que su hijo es igual que yo, pero yo no veo a Isabel como una persona que vaya con chismorreos a tu espalda. Ella me dice que le parece extraño, que yo no debería tener ningún problema porque me tratan como un rey y, encima, me lo tomo así. Me pregunto siempre si a un rey le ponen tantos quebraderos de cabeza. Palmira es el único punto negro de los miércoles. No sé, pero las señoras mayores siempre me traen mala espina. No sé, no; sí que lo sé. Siempre vestidas de negro, siempre les gusta andar con chismorreos; además, lo que si me molesta de Palmira, es ese “pobriño” tan común en sus labios. Tal vez lo malo mío es no saber decirle basta. Algunas veces lo dice delante de mi madre, y ella se queda tranquila, como si lo aprobase. Recuerdo de un miércoles, no sé a qué vino aquel suceso, pero Palmira se dijo, refiriéndose a mí: “Pobriño”, y mi madre le dijo: “No le diga eso, Palmira, lo hizo mal”. Yo me quedé plantado, sin saber qué pènsar… lo primero fue que mi madre parecía de acuerdo con ella. Y me destrozó. No sé, hay tantas cosas que no comprendo. Mejor dejarlo. Total, no vale la pena desconsolarse por eso. ¿Por qué se tiene que apiadar de mí?. ¿Soy yo, en verdad, el que les da motivos para que lo hagan así?. ¿Cuáles?. ¿Es sólo porque quiero ser diferente?. No sé qué tiene de malo. Quiero ser diferente, si, ¿y qué?. no creo que la vida sea bella como vosotros la vivís. Veo que a lo mejor si, para vosotros, pero yo no. Yo no quiero luchar sólo por mi vida. Los poemas quiero que sean mis ayudantes, ¿qué tienen de malo?. A mucha gente parece que le sienta como un tiro el oír nombrar esa palabra, o una sonrisita de ésas que son tinieblas por dentro. ¿Y qué?. yo siempre dije que era completamente sincero en mis poemas, ¿por qué no los ven, en vez de reírse de ellos?. Sé que un día yo le fui a dar una libreta de chistes a Teresa, para un viaje que iba a hacer y mi madre los vio. Yo le dije que eran para Teresa. Y ella abrió la libreta en sentido opuesto donde tenía escritos algunos poemas. Me dijo: “Ésta no. Dale, si quieres, éstos sueltos”.

Me pregunté por qué lo había hecho así, y me dije: “Si es por el temor a que se rían de mí, te considero una hipócrita. Los únicos que se han reído de ellos diciendo “sus poesías” con gesto despectivo, has sido tú y papá. A mí me gustaría darle más todos a Teresa que a ti, a Teresa o a cualquier otra de las amigas. A ellas les gusta y si no, las leen. No sé qué tienen para reírse de ellas. En cambio, no están de acuerdo contigo”. Me molestaba cuando decía “sus poesías”, alargando el sonido de cada sílaba, con un gesto que me daba rabia. ¿Por qué no entienden?, ¿es que soy un ser de otro planeta?, ¿o no debí nacer aquí?. Entonces, ¿qué hago con todo esto?. Yo encontré algo más por lo que luchar, y no quiero dejarlo abandonado, fue él quien me ayudó a mí. No escribo con otras palabras que las vuestras, ¿por qué no queréis verlas?. Sé que hace tiempo, una tarde me pidió unas cuantas para leerlas. No dijo nada. Pero en esos momentos es cuando siento que la realidad está en calma. Poco dura todo ese tiempo, no dura nada. Tengo miedo siempre. Muchas veces me arrepiento de ser yo. Ya no cuento cosas por ahí, sólo mis amigas lo saben. Ellas me ayudan. Antonio no está conforme con que yo lo haga de esta manera. Ya le quebré bastante mi cabeza cuando quería encontrar un trabajo. Ahí me desanimaba mucho porque era cuando menos llegaba a comprender a mi madre. Muchas veces se enfadaba, y decía que se iba a morir, que rezase porque me iba a quedar solo, tal vez con todo lo que me dejase al morir, pero yo le iba a extrañar mucho, porque no tenía que esperar nada de mis hermanos. Recuerdo que pasaba yo muchos días con verdaderos quiebros de cabeza. Pensaba en un amigo que se llamaba Felipe. Tenía varios puestos de pesca. No era como yo en cuanto a la religión, pero eso era lo de menos para mí. Podíamos ser excelentes amigos sin tener en cuenta ese tema. Mi madre también a eso le ponía pegas, y un día le planteé el trabajar para él en algún puesto, el de mi pueblo, por ejemplo. Ella dijo que no, porque pudiera ser que faltase dinero y lo tuviese que poner ella, por lo de la religión y por cientos de cosas más. Dirás que tenía razón, bueno, pero yo no lo entendí así. Pasaron varios meses, creo que un año y pico, y después me dijo que le parece que él había tenido problemas, pues el puesto quedaba junto a la capilla.
“Ahora me lo dices. ¿No podías habérmelo dicho antes?. Me heriste. Yo, durante meses anduve buscando un por qué y tú me lo dices ahora. Siento que todo el tiempo que pasaba en ello, fue tiempo perdido. Eso es algo en lo que tú y yo no coincidimos del todo. ¿Por qué distinto?. No me he creado una vida aparte. Algún día comprenderás todo lo que hacía por ti. Pero ¿quiere decir que, para ese día, todo el tiempo anterior estará perdido?.
Bueno, olvídalo, la vida no te pide más que la recorras. Pero no puedo, yo necesito encontrar ese sentido que encontré desde un principio. No quiero que la vida me la den así de molida. La vida hay que luchar para conquistarla. Un día me planteó el poner un puesto de la ONCE, junto a las cabinas telefónicas. Vi su buena intención, quería ayudarme a encontrar una ocupación. Inmediatamente, pensé en mi madre. Querría que ella estuviese allí, pero no estaba, tenía que pensarlo por mí mismo. Le dije que me parecía fantástico, e intentando ponerme en la mente de mi madre, de lo que ella me había enseñado, le dije que suponía que fuera antes para los ciegos, o cómo a un niño como yo, sin apenas molestias, me iban a poner ahí. Y se enfadó mucho: “parecía tonto”. A todo decía que no y ponía pegas.
Nada de esto me parece nuevo… porque ya se lo he contado a tantas, que me sigue pareciendo monótono. Sólamente me anima el saber que puedo ayudarle a alguien, aunque sea a muchos kilómetros de aquí en este mismo momento. Y también me anima el saber que a partir de ahora puedo sentarme para contarte algo cuando me encuentre en un momento de baja moral. Siempre lo quise, ¿sabes?, siempre soñaba con escribir todo esto, sobre todo porque así puedo olvidarlo todo pronto.
Al lado de Quico, yo era como si empezase a aprender. Mi madre era muy amiga de echar todo por el suelo. Había veces que se lo decía a Malena, y Malena salía por la puerta para entrar luego o cambiar de tema. Lo malo mío era que no sabía qué hacer, porque siempre llegaba a la misma solución: el diálogo. Me daba pena, y aún eso es poco. Yo no sería así, sólo si ella lo quisiese. Entonces era cuando me daba más cuenta de la presencia de Quico en todo eso. Quico se daba cuenta de que yo me inclinaba cada vez más.
Era verdad lo que le había dicho Ana. Una chica que creo que era su novia, pero yo no lo sabía, me preguntó por él y yo. Después de responderle le dije que era al hermano que más quería. Ella, en aquel momento, me respondió, aunque no me acuerdo de las palabras concretas, que él también estaba muy preocupado por mí. Cuando sí era realmente tonto, era cuando reñía con él. Pero bueno, supongo que así le digo que no sé esa ayuda, aunque también me parece que ya lo sabrá. Fue Ana quien me había enseñado eso, y me gustó más hablar con ella, eso debe ser para mí estar enamorado. O es que aún no he llegado a esa edad. Pero sobre todo, era mi madre quien me apenaba más, me había metido en una red casi sin salida, pero ese casi ya había aflorado y para siempre tendría la ayuda de Quico. Un día, me había dicho mamá en la mesa que el único hijo que le quedaba que pudiese parecerse un poco más a ella era yo. Me dijo que me había visto capaz para todo eso, porque Mariora y Nacho ya eran mayores, tenían novio y novia, trabajo y ya no paraban tanto en casa. Quico ya había comprendido el mal en el que yo estaba cayendo y ponía una cierta distancia por el medio. Y Malena era demasiado pequeña. Así que era yo el que quedaba. Aquellas palabras me sobrecogieron el alma. Era el mejor regalo que podía hacerle. Pero siempre echaba muy de menos el diálogo. Me gustaría explicárselo, pero supongo que lo que pasaba era que, cuando sentía esa realidad en calma, confiaba en que hubiese aprendido ella algo más. Y cuando se volvía tormenta, me reñía a mí mismo por no haber sabido conservar esa calma. No sé por qué te digo esto, me estoy metiendo en una sima, mejor vete aprendiendo de cada cosa. También veía ese cuidado de mi madre, y me llegó a dar asco el ser así y no tranquilizarla, pero llegaba un día en que me faltaba haber hecho algo en el campo, aparecía el tema del trabajo, el tiempo perdido… y me entristecía ser todo de esta forma.
Cuando aquello de los ciegos se lo presenté a mi madre, empezó a poner pegas, las mismas que había puesto yo. Cuando hablé con Antonio más tarde, este tema ya me empezó a preocupar. ¿Qué es lo que quería ella, si a todo decía que no. Decía que me esperaba poner una librería en el pueblo, ¿cuándo?. Antonio me llegó a decir que él tampoco entendía mucho a mis padres. Y todo esto se contrastaba con lo que me decían de que encima de que me trataban tan bien, yo era así. y yo volvía a discutir de bajo: “Como un rey, si, como un rey que va al desastre. Me pregunto yo: ¿un rey tiene tantos problemas?. Yo confiaba en vosotros, en que era palabra de Dios, en que tú siempre decías la verdad, hasta un día que me di cuenta que era falso. Mira, déjalo, no importa. Encima de que te tratan así. Pero yo no quiero que me traten así. si ahora me apego tanto a mi madre, el día que ella falte ¿qué?. no esperes nada de tus hermanos. ¿Pasar hambre?. No voy a saber qué hacer. Tendría que tomar ejemplo de todo lo que ocurre. También, a veces, tienes tú la culpa. Esos olvidos, o tal vez esos descuidos, me parece que tengo la mente muy atolondrada y me la quieren atolondrar más. Parte de razón, aunque no esté de acuerdo con toda, la debería de tener Isabel. Ella me dice que ahora no tengo problemas, que cuando los tenga, me los plantee. Pero es muy difícil eso, yo no estoy del todo de acuerdo con eso. Pienso que es mejor irlos alisando hoy y cada día. No es toda la vida llana, porque en la misma vida hace falta una combinación de todo, pero será una forma para ir superando obstáculos. Para que viva preocupado por algo. La poesía jamás la dejaré. Habrá todas las discusiones sobre ella que tú quieras, pero ella me ayudó un día a estar aquí hoy. No sé por qué dices que ella es tiempo perdido. Te haría falta el conocerla. Te haría falta el conocerla. Pero no, tú no la quieres conocer. Me pregunto yo si el papel de madre es tan difícil. No tengo sólo madre, sino también padre. Él tanto hablar de ella, supongo que viene a significar en un inconsciente, que me he volcado en ella y la quiero. Recuerdo un día en que me enfade y recordé aquello que un día me dijo de que yo no quería a nadie. Entonces, chillando, le dije que sí le quería. Ella me respondió que ya sabía que yo le quería. Pero siempre me he negado al diálogo entre ella y yo, paz en el alma, serenos.
Creo que si algún día le quiera decir algo, mejor es guardarlo para cuando esté enfadada conmigo y decírselo. Me gustaría poder decirle lo que paso yo por ella. Creo que es cosa de la edad. No sé si es porque soy demasiado niño o demasiado viejo. Con mi padre no tenía tanta relación, sólo algunas veces los fines de semana, que me acercaba a él para pedirle algo. Pero esto ya no me gustaba tanto, porque ya lo había empezado a hacer de mala gana. Me molestaba el que a la hora en que podía hacer algo mal, no me preguntase, sino que juzgase por su cuenta. Si, había veces que era un mentiroso, muchas tal vez, pero la mentira era algo que me servía muchas veces como excusa o como defensa. Cuando decía que voy a este sitio, seguramente fuese mentira, porque mi madre concebía el ir a visitar a alguien como un medio para perder el tiempo. Y yo no, yo lo necesitaba, podía ser ese ánimo que me faltase. Lo necesitaba porque la vida se podía estar poniendo muy cuesta arriba o no tardaría mucho en hacerlo. Necesitaba, como lo hacía en la comida, comer entre horas, no pensar que la vida fuese toda una monotonía de tristezas. Por eso todo lo que pensaba en esos instantes era malo, necesitaba olvidarlo y lo tenía tan a flor de piel. Además, sabía que había alguien dispuesta a hacérmelo olvidar. Creo que lo primero que aprendí fue a tomar las cosas a la tremenda. Y a desconfiar, pero esto mismo no debía tener cabida en mí puesto que yo no era así. No me gustaba la mentira, pero sentí una necesidad tan grande de ella que llegué a hacerla mi amiga. Y muchas veces era que en mi casa, sobre todo con mi madre, que si se era un mentiroso ahora de pequeño, se sería también de mayor. Yo no sé qué pensaba en esos momentos, pero supongo que me diría que ahora la mentira se había hecho una necesidad. Era cierto que me gustaba, sobre todo porque seguía volcado en ella aunque menos (creo que ése es un mal que nunca podré curar) y porque dañaba mi espíritu que quería ser completamente sincero, pero siempre me decía que hay un momento en la vida que es necesario hacer uso de ella. Recuerdo que hubo alguna vez más en que me quise matar o veces en que me decía “cuando se muera mi madre y yo me quede solo, pues me mato. Total, creo que ya aproveché la vida, y más aún cuando dejo un mensaje. Espero que le ayude a alguien.

  Sobre todo se lo contaba a Antonio cuando hablaba conmigo. Él me decía que eran ideas ridículas. No estaba pensando en lo que decía cuando pronunciaba esas palabras, porque otras veces, cuando se calmaba la tempestad y volvía a serenarse todo, yo me decía: “Antes sí podía hacerlo, sí me hubiese decidido, porque no encontraba salida, pero ahora creo que ya es tarde”. ¿Qué iban a ser de todas las amigas?. A Mari Carmen un domingo le pregunté qué es lo que les podía dar yo. A ella sólo le hacía una seña, y era capaz de salir de un grupo de amigos que fuesen a un sitio determinado (Me había pasado una vez que iba con Rosi y Nieves directo a la habitación donde ensayan en Vilariño, en el teatro). Te hago una seña, o un saludo, y tú ya sabes que te quiero dar un beso. Y tú tienes novio, eres joven y guapa, tienes una vida para vivir, y tienes trabajo. Yo quién soy: todo lo contrario, y tú me lo das y no te importa. Yo ¿qué te doy?. Ella me dijo que la confianza. No sé por qué, pero me extrañó. Me quedé mirándole y le dije: ¿Es tan grande eso?. No se la pido a nadie, no tengo que llamarle a la confianza para que venga, supongo que va impresa en cada palabra, ¿por qué hay alguien que se fija en ella?. Aunque yo no entendí muy bien aquella respuesta, me maravilló. Era algo que debían conocer todas las amigas, por eso nada de lo que digo me resulta extraño. Todo esto me serviría, en el fondo, para intercalar sonrisas en la vida, por eso de saborear de todo y tener salgo a lo que agarrarme cuando sintiera desprenderse el suelo. ¿Por qué razón iba ya a desprenderse?. Entonces me daba más rabia aún mi postura hacia mi madre. No comprendía qué es lo que quería ella. Muchas veces decía que yo en casa lo que tenía que hacer era cuidar las gallinas, los conejos y regar en los veranos. Eso lo hacía mal siempre. No quería hacer sólo eso. Quería hablar, escribir, viajar y había muchos enfados con respecto a esas tareas. No sé, ¿para qué meterme en detalles?, ¿sabes que cada uno lo vas a hacer una eternidad y no vas a encontrar una salida?. A mi madre la iba conociendo un poco más.
No me acuerdo qué es lo que me decían, me debía acordar, pero me preguntaba muchas veces que si mi madre había estado educada entre monjas, y mi padre también, ¿Por qué ahora eran así?.
Me resistía a creer, mejor dicho, no lo creía que ellas tuvieran la culpa. Siempre me decía que, cuando era joven, vivían en otra época. No quería decir que estuviese anticuada, no, sólo me decía que tal vez no tuviese todo preparado. Ella me decía muchas veces que era bueno el ir a misa. Y lo era, ya que estaba todos los días en casa podía asistir. Pero ahora me doy cuenta que ese tema me hace estar muy a las faldas de ella. Siempre me gusta darle las gracias a Dios, creo que es culpa mía todos los disgustos, pero Él siempre está conmigo. Yo confío en Él, Él me enseñó todo lo que sé y lo que tengo. Pero ir a misa todos los días es algo con lo que no estoy de acuerdo. Bueno, déjalo, no vayas a ofender a los que sí piensan de esa forma. Estoy de acuerdo que es bueno el ir todos los días, pero ahora, cuando se es joven como yo, no le veo sentido, mi punto de vista creo que es bastante reducido y no puede ser de otra forma. Me decían muchas veces: “Te pegas una vida de reyes”. Yo me callaba. O las viejas de por ahí, que lo hacían con intención de cotilleos.: “Tu madre debe de estar contenta contigo. Le haces las camas, le barres la cocina, le pelas patatas”. Cada vez odiaba más todo eso. Los primeros días, si, yo me alegraba y tal vez me quedaba un poco dormido. Pero me despertaba cualquier riña de mi madre. Muchas veces, tenía razón en enfadarse, pero el mal que veía era que no se ponía en disposición para oír o escuchar, y eso no estaba tan bien. Me daba miedo contestar y nunca quedaba de acuerdo con ser de esa manera. O ese “te pegas una vida que escoñas” que me decía a veces Quico. Bueno, me lo dice últimamente y sólamente se lo oí, que yo no me acuerdo, dos veces. Ayer, porque cuando terminó la película yo me lavé los pies y me fui para cama. Él pasó por la puerta y me vio acostado. Entonces me lo dijo. Y hoy. Yo pensé que era la una, pero eran las doce y entré en la habitación a escribir un poco. Y me lo dijo. Pero a mí me cuesta más ser como él, porque estudia bien, muy bien, puede encontrar trabajo mejor que yo y no se le alborota la cabeza cuando mamá chilla.
Dice que vivo bien, si supiera todo lo que paso, pero él es quien más me ayuda. Hace unos días fuimos a un entierro, yo quería ir en la fila, pero me gustaba más ir con él, y fui con él. Al entrar en la iglesia quería ir hacia delante, pero él dijo que subiéramos arriba y subí con él.
Nunca me gustó cantar de alto porque lo hago muy mal, pero allí lo hice. También hubo algunos momentos en que reí, amor. Ya sé que no se debe hacer eso, pero allí estaba él y me había dado cuenta que me quería. Después, a la hora de comulgar, quise ir, pero él me dijo que con toda esa carretera de pecados, de broma, no podía. Comulgábamos por él en la convivencia. Y entendí aquella postura. Quiso ayudarme a romper un poco con toda esa unión que me había enseñado mi madre. Cuando salimos fui hasta casa con él contento. Íbamos tirándonos la carretera de un lado para otro de la carretera. “Si cae en la carretera, te preparas…”- me decía. Yo iba satisfecho. Pero ahora eso no puede quedar así. y pienso que, el día que me falte él, que no esté a mi lado, volverá a florecer ese apego que empiezo a aborrecer. Espero que el decírtelo me ayude a irlo olvidando poco a poco, o alejando de mí. “¡Tranqui, tranqui!”- le dice Quico algunas veces. ¡Si yo pudiera decirle eso también!. Pero me sigue asustando el verla de malhumor o enfadada. Parece como si siempre la tomase conmigo. No sé por qué todo es así. Llegado a este punto, no sé encontrarle un sentido a la vida. Me acuerdo mucho de Ana, le echo de menos, creo que éste es todo el amor que puedo ofrecerle. Me gusta escribir cartas, y recibirlas también, así sé que si algún día quiero levantarme la moral, me puedo sentar a leer alguna, y recordar al mismo tiempo. Últimamente son las de Ana las que más cojo, no sé por qué puede ser. La verdad es que me gustan todas, aunque muchas pienso y sigo pensando que son demasiado guapas para mí. No sé si son enamoramientos los que siento yo. Simplemente, me gustan. Estar con ellas, hablar con ellas, sentirlas a mi lado, al menos sé que si alguna vez me tienen que llamar pesado, me lo dicen y en paz. Antes me gustaba Odila, una chica de aquí cerca. Hasta que pasó todo. El tiempo no me conducía a ella, la encontraba poquísimas veces, no era muy dada a hablar un rato, tal vez porque siempre la encontraba en sitios de paso.

  En la tienda de Chicha yo no quería detenerme a hablar con ella, porque consideraba a la gente siempre esperando a ver una cierta sonrisa en mí, para cotillear. Hablo con ella, si, pero ya no me gusta. Podía ser muy niña. Me gustó también Rosa, una chica que vive un poco más abajo del convento de Vilariño, en la otra esquina. Cuando iba al convento de Vilariño me había acostumbrado a ir todos los domingos por aquel ambiente tan joven. Podía jugar con los niños sin temer a los cotilleos, podía dar un beso por la misma razón. Teresa me animaba mucho en este sentido. Y Julia también fue algo especial, porque me dijo, después de un viaje a Fátima, que me iba a dar una sorpresita, y me dio un beso. Un domingo me explicó que era muy besucona, pero me parece que dijo que así, en Vilariño, de esta forma, no le atraían mucho. Empecé a conquistar ya desde hace meses. Primero fue en el cumpleaños, en el santo y en algunos días más señalados. Pero sé que pronto va a hacer igual que Teresa. Aunque nunca tuve muchos amigos, exceptuando a Felipe, amigos en el sentido de que pudiera hablar con ellos por ejemplo una tarde, como ocurría con él cuando iba a Vigo, que me escapaba hasta allí o los días de verano en que lo conocí o más tarde en Ramallosa. Hace poco tiempo conocí a Eulogio, un chico que trabaja en Sabarís en una cristalería, y voy a veces los sábados. Estuve más de seis o de siete meses desde el verano pasado, y se preocupó. Esos son detalles. Juntos conocimos a Kika, una chica de Santiago. Creo que se la presenté yo el verano pasado, un día que pasó ante su puerta, y algunas veces hablábamos con ella. Hace dos o tres sábados, la primera vez que fui después de esta larga ausencia, me dijo que iba ella a marcharse el martes. Él había perdido el teléfono y ella lo había dejado en Santiago. Fui el lunes a verla, a ver si llegaba a tiempo. Llegué, aunque a punto para marcharse. Le saludé, me dio un beso, tampoco podía quedarme mucho tiempo. Y fui feliz en aquel momento.
La hermana de Costas, Begoña, también la consideraba amiga, aunque no había hablado mucho con ella. Pero hace meses la encontraba todos los domingos en el baile, y le sacaba a bailar.
Ella me pareció una gran amiga, aunque no lo supiera. Creo que tenía razones para pensar que era un plomo o decirme que no, alguna vez me lo dijo, supongo. Pero muchas veces, me decía que no y, al final, terminaba bailando con ella. Su hermana creo que bailó también alguna vez, pero no tanto.
Otra que me gustaba allí era Rosi, aunque al principio la hubiese considerado por gorda y fea. ¿Quién?, ¿ella?. ¿Quién era yo para decir todo eso?. Era yo más feo que ella, y me decía que con el chico que más le gustaba bailar de todos era conmigo. Poco a poco fui comprendiendo lo bobo que había sido. Si, era gorda, ¿y qué?, yo era feo y ella no me decía nada. Y hablaba a veces de más y no me aclaraba nunca y ella me escuchaba, ¿quién era yo?. Lo imbécil que había sido.
Me gustaba también Rossi. Y Teresa, la hija de la tienda de la Cabreira, aunque al principio siempre me decía que no, un día me dijo que el día que menos lo pensase me diría que si. Y así fue unos domingos más tarde. También tuvo un detalle bonito Rosi, la de Vilariño. En la dedicatoria me puso su firma más un beso. Yo le dije que a ver cuándo se cumplía. Se puso muy roja. En aquel momento recordé lo mal que había oído hablar de la gente de Benavente. Mala gente decían.
Pero yo no juzgaba así a las personas, la veía como una amiga. Me dijeron que no tuviera muchos roces con esa gente, pues eran muy traicioneras. Reconozco que al principio me dio miedo. Pero yo no creía en esas cosas. Recuerdo que a Rosi le dediqué un poema mío de los primeros días. Me gustó mucho el hacerlo, pero no fue propiamente mío porque ella me dijo que se lo hiciese a una guitarra, pues ella le quería mucho, y lo que hice creo que se podría denominar más un encadenamiento de palabras bonitas, aunque todas ellas vinieran de un sentimiento más interior. Cualquiera de los roces que yo había tenido con ella habían sido simples saludos o palabras muy variadas. Yo nunca la vi como todo eso que me decían, aunque creo que procuraba alejarme de ella. Su sonrisa me decía que no debía temer. Cuando le dije “a ver cuándo se cumplía” yo no pensaba de ella nada malo. Para mí era una amiga más.
No fue sólo en aquel momento cuando había oído eso. Mucho tiempo atrás había empezado a oírlo, incluso habían tenido alguna riña con mi hermano. Pero yo no era como ellos, y no quería ser así. Cuando llegaron las Navidades, ella me dijo que ya se lo podía dar. Aquellas palabras me sonaron muy bien. Era lo que yo había estado esperando.

  Un poco más abajo del convento de Vilariño, vivía un amigo de Quico, Suso, con siete hermanos, seis de los cuales eran chicas. Eran más pequeñas que yo, la mayor creo que tenía quince años. Me gustaban los niños. No sé si era para olvidar aquellos años o para sentirme querido. Lo cierto era que cada vez era más tímido y no quería volver a ser como antes en ese tema. Muchas veces me había parado a preguntar por qué lo hacía, y no sabía contestarme, pero odiaba el día en que lo conocí y aquella soledad que me hizo refugiarme en él. No sé si en el fondo me agradaría poder volver a aquellos tiempos. No lo quería, era mi mayor quebradero de cabeza, quería que me lo hiciesen olvidar, pero ya se había convertido en una lucha a vida o muerte, y uno de los dos tenía que retirarse. Yo quería que todos me ayudasen a acabar con él.
La verdad es que me mostraba muy reacio a pedir un beso, siempre temía que me dijesen que no, por eso buscaba a las amigas. Conchita, un día que fue sola a Vilariño, siempre iba con alguien, aquel día no me acuerdo muy bien si fue sola o los demás se marcharon. Cuando terminó la catequesis, creo que fue entonces, le dije que viniera a dictarme un poema que había escrito para pasarlo a limpio. Yo me senté y ella se puso a mi lado. Me dijo: “Cierra los ojos”. Creo que en aquel momento pensé en un regalo. Y los cerré. Entonces me dio un beso en los labios, diciendo: “te quiero”. Yo siempre había considerado ese tema como un plano secundario: llegaría la edad. Tal vez pensaba que sería el tiempo quien me la traería. Y, en un segundo, quizás me imaginé que sería aquél el momento. No me fijé en quién pronunciaba aquellas palabras. Yo también lo dije. Y se lo di. Nos dimos varios. Después ella se retiró a otro sitio y yo terminé el poema. Reconozco que en aquel momento tenía ganas de meterle las manos por debajo de las faldas, supongo que estaba atontado por la televisión, pero una fuerza me retuvo.
Tal vez el estar en el convento, pero creo más bien que Dios me permitió dominarme. Si lo hubiera hecho, me hubiese convertido en un esclavo de ese recuerdo, como tantas veces lo era y aún lo soy de muchos otros. Después se marchó. No sé por qué aquello me lo creí y al domingo siguiente, cuando le vi, le pregunté si me seguía queriendo y ella me dijo que no.

  No sé dónde leí que a los Escorpiones les gustan más los amores por momentos que los monótonos. A esos amores por momentos, yo los entiendo por detalles felices. Si es así, creo que está en lo cierto y estoy de acuerdo con él, pero no así con el resto de la apreciación, amores monótonos lo considero aquél para toda la vida. No estoy de acuerdo porque quiero casarme, y me gustará ese amor pues yo lo iré llenando de detalles. Me parece que lo que más me gusta en este momento de mi vida es la música, y uno de los sueños más deseados que tengo es que cuando me case, procuraré tener una mujer que le guste, pues me agradará estar muchas tardes, todas ellas, sólo bailando, o pasar varias horas en una discoteca para bailar, agarrado por supuesto. Otros amigos los conocí porque iba con mi hermano a unas reuniones en Sabarís con dos Celso, del grupo de la J.U.M., un sacerdote. Iba con él, estaba de acuerdo con mucho de lo que decía, pero había muchas otras con las que no estaba. El dar un beso, ellos lo consideraban como un signo de atracción sexual. Si, podía ser verdad, pero yo no estaba de acuerdo. No sé, tal vez lo fuera pues muchas veces, cuando me ponía a recordar cosas para caer, el beso era casi una parte esencial. No sé quién me había dicho hace tiempo cómo se mordía. Tal vez lo que me había pasado en Murcia con Conchita, se repitió aquí al principio, cuando estudiaba en los Salesianos, con la hermana pequeña de Felipe. Espero que me perdone. Recuerdo que le quería a Sandra. Sandra era su hermana de diez u once años. Bueno, “le quería” no es la palabra adecuada, me gustaba hablar con ella, no sé si alguna vez le di un beso. Siempre guardaba con vergüenza todas esas ocasiones en las que me había desviado. Iba a ver a Felipe a un kiosko que tenía en la alameda por la tarde y, a las siete más o menos, llegaba ella.
Bueno, sigamos con el relato del que hablaba. Aquella familia era pobre. A mí no me importaba eso, pero saltaba a la vista. Era una casa vieja de cosas viejas y revueltas, aunque parecía que aquello les era suficiente para irse manteniendo. El único que daba para vivir era Raúl, el mayor debía tener catorce o quince años. No sé dónde trabajaba, pero me dijo que ganaba sobre quince mil al mes. Su padre me parece que sería pescador. Tenía cara de ellos. La tercera, me imagino que por edad, se llamaba Lucy y marchaba durante casi todo el amo a estudiar a Santiago. Venía algunos días en las vacaciones. No sé cómo empezó, pero recuerdo que ella me dio un beso en los labios. No se podría decir en la boca, porque era un beso bastante inocente. Recuerdo muchos días, domingos que iba un momento hasta su casa, en que me sentaba con ella sobre las rodillas mías, y me daba muchos. Ahora recuerdo que cuando pasó con Conchita, también estaba delante Rocío, la penúltima, y se lo di a ella. Cuando estaba con Lucy, al menos una vez, estaba también Rocío.
Otro día que llegué allí y se asomó Rocío a la ventana. No sé si estaban los demás, ni si le di un beso de aquéllos, pero sí sé que se lo di en el cuello. No veía nada de especial en eso, muchas veces me dije que no lo haría más, pero Lucy me dijo que a muchos otros solía dárselo de esa forma. Tal vez sucediera lo mismo con Conchi.
Pero, ¿por qué había dicho te quiero?. ¡Bah!, era mejor olvidarlo, era un detalle más. Debió ser la televisión la que le había puesto de esa forma. Todas se enfadaron conmigo menos Lucy. Seguía yendo todos los domingos allí a veces con la excusa de hinchar la bicicleta. Pero aquella aventura no fue más que eso. Cuando marchó Luci, yo dejé de ir por una temporada. Un domingo, cuando iba a Ramallosa, me encontré con la madre en la parada del autobús, frente a la plaza, y me dijo que hacía mucho que no les visitaba. Y fui algún día, indirectamente; siempre preguntaba por Lucy.

  En Vilariño, siempre recordaba aquel detalle en que yo les había dado un golpecito en la cabeza a algunas niñas, y todas corrían detrás de mí. Así era casi todos los domingos. Conocí también a las gemelitas Gloria y Mari, María del Mar. Todas ellas me daban un beso. Lo pasaba muy bien así. Ellas bailaba en el grupo de rondallas que encabezaba su padre, Teodoro. Uno de los recuerdos bonitos que tengo, es un día de Navidad, en que también me dio un beso su madre. A veces, hoy, cuando veo que lo necesito, se lo pido, y ellas me lo dan; al principio, después de los primeros meses, me daba la impresión que un poco enfadadas, o disgustadas tal vez. No lo digo por mal, por que cuando se lo preguntaba me decían que no, pero lo cierto es que aún eran muy niñas. El día que me sucedió aquel episodio, no me daba cuenta, pero fray Joaquín nos vio. Al domingo siguiente me dijo que Conchita me quería y yo le dije que ojalá. Creo que lo que le pasó a Conchi fue que se enfadó, porque aquel día, en el cuarto, cuando me dijo eso, yo me quedé sorprendido, y le pregunté: ¿Por qué?. tenía que ser por algo de mí, porque supongo que por guapo no debe ser. A lo que me dijo que sí era por algo que le gustaba, por algo de mí. Isabel vivía en el barrio de Golada. Se llegaba a él por un camino que se desviaba de la Cabreira.
También fui considerando amigos a los chicos de allí: Cesáreo, Guillermo y los hijos de Isabel, Jonny, algo así, Jose y Miguel, Bruno era muy pequeño. No me acercaba mucho a las chicas, aunque supongo que sería por el temor de que no me aceptasen. Hablaba con ellas, saludando o cualquier otra tontería, pero nada más.
Una de ellas, María, me pareció bastante tranquila para darle un beso. Y soñé con ese día. No se lo pedía, tal vez estaba esperando el momento oportuno. No lo veía como algo de vida o muerte, no le daba tanta importancia, aunque empezaba a comprender que ellas si. El día de mi santo fui por allí, como muchos domingos, para salir con José y les encontré jugando en la parte interior de la casa de Isabel. Cesáreo, Guillermo, no sé si uno o dos chicos más y su amiga, ahora no me acuerdo cómo se llama. Consistía en pasarse una cerilla encendida y a quien se le apagase debía elegir entre dos opciones. Una de ellas era una pregunta y la otra era darle un beso a alguien. Y lo quise aprovechar. En la primera ronda se le apagó a Guillermo. No quería que desconfiasen por hacerlo a propósito para mí. Eligió el beso y le dio uno en los labios a la chica que estaba con María, doce, trece o catorce años le hecho, bueno, todos eran más o menos así. Aquello no lo entendí, porque para dar un beso se solía dar más en la cara. A la siguiente ronda quise jugar con la cerilla y le obligué a apagarse conmigo. Cesáreo me tenía que decir. La primera vez recuerdo que caí dos veces, elegí pregunta y le preguntó a la chica si le gustaba. No me gustó mucho aquella pregunta, pienso que ella no me gustaba a mí, pero dijo que no. Yo le di la mano. la segunda vez ya le dije darle un beso en la cara a María. Ella se puso roja, y a decir que no. Al rato se fueron todos y yo me quedé preguntándole a María por qué no. Alguien me parece que se quedó conmigo, pero no me fijé en él. Después de un rato, ella dijo “Bueno” y me puso la cara. Y yo le respondí: ¡ahora si!. Esto lo había hecho varias veces. Creo que lo que buscaba era que me repitiese que si o me dijese: a ver ¿me lo das o no?. Eso supongo que me haría un poco más feliz. Se lo había hecho a Rosi y lo hacía varias veces en el baile para bailar con alguien. Me dijo: Bueno, pues no. Y se marchó.
No se fue en el mismo instante, pero yo aún le dije que me lo diera, o se lo diera yo, que había sido broma. Pero se fue. Creo que me fui a jugar a las cartas. Cuando me marchaba , la vi y se lo dije otra vez, pero ahora supongo que sería con un gesto más apenado. “Hoy que es mi santo”, me dijo que no y se fue. Yo también.
No sé si aquel día me fui, como solía hacerlo, con Miguel. Él me acompañaba hasta el camino que llevaba a la Cabreira. Tampoco me acuerdo si hablé con él sobre el tema, o me lo dije hablando conmigo mismo, pero me parece que lo que dije o pensé fue que ella era todavía muy pequeña. Había sido culpa mía. Supongo que aún no habría llegado la hora. Tampoco valía la pena quebrarse la cabeza por eso. “Olvídalo”, creo que me dijo Miguel. “Ella se lo pierde”, comenté yo. Cuando llegaba disgustado a casa, creo que la mayor parte de las veces,. Buscaba tranquilizarme escribiendo. Así lo hacía y, después de escribirlo, se podía decir que ya había vuelto a la normalidad, tal vez después de un viaje. Así describía yo aquellos momentos.
Me enfadé, eso era cierto, pensé que ya se había roto mi relación con ellos, al menos, para mí era de esa forma. Pero, aunque ya no me gustara relacionarme con ellas, me quedaban los chicos y los momentos que podía pasar allí, ya no iban a necesitar de ellas. Creo que fue Miguel quien me dijo que casi no me conocían. Aquello me dolió, por todo ese tiempo que hablé con ella e intenté que lo hiciese ella también. Lo tragué, pero no estaba del todo de acuerdo. ¿Por qué volver?. Si eran de esa forma, ¿para qué hablar más con ellas?. Me daba pena no ser uno de ellos. ¿Era tanto un beso?. Tal vez mi ilusión debería de modificarse. ¿Eso quería decir que ya jamás debería cruzarme en su camino?. Era ella quien no debía hacerlo, porque me daría asco. Yo la había visto como una persona ya joven, y todavía era una niña. Nunca llegaría a entrar en ese grupo. A partir de ahora, cada vez que viese a alguno de ellos recordaría aquel mal rato. No debía cruzarlos en mi camino. Era demasiado chiquilla. Comprendí que los muchachos, llegada una edad que solía ser aquélla, comenzaban lo que se dice a ser mayores. Nunca supe qué era eso, supongo que debe tener relación con su órgano genital, creo que se dice así. Y cambian en la misma forma de ver la vida.
Tal vez a ella le hubiese ocurrido igual, se encontrara en esa etapa. Supongo que sería eso, cuando una es niña todavía, no se hace tantas preguntas. Lo mejor sería olvidar aquel episodio y mirar que la vida continuaba, aunque cuando pensase en aquel barrio o lo recordase sintiese una espina. No te preocupes. Creo que el tiempo todo lo acaba por sepultar.
Porque le dejes de hablar a María no quiere decir que se haya acabado todo aquello para ti. Acaso tendría razón todos cuando comentaban los chicos con los chicos y las chicas con las chicas. Bueno, debe ser verdad que ella se está convirtiendo en mujer. Algún día recordará aquello. No sé qué pensará entonces, me importa bien poco. ¡Bah!, ¡Un cuerno! ¡Olvídalo!. Un no no destruye el mundo. Sé que el domingo siguiente fui allí, aunque no si fue aquel día u otro cuando me acerqué a aquel cuarto, y les vi jugando a lo mismo. Y me marché de allí. Me llegaba a dar asco. No merecía ni mirar aquello. Fui a jugar a las cartas y recuerdo que Mucha me dijo que no lo tomase en serio, que se estaba convirtiendo en mujer, y empezaba a cambiar. Yo le dije que me lo había imaginado, estaba volviéndose muy rara. Y allí quedó la cosa. Sé que días después jugaba con ellos al escondite. Eso creo que enraizó más mi inclinación por las niñas. Desde hace tiempo, yendo a Vilariño, llegaba a las diez y cuarto y comenzaban a llamarme la atención dos niñas que siempre llegaban más o menos a esa hora. Y empecé a hablar con ellas, a hablar y a jugar, no sé qué hilo misterioso hizo que me fijara en ellas. El primer paso para acercarme a ellas fue el preguntarles el nombre. Me ayudó mucho el olvidarme de tantas veces, pues eso me hacía preguntárselo más. Y, no sé como empecé, les di un golpecito con los dedos en la cabeza. En aquel momento, no conocía a nadie que se pudiese enfadar. Aquello no les disgustó, al contrario, se lo tomaron como un juego, que era lo mismo que sentía yo cuando lo había hecho. Y me echaba a correr con ellas detrás de mí. Se enfadaban, pero era un enfado infantil. Les empujaba en los columpios. Así ya tenía alguien con quien hablar, una amiguita; bueno, dos, que me hacían olvidar otras muchas discusiones.

  Se llamaban Natalia y Vanesa. Ellas comenzaron a ser la feliz introducción para cuando llegase Teresa y fuera feliz, más aún. A veces les decía: “Bueno, ya no os pego más”, y al rato volvía. Lo que me maravillaba era que no se enfadasen. Eran hermanas, pero Natalia un poco mayor. Todos los domingos me gustaba llegar pronto por ellas. Y jugaba también con las otras niñas. Si algún domingo no las encontraba allí, jugaba con las demás, pero en el fondo me sentía un poco solo. Las había llegado a querer también.
Varios meses estuve así jugando con ellas y, un domingo, al ir a subir en bicicleta desde el convento, las encontré y les dije que si subías a alguna. Ya había subido a alguna niña más, y me agradaba porque al final del viaje, les pedía un beso y me lo daban. Yo procuraba que todas fuesen niñas. Primero subí a Vanesa creo, y le iba diciendo por el camino que me atropellaría un coche, que la tiraba a la cuneta, que chocábamos con un muro. Y también le dije que al final me daría un beso. Me dijo que si, y me animé más. La dejé, me lo dio, y fui a buscar a Natalia. Le dije lo mismo, tal vez con un poco más de miedo, porque era un poco mayor, pero no importó. Así que también me lo dio.
Al domingo siguiente también las encontré en ese mismo lugar, pero ahora llevaban a su hermana pequeña. Así que les dije si bajaban. A la primera que monté fue a la hermana pequeña, porque quisieron ellas. Y la bajé. Pero al llegar a la parte final de la cuesta, y la coloqué en el suelo, empezó a llorar y miraba hacia arriba. Le quise preguntar si había hecho algo, pero sólo lloraba. Me di cuenta que se sentía lejos de sus hermanas, así que le dije que las iría a buscar y subí la cuesta. Llegué arriba y se lo dije a Vanesa, así que subió y la bajé a toda velocidad. La pequeña intentaba subir la cuesta andando. Llevé a Vanesa y entonces ella dejó de llorar. No sé si entonces me dieron un beso, creo que si, las dos. Lo que no sé es si a la vuelta me lo dieron. Creo que en ese momento también. Bajé a Natalia y ella también me lo dio. Creo que les dije: “Ahora me lo das tú y a la vuelta te los doy yo”, pero eso es sólo un truco porque también me lo dan ellas. Al principio fue dándole dos besos a Isabel Faria, que le dije que no era justo darle dos besos al aire, porque tal vez esperan darte uno y que tú le des otro. Todos ya sabían que había que dar cuatro, dos ella y dos yo.
A la vuelta también las subí y me lo dieron. Esta vez subí primero a Vanesa y después a la pequeña. Entonces le dije: “Ya no estás enfadada, no vas a enfadarte más, ¿verdad?”. Su cara era más alegre y me gustaba. Pero me dijeron que tardarían varias semanas en volver porque se iban. Mi madre seguía enfadándose conmigo y yo, muchas veces, no le encontraba razón, me seguía convenciendo de que fallaba el diálogo.



  Yo les quería plantear la razón que había tenido y, si era errónea, con diálogo supongo que se podría ir mejorando. Las indirectas eran sobre todo las que yo consideraba más culpables. Y pensaba así porque eso de "adivinar tú lo que va a hacer el otro", lo continuaba "incluso antes que lo piense él". Y yo me decía: "Eso evita más el diálogo. Cierto que tal vez me falta mucho para se el chaval despierto que viviese atento a todos esos detalles, pero tú eres mi madre y, ya que dices que me conoces muy bien, te irás dando cuenta. Yo prefiero que me lo pidas, aunque sea mil veces, va a ser igual que me lo pidas como un favor". Quiero que me lo pidas, de esta forma puede haber algo más entre las relaciones de nosotros dos. Al principio costará igual que cuesta cualquier cosa, pero ya sabes que el tiempo para mí sólo es un amigo. Muchas amigas me querían hacer comprender lo que eran las indirectas. Hace poco me pasó una cosa curiosa. Me corté un poco con el cuchillo cuando iba a bajar a Ramallosa, pues mi madre no estaba. Y fui a la tienda de Gloria a buscar dos barras. Y, como me llevaba muy bien con ella, casi todos los domingos, cuando bajaba, iba a estar con ella un rato largo, más o menos una hora o algo así, yo la veía sola y no haría nada si fuese a hacerle un poco de compañía a la vez, podría distraerle un rato y distraerme también yo.
  Fui allí y le comenté lo del corte. Yo era especialista en todo eso pues solía hacerme varias más con la maquinilla de afeitar, con la hoz, un cuchillo y creo que algo más. Ella me preguntó: "¿Quieres que te traiga alcohol?. Se podía haber preocupado por eso y me agradó, pero yo no le había ido a pedir alcohol. "No hace falta. Me eché arriba agua oxigenada. No encontré alcohol, debía estar el bote acabado, aunque sólamente había ido a ver el armarillo del botiquín. Tampoco había encontrado algodón. Me lo había echado casi a ojo. También si dejabas caer agua por directamente sobre la herida, te escuece un poco pero es buena. Y eso también lo había hecho. Pero ella ya había ido a buscar alcohol y un trozo de algodón, y lo había sacado. Le dije: "bueno", pero me quedé un poco ofendido porque yo no se lo había pedido, y aquello me decía que yo también usaba las indirectas. Me trajo también una tirita y me la puse, cuando cogí las barras, subí pero no estaba del todo de acuerdo. Cuando mi madre obraba con ellas, y sucedía algo que no alcanzaba a entender, discutía conmigo mismo y me preguntaba: "¿Por qué yo era así?". La mayor preocupación que podía tener conmigo mismo sin hacerle caso a la realidad, era preguntarme un por qué, y no encontrarle una respuesta concreta, una respuesta que también me respondiese a mí mismo. Y eran muchas, en todos los momentos. Sobre todo cuando veía a mi madre en este estado. Me daba cuenta de todo lo que decía por mí. Discutía cada vez más con Malena, pero ella, muchas veces, intentaba su predilección por mí. Pero sin querer demostrármela o decirte. Llegué a pensar que podía aprovecharme. Ganar, así, en mi odio hacia Malena. Odio tampoco es la palabra adecuada, era rabia, rabia por una injusticia. No estaba de acuerdo que de esa forma hiciesen retrasar más el día que se hiciese moza y saliese de ese ambiente.
  Sé que un domingo ella dijo que iba a salir con Isabelita y mi madre le dijo que no, aunque para no ponerlo tan claro le dijese que iban a ir al baile, que aquello no estaba bien, que ellas ya eran mayores y se iba a sentir distinta y otras cosas. Al final, quedó en casa, aunque mientras hablaba ella parecía no entenderlo.
Y cuando me hablaba mi padre, tenía otro punto de vista, quería saber si estaba en lo cierto. Decía para mí: "Vosotros decís que yo os odio, decís que yo miento, entonces ¿por qué nada de lo que escribo posee un solo gesto de rebelión?. Las primeras si, pero ahora ya no estoy en ese tiempo. Creo que estáis confundidos y me da pena porque no poseo la varita mágica para volver todo a su cauce. Siempre me pregunto por qué yo soy así. Puedo aprovecharme, claro que si, pero no es así la vida. No me conduciría a nada práctico. Muchas amigas me decían que había que pasar de todo. Yo no podía hacerlo así tan bruscamente, pero quería ponerme en disposición de llegar a conseguirlo. Aquel "Vete a la mierda" de un día, llegó a parecerme como la principal escala que me desligaba de ellos, que no me hacía enfadar cuando ellos estuviesen enfadados. No sabía contestar y decir el error, y me sentía muy mal. Después, cuando estaba más tranquila, le comentaba la verdad de lo que había pasado, y me sentaba mal el que ella no reconociese el error que había tenido. Eso de reconocer el error también me lo empezaron a decir a mí, que no lo hacía, que siempre tenía razón, que todo lo hacía bien y perfecto. Cuando utilizaban palabras como ésta última o decían que me quería hacer Dios, eso era para mí utilizar el nombre de Dios en vano, y me enfadaba mucho más. Me preocupaba, porque con toda la formación religiosa, al menos muchos gestos de convivencia, me los había enseñado ella. A veces me decía que tenía que tener mucha paciencia. Me seguían molestando las palabras. Ellas creo que me hacían alejar cada vez un poco más de mi padre: "al inútil ése qué le vas a pedir". Yo me preguntaba muchas veces si en verdad era inútil. Y, a veces, para reñirme, me decía: ¿Ves, eres tan inútil?. Y me preguntaba, ¿quién es el culpable?. Mi madre, muchas veces me había dicho que cuando llegase el periodo en que me quedase solo en casa y, a la comida, llegase ella, se lo contaría, y abriría el diálogo.
Me iba a costar, eso lo sabía, pero de ese momento dependía toda una vida, tanto me habían dicho que cuando me quedase solo en la vida me iba a morir de pena y me iba a acordar mucho de mis padres, que me lo había llegado a creer. Y cuando llegaba mi madre al mediodía y sabía que iba a quedarme solo para decírselo, me daba miedo.
  Y no sabía hablar con ella en esos momentos. "Sólo le dices que quieres explicarle por qué eres así, muchas cosas que ella no sabe, y yo te aseguro que las palabras te saldrán en la boca". Pero llegaba del pueblo y muchas veces se enfadaba o venía triste, el caso es que, llegado el momento, me decía: "Bueno, déjalo. Total, ¿para qué?. Cuando le dices algo y está tranquila, algo que tú crees que es nuevo o será nuevo para ella, ella te responde: "Ya lo sabía. Yo ya sé cómo eres tú". Seguro que ella ya lo conoce, pero se porta así para prepararte para el día de mañana. "Déjala, esperamos meses y ya me dirás". El caso es que siempre estaba esperando. Me procuraba distraer.

  Muchas veces hacía algo que yo creía que estaba bien para todos y mi padre me lo criticaba. Entonces yo decía: la mejor forma de mandarte a la mierda es no decirte nada y dejar que tú lo reconozcas por ti mismo. Debe ser por tu misión de padre, por la que te encuentras tan serio. ¡Bah!, déjalo. Total, ya se dará cuenta. No es que yo no reconocía mi error, sí lo reconozco y vosotros lo debéis de saber muy bien porque me conocéis. Sabéis que para la próxima me esfuerzo en no caer. Creo que me estoy volviendo loco y diré siempre que la culpa ha sido vuestra. Bueno, que es mejor cambiar ahora. No queréis pensar que lo puedo hacer por vosotros. Una vez me dijiste, hablando de la familia, supongo que sería eso: “Tuve que elegir y creo que elegí mal. Ahora vuelvo a reparar el valor de aquellas palabras. Por las mañanas, solía hacer dos, tres o cuatro camas, pelar patatas, coger algo para los animales y combinarlo con escribir un poco. Siempre lo mismo. No era monótono, porque el ritmo lo marcaba lo que tuviese que escribir. En una convivencia, dos José Carvajal, me gustaba confesarme con él, me decía que rezase, que pidiese y, sobre todo, que la vida era mía. El problema mío no debía tener tanta importancia. Además, no hablé de él mientras paseaba conmigo.
  Lo de mi madre, que problemas siempre había, aunque también debía de poner un poco de ilusión en arreglarlos, pero había otros muchos valores que debía poner en práctica: respeto, obediencia, etc. Debía seguir cultivándolos, no enfadarme con ella por no encontrar una respuesta inmediata. La misma solución no iba a ser inmediata, pero la grandeza debía residir en buscarla sin olvidar aquellos valores.
Me gustaba hablar con muchas amigas, aunque al llegar a casa tuviese que inventar algo. Me acordaba de las palabras de mi madre, pero me daban pena, yo parecía un cruel con todas ellas, sin embargo, intentaba poner toda mi voluntad en ello. Una tarde, mientras sembraba unas flores, le oí comentar conmigo: “Los sacerdotes me dicen que te pregunte y que tenga paciencia. Yo no sé qué hacer contigo”. Y me marché de allí, murmurando. ¿Tú crees que el diálogo es sácame la moto, o déjame quitarte algo o, incluso, cuando están todos en casa, decir que hay algo que hago bien?. No, yo tengo muchísimas cosas más importantes que todo eso. Otras veces, hablando con Isabel o incluso con papá, les dices que soy un guarro, que no me lavo. Si, y eso también tiene una historia. Cuando estaba en Murcia, y no encontraba lugar entre todos los chicos que había allí, observé que, al salir de la habitación de los chicos por la mañana, había que hacer cola, y a todos les gustaba ponerse el primero de la fila o pronto para salir e, inconscientemente, fue lo que asimilé. Eso me hizo pasar poco tiempo por el baño, y todo eso. Pero ahora me doy cuenta, como tú dices mucho, que no te gusta que no nos lavemos. Y empecé a bañarme más. Un día, hablando conmigo, una mañana, me dijiste que ya no aparecían las sábanas tan sucias, síntoma de que me lavaba más. ¿Es que ahora te has vuelto una hipócrita?. Una vez, de esos días que me solía bañar todos, me dijiste: necesito entrar y tienes que bañarte tú todos los días. Ese día pensé que no era bueno hacerlo todos por esa razón. Te molestaba que cerrase la puerta con pestillo, pues muy bien. A veces la dejaba abierta y comencé a intentar hacerlo todos los días. Pero tenía muchas visitas, no podía bañarme en paz, luego venías tú diciendo…
La cerraban todos. Además, si no la cierro ¿qué?, se extendía el olor, ya sé que era malo, me lo echabas en cara. A todo se juntaba el problema de las gallinas. Mucha culpa de lo que había en ello era mía, porque tal vez no las visitaba tan frecuentemente. Pero, cuando las recontaba, pensaba llevarles algo. Siempre que veías fuera alguna, decías que ponía fuera. Pero yo ya no podía estar todas las mañanas pegado a la ventana, como hacía al principio.

  Hacía las cosas de casa, escribía, tal vez había días en que no salía, pero la principal razón por la que estaba así, no pasaba del todo, pero lo podía hacer, serían menos las dificultades, la principal razón era el inútil, el baboso, tú lo más que dijiste a veces fue inútil, pero dicho por ti me afectaba más. Además, no comprendía por qué escribir era perder el tiempo. Puede que fuese porque yo debía trabajar un poco más que los demás, ¿por qué no hablaste conmigo?, o porque querías enseñarme algo, ¿lo qué?. Sólo sé que muchas veces decía que tenía que guardar las cartas o lo que quisiera escribir para la mañana, porque me molestaba cómo os poníais cuando me lo veíais hacer. Y decía: No. Eso no os importa. ¿Por qué os va a importar lo que pienso yo?. Seguramente pensáis que yo soy como vosotros, cuando pequeños, ¿por qué entonces me convencisteis de que era y me había vuelto un niño?, ¿diez o más años menos?. Cuando hablaba con cualquiera, una de las palabras que consideraba más ciertas eran las tuyas. Y echaba siempre mano de ellas. Me gustaba estar a su sombra. Y me acostumbré a esa faceta y mis poemas se desviaron conmigo. Ya no sabía si era adulto, niño o viejo. Por una parte me sentía ya cansado de la vida. No le tenía miedo a la muerte. Pensaba que si algún día me encontraba en peligro de muerte, la acogería con mucha tranquilidad. Pero también me sentía muy niño, porque era lo que oía, porque era como reaccionaba.
Me gustaba ver que alguien hablase conmigo feliz y me volvía loco para hacerlo. Sin darme cuenta yo, aunque fuese sólo una palabra, a eso le llamaban hacer el tonto. “Si, filliño”, siempre recordaba lo mismo. O decirle a mi madre cualquier cosa, que me hubiera pasado o hubiera inventado, cosas para hacerle sonreír. Te decía: “Mira los gatos”, hacía algo curioso.
Pero lo hacía sólo para ti, para seguir viéndote tranquila. O verte sonreír. O, simplemente, alegre. Si hubiese podido decírtelo. Ahora se estaba alejando esa probabilidad. Claro que tenía una cara de asesino cuando estabas sentado a la mesa y, sin estar papá, te enfadabas porque había que echar los perros o cerrar el sótano. Siempre quería saber si todas esas riñas que hacía contra mí mismo, o esos comentarios, si, muchos eran sarcásticos- eran o no necesarios. Y siempre las indirectas. “Sería mejor…”, “Habría que ir a buscar…”.
  Muchas veces, a lo mejor limpiando el sótano, me decías: “Lleva este bidón que está lleno de agua, pero vacíalo un poco en ese cubo”. Y lo vaciaba un poco. Pero un poco y quería llevarlo menos pero casi lleno. Tú me chillabas: No. Vacíalo más porque así no puedes. Vacíalo un poco más. Yo lo vaciaba pero cuando salía a vaciar el agua a la hierba me decía: Ahora nunca sabré si podía o no vaciarlo como yo quería. Cuando riego, lleno el cubo más aún y recorro más espacio. Y a veces no vacío nada por el camino, o poco, pero ahora ya no sabré si podía o no hacerlo. En aquel momento estaba convencido que si. Teníais muchas formas de lanzar las indirectas. Cuando marchabas a Ramallosa y, tal vez, decías una, al mediodía encontrabas que no la había hecho. Cuando la hacía, bastantes veces ni te fijabas en ella y no me decías nada y, si no la hacía, había podido ser porque no te había entendido o, entre otras cosas, no me había dado tiempo. Pero siempre esperaba que me preguntases algo. No, tú decías que esperaba que te marchases para sentar el culo. Y no era verdad. No sabía contestarles. Poco a poco fui aprendiendo.

  Un día, oí de Quico, de algo que creo que me dijo, que muchas veces ellos utilizan la mentira para sacar la verdad. La mentira, por la que yo tenía miedo y les consideraba tan justos; esa mentira que, si te veían indispuesto, se grababan. Alguien, a veces, iba al armario a coger algo. Quedaba yo como el culpable, me quedaba solo. Al principio, me gustaba tomar mantequilla con la leche, y tomaba. Y se empezaron pronto a molestar, así que me dije, igual que el bañarme. A partir de hoy, pan sólo. Pasaron días antes de que me volviesen a echar la culpa, pero volverán. Y yo me quedaba callado. Cuando me preguntaban por qué me callaba algunas amigas, yo les decía que a alguien le ayudaría.
  A mí ya me animaban ellas, una necesidad que no merecía olvidarse por nada del mundo. El otro día, volvió a decir ella que era yo el que devoraba la mantequilla. Estaba mi padre delante. Y le dije aquella historia. Se callaron.
  De todo, de quien primero aprendí a pasar fue de la gente. Mi madre me había dicho que ella era muy cotillera. Eso me hizo comenzar a considerarme diferente. Mis poemas, mis amigas, y cultivé esa nueva faceta. Yo tenía que diferenciarme de todos. Así debía comenzar a vivir yo.
  Tal vez me enfadaba mucho lo que decía mi madre de que el ruido del baile dañaba mi cabeza, me aturdía.  Comprendo que lo dijera pensando en mí de una forma, pero no le entendía. Me gustaría que me lo preguntase. Creo que fue en una riña cuando le dije que debería preguntármelo. No sé si fue ese día u otro cuando me lo preguntó. Le podía decir muchas cosas: era otro mundo, tal vez el que podía completar mi forma de ser. Había conocido a muchas chicas, y ellas se podía decir que eran mis enclaves para bailar si me sentía desafortunado. Podían haberme llamado plomo, pienso ahora, aunque me enfadara si así lo hicieran, en aquellos momentos tomaba los días como nuevas vidas. Creo que era mi lucha contra aquella tentación. Y cada domingo era una nueva vida más especial aún, pues debía resumir toda la semana. Supongo que era verdad y debía ser verdad eso que me decían muchas amigas de que no todos los días iban a ser felices. Para mí lo eran, siempre había guardado algún detalle. Me animaba mucho el pensar que Dios seguía estando conmigo. Entonces, ¿cómo podía pensar que debía tener la razón mi madre?. Ahí llegaba un punto que sí que me trastornaba. Me inclinaba más por la felicidad. A veces, también escribía poemas allí. Si me aburría, o pasaba un largo rato sin hallar a alguna, tal vez la historia que más recuerdo es la que me sucedió un domingo. Había conocido a la chica que me había enseñado a bailar, Ana, pero eran uno o dos domingos después, y sólo recordaba que tenía las cejas y el pelo moreno, y éste le llegaba al cuello. Ese día vi a una chica por la espalda bailando con un chico. Para mí que era ella, después bailaría conmigo. Y esperé.
 Terminó la música y fui hacia ella. “Hola, Ana”. No era ella. Me sentí muy mal y fui a un banco a escribir. Un poema que hablase de Ana y la esperanza de que ella estaría allí. Y bajé. A la primera chica que vi, necesitaba convencerme de que era verdad y busqué a Ana, y la encontré. No todos los días sucedían cosas así de bellas, pero cualquier detalle era preciso para alegrarme, aunque fuese el último cuarto de hora. No obstante, algún día lo pasé mal, pero supongo que fueron poquísimos, porque cualquier cosa bonita me lo hacía olvidar, aunque fuese un poema. Y pienso que tenía aún muchos para escribir.

 Un día sé que entre gritos  le dije que podía preguntarme por qué era de esta forma, pero estando solos. Entonces me dijo, ahora estamos solos en la cocina, siéntate y dímelo. Pero era yo el que no estaba en calma en esos instantes, y tenía miedo. No era del todo miedo, creo que era más temor a cómo reaccionase ella. Era verdad que procuraba poner todo mi empeño, y varias veces había comprobado que parte de culpa era que no me fijaba. Y desde entonces cambié. Pero ahora me fijaba demasiado y tardaba mucho. Eso me traía de cabeza. No sé si fue Antonio quien me riñó diciendo que no había por qué pensar en los dos extremos. Había que hallar un punto intermedio. Yo le decía que lo que quería era ponerme más nervioso aún. Me quejaba de que me gustaría haber sido otro, cualquiera de mis hermanos, o cualquier otro. Y me decía que no quería vivir en estas condiciones. Pero reaccionaba, y decía que no debía pensar eso. Dios me había dado todo lo que tenía y todo lo que iba encontrando. ¿Por qué traicionarle?. ¡Bah!. Ya había pasado su hora. Sé que un día le comenté a Quico que en el 2000 escribía poemas. Él me dijo, exclamando: ¡Hasta allí!. Si, muchas veces pensé cómo me verían los demás. Pero eso era lo me menos. Debía empezar a ser yo. Creo que lo único agradable de mi madre que tuve en este sentido fue un día que iba a ir a la tienda de Chicha sin camisa y ella me dijo que debía de tener menos vergüenza que ella. Iba aprendiendo a no hacerle tanto caso.
  Me acuerdo el día que le pregunté a Quico por qué se ponía así, y él me dijo que siempre se ponía de esa forma. Tenía detalles preciosos. Aquel día me dijo quecomulgaríamos en la convivencia por Olimpio, era la primera convivencia después de haberme convencido de aquella vinculación de Quico conmigo. Supongo que él ya debería saberlo, pues lo había comentado con varias chicas, aunque en aquellos momentos no pensaba que se lo habrían de decir. Aquella convivencia, el domingo y a la hora de comulgar en la capilla, me encontré con Quico en dos filas distintas, una iba paralela al altar y la otra se cruzaba. Entonces él y yo nos cruzamos, él me dio un golpecito en el brazo, sonriendo y yo no pude hacer menos que dárselo a él. Un día le vi leyendo, bueno en ese momento no la leía, la libretita roja donde tenía frases. Y la libreta de poemas.
  Me gustaría también intentar consolar a los demás, a los que por alguna razón viese tristes. La verdad es que me apenaba ver a la gente, a la juventud sobre todo, porque los mayores que no conocía tenían reacciones muy dispares, ver a toda esa gente seria. Quico también es un poco como yo. Pienso que, a veces, le gusta gastarme bromitas, aunque        yo algunas veces me las tome en serio. Recuerdo que antes del accidente, me aficioné a coger pequeñas cantidades de dinero. Ahora me molestaba que eso siguiese siendo un gesto de desconfianza para mi madre. A mí me gustaba mostrar mi sinceridad para que tuviesen confianza en mí. Y, así, me gustaba entrar en la tienda de Chicha cuando no estuviera nadie, recuerdo que empezaban las tentaciones de llevar algún bolígrafo o algo así, ya que tanto los necesitaba, pero siempre me decía que no podía hacer eso. A José, el chico de la Cabreira, le cogía cintas, y terminaba de pagarlas más tarde. Me dijo que yo le parecía sincero, el a mí también, porque el primer día le dije, por equivocación 125, y él me respondió: No, 225, con una sonrisita. Y la identifiqué con las traicioneras. Pensaba: Es amigo de Quico, pero mío no. También era un traicionero en estos casos, porque entonces me decía que me aprovecharía de todos ellos, sólo hablarles para satisfacer mis gustos. Un día que sólo estaba su madre le dejé 125 y el sábado siguiente le di el resto. Entonces, para mí, empezó a considerarme sincero. 


  O andar en el monedero de mamá, sólo para coger uno o dos duros, ya sé que ella se preocuparía. Pero para llegar a esto, todavía habían quedado secuelas de aquello. En Murcia me parece que tenía aún esa manía. Bueno, comprobé que la tenían muchos de allí, así que pudo ir desarrollándose. Lo cierto es que pude reprimirla al poco de llegar allí. Bueno, me estoy haciendo un lío. No, después del accidente, las facilidades que encontré fue para reprimirlo. No me gustaba hacerlo. En Murcia tampoco me gustaba. Tal vez, y creo que si, a lo máximo que llegaba era a coger algún bolígrafo o, tal vez, alguna libreta. A mí era a quien le solían coger. Éramos más de cien chicos y aquello fue por lo que lo pasé mal. Aprendí a no hacerlo. A veces, entrando a lo de Chicha, me daban ganas, pero retenía mis impulsos. No sé si cogía algo en el colegio de Vigo, creo que no, pero donde sí cogía era en el Rastro, una tienda que vendía cintas enfrente del colegio.
  Los primeros días no, pero después me acostumbré a llevarme más cosas. Entraba con la cartera, la bolsa, y llevaba algunas de cada vez. Hasta que un día me cogieron, creo que eso fue lo que me enseñó más para dejar de hacerlo. Dejé de ir por ahí, sentía vergüenza de lo que había hecho. Desde entonces no me acuerdo de más. Si, cuando iba a jugar con Isabel los domingos, dos de ellas le cogí a José cinco duros. La primera vez tenía en la mente ganar un poco más y devolvérselos.  Empecé a perder, pero un momento de buena suerte llegué a ganar cerca de veinticinco. Y me confié en que podía seguir, pero se torció, y perdí un poco. Entonces me marché. La segunda vez fue casi igual, pero perdiendo desde la primera partida. Y también me fui. Te voy a contar lo que sucedió hoy, a Nacho hace años le echaron los Reyes un juego de la bolsa. Era un juego de compra-venta, desde el principio se le dio muy bien a Quico. Ahora Nacho está en la mili y vino a pasar unos días Karina, la hija de Esperanza. Hoy quiso jugar a la bolsa, llevaba muchos días sin hacerlo y quiso también ya Quico, Karina y yo. Lo que quería hacer, puesto que no iba a ganar, era poner un poco de risa. Y compraba siempre, no me importaba quedarme sin dinero, si había que pagar, vendía y volvía a comprar luego. Quico y Karina se partían de risa y eso me animaba. “Parece tonto, lo tenía a 30 y compra ahora que subió y es más caro”, todo eso me animaba.
    Reconozco que adolezco siempre de querer ganar. Pero no llevaba esa intención, así que no me preocupaba. De vez en cuando decía que hacía trampas. No lo hacía a propósito. No sé, me salía así. Tampoco lo hacía consciente para que no descubriesen mis intenciones. Puede ser que fuesen ramalazos de querer ganar, porque a ellos les parecía en serio. Se juega con cuatro empresas, BP, H. W, y KLM. Una de ellas bajó a 0 y yo, que tenía cuatro, tuve que pagar. Pero lo único que me importaban eran sus risas. Vendía a la banca, después compraba más. Era el “loco”, el “bobo”, etc…, pero todo era un juego. Vigilaba el tener más que Quico, compraba más, aunque pareciese querer ganar, no era ésa mi intención. Karina le preguntó a Quico si yo era Scorpio. Su hermano también lo era y lo había descubierto por lo tozudo. Eso me enfadó, pero al rato volví a sonreír y no lo tomé en cuenta. Era como reírme de mí mismo, de lo que había llegado a pensar.
  Quizás el punto negativo, sin caer conscientemente en cuenta de ello, era esa cierta manera de vigilar. Quería tener más que él. Me parece que lo hacía por ganar, pero el caso es que no llevaba esa intención. Llegó la última carta por destapar, las empresas subían y bajaban, y yo seguía comprando. Quico dijo: José Ángel gana en estas dos empresas y yo gano en estas otras dos. Falta por destapar una. Puedo arriesgar todo a estas dos últimas cartas con las que gano, pero en BP me gana él  y sé que en las cartas había muchas. No sé, ¿qué os parece si repartimos dos más a cada uno y seguimos jugando?. Yo dije que no, pero Kari que si. “Como es democracia- dijo-, si”. No sé qué me pasó entonces, qué cambió en mí, decidí jugar todo al BP y H, de las que tenía más que él. Pero no quería que supiesen mi jugada. Y seguimos. Destapó su carta y vio que hubiera ganado él. Pero ya no valía. Así dimos una ronda destapando los tres. Cualquier dinero que tenía lo gastaba en acciones. Seguían riéndose, pero creo que ya no lo hacía por reír, sobre todo a partir de la carta que se levantó. Me tocaba levantar a mí, tenía dos y mil y pico de pesetas, así que lo gasté al BP y al H y no sé cuántas H, cinco o seis. Entonces no sé qué le pasó a Quico, tal vez vería que tenía muchas más BP que él y quiso ver mis cartas. En las dos, los BP subían 100. El dijo que cómo tenía yo eso en la mente, sólo quería ganarle. 

  Me enfadé y chillé: A lo mejor lo tengo escondido en el calcetín, debajo del asiento. No lo debí hacer, no sé por qué lo hice. Quico también se enfadó. Y yo me enfadé más aún. Me levanté y salí de allí. Me crucé con mi madre y a ella le intenté contar lo que había sucedido. Pero iba enfadado. Mi padre, desde el salón, gritó para que callase. Yo fui hacia la cocina, pero estaba fregado el suelo y no pude salir. Mi madre abrió la puerta principal, ellos se lo habían tomado a risa. Y me dijo             que fuera a coger verdura al campo de afuera. Yo, enfadado pero alto, le dije que ya la había cogido esta mañana, al menos, dos veces. Vino detrás mía y me dijo que a ella le debía guardar respeto y decirle si iba a buscar verdura. Así que le repetí que ya se lo había dicho. No sé por qué me pasó eso. Ni qué pudo haber en aquella continuación para que yo me pusiera así.
  Antes de salir, cuando me encontré con mi madre, había dicho que aquello era sólo un juego, para ponerse así. Y dijo que ni él ni yo sabíamos perder. La culpa fue mía. Días antes, en la convivencia de Tuy, lo había pasado bien, sobre todo gracias a una niña de doce años llamada Yoyi. En todas las convivencias lo pasaba bien, excepto hace tres, a la última no había asistido, así que en ésa esperaba encontrar a Pily o a Ana. Y no fueron ninguna. Me dije que lo olvidara y lo pasara bien, pero creo que no pude separar esa ilusión. En ésta última, no fueron tampoco, pero venía a pasarlo bien. Cuando nos reunimos en el salón, ya había empezado a hablar con alguien. Era Yoyi. Y hablé con ella. Fue pasando la convivencia y ella no se enfadaba. Recordé la felicidad que sentía con las niñas de Vilariño y me pregunté qué podía tener yo para ellas. Eso me hacía más feliz, había sido la primera persona con la que había hablado. Conocí también a dos chicas de Fornelos, pero yo ya tenía elegido a la principal. Cuando terminaba, le dije a Yoyi que me iba a enfadar si al final no me daba un beso, y me lo dio, no le importaba. Creo que el mayor impedimento para llegar a las chicas de Fornelos, era un amigo que había ido con ellas. No sabía cómo pedirles un beso. El domingo, antes de la misa, le dije a una de ellas: ¿Te importa si al final te pido un beso?. Dijo que si, y me sentó mal. Luego hablé con la otra y me dijo que un beso de despedida.
  Al final no me lo dieron, decían que se marcharían después de misa, inmediatamente, y quería pedírselo antes. Pero no pude. Son embargo, después de la misa se fueron y bajé yo con ellos. Salieron por la puerta y me dijeron que para otro día.. Me quedé triste por eso, pero busqué olvidarlo, y entonces fue cuando le di un beso a Yoyi. Era lo que más me importaba. Después conocí a Chus, cuando iba a poner la firma. Me encantó hablar aunque sólo fuera un rato con ella. Me dio un beso y su dirección. Por la tarde, al llegar con Ricardo, Delia y Pepita, se lo di a Delia. Pensaba ir al baile, pero mamá me dijo, cuando iba a salir, que no pensaría ir al baile. Así que fui a ver a Lourdes. No estaba y me quedé un rato jugando con los chicos de allí. Después me dije: Ya oíste lo que te dijo don José Carvajal, la vida eres tú y no tu madre. Y hoy va a ser la primera vez que le vas a mentir, pues vas a ir. Bueno, no. Iremos y, si está Bety y Susy, nos quedamos.
  Eran las siete y media. Entré, oí la canción de E.E.U.U. por África “We are the world” y la quise bailar. Sólo terminé de bailarla. Después pedí un trina y fui hacia la pista. Me encontré con Ana que dijo que estaría el próximo domingo y me pediría a bailar. Y marché contentísimo. Fui por la Romana, pero ya no estaban jugando los chavales, así que me marché. En la Cabreira me encontré con Dely. Antes, cuando me gustaba ir a misa a San Pedro, conocí a varias chicas, y me gustaba hablar con ellas.: Dely era una, recuerdo que algún día estaba hablando con ella en la cocina de su casa, sentado en un sillón. Al subir, me encontré con ella. Algunas semanas antes, me había parado a la altura mis primos y le había acompañado hasta la Cabreira, al final me había dado un beso, cosa que me sorprendió, pues ya estaba casada. Ese día le conté lo que había pasado, la encontré con el hijo a la altura de su casa, y se quedó allí. Yo me fui. El beso quedaba para otro día. Hace tiempo comencé a guardar los borradores de mis poemas en un cesto que colocaba cerca de mi cama. Un día fui a vaciar la basura y a quemar, y me encontré con varios borradores. Los quemé también. Y me gustó hacerlo así, así lo haría siempre, hasta que un domingo le di alguno a Teresa, porque le había gustado, y desde entonces le di todos. Le dije que mejor así, porque conocerían nuevos paisajes. También Julia me dijo que los guardaría, que le gustaban. 

  Lo demás oscuro que guardaba en el corazón se quedaba sólo en pensamientos. Hace tres o cuatro domingos también recuerdo que, por la mañana, me llamó Lourdes, y me dijo que iría por mi casa para ir a Vilariño conmigo. No tenía ganas de estar con ella, pero le dije que viniese. Ahora que lo pienso, me parece que hice bien lo que hice. Si hubiera sonreído con ella, mi casa sería una casa traicionera, por fingir, y no reflejar lo que estaba deseando. Estaba de malhumor. Vilariño, que iba a ser un encuentro feliz para mí, e iba a ir en bicicleta para jugar con los niños, ahora ya no podía ser así por ella. No sé si lo que me empujó a ponerme de malhumor fue el que, a la vuelta, iba a detenerme en casa de Paz y Loli, aunque me parece que si, porque allí me quería entretener un poco.
 Cuando ella llegó a mi casa, fui con la bicicleta de la mano.
y se lo dije: Mira, Lourdes, yo te pediría que fueses a San Pedro y no vinieras conmigo a Vilariño. A la vuelta me voy a detener y no quiero que te sientas molesta. Si quieres, más tarde, cuando salga, iré por tu casa un rato. Creo que si estás tú, no me sentiría tranquilo hablando, pues tú también te retrasarías y tu madre llegaría a molestarse. Ella se fue hacia San Pedro, pues estábamos a la altura del cruce y yo, montado, fui a Vilariño. Al llegar allí me sentí más tranquilo, pues podía hablar con todas sin tener que estar pendiente de ella. No quiero decir que fuera un plomazo, yo la entendía, pues también lo había sido así. Si estuviera yo en su lugar, lo que me gustaría que me hubiesen dicho, es si lo que sucedía es que ese otro, u otra en este caso, podía estar siempre conmigo excepto allí y el domingo por la tarde. No sé si se lo dije, porque después, a la vuelta, marchó ella y yo me quedé. Todo esto viene de una historia muchos años antes, de cuando me enamoré- bueno, mejor que utilizar esa palabra, utilizo la de gustar-, me gustó una chica (me parece que eso ya lo sabes). Una vez me dijo mi madre que debía decirle a Lourdes que no se hiciese ilusiones. Bety me había dicho eso en el dos mil el primer día que la vi. Si, me gustaba, como me gustaban otras, pero era demasiado guapa. Y se lo dije a Lourdes, ella me dijo que si, que no se las hacía. Aquel día me acordé de ese episodio, porque al salir de misa se acercó llorando hasta mí y dijo que si la iba a dejar…
   No, Lourdes, yo no voy a dejarte, le dije la frase que le había dedicado y le dije también que quería que me dejase por unos meses. También sé que le dije que me parecía no estar preparado para salir con una chica, pero creo que eso fue inconsciente, porque no era así como lo sentía. Este enfado vino acerca del encuentro del domingo anterior. Debo decir que yo también, en Murcia, pensé que allí estaba a gusto, pues, como todos éramos más o menos iguales, podía hacer en la mente alguna parejita para casarse conmigo. A Lourdes creo que le pasó igual, y me eligió a mí desde el primer momento.

  Recuerdo un domingo en que era tarde y ella la vi metida en el coche al pie de la casa, en La Romana. Y me acerqué a hablarle por la ventanilla. No recuerdo qué le dije, pero sé que había visto dar un beso muchas veces y era de las primeras veces que daba yo dos y ella otros dos, así me podía quedar el sabor. Entonces me acerqué a ella y, cuando iba a marchar, supongo que a lo mejor pude decirle que iba a ser otra clase de beso. Y le puse la mano en la nuca. Le di dos, y quise que ella también me los diera a mí. No sé si al intentar guiarle la cabeza le hice daño, pero, por sus gestos, me parece que no. Ella hizo un gesto como si se quedara sin respiración y, con una voz sofocada, me dijo: ¡Más no!, ¡más no!. En una primera idea de lo sucedido, me pareció como si ella se hubiera sobresaltado por tenerle agarrada. Aquello me enfadó, pero también pensaba que no valía enfadarse por una menudencia. Desde entonces, cuando se iba a marchar, le decía: Si quieres, te doy un beso. Entonces, al menos las primeras veces, parecía poner, al menos yo lo veía así, una cara como si me hiciese un favor, y me decía: Bueno. Ayer vino Esperanza a buscar a Karina, que había venido a pasar unos días; cuando llegó, había traído a la pequeña, y lo que ella hizo primero fue darme la mano y preguntarme por la gatita de colorines. Sólo fue un instante, pero fue maravilloso. Siempre dije que mi vida se iba llenando de detalles, todos hermosos. Hace dos a tres meses vino a visitarnos Esperanza, su hermana y me parece que sólo iban los hijos de Esperanza. Los mayores quedaron hablando, y creo que Malena con Karina, el chico no sé si se quedó con los mayores o con Malena., el caso es que yo fui con la pequeña, que se llamaba Andrea, a recorrer el campo.
   Le iba a enseñar los animales que había al fondo de la finca, por el camino que va a piensos Biona, en pequeños alambres. Mientras íbamos le iba diciendo: Si encuentro yo al gato de colorines, tú me tienes que dar una sorpresa, y si lo encuentras tú, yo te la tengo que dar a ti. Fuimos a la jaula aquélla y estuvo viendo los animales. En mi mente se desarrollaba una batalla por lo que había dicho y pensado. Sin embargo, no pasó nada. Le dije que era mejor ir a casa por si ya se querían ir. Siempre iba cogido de la mano, de la mía. Aquella mano pequeñita y tan suave.

  Al volver, le dije que le iba a enseñar los gatos; bueno, ya se lo había dicho antes y nos habíamos encontrado a Claudia. Vimos al gato negro en el campo que está cubierto de silvas que hay junto al garaje, en el poste que está más cercano al naranjo. Después ya se querían ir y nos encontrábamos todos frente la caseta. Esperanza le dijo a Andrea: Dale un beso a José Ángel que nos vamos. Me lo dio. No sé qué sentí en ese instante, fue algo maravilloso, y lo idiota que había sido. Y se fue, y me quedé esperando al día que volviese. Le dije a Andrea, antes de irse, que para cuando volviese, le guardaría a la gata de colorines. Hace una semana, al comenzar la anterior, quedó Karina para estar con Malena. No me importaba, pero no me quedó un grato recuerdo, pues el último día que estábamos aquí, jugamos a la Bolsa. Yo jugué, pero como no quería ganar, pues de vez en cuando soltaba una gracia y se reían. Lo malo es que fui juntando empresas y vales, sin querer. Llegó el final, y era yo el máximo rival de Quico. Como se reía él, cuando las acciones estaban a 100 no las compraba, y cuando subían a 200 si. Faltaba una carta y dijo que yo ganaba en dos, él en las otras dos. Entonces comentó que iba a poner cuatro cartas más. No se qué cambio se produjo en mí en ese instante, jugué a ganar. Y, al final, creo que fue por una carta que no levantó o jugó al revés, yo estallé. Y me enfadé con él. Él se enfadó también, y ése fue el recuerdo que me fastidió toda la semana de Karina. Tenía ganas de decirle a Quico que lo olvidase, pero no me acordé de decírselo. Me gustaría que no lo tomase en cuenta.
   Cuando vino Esperanza a buscarle, trajo a un niño y a una niñita pequeña. Ella lo primero que hizo fue venir a mí y darme la manita. Me dijo que era Andrea, no me acordaba de su nombre. Me preguntó por la gatita de colorines, y yo le dije que se había ido, no sé si vendría por la noche, porque ya no la había visto más. No era del todo verdad, pues unas semanas antes la había visto, por unos instantes en el campo del castaño con el gato negro. Pero unos instantes, porque me iba a coger para los conejos.
    Un instante nada más, pues se tenía que ir, pero creo que me despertó. A partir de la convivencia que hubo el pasado fin de semana, 6 y 7 de Julio, llevo cuatro días sin caer en ese problema, sin caer ni preocuparme. A mí me parece mucho tiempo. Algunas veces pensaba que parte de culpa de ese malestar la tenía él. Fui a afeitarme y, sin darme apenas cuenta, volví a caer. Tenía ganas de echar todo por el suelo, pero me recuperé y me dije que sólo era un punto de apoyo. Ahora ya me sentía en condiciones de volver a empezar. Me parece que el artífice de estos cuatro días fuiste tú, amor, todo lo que me haces escribir. Quico, a veces, me sigue pidiendo dinero. Antes sí le daba más a regañadientes, porque lo que compraba a veces eran sobres y sellos, y siempre me gustaba comprar alguno sabiendo que me iba a quedar un poco. No tengo grandes necesidades. Ahora no me importa quedar sin nada. Claro que, desde el principio, se pusieron de moda los escondites secretos, porque a él no le gustaba mucho pedir, aunque creo que yo era muy fácil a dejar. Pero muchas veces pasó que me olvidaba y no sabía dónde lo había dejado. Y reñía con Quico. Ahora también los uso, aunque no son secretos, los guardo en un sitio sólo. Quico me los pide a veces. Bueno, si son bastante anormales, en el armario doble, en la parte izquierda, contra ese mismo lado hay unos estantes. El de abajo, es para libros muy diversos, sólo de lectura, otros fichas, otros antiguos, y algunos más. El segundo, empezando por abajo, es más para libros de lectura, y en una esquina, delante de ellos, hay una cajita de plástico duro con unas monedas antiguas, me las echaron los Reyes hace dos años. Debajo de esa caja guardo dos monedas de cien. No tengo miedo por él, porque ahora me falta dinero, y él me dice si ha sido o no, pero me gusta controlar cuánto llevo.

  A mí también me hace mucho daño cuando pasa algo o le digo algo a mamá y ella, como suspirando o lamentándose, dice: ¡Ay, Dios mío!. Un día sé que fui a cortar hierba con la hoz, ella me vio y lo dijo. Sé que muchas veces le digo que voy a cortar hierba con la hoz y me dice que les coja verdura. Que lo hace como ella cree que es por mi bien, porque antes más o menos cada vez que iba a cortar hierba, me cortaba la mano, me hacía un corte. Como cortaba con la derecha lo hacía con bastante potencia.
  Esta exclamación es la que me trae más de cabeza, pues empieza a formular preguntas en mí. No está mal que lo diga, ella sabe que está bien, y tampoco debería contestarle, como muchas veces he creído. Lo que tendría que hacer es aceptarle tal y como es.

Bueno, no, porque aceptarle ya le acepto. Me parece que es un detalle que no va a cambiar. Bueno, no es malo. Lo que si me parece malo es abusar de él y ella, a veces, lo hace. Hoy, cuando vino mi padre al mediodía, ella le informó sobre una comida que están preparando todos los amigos de antes. Y creo que le preguntó sobre algo. Mi padre respondió. En menos de un minuto, dijo cinco o seis exclamaciones. Hasta que mi padre se cansó. Creo que es algo que no va a cambiar, así que déjame que hable contigo. Eso es lo que comienza a ponerme nervioso siempre. Escribiendo, me gustaría pensar que puede ser perder el tiempo, o poder darle una razón de lo que yo pienso, pero creo que nunca va a ser posible. Esta tarde, subí para coger mimbres para una bandeja, y se me ocurrió algo para decirte, así que me senté a escribir un poco, para intercalar detalles y no hacer todo monótono,  pero ya sabes. Quico iba a ir a una fiesta a Gondomar con Paco y Costas. Quería decir que no, la fiesta era muy lejos y, además, fiesta es para mí ir todos los días al baile. No sé qué dije, me supongo que debió de ser si, a cómo se pusieron. Mi madre me dijo que irían cinco en el coche, que ahora venían las de Ramallosa y que me iba a perder. Mi padre dijo que no, como siempre. De todas formas, yo no prensaba ir (Bueno, también sé que si no me dicen nada puede ser que hubiera ido), pero aquel momento me hizo pensar. A veces, por la mañana, el hecho de sacarle la moto.
  Un día que me enfadé, el día tan famoso, le dije que se la había empezado a sacar queriéndolo hacer como un favor que facilitase ese entendimiento, pero para mí lo había tomado como un deber, que yo se la sacaba porque era su hijo y debía obedecer. Creo que no le dije toda la verdad, pero me pareció una tontería porque, al igual que el primer día, yo me dejo estar en cama porque estoy cansado o cualquier otra cosa, y la saca mamá.
  A veces, cuando va a marchar, entra en la cocina con todo preparado, me pregunta si saqué el cajón y la correa para la moto y le digo que si, aunque me da un poco de miedo sacarlo, porque un día se llevaron la correa de la moto. Pero bueno, llega a la cocina y me pregunta si sé dónde están las gafas. Pueden estar en la habitación o en la cocina. Casi siempre suelo ir a la habitación, si ella no viene de allí. Es más normal que estén allí. El problema es dónde. Lo peor son todos esos días que me dice, mientras sale de casa, vete a buscarme las gafas que están en la habitación. Yo siempre pienso que no me dará tiempo. Ayer dijo mi padre que había una plaza de conserje en varios sitios. Ojalá que lo consigas. Mi madre dijo que iba a hacer todo lo posible para que no escribiese, pero creo más bien que ella me quiere aquí.

 Me cuesta pasar ahora del problema sexual. Como mucho tiempo le hice caso, ahora no quiere perder su oportunidad, ayer por la noche aún estuvo un rato conmigo, pero me dormí pronto. Y esta mañana, mientras Quico estaba en el baño oyendo una cinta. Ahora coge las mías, ¿sabes?, y eso me anima. Como me dijo un día, tiene algunas canciones buenas, pero yo creo que es toda. No las grabé todas para él, aunque tú sabes que la mayoría de las canciones si. También hice algún detalle para mí, como el pensar que cada cinta puede llegar a ser una vida y grabar “E.E.U.U. por África” en todas, en casi todas. Hoy he vuelto a caer. Me temo que ya no hay lucha. Que lo ha destrozado todo el día de ayer. Bueno, no pienses eso, mañana es sábado, vas a ver como lo conseguirás de nuevo. No te pongas así. Ya me estás pareciendo de ésos que no creen en la esperanza. Además, ¿crees que eso que dices tú mucho “o todo o nada” puede verse en la vida?. No, hombre, en la vida hay que luchar por conseguirlo. Ya has oído eso muchas veces, ¿no?.
  Bueno, ya sabes que no debes desanimarte. Ahora vas a decirle cualquier cosa a Malena y se pone en ese plan insoportable.
  Llegó hoy mi madre de Ramallosa en la moto y un montón de ramas con hojas atrás para adornar la iglesia; esta tarde debería ir. Le pregunté si iría y me dijo que si. Pienso que estas preguntas, aunque parezcan tontas, llegan a agradar. Creo que me dijo que eran camelias, aunque a mí no se me dio por aprenderlas. A ella sé que le gustaría, a mí también me gustaría mostrarle que quiero aprender y me fijo, pero estoy más preocupado por la vida. Bueno, no es ésa la razón, pero yo no encuentro otra mejor. Nunca quise ser de ideas únicas, pero tampoco acepto que me las metan a la fuerza. Y me resulta extraño, porque yo siempre podría conseguir la meta que me propusiese. Lo primero que me dijo ella al detener la moto, fue; ahora no recuerdo las palabras justas, pero no fueron. “Habría que traer” o “¿Sabes dónde hay”; creo que fueron: “Ya sé que no hay ningún cubo”. Eso me sentó como un tiro, y le pregunté. “¿Quieres que te traiga un cubo?”. Pero estaba de malhumor. No debía haber dicho aquello. Después le dije que no había terminado la bandeja porque faltaba un agujero, y ella me dijo: “Claro, pues no tenías nada más que hacer. Seguro que, al marchar yo, sentaste el culo para escribir”. No sé por qué, pero me fastidia, y creo que es por el tono. Lo noto muy por encima y no estoy de acuerdo con que sea así la mejor forma de llevar una familia. Me parece que eso será lo que guíe mis mentiras. Recuerdo que en la convivencia, un rato antes de que nos fuésemos, antes de la comida me parece, un chico me preguntó: ¿Cuántos besos llevas?. A ver quién da más. Yo ya he dado cinco. Aquellas palabras, no les di mucha importancia, cuando hube llegado a casa, creo que a partir de ellas se gana uno la fama de besucón. Le conocía, había ido ya a muchas convivencias, y creo que le dije que ya veríamos, pero lo que me ocurre a mí es que el significado de un beso no es un dar por dar. En aquel momento estuve de acuerdo con él, pero después me di cuenta. Tampoco quiero decir que sea algo por algo. Antes iban más amigas y daba más. De quienes me quedó la pena fue de aquellas dos chicas de Fornelos, aunque me dieron la dirección, pero pasaron cinco días y estoy indeciso.

  Las únicas dos que pudieron darle un sentido fue aquella chica de Pontevedra y Yoyi, aunque Yoyi no me diera la dirección, pero espero encontrarla otra vez pronto. Es un beso sólo para las chicas especiales. Como ya estamos en verano, ya empezó la época de fiestas. El otro día fue la de San Pedro. Como Nacho está en la mili, fui con Quico. Antes, cuando iba Nacho, quedábamos para una hora en un lugar, para volver a casa. Ahora, el primer día que fuimos a San Pedro, me dijo Quico: Tú vuelve cuando quieras. Ya eres mayorcito para necesitar de niñeras. Volví sobre las dos y pico. Allí encontré a Loli y sólo ella bailó tres, aunque salteadas. Me parece que ya te lo dije; además, no es esto lo que te quiero decir. Ayer cuando llegó Quico, dijo: Voy a la fiesta de Gondomar, ahora vi que también te lo dije. Bueno, ahora por la tarde, Quico salió, creo que fue a la reunión de San Pelayo, y me dijo: A las once estate preparado, no sé si dijo para ir a la fiesta. Unos segundos después reaccioné y le dije: ¿A la fiesta de Gondomar?. No, no voy a ir; no recuerdo si le dije algo más. Él me respondió: Pues si tú no vas, yo tampoco. Me molestaría que fuese así. Estoy intranquilo. Y me quedé siguiendo con la bandeja, pero pensando. No quiero que por mi culpa, no vaya él. Tiene muchas más conocidas que yo y le doy más derecho a la vida. Cuando más tarde llegó mi madre, estaba animado con la bandeja. Y, después de un rato, se lo dije: ¿Me dejas ir a la fiesta?. Quico me recoge a las once. Fue culpa mía. Hice mal la pregunta. Ella me dijo: ¿Todo el día sin hacer nada, se marchó por la tarde y ahora vendrá para ir a la fiesta?. No vais a ir. No sé qué más dijo. Yo murmuré: Es culpa mía. ¿Qué es lo que harías tú?. Quizás no te importaría y al final irías a Gondomar. Haces bien. También yo lo haría. Me gustará que vengas y vayamos. Así, siendo un monigote y siendo todos tan parecidos ¿cómo esperas que entienda la vida?. Pediré para que te vayas. No merece que pierdas un poco de paciencia por mí. Total, va a ser algo que se va a echar contra mi vida. Me bañaré y me lavaré la cabeza como si fuera a ir, pero eso también lo podría hacer si me fuese a quedar. No mereces perder el tiempo por mí. Déjame feliz a mi manera. Una manera que la vida me exige, así que no estoy enfadado. No importa, vete tú. Tú tienes que disfrutar.
  Mi fiesta, ya te dije, es ir a la discoteca 2000. Y aún quedan otras fiestas. Seguí haciendo la bandeja, pero ya estaba preocupado.
  Más tarde, debían ser las ocho más o menos, le pregunté a mi madre si necesitaba el jabón. Me iba a lavar la cabeza y a bañar. Y así lo hice. Cuando terminé y entré en la cocina, ya estaban tomando sandía y mi padre pescado. Mi madre dijo que se iba a levantar a ver qué había, mientras yo me había sentado en el sillón largo. Le dije que no, que sólo tomaba sandía. Yo no quería que se levantase. Dijo que iba a hacer un bocadillo o un sándwich y mi padre, ya lo sabes, como siempre. No sé qué fue lo que dijo, pero ya te lo imaginas. Yo, amedrentado, reconociendo que no debí de haberme bañado, le dije: Entonces  no hagas nada, me voy. Aquello fue peor, mi padre entonces se sulfuró. No debí decirlo, bien, entonces dime qué haría. ¿Qué es lo que queréis?. Tengo que venir, y el tributo es oír todo esto. Entonces, ¿qué queréis que haga?. Si me quedo, a oír sandeces parecidas, y si no, preces. ¿No te molestabas por que hubiera entrado ahora?. Entonces digo que me voy y también tengo que oír preces?. ¿Sabes cómo estoy yo ahora?. Más tarde vino Quico y, cuando le pregunté, me dijo que no iría. Me quedé mucho más tranquilo. una frase que me traía de cabeza en mi padre, era ésa que decía “No sé si es tonto o se lo hace”. Y me parece que yo tenía razón, porque yo era el origen de ese comentario, pero me caía como un flechazo, aunque no lo hacía con esa intención. Y me callaba, yo no sabía qué poder decir. Me quedaba dudando, no sé si ellos necesitaban cada día para aprender un poco más, y hasta dudaba que lo quisiesen. Un día estaba jugando con un chico y una chica (bueno, un día, no, perdona, fue hoy,  no sé por qué te lo dije de esta forma). Fue en la Romana, había ido a Ramallosa por la tarde a buscarle la bici a Alfonso porque se me había pinchado esta mañana. Paré allí cuando subía con la bici porque les vi jugar al baloncesto, lanzando un balón. No recuerdo cómo se llama el chico, pero me dijo que yo le gustaba a ella. Me quedé sin saber hablar. Puede que eso fuera cierto, en realidad me gustaba pensarlo así. Pero aquellas palabras lo que hicieron fue profundizar más en mi duda. Puede que por eso la encontraba siempre al lado de Lourdes, y por eso la veía a veces en el 2000. No importa, no sé si soy un iluso cuando espero que la chica que me quiera me lo diga.

  No sé por qué no he de ser yo, pero me parece que debe ser porque a mí me gustan todas. ¿Y si es verdad?. ¿Cómo acercarme a ella, si así lo fuera?.
  Muchas veces me siento deprimido. Hace poco fue la convivencia y hace unos días le quise escribir a Fernanda y le escribí un poco, hoy rompí la carta y le quise escribir otra, también la rompí, no tengo ganas de nada. Estoy escuchando la radio, pero el día no se da para más. Y encima caí. Estoy deshecho. A ver si grabando consigo levantar la moral. Voy a llamar a Pily, a ver si me llama más tarde. Malena y Quico se fueron al mercado. Creo que lo que más me deshizo fue el caer. Tenía el propósito de comenzar desde el lunes. Pero bueno, ayúdame a recomponerme. Ayer rompí las gafas, ¿sabes?. No, fue el sábado. Fui a Ramallosa a buscar la bici que se me había pinchado por la mañana, me dijo Alfonso que por darle mucho aire a la rueda delantera. Me paré en la Romana a jugar un poco al baloncesto allí y se me cayeron. Me dio el balón. Un señor pasaba por allí y me las colocó, el cristal. Me sentí destrozado. Cuando subí a casa, subía también Quico y él me dijo que el arreglo era gratis. Y me levantó la moral. Mi padre ayer por la noche, cuando se lo dije, me dijo que le diera el resguardo y yo me quedé aplanado. Esta mañana, me dijo mi madre que, a lo mejor, lo tenía mi hermana, tal vez sí, pues había sido ella quien había ido conmigo a recogerlas. Ahora quise llamar otra vez a Pily, pero tampoco he tenido ganas. Voy a buscar para los animales y, después, escribir a Fernanda, no, a Ana, a Fernanda, me parece que era la mayor. Ayudadme, más deshecho estoy ahora. Salí afuera, y encontré al pato blanco muerto. Le di una soberana paliza a Sol, porque era el único que parecía tener más miedo, pero aún así, no sé. Llevé al pato a la cocina, y Doc tuvo miedo, pero no tanto. Además, de los últimos que se metían con él sólo era Sol. ¡Ay, Dios mío!. Un día pensé que él día que matasen al pato, me suicidaría. No tengo valor para hacerlo hoy, hay una estela de felicidad detrás mía. ¡Ay. Dios!. ¿Qué hago?. Llamé a Pily. Ella me va a llamar ahora. Gracias.
Pero yo temo cuando llegue mi madre. ¿Y mi padre?, Dios mío, ¡qué tormenta!. No sé qué puedo decirte. Ayúdame.
  Ya hablé con ella. Ya estoy un poco mejor. Creo que el problema es que estoy demasiado ligado a ellos. Recuerdo el día en que me dijo que buscara un puesto de albañil. ¿Por qué no?. Creo que lo que me atormentan son estas cuatro paredes. No pude escapar. Decía que lo haría, decía que eso ya se hacía más fácil para mí. Decía que sólo bastaba un paso, tal vez hacia la aventura, pero sentirse libre era más que el sentirse aferrado a esto; a cualquier cosa; todo va resultando igual cada día. Ni la tierra vale para echarme una mano cuando la necesito, ni el polvo quiere llevarme con él, sólo el amor tiene fuerzas, fuerzas para soñar. Pero lo siento lejos… Me sigue pareciendo malo el matarse por una traición, pero siento que va a ser mi compañera. ¿A quién podría llamar?. ¿Quién puede llegar hoy?. ¿Qué hago?. Quise quitarme la idea del suicidio de la cabeza. Pero siento que la vida continúa. ¿Quién quiere atormentarme?. ¿Qué me pasa?. Hoy cambio, y mañana sigo igual. ¿Qué hice?, ¿perder el tiempo?. No quiero parar. Aún es muy pronto, soy joven todavía, ¿qué es eso que me arrastra?. Reñir por culpa mía. Me gustaría recordar todo mi alrededor, y fundirme en él. Desde aquí, no puedo, estoy viviendo, pero no quiero morir. Viene la tempestad, todo se alborota. ¿Hablaré después?. Quiero saber que sí pudiera. Todavía no conozco lo que puede ser mañana. Creo que la armé. Nadie sabe lo que va a pasar ahora. Yo sí. Nadie sabe, creo que es mejor que nadie sepa. No sé si es mejor o peor, pero siento que el huracán se hace más grande. Seguro que soy débil para todo lo que pudiera dar. Y hasta tampoco sé si puedo ser yo en estos instantes. No sé qué puedo hacer. Muchas veces me dije que tal vez mañana, pero el huracán viene hoy. Siento que estoy demasiado aferrado a él. Y quizás lo busco. Me parece que siempre he formado parte de él. El pato muerto ¿quién lo puede saber?.

  Mi madre llegó enfadada porque Sol cojeaba de una pata. Creo que me cegué al pegarle. Lo del pato lo supo cuando le dije que había pegado a Sol. ¿Por qué me cegué?. Lo fui a enterrar al campo de afuera, y Quico vino después de un rato.  Ya había hecho un hoyo y yo me agaché a llorar. Lloraba de pie mientras él me decía que el pato pudo morir de viejo o por una enfermedad. Me dijo que eso era llorar por mí, que eso era de cobardes. Si, soy un cobarde. Tú ya sabes todo lo que pasa. Me dijo que nadie me entendía, ni mis amigos. ¿Será verdad?. ¿Entonces?. Mi madre estaba muy mal. Ahora está en la cama, pero siempre digo que soy yo quien le va quitando años. Quico me dijo que en muchas cosas de las que hiciera, debía convencerme que era inútil, y debía tenerlo presente cada día. ¿Será verdad que me tomo las cosas tan a pecho?: esto pasó, pero ahora llegará mi padre. Debía haber tenido presente que no podía dañar tanto al perro. No quiero pensar que le pude haber fracturado una pata. Mi madre fue lo primero que dijo. La tiene hinchada. Me cegué por el pato y olvidé al perro. No, no quiero darme toda la razón. Soy un cobarde, si. Me dijo que me quitará el dos mil, la discoteca los domindo. No me importó. Pensé en irme de esta casa, pero también me da miedo. Me dices que yo tengo la culpa y no sé en qué sentido. ¿O no lo quiero ver?. ¿Qué me pasa? Y vuelta a decirme que debía de haber hecho una copia de los poemas que le di a don Celso. Que él se rio de mí. Me dijo que los había perdido, eso era mentira. Y yo digo, ¿no te reíste tú?. Y me callo. No sé decírselo. Sólo espero que me ayudes y que Sol no tenga la pata fracturada. Me parece que siento pena de mí mismo. Mi madre quiere ir al viaje que se va a hacer a Roma en Septiembre y yo sólo le estoy planteando dudas. Antes pensaba que era Dios que me estaba pidiendo. ¡Qué iluso!. No digo que no sea verdad, pero me parece que soy un iluso. Todos los días me vuelco en ese trozo de vida, pero ahora me pregunto en qué medida lo hago. ¿O es sólo de palabra?. Me quiso tirar lo que tenía sobre la mesilla. Sobres de Ana, un recuerdo de Lence, y me tiró la libreta amarilla. Después salió al pasillo. La recogí. Como me dijo don José Carvajal, esto es un hablar contigo. ¿Por qué es así?. al suceder un lunes, la culpa es del baile ¿es malo aquello?. ¿Es mala mi vida?. Ayúdame a que me pase pronto esto.
  ¿Por qué siempre me falta algo para contestarles?.  Por ejemplo, mi madre, cuando me dijo que el primer sitio donde tenía que enseñar los poemas era en casa y comentarlos; cuando pude haberle dicho que ella era la única que se reía de ellos?. ¿Por qué siempre le doy sentido a todo lo que hago, y después, cuando me pongo a meditar, se la quito?. ¿Por qué todo cuanto pienso lo hago por ellos, y después comprendo que la mitad no debí hacerlos?. A veces pienso que ya estoy destinado. Es el miedo, ¿miedo a la vida?. ¿Cuántos tumbos damos todos, Dios mío?. Creo que yo seguiré siendo igual siempre. Me gustaría quedar escribiendo, pero no, voy a que me dé un poco el aire, a ver si puedo quemar plásticos. Ya los quemé. Había ropa afuera. Desde hace algunos días, aunque sólo fueran dos o tres veces, intenté limpiar la jaula de la derecha. Pero, hay un detalle: ¿dónde pongo los conejos?. Pensé en la jaula de al lado, pero tenía miedo porque había conejos mayores, y podía pasar cualquier cosa. Podía ponerlos en el prado, pero temía a los perros. La jaula estaba sujeta con un alambre. Fue ella y, la primera razón que me salió, fue la del alambre. Me dijo que lo soltara y lo solté. La duda que tuvo ellas fue dónde colocarlos. Pensaba que un miércoles, cuando viniera Isabel, podía hacerlo, pero ya sé: voy a bajar una caja de cartón y guardarlos allí. La idea de la caja me surgió cuando te empecé a escribir ahora, meteré verdura. No veo una caja; bueno, ya me las arreglaré. Soy un animal, no comprendo cómo pude hacerle eso. Y el daño que he causado.

  Vino Mariora y también me lo llamó cuando lo supo. No sé cómo pude tener esa reacción, aunque sí sé que podía estar haciéndolo por ella. Mirad en qué me he convertido. Llego a preguntarme si en aquel momento pude tener un poco de razón. Me gustaría poder tener la dirección de don José Carvajal, para pedirle consejo. Creo que se lo voy a pedir a Fernanda. Me siento incapaz. Subo al fallado para escribir y el primer sitio donde voy es a ver si hay alguien que me pueda descubrir. Ayer, cuando mi madre me estaba diciendo cosas, en los conejos, creo que pude estar tranquilo porque me puse a pensar en otras cosas. Mi padre salió y dijo que hacía muecas. No era verdad y tuve fuerzas para decírselo. Dijo que cualquier subnormal, adora a la madre. Creo que se refirió a mí, ¿y yo no?.
  Por la tarde vinieron los primos de Ponferrada, no quería estar con nadie. Por la noche pregunté si aquel plato de sopa era para mí. Me senté a tomarlo. Por la tarde había tomado siete u ocho manzanas o más, y no tenía hambre. Terminé la sopa, pero no me quise levantar. Entonces mi madre trajo tres trozos de pollo y patatas. Le dije que no tenía más hambre, a lo que me parece que respondió: “Ésa tampoco es la manera de ponerse”. No sé si dijo que aquello ya había pasado, pero lo dio a entender. Y, cuando me gritaban, había pensado: ¿No podía darme un ataque y dejar todo esto?. Mi padre un día dijo, gritando, que no hacía nada, creo que era eso lo que me roía. Al primer momento que me gritó, en los conejos, le respondí: Ya había pensado en matarme. Creo que nunca llegaré a comprender cómo puede ser una amenaza. Ahora me puse a pensar y me dije que me gustaría que mi madre supiese que lo hice por ella. Pero no creo que ésa sea toda la verdad. Hay algo más, un odio, un odio inconsciente, me parece que puede ser a todo. Ahora hablaré con las amigas sólo eso, quiero saber quién duerme conmigo, qué es lo que me pasa. Estoy afuera cortando las ramas de los conejos, siempre pensaba que mamá las quería para colocar encima de lo sembrado, hasta así se lo había dicho a Isabel. Pero ayer me dijo que las cortara; no sé si me indicó empezar por las grandes, pero así lo haré. El sol quema. Debería ponerme el sombrero, sin embargo no quiero hacerlo. Me da igual. Creo que le escribiré a Ana y le pediré ayuda.
  Recuerdo que mi padre decía a veces: “Mira, odio hacia nosotros es lo que sientes”. Pero ésa no puede ser la explicación, porque a ellos les quiero, y tú lo sabes. Me parece que es odio hacia todos los problemas, la rabia también se vuelve odio. Lo que me da más asco, es que tuve que fastidiar a un perro para darme cuenta de todo esto. Allí está. Ahora es mi hermano.
  elperro está tumbado, la pata hinchada. Me parece que se la rompí. Va a llamar a un veterinario. Pero llegará tarde. No importa quién sea, me parece que ya no hay nada que hacer. Se contraponen las ideas: hoy descubro una y al rato siguiente descubro que es mentira. No sé si estoy loco. La verdad, creo que no me importaría.
  Ya pasó todo, ya pasaron dos días. Me da pena lo que haya pensado Pily de mí: unai definición sólo son tres palabras. Lo que me da asco es que haya llegado a este punto. Siempre me pregunto por qué y sigo teniendo miedo por lo que puede pasar, si aquello se podía haber solucionado sin que le hiciese daño al perro. Me porté como un salvaje. Y hasta me reía, me reía de pegarle. A veces llego a pensar si tenía que ocurrir esto: en aquel momento quería matar. Sentía lo que él me había quitado, eran dos o más años. Un perro no habla. No sé si me perdona. Tiene miedo de mí cuando le acerco la mano, y se levanta y se va con aquella pierna hinchadita. Me llego a sentir impotente. Me pregunto muchas veces si habrá alguien que me acepte con ella o con él, saben quién soy y como soy. Creí que de nada valen las ilusiones. Quien de verdad late en todos nosotros es la vida. Y yo no sé cómo la he concebido. ¿No había nadie que pudiera avisarme de esto?
  El miércoles por la tarde vinieron Isabel y Palmira. Estuvimos terminando de recoger las patatas del campo de afuera y después vinieron a limpiar unos tomates que hay junto a los cuadrados antes del camino que va hasta las gallinas, y me dijo: “Esto sí que da pena. tu madre los compra con todo su amor, y ahora están todos muertos”0. Aquello me apenó de verdad. ¿Todos muertos?- le pregunté. “Todos no, pero una parte si. Lo que puedes hacer es cuidar los que todavía están vivos”. Aquello sí era culpa mía. Muchas veces me había propuesto regar, pero pocas veces lo había hecho. “Todos los días no, pero día si y día no, por ejemplo”.
  La culpa era mía. Recuerdo que mi madre me dijo varias veces que lo que más le gustaba a ella eran las flores. Por lo menos regarlas todos los días. Me quedé pensando en eso día si y día no. Pero la verdad es que regaba a veces, aunque podía ser insuficiente. A partir de hoy, espero tu ayuda. Mi madre me pregunta a veces por qué le hago más caso a Isabel que a ella.
  No es eso, pero tampoco creo saber explicarlo. El detalle que me agradó sobre Sol, fue antes de ayer que le oí a mi madre decir que la pierna había bajado un poco el hinchazón. Ojalá sea verdad y se cure. A veces voy a acariciarle y, al principio, tenía miedo, pero ahora ya se deja.

  Lo que le duele más es la parte que corresponde al pie.
 Espero que se mejore pronto, tendría tantas cosas que decirle si hablara… A veces, acariciándole, le digo que me perdone y él me mira con esa cara de pena, me dan ganas de llorar.
  También el rediocasette de Mariora. No quiere que se lo cojan sin permiso. No sé si se enteraría cuando yo lo cogía y quedaba solo en casa. No quería estropearlo. Malena también lo cogía y Quico. Cuando supe que lo quería con permiso, se lo pedí varias veces. Hoy, cuando bajé del fallado, estaba en la cocina solo y quise ponerlo. Pero llamé a Mariora por todos los sitios: arriba, abajo, dentro, fuera. No respondió. Así que pensé que se había ido.
  Y cogí el aparato con el fin de decírselo después. Más tarde, cuando lo tenía en la habitación, me enteré que estaba en el baño de mis padres. Cuando salió, me chilló: “Lo voy a esconder, ya te dije que no quiero que me lo usen sin permiso”. No sé si podré decirle la verdad, en aquel momento no pude. No por que no quisiera, también me daba miedo. El mismo día que ocurrió lo del pato, me señaló otro detalle. Creo que fue ese día por la tarde, que yo estaba enfadado y mi madre me parece que me dijo: Fue en aquel momento. Esto yo nunca lo he entendido, en aquel momento me dijeron: Nunca más al baile, ¿quiere decir que puedo volver?. Me parece que así no entiendo la vida. ¿Quiere decir que la vida es más tranquila simplemente pasando de esos momentos?. Y otra pregunta: si en la mente de la persona está la voluntad de cambiar ¿qué debería hacer?, ¿esos momentos le dejan?. Ese decir “para otra vez procuraré no hacerlo” ¿cómo se puede interpretar así?.
  Fue el miércoles, cuando vino Isabel, que me animó a regar más a menudo. Y lo que siempre pienso es que si ahora mi madre me dice que riegue los tomates en un tono alto, va a destruir parte de lo que consiguió Isabel. Observé un detalle con Quico el otro día, que mi madre le mandó hacer algo y él hizo aquello. Me parece que yo me armo muchas veces el lío porque intento descubrir algo de más allá, o imaginármelo simplemente, y tal vez no puedo responder a las dos cosas. 
Hoy, como es sábado, bajé a Ramallosa a buscar la leche. Después de un rato esperando fui al almacén, pues mi madre estaba allí. Llegué y, como es en un piso más bajo, el aire me parecía más a cerrado y, un poco preocupado, le pregunté: ¿No te afecta el aire de aquí?. Ella me dijo si era distinto. Pero, cuando estuvo sola conmigo, me gritó: ¿Cómo vienes con esa pinta?. Ya te dije que eres feo, encima con esas barbas (del miércoles), y con la camisa abierta con el cuello lleno de pelos.
Le respondí que no importaba, pero me parece que siempre es esa respuesta la que me priva a veces. Ayer noche había que darle de comer a los perros, y Quico no estaba, así que fue Malena. Cuando terminó el programa iba a empezar una película S. Yo la vi un día y fue la que me hizo caer, aturdiéndome. Siempre decía que no la quería ver, pero al final siempre me decía que se estaba muy bien en aquel sillón y acaso me convencía yo mismo y me repetía de que en la cama, sólo en la habitación, es más fácil caer. Pero mi padre dijo: Esta película no es para ti. Creo que aquél fue el camino que siempre había esperado.
Eso me hacía irme, porque en la cama, sólo eran, aunque bastantes, menos que ver la película. Además, ahora ya tengo la base de aquellos cuatro días. Salí de allí y fui por la cocina. Creo que Malena también fue conmigo, el que sí se fue mi padre a decirle a Malena que preparase la comida para los perros. Y yo me paré allí por si Malena quería que le ayudase. Entonces mi padre me vio y dijo: “Ayúdale a Malena”. Y cambiando de tono, siguió: “Bueno, eres inútil. Vete a la cama”. Yo me dije: Puedes aprovecharte de eso, como puedes hacer… Peno no, me molesta, porque a Quico le tenía ayudado. El jueves regué los pimientos y algo más. Por la noche, el kiwi y lo de abajo. No sé si fue esa noche cuando regué la franja lateral. Y esta mañana volví a regar los pimientos y las fresas, el camino a las gallinas. Lo quiero dividir en cuatro; el camino a las gallinas, la franja, el pozo y lo de abajo, cuando lo de abajo riego los injertos y cuando el pozo riego la franja y el camino que baja del mismo. Y que me aburro, porque llegué a casa y no sé qué puedo hacer ya que da mucho el sol y tengo miedo por la cabeza, voy a contarte algo más.
  
El sábado pasado bajé a las nueve y media más o menos con las manzanas. Se las pensaba llevar a Eulogio, al igual que el sábado pasado le llevé seis ciruelas. Así le hacía una visita. El día aquél tuve que esperar por que él había salido, esperé cerca de una hora más o menos. Hoy no llevé una camisa con bolsillo, como la vez anterior, llevé el niki blanco y los guardé en los bolsillos. Llegué allí y no estaba, así que fui hacia Belesar, pero al llegar a la cuesta di la vuelta. No había llegado, así que planeé ir a Bayona a ver a Pilar y me detuve a preguntar por Ramona, que se casó y había ido a Suiza. No les escribo, no sé por qué, pero pienso que ahora tendrán otras preocupaciones. Se había ido hace tres meses. No era antipática la señora que estaba allí.
 Fui a Bayona. pensé que la calle Virgen de la Roca era donde está el monumento, pero no, es la primera que hay yendo a la Virgen. Pregunté varias veces: al último que le pregunté, ya en donde debía ser su casa, fue a su abuelo y apareció su madre. Les dije que le tenía que matar, en parte, porque estaba enfadada conmigo.
  En ésta última, como la vi, cuando ya nos íbamos a ir me quedé atento a ella hasta que terminase de hablar. “No niegues que le querías dar un beso”. Bueno, es verdad, pero se marchó de allí y yo me fui. Me dijeron que le mataría si la madre me dejaba. Aquello me animó.
  Le iba a preguntar por Yoyo. Le hablé en una carta y entonces ella me dijo: “¡Ah! tú debes ser Ángel”. Aquel detalle me animó. Después me vine. No me paré en lo de Eulogio, porque no estaba. Fui a hinchar la bici y le di a Julia las dos manzanas, una me la había comido yo.
Muchas veces, al guardar cien pesetas, me gusta comprar sellos. Mariora me trajo ayer de Alcampo, el hipermercado, un lote de sobres. Muchas veces, es verdad que cuando me dice Nacho: “¡Abre el portal de fuera!”… y yo no me lo tomo a mal, porque me parece que siempre me buscara a mí para abrir el portal, pero también pienso que a mala gana pero lo hago, aunque me pase murmurando todo el rato.
  Me animó el ir a Bayona a ver a Pilar, aunque al final no la encontrase. También ella es mi ánimo, aunque personal muchas veces, el que no siempre coincide con una idea que tengo desarrollada en algún poema, por ejemplo ésa última que dije de que no la encontrase en aquel lugar, como fui a una carrera.

  Hoy me agradó un poco a la hora de comer, porque mi padre buscaba el colador, a mí me había dicho Malena que me sentase a la mesa. “Para no estorbar, supongo, porque esto siempre lo dicen”. Mi madre se enfadó, y dijo: “Estas mujeres que no saben ordenar…” y Malena estaba delante. Salió a la terraza y me dijo a mí: “No te rías”.
  El detalle ese de que me pongo el vaso más pequeño, el que no le pone a nadie, o los cubiertos de igual forma; esto ya hace tiempo que no me molesta. En muchas comidas que soy yo quien pone la mesa y me los pongo a propósito. Un bolígrafo lo gasté todo escribiendo la primera libreta. Éste que tengo creo que es el que continúo. Y ya se me está acabando.
  Teniendo el cristal roto, me dicen que estropea la vista; sin embargo, por ahora, yo no noto nada.
  Mariora me dice que el papel lo tiene mi padre y él me dijo hace tiempo que no lo tenía. A veces, en el pueblo o en cualquier otro lugar, se quedan todos mirando hacia mí. Y eso me gusta.
  El domingo pasado vi a Susana en el baile. Ya tiene novio y le pregunté por Bea, le dije que viniera para éste. Ojalá sea así y traiga a Susy, porque tengo ganas de verla. Este domingo creo que haré como la otra vez y entraré sólo para ver si está, aunque antes voy a ir por casa de Isabel para terminar de grabar la cinta del viernes, pues me quedó un poco, no sé si iré por los edificios de Montaña.
  Hoy vi a Cheli y a Merche. Chelo ya sé que está enfadada. ¡Bah!, no me importa, porque se está volviendo igual que las otras. Merche me dijo que también, pero no me lo creo, porque estoy seguro que la próxima vez que la vea en el césped, me dejará pasar una tarde fantástica. Con Lupe y Gloria, las dos gemelas de Gloria, la peluquera, una llamada Ana y otra más. Me ayudan, porque así ya me siento olvidado de eso de las piernas y todo eso, aunque en el fondo lo piense y caiga pensando en ello, pero es más el hecho de sentirlas jugando conmigo.
  Hace varios domingos, salía del baile y, al pasar por allí, había varios jóvenes y estaba también Anita. Algunas veces que estoy con ellas, les digo que me den un beso y me lo dan: así me siento feliz. Merche también me lo dio un día, así que no creo que esté enfadada. Ese día le dije a Ana que me diese uno y me respondió que otro día, porque ése había mucha gente. “Tú también piensas como chica mayor”, me dije. Y me fui contento.

  El domingo, el otro o hace dos, no me acuerdo, me gusta que se sientan felices conmigo y me dijo Lupe o Gloria, creo que Lupe, que iba a dar un concierto con la que no me acuerdo el nombre. Pero el defecto que tiene es que habla muy alto, y su madre no quiere eso porque molesta a las vecinas. No quiero que hablen así, pero al final me olvido y me quedo embobado mirando cómo ellas se sienten felices. Ese día la llamó y se fue. Tengo miedo de que pueda quedarme un día sin ella. Lo que si me trae de cabeza es lo que me dijeron los chicos de la Romana de que yo le gustaba a la rubia, no sé si ya te lo dije. Me da igual, cierto es que a veces pienso que me gustaría que así lo fuese, pero me parece que no sé lo que es estar enamorado de alguien, de una persona sola. Me gusta compartir todo lo que tengo, y saber que ella también lo quiere hacer así conmigo. Hay algo en ella que le dice que era esto lo que esperaba. Poder encontrar a alguien así, abierto, jamás querré hacerle daño. Y le diré que también estoy aprendiendo a abrirme. No lo sabe, pero ella ya me lo había dicho hace mucho tiempo. Siempre fuimos dos y ahora podremos ser más. ¿Por qué no?. Así en todo el universo. Me distraeré pensando que tú ya latías en mi interior mucho antes de que nuestro amor fuese engendrado. ¿Qué importa?, también es tiempo tuyo y me ayudará a encontrarte. Se hará más maravilloso nuestro encuentro. Como le dije a Ana, ahora parece que he perdido la afición por la poesía y me gusta más lo que se dice prosa que poesía. Esto último lo hice con esa intención. Pero no te preocupes, volverá cuando yo le llame. Estoy a las puertas del fallado, con los mimbres, y varias veces oí que iba a subir alguien, así que guardaba la libreta en un cesto altito que tengo aquí y me ponía a desliar un mimbre fino. Ahora subió mi padre y no se enteró. Bueno, subí porque no estaba puesta la tele, y sólo por verla yo no importaba, pero ahora ya está puesta. La apagaron y no hay que hacer ruido porque mi madre y Gil están durmiendo. Subí, pero no hacía nada, así que voy a hablar un poco contigo.
  Me dijo don José Carvajal que siguiese escribiendo porque el escribir es bueno, hablar con alguien es un hablar con Dios. Yo le respondo que, al menos, así lo intentaba, me gustaría que tú fueses en verdad mi receptor; bueno, me gustaría no, porque en una parte sí lo eres.
  En una y en todas, porque siempre dije que hablaba con el amor. Siempre te llamaba con un nombre en mayúscula, por respeto y para diferenciarte. No sé si hago mal si alguna vez no cumplo esa palabra. Muchas veces me dicen: en mayúscula, que hablas con Dios. No quiero ofenderte cuando no lo hago así, no es una falta de respeto, es casi lo mismo que ocurrió con la hermana Reparadora, en Tuy, ahora me acuerdo que si te lo dije. Pensaba decírtelo otra vez.
  Jo, y la próxima convivencia es en Diciembre. Pensaba pedirle a mi hermana la radio, para terminar de grabar hoy, pero con mi padre me da miedo. Bueno, no importa. Pensaba dejarlo mejor para el domingo, pero lo que voy a hacer ahora va a ser ir a casa de Isabel en bici y grabar allí. Mi madre está dormida y eso tal vez me facilita las cosas.
  Fui allí, grabé lo que me faltaba y luego la escuché. Después me dijo José que la pusiera para escuchar él y sólo escuchó un poco pues se tenía que marchar. Dijo que me la compraba, pero creo que lo dijo porque necesitaba una cinta,  porque otras canciones son lentas y a él no le gustaban. Después vine a casa. Lo primero que oí cuando vi a mi madre fue qué había ido a hacer. No regaste nada. Nadie fue a buscar la carne de los perros. Fui a Chicha pero no estaba. Entonces fui a la tienda. Allí si tenían. Pero iba discutiendo.
  No puedo hacer sólo lo que tú quieras. Ya viste aquel chico que sólo hace lo que dice su madre. La vida es una y yo estuve a gusto. Que te miento, bueno, ¿y sabes por qué?. Además, yo me aburría, no tenía ninguna idea, iba a perder el tiempo y aquello me aterró.
  Quería terminar de grabar la cinta. Cuando dijiste lo de la carne, no estaba yo sólo en casa. “Con esa pintita me gustaría que te viesen las amigas del 2000”. A mí también. Cuando llegué a la tienda del Spar, vi a Mari Carmen. Cuando iba a San Pedro, me gustaba más que las demás. Y me agradó estar allí. La pena que me dio fue el estar sudando. Cuando iba a llevar a Sulote, me dijeron que no lo llevase. Bueno, pues no lo llevo. Siempre es malo el preludio. Te sientes indeciso, sabes que es un momento que va a pasar, pero su camino va transcurriendo mansa y lentamente por entre tus manos. Te sientes indeciso, te vuelves turbulento. Es un poco, pero ya numerosa, a preguntarle el por qué de ese mañana.

  Ése con quien hablo yo es ese alguien que siempre me acompaña, siempre está conmigo. Me enseña todo lo que él aprendió, sabe que la confianza es la principal fuente para llegarse a conocer, y dispone totalmente de ella. Ese alguien que llegó a mí igual que llegaste tú, de improviso, como dejando saborear de todo lo que puede traer. Confiando, eso si, fue lo primero que me mostró. Me enseñó la sinceridad. Ese alguien, si, hoy ya nos conocemos y no quiero que se vaya. Le digo que el camino no es para recorrerlo solo, le digo que me perderé si no llega a tiempo, el sabe que se ha hecho sinceridad el tiempo para los dos. Ese alguien con quien hablo cuando me encuentro vacío, ese alguien venido tal vez de las estrellas, porque también le aterra el vacío y lucha contra el silencio. No necesito darle un nombre, me gusta tal y como es. Tal y como me ha hecho a mí. Me parece que el hecho o la manera de llevarse tan bien Malena y Quico con mi madre, y yo no, sabiendo que tengo mayores posibilidades que ellos es que después de cualquier riña o discusión de hacer ella con alguno, ese alguno ya vuelve a hablar de nuevo con ella. Yo también lo tendría que hacer, pero no puedo, tengo miedo de dónde pueda salir.
  Esta mañana, me desperté pensando que eran las diez, como ayer nos quedamos hasta muy tarde… fui a ver qué hora era: las nueve menos veinte. Así que me volví a la cama. Después sonó un despertador. No sé si fue antes o después, supongo que antes, siempre tiene que ser así, se levantó mi madre y dijo que le abriera a los perros. Me parece que les abrió ella. Me fui a afeitar. No quería hacer ruido, pero, sin querer, parece que todos los ruidos queréis venir conmigo en esos momentos. Subí a buscar una camisa y. como estuve levantando unas y otras, se me cayó la tabla que las sujetaba. Así se rompe después y no funciona, se escangalla. Cuando llegó hasta donde estaba yo, dijo: ¿qué te cayó?. Le dije que la tabla. Te levantaste a las ocho de la mañana haciendo ruido. Yo podía haber dormido perfectamente hasta las nueve. No, tú tuviste que hacer ruido. ¿Le diste verdura a las gallinas y a los conejos?. ¿Tienen agua?. Siempre haciendo ruido. Todavía son las diez de la mañana. Le dije que había calculado entonces mal la hora. Bajé enfadado. “Creo que el mal que me roe por dentro es el decir “Bah, déjalo, da igual”. Salí al campo y ella se asomó a la terraza. Me preguntó ¿a dónde vas?. Me dijiste que fuera a buscar verdura. Con la ropa limpia no. ¿Tienen agua las gallinas?. No tendrán, después he de ir yo a ver. Si tienen, se la puse yo hace varios días. ¿Qué le diste a los conejos?. Pienso. ¿Pienso?, ¿cuándo lo compraste?. El viernes. Había sido ella quien me había dicho: Si, vete a buscarlo.
  Hoy, mientras venía de Vilariño, me puse a pensar que es ella quien me quita las ganas de vivir. A veces me da por ocupar mi tiempo libre, tiempo en que me siento con toda la naturaleza a mi alrededor, pudiera también pensar a favor mía, en pensamientos que intentan buscar el poder ayudarme, aunque casi siempre sea el mismo tema, siempre espero que le agrade. Venía tarde, si, porque tanto si me quedo en Vilariño como si voy a visitar a alguien, busco que ese domingo o ese rato tal vez, sea la distracción para toda la semana, el poder sentirme rodeado de un mundo que, en verdad, quiera tener presente tanto si me siento deprimido como si espero alguna depresión. Todos los domingos suelo llegar tarde, sé que todo se atrasa en ese día. Hoy fue especial. Ayer no supe mentir. Eso es lo malo que tengo yo. Todos suelen hacerlo de una forma más tranquila. Y tienen más, muchas más razones que yo. Me parece que eso tampoco sirve y yo, menos. Cuando marché  y vi a mi padre escribiendo en la terraza, quería ir a casa de Isabel para terminar aquella cinta, a mi padre le podía decir la verdad, aunque no hablara de ella, antes solía ir algunos sábados a pasar la tarde con José, pero en aquel momento no lo recordé. Además, tenía miedo que me dijese que no. Y la fastidiaba. Así que le dije lo del recado. Por el camino me pesó habérselo dicho, porque él no me iba a decir que no, pero ya no podía volverme atrás. Isabel también me dijo que aquello estaba mal, yo me reía, ya era momento pasado, no habría de volver. Pero, aunque en el fondo me pesara, ahora ya carecía de importancia. Pasé un rato feliz allí. Por la mañana le había dicho a Mariora lo de la carretilla roja. Y recordó que Isabel le había dicho que no sabía, o no se acordaba, dónde la había visto. Creo que fue eso lo que fundamentó mi mentira. Pensaba que si le decía lo de la cinta, me diría que no. También tramé por el camino que la mentira fuese en el sentido que ella fuese a su casa. Pero Isabel me dijo que ya había ido. No importaba, ya se me ocurriría.

  No podía pisar en la cocina porque el suelo estaba fregado, aunque podía hacerlo ya que nadie me veía, pero volví a mamá y me dijo que le llevase el rojo a su habitación. Cuando marchaba por el pasillo, oí a mi padre: “¿Pero no habíamos quedado en que…”. Y me dije: “Ya estaba preparado”.
  Pero iba en dirección a su cuarto y quise fingir no haber escuchado aquello. “Bueno, no importa. Ya sabes qué hacer. Tú vete si ves a Betty”. Me da pena, porque noto en mi madre algunos detalles que veo que me sigue prefiriendo: está casi pendiente de mí en la mesa, o lo primero de lo que corta si es sandía o así me lo da a mí y si estamos en el salón y son galletas, también son para mí; y si llego y quedan pocas me las ofrece a mí. Me dio pena, porque en algún momento pudiera haber habido algún roce entre ellos. Y yo, el culpable de esa discusión. Cuando le llevé el monedero, me dio doscientas pesetas y me fui. Iba pensando en eso, sólo en eso. Me dio pena. La vida podría ser distinta. No sé quién me dijo un día que la mejor forma de enseñar era dando ejemplo y también añadió que haz que te conozcan los demás por tus obras. Un día me había dicho que mis padres llegarían a conocerme por lo que hiciese, así lo quería, aunque muchas veces me planteaba el que por algo que hiciera, me decía: “Si te conozco más de lo que tú piensas”. Pero entonces todo esto se mezcló con otra idea que venía manejando desde hace tiempo, y era que no soy como creía un viejo, sino un chico y la vida tengo que asumirla yo mismo.
  Llegado a este punto, siempre me encontraba con el mismo lío: sin trabajo, sin voluntad, ¿qué buscaba?. Envidiaba cualquier trabajo. Mi madre me dijo que me metería de albañil, yo murmuraba ¿por qué no?. Pero ella no lo hacía y entonces pensaba que era muy duro. Siempre, cuando estaba solo a veces, y ese día por el camino, me preguntaba: ¿Vivir mi vida, independizarme de ellos?. ¡Bah!, olvídalo. No sé, pero me parece que puedes ir acercándote. Como dijo don José Carvajal, no quiere decir que dejes de hablar con mamá o un día no puedas hablarle de todo. Pero, ¿y esos momentos que están enfadados y se equivocan tantas veces?. Creo que el decir “no reconoce que lo hizo mal” no es la solución, porque me parece que nadie lo reconoce. Ni él ni ella muchas veces, y yo apostaría mucho más por ella. ¿Qué consigo con eso, si a nadie le es válido?. Pero, en mi interior, yo sí quiero reconocerlo para evitar caer otra vez. Reconozco que hay muchas cosas que quedaron mal hechas por mi parte.
  El reconocer, aunque pienses que no valga en la realidad, es un maravilloso don del alma. Reconocer para ayudar luego a encontrar otros errores que pudieran quebrarse sin  ti. Reconocer es una parte del futuro que te aclara el camino y es un paso que te profundiza aún más en el conocimiento de ti mismo. Reconocer es también reconocerte a ti, a tu alrededor, es pregonar, reconocer debe ser lo que se llama amor. Con unos brazos sinceros y puros, que merecen encontrarse en cualquier sitio, en todos, en donde quiera que pueda imaginarse que se encuentre. Es merecer de esa misma forma. Me fui a la casa de Isabel, a por la cinta que le había dejado a José. Por el camino iba pensando en el baile. Bueno, ya sabes qué hacer. Vas allí, y hasta las siete y media estás con las niñas aquéllas o con el padre de Rosi, que estará en aquel aparcamiento. Y, después, entramos. Si están, quedamos, si no están, pues ya veremos, bailas un poco y luego vamos a ver a Lourdes o por allí. Por pasar la tarde. Hoy no quiero sentirme solo. Hoy en mi destino tiene que haber alguien. Las palabras, la distracción, el estar con alguien me recordará a ella. Ya sé que estará pensando en mí y alguna vez se preocupó, no quiero que me encuentre solo. Pero no pienses eso, tú la vas a encontrar. Solo no te vas a sentir nunca. ¿Te acuerdas de Encarnita?. Me da pena. Era más bajita que yo, si, parecía un grandullón a su lado. Era tu amiga, hasta que un día te dijo que no y comprendiste que ya se había hecho mayor. ¿Qué le había hecho yo?. Tal vez le molestó que bailase siete u ocho más o menos cada domingo. No lo sabía, en aquellos momentos, la vi como una chica que empezaba a ir, la verdad es que no era muy guapa que digamos, sólo quería ayudarle a entrar en el ambiente. No sé si bailaba mucho, yo sentía que no. ¡Bah!. Olvídalo. No hace falta que vayas por donde ella, te va a saludar, pero me imagino que no va a ser muy bueno el recuerdo. Sus dos amigas, ¿o tres?, no me acuerdo; ellas eran muy antipáticas. Olvídalo.

  Entré más o menos a las siete y media. Allí estaban Susana y Betty ya no me acordé de la pregunta. No hacía falta preguntarles, les cogía o les decía mi intención, y sé que, tras una sonrisa, iban a bailar. “Después tú”, y ella me decía con los ojos: “Si, después yo”, también sonriendo. O con gestos: “Si, si; no, no estás cansada, pero si. A bailar”. Y los chicos delante. Eso me hacía feliz. ¿Marcharme dentro de un rato?. Ahora no puedo. Bailaba una y después me iba. En un rato, ella me dijo que no, pero no seria. “No, que estoy cansada”. Y le respondí: Bueno, vengo después. Y bailaba con otra. Pregunté la hora, y me dijeron las nueve y media. Bailé y me fui. Lo último que le dije a Betty es que, bueno, me iba volando.
  Muchas veces, hablando contigo, notarás que voy gradualmente alzando el vuelo, alejándome de esta tierra, la tierra que tal vez me da la vida. No, no me alejo, yo soy un ave y me alimento de un interior que fluye. No es difícil captarme esa sensación, porque me dicen que mis ojos parecen iluminarse y aflora esa sonrisa de siempre para ella y yo. Y me uno más a la vida, allá sé que me espera el horizonte y él me la volverá a enseñar, para que pueda seguir volando. No es raro que sea así, siempre lo estaré esperando, me ocurre muchas veces, yo quiero ser el pregonero de esta ilusión y para mí es realidad. Sólo así me sentiré en paz, con ella, oyendo cuanto me recuerde que puedo ser. La esperanza vendrá vestida de felicidad. Alzaré más y más el vuelo, así llegaré a sentirme más libre. Quiero que me comunique con eso que él y yo siempre hemos querido ser. El pasajero de las altas copas, por un momento quiero vivir. Y esos altos vuelos no es que sólo los tenga contigo, es que solamente los quiero tener contigo.
  Hoy no sé cómo me enfadé. De aquellos dos conejitos que habían quedado, dijo mi madre que habían muerto los demás porque se les habían mojado las patas, tanta suciedad acumulada porque el primer día me dijo que el conejito había muerto de matafogos (es una hierba que les hace daño, mortal para ellos)  y que tenía que desinfectar aquel cuarto donde dormían, así que lo había cerrado. Creo que fue el viernes, o tal vez el jueves, cuando lo había limpiado ella, porque recuerdo que al día siguiente me alegró de que no hubiera muerto ninguno.
El día que murió uno de estos dos me parece que fue el domingo, recuerdo que debía ir a algún sitio sin falta. Creo que también lo pensé porque tenía la ropa limpia. Además, eso de que si lo dejaba allí fuera podrían andar los perros con él me daba miedo de eso y en un primer momento no quise que se enterase mi madre, aunque si se lo pensaba decir. Me acuerdo que pensé: Lo guardo en esta bolsa, aquí en la parte de atrás de la madera con una pequeña maderín vertical (antes era una caja, pero ahora sólo le quedaba esa base y el resto del esqueleto. Allí habían dos bolsas con carozos de maíz y telas de araña). Lo dejé en la bolsa y metí el borde de la misma por debajo para que no pudieran sacarlo de dentro los perros o los gatos. Y me decía: Espero que dure así hasta mañana. Ahora voy a misa, vendré casi a la hora justa para hacer las camas, atender los animales y comer, y por la tarde voy al dos mil. Me parece que no lo cogerán los perros. Ay, es verdad, que ayer fue lunes, pensaba que había sido domingo, dijo que el avión vendría uno de los tres días a hacer la foto. Creo que fue lo que me distrajo. Era su santo. Esta mañana quiso que fuéramos Quico y yo a misa. Me dijo que si y yo, aunque en un principio dije que no, terminé diciendo que bueno. Y fuimos, pero ocurrió que al salir a las ocho y veinte, el conejo estaba allí, mordido. No sé qué fue lo que dijo, me molestó más al venir que me dijo: “Ahora lo primero que haces es cogerlo e irlo a enterrar”. Ya lo pensaba hacer, por eso me molestó. Pero no importó, lo que me molestó fue lo que dijo después. Le dije que había muerto ayer, porque estaba convencido que ayer había sido domingo. Ayer no, ese conejo lleva ahí más de una semana. Se murieron todos seguidos, ése murió cuando yo desinfecté la jaula. Y fui a enterrarlo: Si quieres, di que fue el año pasado. 

Debí contestarle, y lo debía hacer siempre. Recuerdo que ayer, cuando por la noche salimos, en Bayona, cuando aparcamos el coche, al principio no quería ir con mis padres (Jo, qué aburrimiento, sin hablar). (Bueno, sólo es un rato). Cuando íbamos por la acera, yo fui detrás, porque iba a mi paso, tranquilo. Ella se volvió, y me dijo: Eres tú quien se margina. “Si, quizás, antes si”. ¿Te das cuenta?. Ahí quedó la cosa.
  Cuando estábamos bebiendo, que Quico me cogió un papel que llevaba en la camisa y me pidió el bolígrafo, que no lo llevaba, contando que a veces me despertaba a las horas de la mañana para escribir, yo intentaba estar alegre, con los demás, y miré a mi padre, no sé por qué. Él estaba intentando esos ojos de mirada fija para intranquilizarme. Pero me dije: ¿Qué crees que haces así?. Y no pasó nada más. Ahora hubo una discusión con Quico, más que una discusión, una riña. No salí muy contento de ella. Cuando iba a hacer la primera bandeja, me dije: ésta por ser la primera. No sé cómo saldrá, pero veo qué tal. Mamá me dijo que bien, pero a mí no me terminaba de gustar del todo. Hoy me dispuse a hacer otra, pero estudiando cómo podía ser. Después de más o menos una hora, vi una posible solución. Empecé a hacerle agujeros, y Quico me llamó para que le sacase la escalera. Me enfadé, pero dije “después la termino”. Y salí. Fui a buscarla al sótano y no estaba. “Voy a los conejos y me queda de camino a la caseta. Pero arreglé aquello y no sé si estará. Bueno, voy a la caseta y luego allí”. Fui a la caseta y no estaba. “Ahora recuerdo que la coloqué en los conejos”. Pero iba un tanto enojado. Se la llevé y me dijo que le buscara la tijera. “Creo que la he visto en los conejos”. Pero discutí. “Jo, no sé, creo que las usó papá”. Cuando le traje una, iba a llevarle la escalera. “No, la llevo yo”. Comprendí que se había enojado e intentando calmar un poco, le dije: “Así lo llevo con la azada y hago fuerza”. Me respondió: Eso lo tenías que haber hecho hace nueve años”. Y me fui, disgustado. Lo que me admiró tal vez tanto como el que más, fue un día que estaba haciendo la habitación y, sin querer, leí una carta de mi hermano. Y digo que me extrañó porque a mí me habían dicho un día que mis palabras eran bonitas porque hablaban de algo poético, pero él… no sé cómo definirlo, tal vez porque hablaba con la intención de aconsejar, todas intentaban aclarar un problema. Y eso me señalaba más a lo que podía ser la sinceridad. No eran muchas las amigas que buscasen eso, no, no es verdad, alguna vez todas lo hicieron, lo que me admiró fueron aquellos consejos. Esos si eran de verdad. Mis consejos eran vulgares, a veces hasta ni tenían salida. Y los dejaba sin acabar. No sabía acabarlos. Todo se quedaba en las intenciones. Se volvían niños, como yo, y eran tan distantes, que les era mejor perderse.
   No sabían, se contentaban con lo de siempre. Se hacían ridículos, debías ser tú mi auxilio. Mis palabras querían hacerse apoyar, trataban, pero no encontraban a nadie. Sentían, a solas, que ya había pasado el tiempo, sentían que su llegar era siempre un llegar tarde. No habían nacido para mí, estaban muy lejos, muchas veces intentaba consolarles. Ponían toda su buena intención, pero ahí se quedaban.
  “Tú siempre me enseñaste, tú siempre fuiste mi compañera. No sé qué decirte, tal vez por que oigas mis equivocaciones, aprenderás la verdad. Ya sabes cómo soy: nunca en el mismo sitio. No podré responderte a eso que buscas, tú me ayudarás a mí. Muchas veces me dicen que no reconozco mis errores, y yo, que siempre he aprendido en la educación de callarse, me callo. Y no puedo decir nada, porque si sigo algo “me parte la cara”. Con mi madre es distinto, pero es también la misma tensión. Me admiró siempre la facilidad de mi hermana, Malena, por que cambie de tema. Sin embargo, hoy estaba mi madre limpiando una esquina del césped y me pidió la hoz que había comprado. Le dije que tenía que estar en los conejos. Sobre la jaula, en un estante, sobre el pilón, no estaba. Entonces se desahogó: “Doscientas pesetas tiradas, soy yo la que trabaja en la Ferretería y estoy muy cansada de aquello, pero no puedo dejarlo porque se necesita el dinero”. Ya no era tanto el efecto de eso sobre mí, pero me fui enfadado. La usé una vez, si, pero la dejé sobre los conejos, varias veces dije que no la había usado, pero lo dije porque cuando la usaba, la dejaba sobre los conejos. “La ves tirada y no la recoges”. El defecto mayor que tengo en esos instantes es que necesito bastante tiempo para fijarme bien, porque los ojos se clavan en cualquier cosa. A la caseta, al sótano, después fui a los conejos otra vez, pero ya iba pensando que no tenía por qué decir eso, porque no sabía cierto si había pasado eso. Pero bueno, eso lo dice siempre. Después de varias vueltas y de preguntárselo a Quico (a él creía habérsela dado, pero no sabía cierto que era este día, o ayer, pero me decía: Ya verás como no la tiene, el culpable soy yo, sólo falta eso). Me dijo que no, y me deprimí un poco más. Después de buscar un rato más, me asordé: Solían caer entre las rejas donde comen los conejos. Y fui. Allí estaba.

  Se la enseñé a mamá y me preguntó dónde estaba. Le contesté: entre las rejas. Ya levantó un poco la voz: “No, en el abono”. “Entre las rejas”, volví a decir. “Enséñame el mango”.  Me dije: “Llega la hora de que me dé la razón”.
  Esperé, porque hablaba por teléfono. “Me caerá a mí, pero no estaba donde tú dijiste; además, tú también buscaste en los conejos”. Cuando terminó de hablar le di la hoz. La cogió diciendo “en el abono”.  Cuando veía, me alegré: iba a reconocerlo. Me dio la razón pero me dijo: “Aquél tampoco era su sitio”.    
  Cuando ayer venía de fiesta, venía pensando en un posible poema, pero lo quise dejar para esta mañana y se me olvidó. Venía de la fiesta con el callo del pie doliéndome. Sólo bailé una, pero no lo pasé tan mal. Prefiero guardarme para las fiestas de mi pueblo.
  ¿Qué puedo decir cuando dejan de escribirme?. Pensaré que fueron solamente un paso en la vida. Ya las habré perdido para no volverlas a ver, pero se irán con una sonrisa y yo me quedaré pensando qué será del viento cuando no las encuentre conmigo. Nunca he pensado que las he perdido para siempre. No sé qué me pasa estos días.
  Mi tío Eduardo me escribió hace varios meses. Muchas veces me he puesto a escribirle y he terminado rompiendo la carta, a veces hasta ni empezada. A Teresa, a Ana, y a otras, con unas ganas grandes de escribirles, y nada.
  Oye, seas quien seas, quiero que sepas que solamente te haré una pregunta, una palabra. No importa lo que haya que esperar: días, meses, incluso puedo esperar un año delante de ti, inmóvil, serio, contemplándote. Sólo te hará una pregunta, un instante del que puede depender todo un mañana sin tiempo, indefinido. Esperaré, no me habías dicho nada y quiero ser libre para soñar. Quiero poseer el mundo en esos instantes, mientras espero. Todavía no he perdido la ilusión. No querré grandes elocuencias, no; una palabra, quiero que seas tú lo que tenga que decidir en este instante. Tú le puedes dar a una hora el valor de un segundo, pero quiero que sepas también que puedo ser despiadado, traicionero, podré mirarte de reojo sin estar tranquilo, tal vez porque no puedo olvidarte.
  Te dije que había hecho una bandeja, y si no, te lo digo ahora. Si, una bandeja, al principio no sé cómo la quería, pero más o menos entendí el esquema. Con dos asas para coger. Y la hice.
  Varios mimbres se rompían, sobre todo al intentar doblar por debajo: a pesar de eso algunos quedaron bien así. Y al rematar por las asas, quedaban mal doblados porque había que meterlos por los espacios y se quebraban. Uno de ellos quedó sin darme cuenta por detrás. Y me repetía: Para la próxima lo haré más estudiado y lo haré mejor.
  Y empecé otro, me mareaba, en sentido figurado, contando los agujeros y predisponiendo los remates. Empecé por una esquina. Mañanas enteras empleaba, para fijar cada vez más la atención. Con la regla, el lápiz, la goma, hice los agujeros y preparé unos mimbres. Recuerdo que, cuando iba a empezar la primera, me decía: No sé cómo saldrá, la idea la tengo, pero sería mejor viendo un esquema. No sé cómo quedará por arriba, pero resolví:  hizo los agujeros a voleo, da igual como salga, siempre será la primera.
  Había comenzado ésta segunda con mucha ilusión. Entre ayer y hoy y no sé si antesdeayer, terminé de rematar por abajo, ya con el asa, incluso la procuré hacer un poco baja porque le gustaba más a mamá. La hacía en la cocina, señalaba los agujeros para otro lado. Llegó a casa y me dijo: “Tráeme la tijera para cortar el asa, así quedará mejor”. Pero me enfadé: Ahora que me había hecho ilusión, pero no me salió más. Mariora me dijo: La ilusión la puedes tener ahora. Antes de cortarla me dijo que el asa le había quedado muy alta, así que le traje la otra para comparar  y había quedado más baja, la cortó. Jo, yo no quería los mimbres para esto. Tenía ilusión en tenerlos, para hacer, pero sigue sin escuchar. “Queda bien, ¿te gusta?”, todo cosas demasiado superficiales.

  Otro detalle muy curioso que podría añadirse a lo de antes de darse por sabida sin ver. Hoy miércoles sólo vino Palmira y ya le entendí en cuanto a ir a lo de Chicha. El otro día se marchó mi madre y en la merienda les di vino Montefiel tinto porque Palmira dijo que le daba igual y por no gastarle dinero. Esta marca me parece que la tomaron un día. Cuando llegó mamá no le pareció bien, porque a ellas les gustaba más el gallego de la tienda.
  Hoy sólo vino Palmira y, cuando llegó mi madre, ya había merendado: “¿Le trajeron el vino y la gaseosa?. Seguro que le dieron Montefiel”. Subí arriba a escribir un poco y, al rato, me llamó: ¿Dejas el regar para mí?.
  Otro detalle fue una palabra que dijo mi hermana Mariora al comer: es que tú parece que nos quieres hacer inútiles a todos. Me quedo mirando tantas veces. No sé qué: un espejo, un mueble, un espejo sirve. El mirar pudiera ser un investigar en secreto, un admirar todas las cosas. O un hacer nuestra la realidad. Cuando empezaron a morir los conejitos, yo me decía: al menos quedará uno para acompañar a la coneja. No sé qué puede ser si se van todos. Y antes de ayer quedó uno. El día de ayer vi que no había muerto y me quedé tranquilo. Pero hoy me he levantado antes que todos y fui a verlos, está muriendo.
  ¿Y ahora?, ¿quién es el culpable?. Mi primera respuesta es yo y entonces comienzo a preguntarme qué es lo que pasó ahí. Mi madre me había dicho: “Tengo que desinfectarlo”. En aquel momento tenía esas mismas palabras en la cabeza y no otras. Digo esto y, en el mismo momento, siento que no es toda la verdad, sólo me queda preguntar por el culpable… y buscar ayuda porque yo me siento incapaz
  Hace tres días empezó la fiesta en Sabarís. De todas formas, no lo pasé tan bien. Y me dio pena, porque me parece que sigo más el qué dirán que a lo que hago yo. Sólo bailé con una, al llegar, conocida. A las dos y media nos fuimos. Vi a Ana Belén, pero me pareció todavía una cría. Quería hablar con ella. Si, aunque no supiese de qué, pero la noté como si escapase. “Bueno, allá tú”, pensé. No tenía tantas ganas, me dolía más el pie. El segundo día, antes de ayer, no fui. Y ayer fui a Ramallosa. Al principio, cuando me dijeron que Lourdes quería venir conmigo, pensé que iba a ser el escollo que no me dejara bailar. Sin embargo, no fue así. Ella fue con dos chicos de allí y, ya en la fiesta, estuve con Teresa y me dio un beso. No sé si fue ella quien me animó. Me llamaron la atención dos chicas, no sé por qué, sólo sé que estaba con ellas Marisol, de Gondomar, y Mari de Madrid. Y bailaron. Lo pasé bien allí. Fue Marisol quien me dijo que enseñara a bailar a Lourdes. Y fue lo que hice, aunque le fuera muy difícil, no terminó de aprender de todo. Me parece que le animé un poco más. Y a las dos menos algo más o menos encontré a Susana y a Betty. Un rato antes, Lourdes fue a saludar a una chica y le dio un beso. Así que me metí yo y también se lo di. Bailé con ella, aunque quedé de bailar con sus dos amigas.
  Por la tarde, había pasado un poco por el baile. Bailé una o dos con Rosi, me lo prometió Lina y la amiga de Ramona, pero me fui a las nueve. A Rosi la vi en la fiesta, pero no tenía ganas. Cuando terminó la fiesta, yo aún quería bailar, pero tengo que guardar las ganas para hoy. No van a ir Betty y Susy, pero sí aquellas tres, o las dos. Le seguiré enseñando a Lourdes.
  Por la noche de ayer, mientras Quico fue al baño, me acordé del hecho que tuve con la chica de Madrid. Me parece que, en el fondo, no sé lo que es el amor y también me parece que yo lo baso, sobre todo, en las cartas. En vez de decirle “dame la dirección”, le pregunté si le gustaba escribir. Me respondió “no mucho”, así que ya no pensé más en eso. Escribí un rato, no quiero que piense que lo dejo abandonado. No puedo hacerlo, a pesar de todo, sería un cargo de conciencia, un detalle que es la primera vez que conozco, un sentimiento que lo primero que hizo fue buscarme, simplemente porque era diferente de los demás. Y creo que yo siempre estaré en disposición de escucharle, pronto llegaba su hora y ya le esperaba desde hace mucho tiempo. Lo que sí voy a querer va a ser desarrollar todas tus palabras… que es desarrollarte también a ti. Y me doy cuenta que todos esos instantes vienen para vivirlos, acaso también para llenar después un punto en el mañana, pero algo que sólo quiere ser eso: un instante que tiene que irse. Llegará tu recuerdo, si, porque tú has confiado en él, y eso es algo que en realidad nunca podrá olvidarse. Pero ahora tiene que irse, compréndelo, tal vez mañana… tal vez mañana le gustará recordarte a ti quién fue en el día de hoy. Me di cuenta que no tenía por qué temer.
  Mariora marchó, dijo que iba a estar varios días fuera. Le pedí el radio-cassette y me lo dejó, así que hace un rato le pregunté a Quico: ¿cuántos días va a estar Mariora fuera?. Y él me respondió: ¿a ti qué te importa?. Nada, nada, y me fui. Sé que debería habérselo dicho, pero me acordé de una de las caras de Quico que me dio Teresa: respuestas que te dejan cortado.
  Ya por la mañana hubo un roce: yo venía de Ramallosa y, por temor a que me lastimara el dedo, quise buscar las sandalias y se las pedí a Quico, pues las tenía él. Se las pedí pues, y Mariora dijo: “Cuando tú le pides algo a él, te lo da y no te pregunta. Debe pedírtelo porque le duele algo o lo necesita”, yo le había dicho si quería o los necesitaba.  Al final, me los dio un poco enfadado o molesto,  y no quedé tranquilo.
  Antes sí tenía oído que ella me ayudaría de mayor o si lo necesitaba. Puede ser verdad. En la fiesta, no sé si fue Mariora quien me dijo que, en comparación con Lourdes, yo no tenía nada. Lo primero que le dije, hablando de mí, fue que también me había atropellado un coche.

  Ayer por la noche tuve un tropiezo con mi madre. Por la tarde tenía ropa a secar y me dijo que me pondría un niki que había allí. Al llegar la noche, cuando iba a empezar un programa, una película que le gustaba a ella, le pregunté si lo había planchado. Y, como siempre hace, se levantó y dijo que me lo iba a planchar. Eso enfurecía a mi padre. No comprendí por qué hacía eso, podía hacerlo Quico. Todavía me lo sigo preguntando. Al ir con ella al fallado, al estar allí, me decía lo de siempre: No esperes a nadie, todos se irán, como no te líes con Lourdes. Bueno, ya sabía pasar. En un momento, se me escapó una palabra, no sé cuál, pensó que era “bueno”. Me ofendió más una riña que tuve por la noche con Quico. Cuando se acostó, encendió la luz de la mesilla para leer. Tenía puesta una cinta. Yo, con miedo, porque si me pongo a leer suele apagar la luz, cogí las gafas y una libreta. No hizo ningún movimiento extraño y eso me alegró. Pasaron dos canciones y le dije si la cinta era mía. “No”, no me importó, porque yo se la iba a dejar de todos modos. Me dijo: “Malena me grabó la cinta tuya en una para mí, pídesela a Malena”. Y yo eso se lo creí, pero (había apagado la luz) seguía corriendo la cinta y recordé que un día me había pedido una cinta por la canción: “devuélveme  a esa chica” y era ésa. Por lo tanto, era mía. Pero, ¿por qué me mintió?. “Lo mío todo también es tuyo. Ahí lo tienes, puedes cogerlo cuando quieras. Excepto el dinero, todo está a la vista. Pero, ¿por qué te pones así?”. Pasé un rato buscando la respuesta. Después me dormí.
  Hoy, cuando me levanté, fui a ver el aparato y era mi cinta. Pero lo de más tarde fue peor. Bajé a Ramallosa y subí. Un rato después me dijo Quico que fuera con él a lavar el perro de las Damas y me puse el pantalón de bajar al pueblo, claro. Él me dijo: “ése no que hay que arrodillarse”. Cogí el verde y me lo empecé a poner. Creo que le oí que la ropa debía de ser vieja y vi, me fijé sobre el sillón el pantalón del chándal.
  Y le dije a Quico que lo podía llevar. Él me respondió “claro que si”. y, sin saber por qué, le contesté: entonces, ¿por qué me dijiste el nuevo?. Creo que se lo debí hacer bromeando, para no verle tan serio. Pero se enfadó más, ese gesto de rodear el cuello con las manos, pues lo hizo.
  Me da pena, me duele, no sé cómo se puede romper este lazo, pero no me extrañaría, aunque no quisiera que así fuese, que ahí se haya roto un poco. Después tuve unas palabras con él y no me dio gesto de estar enfadado, tal vez porque debe olvidarse en cuanto ha pasado.
  Pero, cuando estábamos en casa, fui a la habitación a barrer y él también. Saqué las alfombras y las sacudí en vertical desde la ventana. Él me dijo: Sal fuera para sacudirlas. O lo haces bien o no lo haces. Me dio miedo. Y siguió, porque barrí mi parte  y le pregunté: ¿quieres que barra tu cama?. No sé qué me respondió, pero fue una de esas respuestas que te dejan cortado. Y llegué a pensar que el lazo se había roto.
  Me gustaría escribirle a Ana, para pedirle consejo, pero me parece que estará enfadada. Mi padre, casi al mediodía, le dijo a Malena que llamara a mis abuelos, porque era el cumpleaños del abuelo, según le apuntó mi madre. Yo, desde el pasillo, la puerta, no sé si porque no lo había oído o porque intentaba el diálogo un poco más, le pregunté a quién. Mi padre me dio un empujón con el pie a lo bestia. “Claro, de la única forma que sabes hablar. Y, conmigo, te gusta más, ¿no?”. Pero después me calmé.
  Hoy va a ir Betty y Sussy. Y dejé las alfombras fuera, ahora las fui a sacudir y mamá estaba en la habitación. “No quiero ver las alfombras aquí fuera. Todo el día llevan. Que vean la mierda. Se fue hacia la ventana y yo murmuré: “calma” o “bueno”, algo así, pero s volvió diciendo que estaba rezando. Y pensé: “Es lo único que tengo para poder pasar”.
  Después subí a escribir. Mamá estaba en el cuarto de baño, lavando y pidió el jabón flota a quien estuviera abajo. Esperé un rato por si estaba mi padre, pero al cabo bajé y pensé: No sabes lo que te pierdes. 
  Déjame contarte todo el momento en que he estado pensando en ti. Es tuyo, yo sé que quiere rehacerse un nuevo día entre nosotros. Déjame contártelo, quiere encontrar su sentido. Quiere hacerse lazo en la vida, quiere saber quién fue su pregonero. Déjame contártelo,  tú fuiste el motivo de su nacimiento, y ahora quiere saber tal y como eres.
  Comprender qué fue de ti en esos momentos y convencerse que tú también estabas con él con él para esos instantes. Cuando bajé por la tarde a buscar el pan, iba pensando. Me gustaba su hola, aquella mirada. Me gustaba un futuro, sin pasar el tiempo, siempre un futuro que supiera decir si a sus pasos. Me gustaba todo aquello que invadía mis pensamientos en aquellos instantes. Me gustaba todo lo que pudiese decir, tal vez lo estaba imaginando. 

  Aquel sábado fui y estaban ellas, también vino conmigo Lourdes, pero ella, al llegar, no quiso bailar porque le veían. Yo lo pasé fenómeno. No sólo bailé con Betty y Susana, con alguna más, después a las dos y algo se fueron, me trajeron hasta la entrada de San Pedro. Cuando marcharon, todavía quise bajar a esperar a Quico, pero me detuve a hablar con Mario y él ayudó a persuadirme. Mario es, creo que el único que me cae bien de por aquí, es más sensato. Estuve esperando por Quico primero en la carretera, después arrimado a una casa y luego en el portalón del campo de fútbol, charlando. Muchas personas me preguntaban por la fiesta, me habían visto muy animado. Y siempre les contaba lo de Betty y otros bailes. Mis palabras, aunque sinceras, tienen odio muchas veces. Odio en bruto, se descargan con toda su furia, como fuego. Una llama que se enciende de pronto, tan de repente que parece que quisiera quemar todo su alrededor. Sin embargo, no quiere herir a nadie, sólo quiere explotar en mi interior. No me hace odiar, no, es así porque nadie parece escucharle y él sabe que me lleva a mí. ¿Por qué odiar?. No, es más inocente que todo eso. Es como una especie de rabia para sí mismo y su explosión se la hace olvidar por un momento. Muchas veces, me gusta intercalar el sentido de poder hablar  con vosotras, no quisiera nunca sentirme separado de todas las palabras que pudieran ser sentido de esa forma. Capaz de descubrir cada vez más, capaz de sonreír. Vosotras sabéis muy bien cómo es mi corazón cuando está a vuestro lado. No me dejes callarme cuando quiero decirte algo. O tal vez intente que tú sepas qué es aquello que yo no consigo decir. No me dejes, hazme abrir la boca para estallar toda esa furia que llevo dentro. Corroerá mis entrañas y, por no saber liberarse y dejar esa prisión, se llegará a hacer odio. Y será por ti algo que no debía tener razón de existir.
  Dímelo todo, si hubo solamente una mirada, necesito reconocer que esa primera estuvo equivocada. Déjame decirte que es algo especial lo que yo siento por ella. Que muchas veces la necesito encontrar en mi forma de vivir. Déjame decirte que es la enseñanza que quiere ocupar un sitio en mi alma. Quiero hablar, si tú estás ahí, me sentiré más seguro. Quiero reconocer que mi equivocación iba creciendo, y podía sublevarse. No me dejes callarme, un segundo puede ser la expresión de todo un tiempo, un tiempo indefinido, quizás el que faltaba. Me gustará pensarlo así. Y que tú vas a ayudarme. No sé por qué te miro tantas veces, son unos ojos que se clavan en ese hogar que es su morada y parecen investigar, no te preocupes, no cambies tu mirada por temer ese futuro. Puedo pensar en tantas cosas, quiero pasar el rato hablando con ellas, ¿tienes que ser tú quien intente saltar?. Bueno, tú, pero no te espera nada. A veces me siento ridículo, muchas de las veces, quiero chillar y no puedo, mi voz se hace entonces más delicada, y me sigue pareciendo igual. ¿Todo?. No, es ridículo el no conocer lo que puedes conseguir. Me siento llevado, manejado, ordenado sin rumbo fijo. Estaré equivocado, me gusta que me lo hagas reconocer. Mientras voy andando, si, tú vienes a invadir mi mente. Llévame contigo. No, haces mal, debes volver a la realidad, piensa que este momento indeciso ya pasó. No consiguió apartarte de la raíz. No, debes volver. No tengo que decirte nada. Tú ya sabes cómo me dejaste aquel día. Ahora te espera, debes volver. No va a decirte nada. Tú ya sabes qué es lo que puedes conseguir, solamente será esa ayuda necesaria para recordarte por quién luchas. Así irá contigo. Haces mal si te duermes. Es mejor descansar un poco. En la fiesta de Ramallosa del sábado, cuando estaba bañándome, llamó Lourdes, quería ir conmigo. Me enfadó, porque había pasado todo el día pensando en Betty y en Susana. Pero fui a buscarle. Lo que me molestó fue que corrí hasta su casa, y estaba viendo la televisión con su madre y sus sobrinos. Fue aquel ambiente, como si yo estuviese allí porque era mi novia. Cuando hablaba con Lourdes me decía que era mi amiga, yo creo que más bien el problema comenzaba en su madre y en todos los de su alrededor. Ayer fui al 2000, el tercer sitio donde estarían ellas, y las encontré, pero me dijeron que no. Toda la tarde Bety bailó alguna, pero Susana no.
  Casi al final tocaron dos lentas y conseguí bailar una con cada una. Bety me dijo que estaba molida por los días de fiesta. “¿No me lo podías haber dicho antes?, le pregunté. Y también se la hice a Susana. Eso me gustó, ya me conocen un poco más. Y me marché.

  Bailé con Manoli en Nigrán. Y comprendí que estaba equivocado. Se te olvidó decirme la razón. Y he pasado las horas dudando. No te preocupes, he aprendido que eso ocurre en todos los lugares, aquí también tenía que ocurrir. No te preocupes, lo entiendo. Si me lo hubieses dicho antes, antes lo hubiera comprendido. Es eso lo que más me duele, el saber que pude herirte creyendo que era una broma. Yo sonreía, quería que tú también.
  La espera es lo de menos, se puede decir que no existió contigo. Sabes que yo me convenzo de algo, y eso es cualidad indispensable para que lo pase bien. Procuraré que esa cualidad no hiera a nadie, y a ella menos. Alguna vez no ocurrió eso, pero bueno, poquísimas, procuro olvidarlas lo antes posible y convencerme de otro detalle tan precioso.
  Las cintas las grabo para Quico. Quiero que sean mías, pero quien las va a oír va a ser él. Hay muchas cosas que no quiero recordar. Me llega a dar asco muchas veces el haber vivido para ellas. Ayúdame, no quiero ser una marioneta. No las podré olvidar nunca. Sólo separarme. Decir “quiero” no vale. Ya viste, a veces, un animal recuerda su origen. Me gustaría que todo fuera como ayer, y no puedo. Es una herida. Pensar que ya se prendió a mí me llega a turbar.
  No, hay tantas cosas que merecen ser olvidadas. Y yo, ¿por qué no olvidarme a mí también?. Porque sé que estoy aquí hoy. ¿Y mañana?. No merece la pena hacerse tantas preguntas. Soy tan pequeño, me parece que voy creciendo a costa de ellas. Me pregunto qué más me espera. Ahora no lo sé. Siento que no tardarás mucho. Voy comprendiendo tu ausencia. Es muy difícil de explicar. Esperas un coche y no viene. Entonces decides responderte que todavía no ha llegado la hora de que venga. Y sigues esperando impacientemente, no sabes a dónde mirar para que se apresure.
  Es esta mañana. ¡Alégrate!. ¿Quién crees que va a estar contigo para este tiempo?. No debes salir, si en rutina, aprovecha lo que te puede enseñar, como tú le dijiste un día. Y esos momentos que quieren turbarte, ¿para qué?: aprovéchalos a ellos también.
  Todo es importante, y tú tienes la suerte de conocer ese todo. Todo se ha de marchar un día, no lo olvides, eso ya te lo he dicho otras tantas veces.
  ¿Viste ayer, cuando ibas por la calle?. La lluvia moja a todos y, cuando son copillos pequeños, es más dura, pues se van amontonando. Ellos no se asombran por nada, no conocen esa capacidad, aunque cada uno tiene su alma; ellos también conocen ese todo. Injusticia hay en todos los sitios, ¿o es que crees que hay quien no lo sepa?. No importa, ya vuelves a estar solo. Todo parece estar desarreglado. Nada en su sitio, te ibas a ir, podemos ordenarlo. No me digas que soy bueno. No, no lo soy, todavía estoy luchando. Tal vez mañana; si, yo nunca he perdido la esperanza y ese mañana acaso vendrá muy atareado. En serio, quiero encontrarle y encontrar en él tantas de las respuestas que un día tuvieron sentido.
 No sé quién decía que todavía estoy en el camino. Si, es algo así la vida. No parar nunca. Aprender que no se debe dar un paso por perdido. Quiero conseguirlo, muchas veces, si vieras mis esfuerzos, me gusta encontrar muchos sentidos en mis palabras, todos ellos serán buenos, y quiero desechar que, aquel día, no los deseché, como tuve intención de hacerlo. Que puedan servirme de apoyo tantas veces como necesite sentirlos a mi lado, para que siempre vayan recordándome de dónde nací, ese qué es lo que hago tan particular que salta a veces ante mis ojos.
  Conocer todo, si, me parece que es bueno eso, porque te permite conseguir una vida, eso que a veces creíste imposible. Podremos saludar todas las cosas, conocemos su origen, sabemos qué hacen aquí, conmigo; mejor estando a mi lado, me parece que nunca he podido soportar estar solo, vacío y callado, sin nada que escuchar.  

  El sábado iba a mandarle una carta a mi tío, le mandaba algunos poemas. La dejé abajo, mi madre la leyó. Le gustaron, quiere que pase todos a máquina. Al menos, ya sé que no tengo por qué esconder la libreta. Tanto tiempo alejado de la vida, me llevó a esconderla siempre y yo no podía encontrarme con ella cada vez que la necesitaba. Dicen que era yo quien buscaba ese alejamiento, ahora ya hay algo más que se puede decir. Y ese ser oculto que habla conmigo, ya podrá verse liberado. Llegamos a tiempo para ver el nuevo día.
  No puedo estar tranquilo. He recibido gritos, enfados, porque el escribir era perder el tiempo. ¡Y ahora me dice que los pase a limpio!. Cuando me tiró la libreta en la cocina, porque, según dijo, no podía estar la cocina tan llena de cosas, rompió varias hojas separándolas de la libreta y algunas por el centro. Ayúdame a serenarme. 

  Por la mañana le felicité el cumpleaños
 y le dije que el regalo se lo traería por la tarde. Me contestó que no hacía falta pues sabía que no tenía dinero. Cuando terminé de grabar la cinta, a las dos menos algo, bajé a buscarle el regalo. No quería que me viese, así que dejé la bici en casa de Lourdes. Allí no había nadie afuera, así que me quedé más tranquilo, porque siempre temo el que empiece a hablar y no pare. Le compré el marco para una fotografía. Me lo enseñó Ángeles, pues yo no lo había visto. Ahora que van a hacer las fotos de la casa y las que le gustan  a ella en un marco: me lo traje. Cuando llegó le pregunté si tenía una foto mediana, pero no supe decirle para qué y le respondí que para guardar yo. Después se la enseñé. Quico me dijo: “Entre los dos. Toma mi parte”, aunque sólo aparecieron cincuenta y eran cien más.
  Le gustó, me dio otro beso y dijo que le podíamos decir a mi padre, cuando llegase, que aquello había llegado en un paquete a sui nombre, señalando a la chica que aparecía en la foto, y preguntarle quién es. Me pareció bien, y así le animé a mamá. Cuando llegó él, yo le iba a decir que lo hiciese, pero cuando había subido todo, se enfadó conmigo, como suele hacerlo. Porque quise sacar los perros a la azotea.
  Ya los había sacado antes, pero no sé quién fue el que abrió la puerta. Yo los intentaba volver a meter, pero a él le molestó y me echó de allí. No fue eso lo que me dolió más, pues eso enfadó a mi madre, y así expresó su molestia. Cuando pasó lo de Quico, fui a buscar en el armario pues había guardado en una libretita doscientas pesetas.
  El domingo, cuando Quico iba a salir, me pidió dinero, mamá también. Sé que quiso y no quiso, hubo un enredo y estaba convencido que no, por tanto él me las había cogido. Pensé mal de él y era mentira, pues se las había llevado el domingo. Lo bueno es que no discutí con él, seguro de habérmelas cogido. Ahora voy a terminar el cesto.
  Muchas veces recuerdo eso que me dijo Teresa: “por lo que ellos nos dan comida, etc”, pero cuando llega el momento, me quedo siempre intranquilo. Después de lo que pasó con mi padre, al volver a la cocina me acordé de decírselo pero no tenía ganas: no quería hacerlo.
  Ahora por la tarde se rompió la paz. Yo estaba en la cocina terminando la bandeja. Muchos mimbres quedaban demasiado pequeños. Cuando ella empezó a doblarlos recuerdo que los doblaba para ver cuánto tenía que meter. Pero no lo hice así. Esto se debe a que hubo alguien que aturdió una especie de ilusión. Creo que es lo de mojar el mimbre cada vez que quiera enredarlo. Me dice que de tanto mojar se vuelve oscuro y, en cuanto a la madera, se dobla. La madera, sí lo he visto, pero el mimbre no y no lo comprendo, porque si se moja debe secarse y volver al color natural. La bandeja, la hice con un cubilete de agua caliente y una esponja, como me la empezó a hacer. Se rompían, aún en donde estaban secos y me di cuenta de que, si no lo hago de un tirón, si vuelvo atrás, se rompen. Quise dejarlo para más tarde, porque ya estaban muy dañados, o que lo terminase mamá y así se lo dije, pero estaba en el baño. “No lo voy a hacer, no sé si le dije por ahora o no”.                        
  Se puso triste y me dijo: “Recoge arriba si no lo piensas tocar más”. No pude resistir eso, así que volví y le dije: “No es que no lo piense tocar más, lo dejo para más tarde”. La culpa fue mía, por cortar los mimbres algunos demasiado sin darme cuenta, pero me extrañó esa postura.
  Ayer, cuando llegó del pueblo, un poco más tarde, dijo que había dejado la tienda. Me afectó más en un principio, porque significa no grabar tanto, pero pronto me recuperé porque puedo, aunque no tanto, además, puedo ir a casa de José a hacerlo. Lo que más me afectó fue por la tarde, cuando ya estaba sentado a la mesa para festejarlo. Había ido a bañarme con agua fría.
  Empezaron a oír unos chillidos entre mi madre y mi padre, con lo peor para ella, que siempre es la más débil. Llegaron a la puerta del baño, giraron la manivela y, como si estuviera cerrado, pegaron dos golpes a mano abierta, supongo que sería mi padre. Me levanté diciendo: Pero si yo me había decidido a dejarla abierta. ¿Cómo decirle “Pero estaba abierta”?. Después llegó Malena diciendo: “A la mesa”. Me sequé y salí.

  Cogí el batón, a pesar de que le molesta, porque era más rápido. Entré en la cocina. Mamá estaba llorando. Mi padre, enfadado. “¿No comes?” le preguntaron varias veces. “Ahora tomo un poco”. Quico comió y yo no quería enfadarle también, iban a comer todos. Varias veces me detuve un rato, porque mamá no comía. “Me sigues dominando”, me repetía. Pero también pensaba que lo que quería era guardarse. Para el chocolate. Y seguí comiendo.
  No tenía intención de comer. Lo cierto es que no me fijé para los demás, porque Mariora dijo que no había comido. Al final, ellos marcharon y quedamos Mariora, Quico y yo. Ella dijo: “No debimos comer nada”. En mí también resonó esa pregunta, pero no sabía de qué iba la riña.
 Hoy por la mañana, me levanté, escribí a máquina y regué. Ya en casa me preguntaron si había comido una magdalena. Quedaba una y alguien la comió. Yo no voy por ahí. Cogí aquellas dos peras para mamá y Nacho al llegar a casa, sin preguntar, se comió una. Ayer sí que comí una y lo hice a escondidas, pero era de un plato donde había seis. A mí a veces también me gusta hacerlo, pero siempre me queda.
  Avellanas, hay un bote grande; chocolate de leche, mamá no toma; manzanas de la huerta, mantequilla, un bocadillo por la tarde si queda o, hace unos días fue por la mañana, pero quedaba. Esta mañana se enfadó mi madre porque ayer quedaba un bote lleno y un poco de otro. Y hoy, cuando quiso ir a buscarlo, sólo quedaba el medio vacío. La magdalena, bien pudo ser Doc ayer: en la cena aquélla lo pillamos comiendo los chorizos, aunque estaban atrás del todo en la baldosa. Pero no tengo fuerzas para decírselo. Yo le dije que no había sido y que a mí también me gustaría encontrar al culpable. Quico, esta mañana, a esa pregunta contestó: cosa tiene que estar (pensé que a mí no me iba a nombrar, pues creo que me conoce que yo no voy por ahí) entre Nacho, Malena y José Ángel (a mí me nombró el primero).
  Bueno, bien. Tú crees que es algo que comenzó a partir de ahora. No, es algo que ya lleva toda su historia cumplida. ¿Por qué no te preguntas por qué ayer forjé en mi imaginación que te referías a mí?. ¿Crees que a mí me gusta?. No, ahora no quiero que me conozcas. Cuando le dije que lo de las magdalenas no había sido, tú me dijiste que no te referías a mí. ¿Viste?. Eso es lo malo. Yo ahora no voy a decirle que a mí me eduques de una manera distinta. Y por compadecerme tantas veces.
  Si, lo hice por ti, todo lo hago por ti. Y tú me dices que no se parecen en nada unas peras a unas magdalenas. Ahora me doy cuenta que no merece hacer nada por ti. ¡Cuánta razón tenía don José Carvajal. Yo quería apurar lo de los poemas porque sentí que tú querías verlos pronto porque habías sentido que, a partir de ellos, llegarías a conocerme mejor. ¡Qué equivocado estaba!. Me das pena. ¡Porque yo veo una relación tan clara…! 
  Creo que lo malo es eso, que yo lo veo. Y tú me parece que lo quieres ver, pero en el fondo prefieres pensar lo contrario. Bueno, está bien (Ahora vino Malena a vaciar el cubo, pero como ella es tonta, le pude engañar haciéndole creer que andaba buscando. Ahora voy a dejarte, pues temo que venga quien falta). Me dijiste que subiera rápido porque se cortaba la leche, sólo para tenerme más vigilado, ¿no?. Entonces ya cambian las cosas. Siempre me dices que cuando mueras no se me ocurra llevarte flores al cementerio. No sé cómo será la vida cuando ocurra eso, pero ahora siento que ni tú ni nadie me lo podrá impedir por la vida que me conseguiste.
  No es que sea mío solo, como aquello. Pero me gusta poder sentirme como la voz de todo un pueblo, la voz que nunca podrá callarse. Vosotros vais a ser mis testigos. Mi pequeño grupo preferido, para realizar mis pensamientos.
  Ahora estaba haciendo una bandejita redonda y empezó a ladrar Blas. Me enfadé, salí y le quise pegar, pero se me escapó, así que le lancé una piedra, pero no a lo bruto, sino como si quisiese dársela aunque desde lejos, y tuve tan mala pata que le di en la cabeza. Salió Malena gritando, y yo le decía que no había sido. Pero entonces sí me dio pena de mí mismo. Lo de esta mañana fue porque bajé a Ramallosa a buscar la leche y el pan, y me habían vendido un cesto. Yo entré en la tienda enfadado por lo de mi madre y sólo estaba Carlos. No tenía intención de saludar y supongo que él también debería estar molesto, aunque se lo dijera más tarde; cuando cogí la leche, me dijo: “Se dice hola”, o algo así. Yo le respondí: “Hola. Pensé que estabas enfadado”.
  Al llegar a casa y darle el dinero, un rato después me preguntó: ¿te dijeron algo?. Y se lo conté. Pero lo hice mal, porque empezó a chillar: “Al entrar siempre se saluda. Igual que a las personas mayores siempre se les trata de usted. Aquel día, en Tuy, no debiste llamar as la hermana Reparadora por “tú”. Tú no tienes nada que ver con lo que me pasó a mí. Los días que vaya y haya mucha gente, pues me pondré a despachar. Y mañana puedo volver. “Pero todo esto con muchas más palabras. Yo me sentí muy abatido. Le mezclé a lo de la discusión por la magdalena. “Yo eso no lo digo por ti sino que se lo dije a todos. Además, no sé en qué se parecen unas peras a unas magdalenas. Ahora estoy yo en casa y vas a salir a regar esas dalias”. Sin embargo ahora por la tarde estaba en la mesa de la cocina preparando un cesto y, al pasar Quico porque iba a salir, me dio una palmadita en la espalda de ánimo. Casi por la noche, me dijo si quería ir con él a la fiesta de Camos, iba Eladio. Como dijo Eladio, hoy es más bien cuando comienzan: Camos, Donas, etc, hoy son en Donas. No hablé con nadie allí, pero yo pensaba más bien en las de hoy cuando me enteré que eran las de Donas. Escribí varios poemas. Y me sentía mejor por saber que no estaba en casa. Me siento extraño esta mañana. Es algo que me parece que no estoy aquí en estos momentos. No me duele nada, pero tampoco pienso en nada. Voy a escribirlos.

  Por la mañana le felicité el cumpleaños y le dije que el regalo se lo traería por la tarde. Me dijo que no hacía falta pues sabía que no tenía dinero. Cuando terminé de grabar la cinta, a las dos menos algo, bajé a buscarle el regalo. No quería que me viese, así que dejé la bici en casa de Lourdes. Allí no había nadie afuera, así que me quedé más tranquilo, porque siempre temo el que empiece a hablar y no pare. Le compré el marco para una fotografía. Me lo enseñó Ángeles, pues yo no lo había visto. Ahora que van a hacer las fotos de la casa y las que le gustan a ella en un marco, me lo traje. Cuando llegó le pregunté si tenía una foto mediana, pero no supe decirle para qué y le dije para guardar yo. Después se la enseñé. Quico me dijo: “Entre los dos. Toma mi parte”, aunque sólo aparecieron cincuenta y eran cien más.
  Le gustó, me dio otro beso y dijo que le podíamos decir a mi padre, cuando llegase, que aquello había llegado en un paquete a su nombre, señalando a la chica que aparece en la foto, y preguntarle quién es. Me pareció bien, y así le animé a mamá. Cuando llegó yo le iba a decir que lo hiciese, pero cuando había subido todo, se enfadó conmigo, como suele hacerlo. Porque quise sacar los perros a la azotea. Ya los había sacado antes, pero no sé quién fue el que abrió la puerta. En aquel momento los intentaba volver a meter, pero a papá le molestó y me echó de allí. No fue eso lo que me dolió más, sino que eso enfadó a mi madre, y así expresó su molestia.
   Cuando pasó lo de Quico, fui a buscar en el armario pues había guardado en una libretita doscientas pesetas. El domingo, cuando Quico iba a salir, me pidió dinero, mamá también. Sé que quiso y no quiso, hubo un enredo y estaba convencido que no, por tanto él me las había cogido. Pensé mal de él y era mentira, pues se las había llevado el domingo. Lo bueno fue que no discutí con él, seguro de habérmelas cogido. Ahora voy a terminar el cesto.   Muchas veces recuerdo eso que me dijo Teresa: “por lo que ellos nos dan comida, etc”, pero cuando llega el momento, me quedo siempre intranquilo.
  Después de lo que pasó con mi padre, al volver a la cocina, me acordé de decírselo, pero no tuve ganas, no quería hacerlo. Ahora por la tarde se rompió la paz. Yo estaba en la cocina terminando la bandeja. Muchos mimbres quedaban demasiado pequeños. Cuando empezó a doblarlos recuerdo que los doblaba para ver cuánto tenía que meter. Yo no lo hice así. Esto se debe a que hubo alguien que aturdió una especie de ilusión que yo tenía. Creo que fue por de mojar el mimbre cada vez que quiera enredarlo. Ella dice que de tanto mojar se vuelve oscuro y, en cuanto a la madera, se dobla. La madera, sí lo he visto, pero el mimbre no; y no lo comprendo, porque si se moja debe secarse y volver al color natural. La bandeja, la hice con un cubilete de agua caliente y una esponja, como ella la empezó a hacer. Se rompían, aún en donde estaban secos y me di cuenta de que, si no lo hago de un tirón, si vuelvo atrás, se rompen. Quise dejarlo para más tarde, porque ya estaban muy dañados, o que lo terminase ella, así se lo dije, estaba en el baño. “No lo voy a hacer, no sé si le dije por ahora o no”.                        
  Se puso triste y me dijo: “Recoge arriba si no lo piensas tocar más”. No pude resistir eso, así que volví y le dije: “No es que no lo piense tocar más, lo dejo para más tarde”. La culpa fue mía, por cortar los mimbres algunos demasiado sin darme cuenta, pero me extrañó esa postura.

   Los hice incómodo
, porque sólo tenía una hoja, había una carta que no había terminado en toda la hoja, en las otras dos mitades dos poemas. Y creo que metí tres o cuatro más.
  Ahora por la mañana está lloviendo. Me acordé del toldo, habría que quitarlo, porque se estaba mojando, pero quise terminar de pasar los poemas. Hace un rato le pregunté a Quico, que estaba en la cama, aunque despierto, si me ayudaba a quitar el toldo y me dijo que no. Supongo que será mejor. Él tiene sueño y, además, oí la cisterna de la habitación de mis padres, aunque sólo está él en casa. Y si fue él quien se levantó, pues eso, ¿no?. No me podrá llamar inútil por no haberlo quitado.
  ¿Viste?. Ahora entré en la habitación y, al primer sitio donde miré fue a Quico que estaba sentado en la cama. Se ponía el traje de baño. Me quedo un rato mirando al bañador, porque pensé que se lo pondría sobre el calzoncillo, aunque no era así. Él me miró, y me preguntó: “¿Qué pasa?”. Yo le contesté esto que te dije a ti y él siguió: Ten cuidadito, José Ángel, ten cuidadito. Yo debía estar satisfecho, la mayoría de las cosas, menos papá, me las piden por favor y cuando me dicen algo, dicen mi nombre, pero, aunque puede que me lo digan con esa intención, sigo teniendo miedo y, así, no puedo estarlo.
  ¿Sabes qué es lo malo?. Nadie le da valor a lo que yo hago. Incluso la más pequeña molécula del mundo tiene un sentido, y yo sé que también hay una misión que comienza a partir de ella. Y la ilusión es lo que le moverá, algo que jamás debería abatirse; al contrario, darle alas. Todo debe tener un sentido, tal vez esté bien dado aquél que nosotros seamos capaz de darle. Veremos que la imaginación también tiene un sentido.
  Y así, enlazando y enlazando, aquí estamos ahora, como producto de todo un proceso. Y ese algo ha formado parte de nuestra vida alguna vez, algo nuestro que quiere desenvolverse en el aire que le vio crecer. Ese algo, con nosotros. Cualquier cosa puede ser el centro de la vida. Cualquier cosa puede edificar un paisaje. Ese secreto nos moverá a encontrarlo. Ahora, en esta época de fiestas, no me acuerdo mucho de hablar contigo. El domingo, cuando fui sal baile, lo pasé fenomenal. Y no fueron ellas. Con Rosi no bailé, al principio no sé con quién lo hice. Me parece que todo cambió al encontrar a Ana. Recuerdo que al principio no bailé porque no quise ser un pelma.
  Me encontré con esas dos chicas que decían: Yo soy Ana, yo soy Ana, y sólo querían reírse. Yo, sereno, les respondí: No, Ana está allí. Y se fueron. Espero no volvérmelas a encontrar. Lo pasé muy mal con ellas. Para lo único que hablan, es para decirme eso, cuando me las encuentro. Eso me animó a pedirle a ella. Y bailé. Después me dijo: Voy a enfadarme contigo. ¿Por qué?- le pregunté sonriendo. Bailas muy separado. Creo que ella debió notar que me puse rojo, porque ella también cambió un poquito. Yo le decía que me dijera cómo. Aquello me alegró muchísimo.     Bueno, sólo bailé una con ella así. Yo recordaba, no sé si fue con ellas al principio, que se acercó. Y a una chica más que me cogió por los hombros alrededor del cuello. Pero no bailaba así porque sentía que le iba a dañar a quien lo hiciese. Pero bueno, va a venir el próximo domingo.
  Y esa diferencia que late entre el tiempo, sólo quiero que la llenes tú. De esa forma me sentiré capaz de viajar sin caminos y de imaginar sin espacio, qué alegría al pensar que no habrá noches borrosas ni estancias interrumpidas. Me sentiré capaz de ver todo llano. Ya no habrá miedo, te iré a buscar y tú mismo verás que mi cambio ha sido tremendo. Tu sonrisa me dirá que debo volcarme en ti cada vez que esté a tu lado, y ella misma me dará cada día las fuerzas necesarias para quererte cada día un poco más.
  Después de bailar con Ana, bailé con cuatro o cinco desconocidas más. me parece que mucho de lo que me mueve tal vez a llevarme mal con Malena, es que cuando mi madre le dice algo porque hay una cosa que hizo mal, en vez de quedarse a escuchar, le sale por la tangente, y le distrae, en los gatos, cantando o, incluso, yéndose. Cada vez que lo veo, siento una especie de angustia dentro de mí y me pregunto si eso lo verá. ¿Qué le será más grato a ella?. Pero tampoco tienen respuesta. Yo puedo hacerlo, no me cuesta nada, pero no soy capaz. Y eso me parece que es lo que me revienta.
  ¿24 años?. ¿Quieres saber cómo se porta un chico de 24 años?. Prepárate. Siento que a mí me están envenenando. Terminó la película y fui hacia la cocina: Recoge lo que queda, me dijo Malena, yo ya recogí bastante. Estaba limpiando la cocina y eso me agrada. Quedaba el mantel y unos vasos. Cuando salí a la terraza, dijo mamá: “Ya recojo yo lo que queda”. Me parece que entré a la cocina ya envenenado.
  Antes de poner la mesa, yo me había puesto a terminar el cesto ovalado. Cuando mi madre me había dicho que tenía que terminarlo, me dije a mí mismo: ¿Cómo quieres que lo termine en el mismo día?. Siempre está mi padre diciendo: Ya se sacaba el tiempo. Ahora ponte a regar. O tú con los recados. Y no me digas que es que ayer estuve escribiendo, porque ésa no es razón. Necesitaba escribir, pero bueno, eso tú no lo entiendes. Y empecé a terminarla. Bastante tiempo después, le dijo Malena a mamá: Voy a poner yo sola la mesa. Un rato antes le había mandado a buscar aceite al sótano. Ella dijo: Vete tú, que me quedo terminando esto. Le contesté: ¿No puedes ir tú?, porque había desligado dos mimbres y temía que me rompiese. No sé qué dijo mi madre en ese momento, sólo sé que fui yo rabiando. Aquello me fastidió, creo que ahí comencé a sentirme envenenado.

  Cuando Malena dijo aquello, pensé: No será verdad. Pero bueno, ponla. Después, cuando era ya a comer, sólo había puesto silla para Quico, mi madre y ella. Y así lo dije preguntando por mi banqueta. Pero ya había la dura donde los pájaros y el suceso no pasó a más. Después de la película, cuando había metido esos vasos, me acerqué a Malena a decirle: “¿Y dejas que la recoja ella?”. Pero no lo oyó, se puso a chillar antes y yo tuve la culpa. Me dijo mi madre: “Vete a buscarle verdura a los conejos. Y cuando vengas, te daré otro trabajo”. Le quise responder que no hacía falta, que iba a hacer los mimbres. Pero no me oyó, seguía chillando: “Ya estás contestando. Que tienes 24 años”. Cuando entré vine a hacer los mimbres al fallado y por tres veces subió Malena. La primera escondí la libreta, después ya no y lo hacía con mala intención. Subió mi madre: la escondí. Ella dijo: “A ver si te limpias los pies al subir, que llenas las escaleras de tierra”. Instantáneamente contesté: “Pudo ser Malena, que subió tres veces”. “Pero ella no viene de afuera- afirmó. Víbora, que tenéis la lengua de víbora. Sobre todo tú”.
  Ayer, cuando llegó Quico por la tarde, me dijo que empezaban las reuniones en Sabarís. Fuimos los dos juntos y eso me animó. Nos separamos para la misa por Rosa en San Pedro. Él llegó, yo ya estaba preparado. Me pareció oír que se iba y yo había ido a buscar un pañuelo. No me fijé en que aún no debía de estar preparado. Le dije que había pensado que se había ido. “No sé si te haces el subnormal profundo”, pero sé que lo dijo en broma.
  También empiezo a dudar porque me dijo que ayer no vinieron las jornaleras porque no tenía dinero y fue una excusa decirles que no estaríamos en casa. Empiezo a dudar si no sería por la misa de Rosa. Ahora ya aprendí a pasar un poco de ella y todo me va mejor. Me gustaría, cuando empezase a chillar, ponerle ejemplos, incluso decírselos en el momento, pero siempre se me pasa la oportunidad. “Ahora vas a regar, me quedo yo en casa”. Bien, iré a regar, pero me parece que no hay nadie en la tierra que me impida dejar de escribir. Si es muy importante, incluso hay veces que no lo es, me meto en el baño a hacer del vientre. Si es importante, puedo llegar a fingir. Y si no, para ocupar el tiempo.   Y, al salir, si hay alguien en la puerta, guardo la libreta en el pantalón. Esta mañana, al marcharse Quico, me dijo: “Ahora vas a regar”. Yo me dije: “¿Qué hacemos?. Hace mucho que no regamos los tomates de abajo”. Pues vamos. Y los regué. Después unas dalias que había bajo la ventana de mi madre. Eso lo había dicho ella, pero ya que me quedaba de camino lo hice.
  Después subí y me dijo que me preparase a bajar para llenar antes la lechera. Fui a entrar al baño a hacer vientre y ella me dijo: “Nada de libretas”. ¡Bah!, sólo se supone. Muchas veces pienso que le es mejor pensar de esa forma. Y como tú lo piensas es lo mejor. Pues no. No tenía nada que escribir. Por eso no la bajé a Ramallosa.
  Quien me animó bastante en la Junquera fue aquella chica de la comisión. Me había sentado a escribir. Me preguntó: ¿Qué escribes?. Y se interesó cuando le respondí que un poema. Me dijo que le llevase algunos a La Junquera y ella me traería de su hermana que le gustaban mucho. También dijo que iba a poner mi nombre en ellos. También pasó Ricardo y me dijo que ya estaba escribiendo.
  Ahora quiero hablar de ti y no puedo. No sé qué es, se parece a una especie de barrera que me bloquea la mente. No sé si lo que quiere es alejarme de ti. Pero comprendo que no sabiendo, no le llego a dar respuesta a nada. Temo que mi respuesta sea un error. ¿Cómo voy a podérsela mostrar a nuestro alrededor, si en el fondo no tiene respuesta en sí?. ¿Cómo?. Sólo sé que quiero hablar de ti, contigo, decirte algo, y no puedo. No sé qué poder decirte aparte de lo que ya sabes.
  Es ese instante el que no me deja pensar, el que hace estar muda mi mente. Déjame salir de él. Sé que después voy a tener miles de palabras. Veo tan fácil todo, que me parece que también me hago en parte fácil como ella, sin tener mucho en cuenta la distancia de mis palabras. Y mojo todo lo que toco. Veo tan fácil la luz, el cielo, el paisaje, todo eso que me hace ver fácil nuestro alrededor y nuestra vida, para acabar sin saber por dónde concluir. Sólo hay una salida, y debo continuar mojando todo. Mojándolo… de muchas cosas, de muchas ideas: mojándolas tal vez sin razón. Hasta que llega el día de ver por qué la mojé. Y mojo todo cuanto he descubierto hasta ese momento.
  Cantando, en todos mis viajes quiero tenerte a mi lado. Canciones de amor, un día os quise, ¿sabéis?. No, no habéis pasado de mí. Y si es verdad que Chicha dijo un día de mí que yo era muy pesado, de ella lo creo, pues peor para ella, ¿no?. Menos los aguanto yo. Aunque me da pena que aquellas palabras no conozcan la realidad puras, si no me parece que serían muy buenas compañeras mías. Compañeras de toda la vida. Miro la luz y también quiero estar con ellas. No me importa lo que piensen quienes las pronuncien, para mí sólo están ellas a mi lado. Ellas mismas saben desembarazarse de todo el rencor que determina su origen. Quieren hacerse compañeras de la sonrisa. Todo ese malestar, ese tiempo perdido, y eso puede hacerle daño a quienes le sigan. Ellas mismas podrían estar satisfechas de todo lo conseguido hasta estos momentos. Cuando continúes, otra libertad les estará esperando.
  Hay algunos programas de televisión que sé que a mi madre le gustan. La verdad es que siempre que van a empezar me quedo intranquilo si ella no está allí para verlo. En el programa de José Luis Moreno cantaron la canción de No llores por mí Argentina. Recuerdo que antes me encantaba coleccionar canciones en una libreta: ésta también. Me gustaban sobre todo aquéllas que no rimaban, o sea, aquellas que no repetían mediante cuartetos y rimas, se hacían mimosas. Y ésta, cada vez que la cantaba, me hacía llorar. Hoy la oí y me dio pena haberla roto, a ver si intento recordarla. Me gustaba mucho antes jugar a la Eurovisión, por las noches, bajo las sábanas, las canciones que conocía. Aprendía a anotar las palabras por sus dos, tres, o incluso primera letra. Escribía más rápido. A veces. La aprendía de oír varias veces.

  De esa forma le copié alguna a Quico hace poco. Ayer fui al sótano a vaciar unos sacos (hace tiempo mi madre dijo que los vaciaría ella, y por eso lo dejé. En el saco se pudren, y lo peor es que no lo ves). Cuando subí le llevaba en los dedos una pulga, pero se me debió escapar. Empezó a buscar en mí y, un rato después, ya había descubierto nueve. Yo me reía, en el fondo estaba alegre porque le había distraído un rato.
  Cuando estaba regando, recordé algo que me parecía habérselo oído a mi padre: “Hay que mostrarse duro siempre”, pero sigo sin entenderlo. Lo que me anima muchas veces es llevar conmigo a Sulote: parece que es porque así me siento pendiente de algo. Esta mañana, cuando sacaba la bicicleta por la puerta, se presentó allí. Quería ir conmigo, pero iba a Ramallosa y no podía llevarle. Me acordaba de aquel día que se paró en los edificios de Montaña y, el último, que se paró en la Cabreira. Quería y no quería llevarle, al final decidí que sí, pero con la intención de que bajase hasta el pueblo, así podría subir a alguien. Al llegar, le tuve que bajar en brazos a la tienda. Cuando, más tarde decidí a subir y había recorrido con él un poco de acera cuando recordé que debía darle el cambio de las mil perchas a mi madre, tal vez las necesitaba. Y fui con él hasta la capilla. Ya se mostraba más tranquilo, sin miedo. Después regresé con él hasta casa: me gusta llevarle conmigo. Tal vez sea la distracción.
  Ahora por la tarde, no sé qué hacer mientras me quedo en casa. A buscar maíz iré tarde, no tengo qué escribir ni cesto que hacer. Tal vez haga algún crucigrama.
  Fui a buscar el maíz a casa de Isabel y después el pan a Ramallosa. Con el perro, ya no tuvo miedo por la carretera. Bajé a buscar el pan y, entonces sí le tuve que llevar en brazos desde los edificios hasta el principio de la acera, pero luego le dejé. Al subir me quedé hablando con Loli y bajé con ella hasta Ramallosa, pues iba a llamar por teléfono. Después se quedó con Mari Carmen Panteón y yo subí solo. Quería pedirle un beso, ella simplemente me había dicho un día: “Hace mucho tiempo que no te lo doy”. Y yo no tuve palabras.
 Todo está tranquilo, porque ahora ya no hay follones, pero hoy vinieron las jornaleras y fui a buscar el sombrero un rato más tarde. Entré en la habitación, allí estaba mi madre y me preguntó.
  Entonces abrí el armario y sólo metí la mano derecha para buscar. Ella me vio y me dijo: “La otra colgando. Pareces un inútil. Un rato antes, mi padre me dijo que recogiera la mesa. Quedaba el mantel, unas uvas, y no sé si algo más. Recogí las uvas y fui a buscar el gorro, quería llegar y terminar de recogerla. Sucedió lo de mi madre, fui al fallado, al sótano y a la habitación. Me parecía extraño que no estuviera allí. Lo encontré en el armario, bajo unos jerseys. Cuando salí a la terraza, para ir junto a ellas, me dijo él: “Te dije que recogieras la mesa y al final la tuve que recoger yo”. Estaba el mantel todo arrugado, pero sin recoger. Siempre me acuerdo de aquel sacerdote que me dijo que cuando yo tuviese la razón, una razón, lo dijese: sigo sin ser capaz. Esta mañana me quedé solo y escribí seis o siete folios a máquina, aunque salteados. Cuando llegó mi madre se enfadó porque en lo de Gloria, el señor también le había cobrado cuanto fui a buscar yo. Pero yo, si me hubiese quedado con ese dinero, supongo que lo sabría.
  Hubo un follón grandísimo, pero ya no me preocupo tanto. Siempre recuerdo eso de “lo hice por ti”, pero le dije que no me hubiese mandado a mí. No me parece verdad, aunque puede ser que fuesen días en que ella no me hubiese mandado el dinero. Supongo que lo malo de todo eso es que todos me siguen tomando por tonto. Cuando bajaba al pueblo no iba pensando en que me tomara el pelo con el dinero del pan y por eso digo “me parece”.
  Me parece que lo que antes escribí fue en miércoles. Mi madre está lavándose la cabeza y yo puedo escribir. Por la tarde vinieron las señoras. Ya había pensado bañarme el miércoles, porque vendría sucio de afuera. Más aún porque la correa del pozo me rozó el hombro y me dejó manchado de tierra. Aunque con agua fría, eso no me impidió para que no me tratase de bañar bien. Hoy por la mañana mi madre vino a ver si tenía pulgas en la cama, y quedó una mancha a la altura de mi espalda: creo que ayer no me froté lo suficiente. No me pareció mal que se enfadara, pero empezó a decir que nunca me lavaba y eso me hizo romper todo vínculo con aquel enfado. Ahora por la tarde, como no tenía pensado hacer nada, comencé a preparar un cesto. Llegó ella y me dijo que se podían hacer a tres tiestos. “Y se pueden colgar”, le afirmé. Le pareció bien, pero eso después.

  Me preguntó si quería que lo cortase ella. Podía yo hacerlo mal, le dije que sí. Fui a buscar la sierra al sótano. Pensaba: ¿Más inútil todavía?. Cuando subí, estaba en la lavadora. Le dije que lo hacía yo y empecé a cortar. Después apareció ella. Hasta me cuesta a mí. Déjame. Yo estaba enfadado, porque sería el inútil. Y murmuré: Mejor callarse. Mamá lo oyó a medias: “¿Qué dijiste?”. Me callo- le respondí. “Pues hasta que no digas la verdad no vengo”. Ya lo terminé. No me costó tanto. Después de ocurrir todos los enfados, me da pena el escribirlo. Ella habla ya como si lo hubiese olvidado, supongo que el que falta soy yo. Al mediodía llegó mi padre y, cuando iba a comenzar la película, yo pensaba: Quico va a la otra, no importa que pregunte o no lo haga. A mí me falta personalidad. Supongo que a mí me dirá lo contrario porque soy más blando. Me dijo que sí.
  Antes de llegar a él, le pregunté a mi madre. ¿Vas a quedar tú en la cocina?, porque así termino la libreta a máquina que me queda poco. Y me respondió que bueno, que subiera. El decir que me quedaba poco era más bien una mentira. Me quedaban siete poemas y hoy no los iba a poder terminar.
  Hoy también me puso de malhumor, pero ya fue menos. Como todos los días me levanté a las ocho. Me da tiempo para abrir el portal y después ir a escribir. Siempre confié en que mi madre respetará ese tiempo para que pueda escribir. Varias veces me lo interrumpió con alguna llamada, pero podía seguir rescribiendo. Cada vez más desolado. Ya ves, me parece que son momentos críticos. No soy capaz de concebir que en un momento se pueda echar toda la vida por tierra y, al momento siguiente, estar tan tranquilo, y olvidarse. No sigo ese caudal. Me parece que estoy equivocado desde hace mucho tiempo. Pero ya viste, ahora parece que se ha puesto de moda el decir que tomo el pelo a todos, y sobre todo a ellos dos. Creo que lo tomo cuantas veces quiera y me salga de las narices, pero son en cosas que no quieren dañar a nadie, ni quieres entre mezclarse con cosas de barro o de la tierra, como dinero y cosas así. A mi madre le gusta decir que le tomo el pelo gastando el dinero en chupitangadas.
 Hoy, cuando marché a Vigo, me dijo que si a las cinco estuviera en el dentista. No sé cómo me metí en esto. Llegué a las diez y media y fui a visitar a Mercedes, y le gustaría que fuese a preguntar sobre los mimbres.
  Pregunté para ir allí. Quise hablar con alguien. Y un señor se ofreció a llevarme. También iba. Llegamos a las doce menos veinticinco, pero ya era tarde. No me esperé este recibimiento. “Juegas y tiras el dinero, ahora qué dirá papá. Otra vez perdón”. También ella me tocó. Hipócritas, jolín, me cago en la leche. Mierda. Empezó a decir que había llegado tarde, que nadie es capaz de estar en el Serén a las diez y media, y llegar a tiempo. Me hartó. Hasta que se desahogó diciendo que el domingo no iba a salir.
  ¿Qué hago?. Bueno, no importa mucho, porque hay fiesta. No era última. Que llegué diez minutos antes. Jo, y una se puso diciendo que todo era mentira. Tenía ganas de mandarla a tomar por saco. Le quiero pedir ayuda a todas mis amigas. No me creo poder resistirlo. Toda la tarde la pasé un poco preocupado, aunque al menos no me había prohibido lo que tanto había ansiado por la mañana. Me dijo que regase las plantas de la entrada. Al menos nombró a Malena diciendo que ella se había decidido a cuidar esa parte. Pero pronto rompí esa ilusión: lo decía sólo porque estaba yo, para controlar al tontito, se puede decir. Por la mañana, cuando había abierto el portal, me había dicho que eso lo haría al subir de Ramallosa (aunque la verdad era que no iba a ir). Ya sé, después de escribir a máquina. Me puse a regar con la manguera. Así, dijo ella, no porque el agua resbalaba. Me resbala igual con el cubo. Aquello no llegué a entenderlo del todo.
  Pero en esto que llegó Lita y se pusieron a hablar. Iba a ir a la iglesia, así podría escribir. Bueno, da igual, ocurrió todo eso, y por la noche llegó mi padre. Yo tenía mi razón, aunque mi madre no quisiera entenderla, pero eso iba a ser lo de menos. Estaba viendo la televisión en color, el baloncesto, pensé que lo iba a quitar pero no fue así. Cuando terminó salí a recoger verdura a los conejos, ya lo pensaba hacer yo, aunque ella me lo quisiese decir. Igual cuando llegué de Vigo. Me dio cien, las otras eran de la vez pasada. Quise ir a dedo, pero cogí el autobús. Si, vine a dedo. También me daba miedo el jurar en falso, siempre lo temí, pero me preguntó si había venido a dedo, que lo jurase. Le mentí. Aunque me dio un poco de miedo al principio, lo tuve que hacer así. Total, una de las cosas por las que chilló fue que había llegado tarde. Estaba convencida.

  Sé que le dije: “Te pido un juramento al señor ése”. Y tuvo ganas de pegarme. No le tengo miedo al daño que me pueda hacer, sino al verla así. Igual que a mi padre, cuando me pegó en el coche cuando cerré un poco fuerte la puerta, supongo que nunca lo entenderé. Pero también pensé que necesitaba desahogarse. Cogimos a Mariora en Vigo, no habló nada. Si fuese otra, tal vez si. Pero eso ya no importaba. Al llegar a casa, Mariora dijo que suponía que él vendría enfadado. Yo les conté el tortazo, pero lo dejé, no sé qué es lo que quería con ello. Cuando iba a montarme en el coche, pensé: “Hace ya mucho tiempo que no voy con él en el coche. Supongo que soy mayor y no se pondrá tan bestia como antes. Pero ya ves”. Cuando entré en la cocina después de haberle dado verdura a los conejos, a él no lo noté tan enfadado, y me extrañó. Mi madre me dijo: “Él, cuando habló con el dentista, le dijo que suele estar hasta las doce”. Y ya me tranquilicé. Porque ésa era la mentira. Ella dijo varias veces que si había llegado a la una y media. Pero ya estaba más tranquilo. Cuando me enfadé al regar, porque no podía escribir, cuando salí, me dije: “Tranquilo. Ella lo que quiere es ponerte nervioso”. Quico le cortó diciendo que le llamase a Charli. Y pasó todo. Aunque supongo que, por una o por otra razón, continuaron hablando de eso, y yo con ellos. Eso es lo que más me aturde de Quico, la facilidad con la que cambia, ahora parece que quisiera mostrarse duro. Y creo que así ya no lo puedo entender. Me asusta decir esto, la verdad, porque Ana y yo luchamos por lo contrario. Esto lo voy a decir por las veces en que me he creído derrotado. Sobre todo aquella que le dije a mi madre que yo también había pensado en matarme. Se me ocurrió un día. Y es que yo no llego, según me parece, a nada. Eso, Malena que se sulfure con esos humos en otros lugares. Aquí ya nada. Ahora se metieron todos en la habitación, porque mi padre y Quico fueron a la adoración nocturna. Ahora puedo escribir tranquilo. Se me ocurrió pensar que ahora tal vez pueda salir el domingo, porque a mi madre le gusta juzgar pero conociendo. Lo de aquel momento fue una rebelión de un pesar que tenía, pero yo no lo voy a olvidar tan fácilmente, nunca lo olvidaré. Y no es por ira. Me parece más a hipocresía este modo de vivir y siento que al final tendré que hacerme como él. Pero sólo sé que mientras pueda resistir resistiré. 
  Y seguiré siendo así durante mucho tiempo. Quería escribir algo bonito, pero no tengo ganas. Pienso si, el problema sexual, en mí, es que soy uno de esos enfermos que lo tienen tan marcado. No sé, pero tampoco le doy importancia. Yo sigo luchando a corto plazo, que es al día. Es ese seguir el que me aturde tantas veces. Si es mi momento, si todo se considera un momento, ¿por qué tiene que estar tres horas chillando?. El sábado, ayer, tomé un bocadillo por tomar algo. Veo que sigo sin tener una personalidad propia. El bocadillo y me bañé, aunque no sé qué fue lo primero que hice. Estaba preparado para irme, y pasó un pequeño mareo por mi mente. No le di importancia. En casa de Eladio tomé una pequeña taza de café, esperaba que me despertase o que me lo quitase. Bailó la hermana de Fernando, no tenía yo muchas ganas de bailar. Después, cuando llevaba ya sintiendo frío un rato, fui a la casa de Eladio a buscar la cazadora. Y, como allí había reunión, me quedé un rato. Antes de ir, y cuando estaba en la fiesta, me senté a ver si se me pasaba el mareo, pero fue a más y devolví.
  Estaban cerca Mari Carmen, Loli y Paz, y llamé a la primera. Me fui detrás de la capilla y vomité. Les dije que no se lo dijeran a nadie, pues el domingo quería salir. Cuando fuimos a la casa de Eladio, a la fiesta, bailé con Loli, varias. Muchas veces, son unos simples detalles los que me alegran un poco más. Ir a Ramallosa, y saber que alguien se va a fijar en mí. Por eso a veces voy corriendo, o me gusta llevar la bici de una mano nada más. Cualquier chica, que me mire. Sé que Loli tiene novio, pero me encantó allí porque, estando con ella, le dije en un instante que, como la música era mala, iba a sentarme. Ella se sentó al lado mía también, porque estaba cansada. Me hace sentir una felicidad que no encuentro en la realidad. Acaso ella siga siendo tan maravillosa conmigo en todas las ocasiones, pero también son detalles que llegan sin nombre impreso en ella y me hacen sentirla un poco más cerca de mí.
  Ya por la mañana, cuando estaba en Vilariño y me sentí mejor, tenía intención de ir al baile por la tarde. No sé si irían Bety y Susana, y Ana estaba enfadada, eran los únicos alicientes. Por eso, cuando de comida sólo tomé un puré y mi madre me dijo que no iría al baile por la tarde, que como era un mentiroso no iba a salir, le dije que no saldría.
  No sé quién me dijo que sería bueno acostarme un rato por la tarde. y yo pensé: “No quiero atender a los animales, así que me acostaré”. Ahora por la noche quiero ir a la fiesta, si va Quico. No se te ocurra, tampoco es buena esa contestación. Si le pasa algo no lo perdonaré. Di que no hay diálogo. Bueno, para redondear. Eso ya lo haces contra mí. Y me da pena, porque nos educasteis lo bastante bien para echar todo al tajo por una tontería. Supongo que será bueno el que me quede en casa y no vaya a la fiesta. Mañana, mi padre no va a venir en todo el día, supongo que podré escribir. Además, mañana también hay fiesta. Por un lado, lo entiendo, pero a veces siento que no sé responderle. Como ahora me acaba de decir Quico, para el próximo año no le quitas el chaquetón, el sudor no hace nada malo, pero el frío sí. Supongo que no tengo tantos proyectos para hoy, Loli puede esperar.   Ahora, un poco más tarde, entró Quico en la habitación, a arreglarse. Yo tenía abiertos los ojos. Me preguntó: “Jose, ¿qué tal ve eso?. El dolor de cabeza”. Son esos detalles los que más me mantienen unido.
  Esta mañana, cuando desayuné y le atendí a los animales, me disponía a subir a escribir a máquina. “Son las ocho y media. Sólo me caben para dos”. Y me llamó ella. Ven un momento. “Riega aquello, como si lo viera. Pero ahora tengo que escribir. Es el tiempo para eso. Escribo a lo máximo tres hojas y bajo. Entonces regaré cuanto quieras. Pero si no voy se va a poner de más malhumor. Además, puede que no sea para eso. No tiene por qué ser rotundamente así”. Al final, fui. “Riega los tomates”. “Ya lo sabía. Estoy enfurecido y no puedo hablar. Jo. Ya lo sabía. Y ahora no puedo escribir. ¿No ve que yo riego de mejor cara después de escribir?. Bueno, apura. Riegas los tomates, subes, escribes una hoja y sigues regando, a lo mejor ocurre como ayer, que se fueron a la playa y pude escribir”. Ayer me encontré, cuando bajaba a la reunión de Sabarís, a don Isidro, el salesiano que me dio Literatura. Me preguntó por los poemas, me dijo que tenía que dejárselos. Me animó, ahora ya no eres tú sóla quien los quiere pasados”. Regué los tomates, tenía la mente en escribir esa hoja a máquina, pero intenté regar todos. Quería utilizar el cubo para que llegase a todos, pero ella se asomó y me dijo (o no sé si fue ella). Usé la manga con el cuidado de que le llegase a todos. Después subí.

  Pensaba ya terminar la hoja para regar los tomates
 y los pimientos de arriba, cuando ya los estaba terminando, llegó hasta mí enfurecida. Y dio comienzo la historia interminable que ya conoces. Una de las cosas que oí, era: Después, cuando veas el sol, entras. “¿O sea, tú me quieres decir que, en vez de escribir por la mañana, escriba con el sol?. ¿Y por qué no me lo dices con las palabras?. Después, que si este recado, o el otro, y todo eso. Nunca llegué a estar de acuerdo contigo. Y supongo que voy a sentir desorientado mucho tiempo. Hace días que no te escribo. En la fiesta de la Junquera devolví, ¿sabes?. El sábado, un corte de digestión. Lo dejo aquí porque me parece que ya te lo dije. El domingo no fuí y la tarde la pasé en cama. ¿Para qué oírlos?. El lunes fui, aunque se quejó mi padre, pero no bailé nada y lo pasé mal. Pero lo olvidé mientras volvía a casa al menos sé que el próximo domingo iré a bailar. Se me ocurrió una idea. Y es que todos esos poemas que hoy hago, pero los tiro porque no me gusta lo que digo o porque es un tema muy monótono, te los digo a ti. No quiero, cuando tire esos recuerdos, cuando les diga que ya les recordé otro día, que se vayan simplemente con el sabor a una mal partida. Eso no, quiero que sepan que han convivido conmigo unos instantes, y eso significa parte de una vida a mi lado. Quiero que sepan que se irá un poquito de mi amor con ellos, y luego, cuando le llame, os traerá de nuevo a mi mente. Me parece que te voy a dejar así.
  El último día de la fiesta de la Junquera, más o menos en el medio del tiempo, comprendí que Paz y Loli no habían ido, aunque Carola me hubiese dicho que si. Le gusta decirme mentiras, bueno, fue la única que no me dio una foto. Me senté en el murito al lado de un chico del grupo y le dije que me dedicase una lenta cuando saliese, pero al final no pasó nada. Al llegar a casa, escribí. Me la dedicas, y yo podré estar con quien quiera en el tiempo que ella me deje soñar. Sabré que es mío ese espacio, y la distancia que me separó de ella ya no existe. Y durante ese tiempo tendré tu palabra a mi lado para decirme que podrás apoyar mis ilusiones. Nosotros dos juntos, estos pasos los acabamos de idear nosotros mismos. Y este lugar señalará eso que siempre he deseado. No te olvides de dedicármela. Te espero.
    Pero no tenía ganas de escribir. Teresa estaba triste, le había muerto un amigo. Intenté un poema de ánimo. Piensa en todos aquellos momentos felices, habla con él, todavía sigue vivo si puedes contarle todo lo que te enseñó en un instante (Supongo que quedaría mejor decir “en esos años”). Yo quisiera animarle, decirle algo, pero también sé que te han herido. Ana ya me ayudó a vivir más tranquilo. Sé que hubo un día en que mi madre, al ver que discutía, me dijo: “Tranquilo”. Y me marché, pero decía: Si, así es como tengo que estar. Y tengo que olvidarte para serlo. Un día me arrepentiré; bueno, un día. Pero me sigue molestando el tono. El que, a veces, para llamarme, lo haga con una especie de alteración. Pero bueno, eso parece que es normal.
  Un día sé que apagué la luz del pasillo porque estaba encendida, y él me dijo: “Vamos a tener que andar a oscuras. No gastan tanto”. Creo que lo aprendí como una lección. Lo que no entiendo es lo que produjeron los animales en mí. Creo que yo también me estoy volviendo un animal. Creo que te conté aquella vez que dejé el maíz a la puerta del gallinero para coger una gallina que estaba en la basura, y al volver estaba el pato en el maíz. Cargué con mi pierna y le arreé una patada. Después me arrepentí. Me decía que me estaba volviendo un animal. Y cuando pillo a la gata gris subida a la cocina. Otras veces pienso: “Claro que me gustaría decir si porque si, pero hay algo que me lo impide. Me dijo mi padre me parece que por la tarde guardara las sillas. Y guardé dos verdes, pero quedaron tres de madera. No sé si fue porque me mandaron otra cosa o qué me pasó por la mente, pero eso nunca lo podré explicar. Y me dijo: “Ponte algo y sal fuera”. Y yo, inocente, pensé que era para meter la mesa. Para otra vez aprenderé. Porque me parece que tiré muchos poemas que no escribía.
   Dame ánimos en eso de grabar, a él le gusta el bien grabado, sobre todo cuando se marche mi madre. Hoy domingo fui a Vilariño. Vi a Teresa y a todos y, al entrar, Lence me dijo que fuera hacia alante. Y fui con Paco. Nos colocamos en el banco junto al altar, no enfrente, con Jacinto y Tere. Después pedimos los cuatro. Al salir y subir en bici fue también especial porque me encontré con Natalia, Vanesa y Melina. Me dijeron que les subiese. Y arriba me dieron un beso. Ya no estaban enfadadas.
  Pero al venir a casa me pregunté si había abierto los animales. Una niebla cubrió mis ojos. Al llegar a casa vi que no los había atendido. Pero me parece que nadie lo vio. Tenía pesadez de cabeza yo. Bueno, no pasó nada. El chico que murió era amigo de Susana, estuve pensando en no ir, pero Teresa me animó a que si. No me fijé, pero a ella también le había dolido aquella muerte.
  No me acuerdo de nada de lo que hice esta mañana. Estoy afeitado, pero no lo sé. Ni si tomé el desayuno. Pero quiero salir. El chico era primo de Susana. Pero fui al baile. Allí me encontré con Bety y estaba también Ana. Al final se enfadó otra vez, porque primero me dijo que bailaría al final me dijo, se lo pregunté las que yo quisiese, pero bailé tres y me pareció cansada, así que bailé una con Bety y después volví. Creo que me insinuó que bailase con ella. Me da algo así como un dolor de cabeza, como si siempre estuviera con lo mismo. Le dije que ella no sabía bailar y se enfadó. Me dijo que esperase hasta el próximo. Sólo me queda uno, porque el segundo me voy a Fátima.

  ¿Viste?. A mí también me molesta
 eso de que haya bajado del fallado a buscar agua en la botella porque me estuvo llamando y yo no le oía porque estaba en los conejos, dándoles unas ramas que había cogido de cuando fuí a llevarle la tijera grande de podar a Quico, pero eso de que haya bajado no le da derecho a decir: “Ya estaba escribiendo poesías en otro lado”. Al contrario, cuando le oí me disponía a entrar en casa y me apresuré en dirigirme al fallado, pero ya era tarde.
  Cuando se puso así, pensé: Eso es lo que le gusta pensar. Y creo que estas palabras también tienen un poco de razón. Me parece que fue en la Junquera cuando me encontré con Isabel y le dije: Voy a limpiar de hierbas los pimientos. Me respondió: “Yo si fuera tú tendría aquello cuidadito”. Ahora que empecé a hacerlo. Limpié ayer las remolachas. Ahora, ya regué el sembrado, la tira de la puerta, cogí cinco bolsas de manzanas, son las doce y voy a subir a escribir. Las camas quiero que les dé el aire, como siempre me dice. Y, al final, tengo miedo. Pero me importa un rábano.
  Cuando estaba arriba, me acababa de sentar, me dijo: “Llama a Quico, que guarde todo porque tiene que bajar a Ramallosa. No lo oí mal, me ayudaba el hacerlo yo antes que ella. Bajé y desde la puerta le llamé al seto de afuera.
  Me habló otra vez y, como no le entendí, subí al fallado. Me dijo: Vete afuera, da la vuelta y no hables a gritos. Eso ya me enfadó. Me decía: Ya sé por qué lo hace. Y cuando Quico me preguntó: “¿por qué no me lo dices desde ahí?”, yo le respondí: no quiere. Me parece que la razón principal por la que hay problemas que no te cuento, es porque prefiero escribir a máquina, y ya sabes por qué es. Ana, cada vez me repite más las palabras tuyas, porque me quiero convencer de que son verdad, pero ya ves. Esta mañana me dije: Bueno, voy a regar los tomates y así riego el kiwi. Me quiero decir que hago bien obrando de esta manera porque así le ayudo a mi madre y hago algo que le gusta para después escribir a máquina sabiendo que ella queda un poco más alegre. Así espero a que salga el sol para poder escribir. Y regué los tomates procurando que tuvieran todos. ¿”Meaditas”, como dice ella?. Cierto es que mi mayor preocupación es que salga mucha por fuera. Después de los tomates y el kiwi, las manzanas quedan para cuando las riegue propiamente. Me cansé. No quiero regar más. Lo demás para otro día, como dijo Isabel. Pero todavía no daba el sol. Haré cualquier cosa, entras al baño o hacer las camas. No, las camas no, tienen que ventilar. Pero, espera un momento, ¿qué te cuesta regar lo del pozo?. Tienes allí la manga y aquello necesita agua, vamos a regarlo.
  Y fui. Regué a ambos lados de la cuesta. El otro día les eché agua. Ya van poco a poco. Un día les haré una especie de agujero, para retenerla. El agua resbala, pero me parece que no se irá del todo, porque recuerdo flores en la parte de debajo de la casa que una noche estaban casi marchitas, les eché agua y al día siguiente estaban jubilosas y frescas. Lo que procuraba que no ocurriese era que el agua saliese al camino, se perdía. Y unos círculos que estaban rodeados de piedras, que el agua no saliese mucho de allí. Había un ramaje de dalias rojas en cada lado de donde empieza la cuesta, pero aunque todas o casi todas las veces las regaba, no asomaba ninguna flor. Tal vez es fe, decía. En el que está al otro lado de la entrada tampoco tenía, pero yo regaba y regaba porque tenía que haber. Y al final salió una. Tal vez sea eso. Bueno, le pongo la manguera y la dejo un rato, me entretengo en otro sitio. Cuando ya había regado un rato, me dije: “Bueno, a subir”.
  No respondí al momento: Bueno, si, pero ahora que estamos aquí, podemos regar las de frente a la cocina. Están secas algunas y hace falta fe. Fui allí y regué. Eché en varias, en todas y hasta utilicé el cubo para hacer tiempo y que regase un poco más. Después creo que apagué el agua y estaba allí cuando los cubos. Mamá se asomó a la ventana de la cocina, y creo que me dijo algo así como que encendiera el grifo para regar esas flores. Un poco disgustado, porque había regado aquello por ella, en parte porque me enfadaba verla así, le contesté que las había estado regando. “No tienen nada de agua. La tierra está seca”, me gritó. Creo que ahí empecé a ponerme de malhumor. Porque podía habérmelo dicho de otra forma, diciendo que echase un poco más. No, tuvo que decir eso de que no había echado nada. No sé si contesté mal, supongo que malhumorado como estaba, debí decir eso de “a ti te gusta pensar así”, aunque no creo que lo oyera. Debió ser ese disgustarme viendo que estaba en el error. Siempre terminas moviéndome eso que me dijo el cura de que si veo que está en un error, hacérselo reconocer. Eso aquel momento, era sólo el pensamiento de fondo, porque la realidad no era ésa. “Ven, que te voy a partir la cara, por contestar”. Ya no sé continuar, sólo regué, salió y me dijo que había allí dos flores que habían empezado a brotar y no tenían. No me había fijado en ellas. Tal vez porque yo me había preocupado más por aquéllas que tenían flores secas. A ésas eran las únicas que no tenían. Pero no fue sólo aquello aquel momento, no había regado nada. Y me enfurecí. No debo de pensar mandarle a la mierda. Y hoy hubo otra riña. Era por la mañana. La única tienda donde suelo decir que me separen lo que yo debo para pagarlo después, no cargar en la cuenta de ella, ya me valieron los primeros días en que decía: ¡Arre con los bolígrafos!. Sólo en Chicha había dejado. En las otras tiendas no quería. Creo que por una parte me daba miedo a lo que pudiesen decir, sólo porque no sabía qué sería eso, y por otra mi madre no tiene ninguna cuenta. Además, podía olvidarme. Sólo recuerdo una vez que, en la de la carretera, dejé a deber un duro, creo que de la libretita que compré. Lo pagué al siguiente día que fuí.
   Ayer necesitaba hojas. Creo que el ir a decirle: “Voy a hacer esto o lo otro”, le molesta. Es diálogo, si, pero se lo digo porque lo principal es el dinero. Y ella no tiene. Lo de las hojas se lo dije. Fui a la tienda y le dije que se lo pagaría otro día, pero no tenía. Hoy me preguntó si tenía dinero para ellas y le dije que no. Pues de ahí vino la riña.
  “Todos me llaman el tontito. Y eso me duele. Tenía ganas de decirle que también me lo llamaba, sobre todo inútil, pero no quise”. Yo le debo las doscientas del maíz (le dije de dónde habían salido). Y me marché a Ramallosa disgustado. Me hace dudar de mi razón. Tal vez lo hable con Quico. Cuando subí de Ramallosa le intenté hablar un poco, para que olvidase. Se mostró un poco enfadada todavía en la primera respuesta, pero le dije que había unos pimientos en el suelo y me contestó que los metiera. Les di pan a los animales y subí a escribir. Parece ser que salió y los perros fueron detrás. Después entró por la principal y dijo: Y el otro (o mi nombre, no me acuerdo) se encerró arriba y los perros salieron y no les llamó.
  Me enfurece, pero seguí escribiendo. Después me llamó. Yo bajé. Me hablaba por la ventana.: “Eso lo tenías que haber hecho desde el principio”. Tuve que subir a bajarle un cubo. Ayer lo había yo subido lleno para regar. Me dije que después subiría otro, pero no lo había hecho. “Algo se interfirió. No sé qué”. fui a vaciar agua del pescado y me dijo que a Blas habían estado a punto de atropellarle. En la carretera. Y yo escribiendo. Le quise decir que cuando salgo yo, Sulote va conmigo y yo le llevo. Blas le hace más caso a ella que a mí.

  Y, en otro tono: “Vete a darles verdura a las gallinas y a los conejos”. A ti te molesta que yo no sea mayor. “¿Cómo?. Tú haces lo que se te manda -dijo mi padre. Para ser mayor hay que saber pensar.
  Después entré a casa.
  “¿Sabes si Chicha tiene tallarines?, ¿sabes qué son?. Le respondí: “Si, aquéllos pequeños”. Hablando se entiende. “No, son como fideos”. “¿Viste, Mariora?”. No sabe. Voy yo”.
  Estuve allí parado varios minutos. Incluso ahora estoy escribiendo en las escaleras, sin saber si va a ir o no. Sólo pienso que, si al final no va, puede que piense: ¿Viste?. Te encerraste arriba y no me lo recordaste. Lo que temo es cuando empiece a oír la máquina. Pero ahora voy a escribir. Quiero terminar la hoja.   Y escribí. Veía más el final pues quedaba poco.
  Me alegraba por Teresa. Podría llevárselo el domingo. Mi padre iba a llegar a comer y quería terminarlo antes. Pero no pude. Me quedó en la última. Y me da rabia. Pero me parece que oí que el viaje a Lugo es mañana. Si es así y van ellos, todo tranquilo. Recuerdo también antes de ayer, que se puso Quico conmigo como una fiera. Me pregunto si papá me había dejado la máquina. “No sé”, le respondí. Entonces no te dejó tocarla. Es por el episodio cuando le riñó. Yo no contesté nada en aquel momento. Me parece que hace días dijo que no me dejaba. Pero ayer ya la usé. El me lo preguntó y le volví a decir que no sabía. Me dijo: “Si la rompes, no me eches la culpa”. Yo pensé: Si es por eso, no te preocupes; pero no se lo dije. Y eso me parece que es lo peor, el no decirlo. Vino mi padre y me quedé sin escribir. Creo que voy a preguntarle si me la deja. Me doy un setenta por ciento. El caso es que cuando escribía pensaba que sería fácil, pero ahora ya lo veo más borroso. Lo que me parece que sí es verdad es que si no la bajo y la subo, no la rompo.
  No me decido. Voy a ver si termino la hoja antes. Antonio también me dice que voy a pasar más hambre que él. Y no sé, porque yo desde el principio había planeado otro camino distinto, ahora veo que sólo era ideal, que la vida era otra cosa. No estaba preparado. Y siento que ahora sí me he perdido.
  Vivo con miedo, es como si me educaran por el miedo. Las figuras de los padres, me gusta Eladio que les trata como hermanos. Yo quisiera aconsejar a muchos matrimonios, supongo que algo les orientaría. No sé quién me dijo que al final y transcurrido un tiempo, se olvida todo. Cuando recuerdo esto, lo primero que pienso es que tengo una boca para dialogar. Lo que sí tengo es la mente llena de imágenes sucias. Y todas me quieren turbar. Recuerdo uno de los últimos poemas que escribí hoy, que decía que mi camino venía a ser la religión. Y yo me pregunto si algún día lo pensé en serio. Me parece que nunca. A medida que paso las hojas, tal vez vaya cambiando alguna palabra. No quiero quitarle el significado, me parecerá ya dicha, o que hace mal rimando. A veces, frases, porque me parece que al principio tiraba más a las imágenes bellas o incluso palabras que yo mismo desconocía, como medio para ser poeta. Me parece que cuando se las dejé a Tere, le diré que coja, si quiere, las que más le gusten.
  A veces yo mismo me sorprendo de mi capacidad en aquellos instantes, al escribir. Pienso que me voy a estropear la vista, tanto escribir aquí arriba. O hacer crucigramas, o leer cartas.
  Al final, se lo pedí. Fui arriba no muy decidido y crucé la puerta para decidirme. Al encontrarme con él, se lo dije: “Ahora que ya la has estropeado”. Sólo terminé la libreta. Después bajo. Y dije: No está estropeada. Pero él no lo oyó bien y, desde abajo, preguntó: “¿qué has dicho?”. Que no está estropeada. Entré y la terminé. Después lo dejé. Ahora creo que no tengo derecho a contestarles ni otras cosas peores.
  Me dan pena, porque soy incapaz de ponerme en aquellos instantes pasados. Ahora empieza la película “S”. Quería verla, pero al final me he decidido a no verla. Me metí en cama y encendí la luz para hacer un poema. Pasó mi madre por el pasillo y comentó: “Ya está el poeta éste”. Me da igual en el sentido que lo haya dicho, me molesta. Puede que sea bueno, porque ayer, en un momento, me llamó “corazón”, y creo que “hijo mío”. Pero no es eso lo que me anima ya.
  
  Mariora dijo: José A está triste porque Quico no le deja ver la tele (El me dijo que, si quería verla, fuese para la de color, con todos). Mi madre dijo: “Tiene 24 años. Voy a ir. No quiero gastar una luz”. No sé por qué voy. Por un lado pienso: Porque me despierta, y por otro: Me hace daño. Pero no quiero quedarme sólo en cama. Pudiera ser peor. Sería peor.
  Fui allí. Pensé que lo peor sería al principio, pero en cuanto llegué la chica se desnudaba. Me fui. No, olvídalo. Me parece que un desnudo era lo que buscaba ver. No me preguntes qué me ha pasado ahora, porque ni yo mismo lo entiendo. Algo que pudo haberles enfurecido, fui a lo de Chicha a buscar horquillas y me paré con Mari Carmen. Me dio el papel indicador del viaje y me dijo que le llevase hoy la pancarta y el estandarte. O mañana a Lence. Me imaginé que los tendría Nacho. Al volver me había olvidado de las gaseosas, (creo que fue entonces lo de Mari Carmen). Me preguntó por ellas y volví a preguntar. La respuesta fue “si”, me preguntó que fuera a ver si quedaban y quedaban seis. Dijo que valdrían. Me parece que está afeitándose, pues hay luz y creí verlo a él. Le dije lo de M. C. “La pancarta está en Vilariño, quedó allí. Llama al Padre Luis”. Le llamé.
  Como estaba en la cocina, pensé: Se lo pregunto yo. Pero al ponerse él, apareció mamá y sólo le dije: te va a hablar mi madre. Estaba allí. Pero M. C. me había dicho a ella o a Lence, puede que lo quisieran para algo. Y a partir de ahí empezó a endurecerse todo. Se lo dije cuando estaba en el televisor, no me hizo caso, así que fui a la cama diciendo: Tú cuelga, después te lo digo, me gustaría que le colgaran. Pero colgó y me dijo eso mismo. Yo le quise decir que no tenía intención de que se pusieran así. No sabía nada. Supongo que pensó que quería terquear. Se unió también mi padre a la discusión. Y aquello se volvió más negro. “Seguirá discutiendo en bajo. ¿Qué le vas a pedir?”: Yo vi negra la máquina, así que me callé. Cuando pasó todo dijo mi madre que había que poner la mesa, y le dije: Yo la pongo. Como se refirió al episodio anterior, le comuniqué mi no intención y respondió: “Eres tan terco”. Pero no comprendí nada. Había que preguntarle algo a mi padre y me dijo: “Tú no”. Y ahí acabó todo. Ahora vamos a comer y después se van.
  Creo que fue de cuando me empezaron a decir que no esperara nada de mis hermanos, cuando empecé a fijarme en el novio de Mariora, Gil. No sé por qué lo hago, el caso es que no le veo tan separatista como tal vez otros parezcan. Me lo recordó hoy, porque pienso que lo que tengo yo es una especie de mimo en mi manera para hablar, en el fondo me parece tonto. Sólo sé que Gil me contestó cuando le pregunté, pero me quedó un sinsabor extraño. Quise expresarlo en un poema, pero no me convence mucho. Te lo voy a decir a ti, me gustará qué puedo decir a través de ella. Muchos ríos, muchos labios, muchas palabras que brotan de un mismo manantial, de donde bebió la vida, cuando necesitó darle agua y viento a tanto verde. Todos juntos, pero el mismo lenguaje de nuestros sueños, todos aquellos de un dios, cuando chiquitos, y quisimos conocer lo que había detrás de nuestro alrededor. Y encontramos todo, tan grande se mostró la naturaleza, que nos gustaba crear más y más palabras. Ya sabes que me gusta escribir. Lo que quise empezar a decir en el poema es diferente a ese mañana. No sé decir que el mañana pueda cambiar de un modo tan brusco. No tengo palabras para definir esa sensación de extrañeza, hace mucho que caló en mi interior para responderle por mis labios.
  No sé qué es lo que quiere, si busca algo a mi lado para hacerme dudar otra vez. Ya pasó, tanto tiempo conocí imágenes de ese tipo, ahora no quiero decirles que me pueden olvidar, pero sí sé que tengo en mi alma otras muchas cosas que pueden saciarle. Ahora le dije a Nacho, si iba a ir a Vilariño para llevar el estandarte éste grande que me puso mi madre en la habitación. Él me dijo: “Mamá y papá casi le pegan porque el estandarte está en VIlariño”. Y me parece que es eso lo que me enfurece más, porque ahora pensé: Bueno, se pusieron así porque son así ellos (aunque dije palabras peores, en relación con el “así”. Y sé que voy a lamentarlo un día. Tanto que pienso de que con una barra de pan al día me basta, me voy a tropezar con una desilusión. Quico salió. Le dije a Mariora si había dejado las luces encendidas para cuando llegase, y me contestó: “Si, tranquilo que no se queda fuera”. La noto cambiada ahora que vino de Lugo. Yo te iba a decir que ella misma debe tener una responsabilidad que yo desconozco, y se enfadó porque le estropearon la plancha, pero cuando se marchó Nacho, me dijo: ¿ahora qué querías tú, que antes no pude atenderte?. Y, cuando le enseñé la camisa de manga corta que pensaba llevar, me dijo que me iba a planchar otra, que ésa era muy fea.

  No sé por qué, pero me gustaría que esto no acabase jamás. Me pidió el botón de una camisa, tenía que subírselo arriba y, aunque le pregunté a Malena dónde solían estar, los busqué por las tres cajas. Sólo hallé dos. Podía tener yo alguno en la mesilla, tenía uno y me alegró. Subí, también estaba mi padre allí. Cuando se los di me dijo: No sales hasta lavarte yo las manos. El tono era suave, así lo entendí y las miré. No estaban tanto como hacía unos días, pero estaban más en los dedos. Mi padre dijo: “Espera, que está buscando una explicación”. No me gustó tanto eso. Parece como si él siguiese como antes, aunque menos. De todas formas, aún es pronto. Pasó un día y, como me dijo ayer Antonio, suponía que pronto iba a pasar todo eso.
  Pasó un día, el mayor cambio, es que la noto más tranquila. “¿Qué le pasa ahora a éste?”, me dijo mi padre. No, me parece que él no cambia tanto. Bueno, no importa, es mamá la más importante en estos momentos. Está más tranquila. Nos ha engañado a los dos. Me da pena haberte dado esperanzas. Yo estaba totalmente convencido. Y te lo dije a ti también.
  Pero creo que nos faltó algo. Parece estar tranquila mientras todo vaya bien. En la cinta de flores de la puerta, la última de abajo empezaba a estar seca. Y estalló. Ayer por la tarde, subí a escribir después de comer y bajé sobre las seis. Iba a regar. Como eran las seis, le dije: Aún me da tiempo a escribir uno y bajo. Bajé sobre las seis y media. Y regué. Hoy, al enfurecerse, dijo: “Bajaste a las ocho, cuando vino tu padre. No regaste”. Incluso ayer noche, cuando entré después de regar los pimientos y los tomates, al final acabé comenzando a hacer hoyos, me dijo: “¿no te dio tiempo a regar, no?”. Le contesté: Si regué…, pero no me dio tiempo a más, porque quise regar así para ver la película. Y ya había empezado. Iba para la de color.
  Nos ha engañado. Y dijo: “Sé que cuando me vaya vas a empezar a escribir. Pobres animales. No vas a atender ni a las gallinas…”. Creo que por donde podía empezar a hacerme daño era por las mentiras. Y me parece que son los perros. El viernes le vi empezando a regar esa cinta. Supongo que debí acordarme de ese “no se atreverá”. Otra vez la culpa fue mía. El agua se pierde. Quise hacer un hoyo con el sachito y me parece que dañé una raíz aunque no quería. El sachito estaba tirado ahí, junto a las moreras. Tenía razón Antonio. Una pregunta y una respuesta. Me acordé de Quico. ¿Sabes cuándo seré mayor?. Cuando logre escapar de la tensión de mi madre. Y eso no sé cuándo ocurrirá. Y se acerca el día de mi cumpleaños. Tengo ganas de decirle a todos que no quiero nada y mandar a la mierda cuanto reciba, pero ¿con eso qué consigo?. Creo que lo mejor va a ser aprovecharme de ese día. ¿Qué voy a conseguir con decirle que la cinta la pensaba regar el lunes, porque el viernes lo dediqué a los pimientos y el fin de semana no se riega?. Los poemas son las únicas ayudas que puedo tener en estos días… ¿Y Ana?. Puede que esté enfadada conmigo. No, no puede ser verdad, ¿por qué?. Lo cierto es que me gustaría que lo estuviese. Me haría sostener una esperanza de que siente algo por mí. No sé si escribirle yo antes. Le conté el episodio que me sucedió con Ana y puede que se haya enfadado. Pily me parece que se enfadó por aquello que le dije de que le iba a pedir por novia. Me dejó de llamar y de escribir. Más tarde le llamé yo y me dijo que era mentira el enfado, pero no volví a saber de ella.
  Un día escribí: A veces pienso que el olvido es muy extraño. Las cosas marchan tal y como llegan. Pero me hice un lío con los verbos y no lo continué. Ana, en el baile me dijo un día: “Tú no me caes pesado, pienso que eres bastante simpático”. Ahora dudo que piense igual. Y escribí: Dime si algo ha cambiado entre tú y yo. Dime si ahora…, pero no lo seguí. Cuando bajé a Ramallosa, me encontré con una carta de Ana. Y, mientras subía, pensaba escribir lo que luego escribí. Muchos días de sueño, (antes había puesto “fueron”) de ilusión; al menos la tristeza no nos la robó tan pronto. Teníamos tiempo para saborearlos en medio de la felicidad de aquellos instantes. Ahora llegaron a su fin, no importa, un día así tenía que llegar. Pero no se va de vacío, te deja unos días de recuerdo. en verdad, se me pasaba por la mente el escribirlo. Se puede eternizar este sentimiento.

  El viaje a Fátima fue fabuloso. Los mejores regalos fueron unos puntos preciosos. Un beso que le di a Teresa el primer día y, al estar en el hotel de Lamego, había dos chicas que también atendían. Teresa me presentó a una. Y fue ella quien me quiso dar un beso. Se lo di también a Nieves, por la noche estaba sola y sólo Víctor y yo en la habitación, así que vino con nosotros. No le importó, aunque pusiera la forma o el momento de acostar a un niño. En Tomar había una chiquita portuguesa que cantaba. No era muy guapa, pero eso era lo de menos. Cuando terminó la celebración y subí al bus, me quedó la pena de no habérselo dado. Pero desde dentro me animaron y, aprovechando que estaba el bus parado, dije que iba a buscar una postal, que daban, pero no me dejaban salir, y se lo di. Al venir estuve hablando con una monja (había deseado hablar con la hermana Lourdes y sólo supe de ella al final del diálogo). Sabía psicología, a través de un poema supo que yo tenía un problema, y me dijo que escribiese mucho. Recuerdo que Lence, al principio casi del viaje, me dijo: “Poemas no”. Pero cuando veníamos, añadió: “El del incendio o nada”. La gente pidió más, la hermana Lourdes me animó y leí dos o tres. Ella leyó varios. Le encantaron. Sobre todo, “La esperanza”, era la más importante. Mi madre marchó y, el primer día, me llamó y vino Antonio, pero el crucifijo le quedaba pequeño y me dijo que se lo regalase a Susana.
  Por la noche, vino mi padre y me preguntó: ¿Los patos?. ¿Las gallinas?. ¿Los conejos?. ¿La bombona?. ¿La leche?. A todo le respondí, lo había hecho. Incluso coger patatas y voy a tratar de engordar un poco los conejos, pues yo los tenía delgados, es verdad, voy a ver si puedo cambiar. Pero cuando vine los noté más aún. Me llamó la atención. Parece como si lo que aturdiese fuese el continuo oír a mi madre diciéndote todo. Y, además, escribo a máquina y, aunque ayer hice las camas por la tarde, también las podría hacer por la mañana y hoy que Quico baja a Ramallosa, voy a intentarlo. Me dijo que todos los días bajase yo, pero es cuestión de hacerlo en media hora y llegar a ese programa de música para el recuerdo. Ahora que Antonio me dijo que le daba igual el quedarse sin la cadena, que le bastaba que le invitase a un cuba libre en Ramallosa, parece que ya tengo un problema resuelto. Que parece que encontró la cinta amarilla y se metió en el baño. Ahora se está secando el pelo. Jo, tarda. A ver si me da tiempo a concluirla. La casa parece más tranquila ahora. Me llamó la atención un artículo que leí en un Selecciones en el que hablaba de personas que son esclavas del tiempo. Aprovecharlo ante todo, el tiempo vuela. No lo llegué a terminar. Voy a ver si lo busco. Pero ésa es la forma de esclavitud más dada en nuestro tiempo. me parece que es lo que sufre mi madre. No está bien. Y no es el fijarse horarios, el decir de 9 a 10 escribir, de 10 a 11 regar, etc. No está bien. Esa es la causa de tanta intranquilidad, elimina completamente la calma, y yo sólo puedo luchar contra él cuando siento a mi lado a Quico. Me gustaría decírselo, pero la verdad, ocurriría que nunca sabría cómo empezar. El escribir me ayudará, si, se lo diré a Ana. Una vez mi madre me dijo: “Tranquilo”. ¿Qué sabría ella?. Me da pena. ahora marcha Quico. Vino, y me apresuré en guardar todo. Por lo que me gusta la cinta, sobre todo, creo que va a ser una tontería el esconderme. A ver qué dice. Llegó él y no lo guardo. Tenía la radio y, cuando sonó una canción, le dije: La grabo o no. Me dijo que no y se sentó a grabar él. Le dije las que tenía. Me decidí. Y ahora, con una canción, le vi especialmente contento. Se lo dije a Ana, una carta.
  Pero papé me mandó a recoger manzanas y decidí no mandársela. Tengo el papel ahí, pero no voy a hacerlo. Me dijo que recogiera las buenas y las que se podían aprovechar, y él echó una un poco mala. Recogí unas y después las vio. No le convenció sobre todo una. Le dije que era igual que la otra y me pegó un puñetazo en la cara diciendo que la olvidase. Bueno, no importa. Ya sabes que no tiene el sabor a odio. Y no le di importancia. No pasó nada más. En las cenas ya hay más calma. Dijo: “Traje esas empanadas para que se comiesen”. Tomé un trozo de pollo, media empanada que sobraba y fui a recoger el plato. Mariora había hecho arroz con leche y me dijo si quería. Creo que dije que si se podía; tenía un poco de temor porque si decía que si igual me decía que era mucho. Bueno, no tuvo importancia.
  Igual que al mediodía, por la tarde que le dije si había para un bocadillo de plátano. Al prepararlo me dijo que si no lo quería lo tomaría ella. Yo prefería que lo tomase ella, pero lo tomé yo. Hoy no quería grabar, pero me afeité y al final lo hice. “España por África” fue la primera. Voy a bajar a hacer unas compras y le llevaré el zapatito a Loli. Estoy cuidando la leche y creo que me está entreteniendo. Pero no importa, grabo.
  Ya guardé los perros. Mi padre me dijo: “Atiende fuera y no estés dentro. Coge las manzanas”. Pero lo haré cuando venga Quico y vaya a grabar él. Tenía puesta Radio Popular, pero voy a dejar  O. Galicia.
  Quería llamar a Pily, pero no creo que lo haga. Le diré que me llame ella. No, no lo haré, mejor dejar las cosas como están. Por la ventana del fallado se veía volar el toldo pues hacía mucho viento. No lo quería sacar, que se las arreglase mi padre, pero me venció ese algo.
  No lo entiendo. Hoy llegó y me pilló pasando un poema que acababa de hacer. Lo guardé en el bolsillo y salí. Me había guardado la bici y Quico me lo había dicho. Me había olvidado. Al subir a la cocina me preguntó, en un tono propio para producir el miedo, qué había hecho. Le respondí: La leche, hervirla, dos cajas de manzanas colocadas, los animales y bajar al pueblo, donde tardé. Pero me dio miedo y olvidé afeitarme y hacer las camas. Recogí el toldo. Estuve grabando y escribiendo. Dos hojas a máquina y un rato grabando sin hacer nada. Pero eso no se lo voy a decir, así que reposaba. No tenía preparado que sucediese esto, pero ahora ya sé.

  Llamé a Pily, al final me decidí.   Ya viste el poema que escribí pensando en ella. “la vida sólo pasa una vez entre mis manos”, el que era así. Estaba enfadada, eso era claro. Antes de llamarle, quise hacer uno, pero sólo me salieron unas preguntas. ¿Por qué no me dices que te enfadaste conmigo?. ¿Por qué no me dejas seguir siendo feliz en los sueños?. ¿Sabes cómo me dejaste a mí?. No sé por qué me hiciste eso y me parece que tú tampoco me lo quieres decir. Le llamé y me dijo que no lo estaba, hasta me preguntó si quería que me escribiese. Ella sí quería. Lo que no entiendo es si puedo darle la impresión a alguna amiga que quiero dejarle de escribir. Quedó para llamarme la próxima semana.   Igual ayer cuando quise llevarle el regalo a Loli. Se lo di, pero cuando quise decirle lo del beso, me di cuenta que estaba Rita delante y a lo más que pude decirle es lo que me había prometido. Pero Loli empezó a decir que ella nunca promete nada y yo me tuve que tragar todas las ganas. ¡Qué mal sabor dejaron!.
  Estoy ahora solo, ya vacié las cajas y estoy oyendo la cinta. Conchi va a subir todo. Como Mariora no viene, espero que mi padre tampoco. Dijo que iba a llamar para que Quico preparase algo. Voy a salir a comer alguna nuez. Tengo ganas de escribirle, pero no sé qué pondría. Es muy difícil definir qué es lo que querría. Hay veces que digo: Me gustaría estar aquí siempre, y hay muchos sitios que ya oyeron esa palabra. 
  Ahora estoy escuchando la cinta y estoy bien. O escribiendo. Supongo que esta tarde cogeré nueces y veré el encuentro de baloncesto. Me gustó hablar con Pily, por ejemplo. Espero no haber gastado mucho. Vuela todo. Aire hay por todos sitios. Tan cerca de nosotros, que a veces produce espanto. Incluso dentro hay aire almacenado: ése supongo que será el más libre de cuantos existen. Cada vez que decimos que nos falta aire, él mismo nos está ayudando a sobrevivir. Sólo un poco da sentido a una capacidad inmensa de fantasías, ellas le dan el poder de volar. Ese algo que se transmitió de padres a hijos y ahora a su lado seremos capaces de transmitirlo sabiamente.
  Mariora y mi padre llegan tarde. Quico y yo comemos. Tenía ganas de recibir la carta de Pily. No sé cómo pudo suponerse que yo no quería que me escribiese. Estos días que papá quería que colocase y recogiese las manzanas, puede que me lo dijese por la lluvia de hoy.
  Puede, si, pero ¿por qué no decirlo?: ¿Y por qué, también, no decirme algo entonces?. ¿Está prohibido?. Tal vez yo las recogería más contento. No hay mucho diálogo, no, pero no me importa mucho. Parece como si no estuviese volcado en él tanto. Llegó mamá y Quico me dijo que le fuese a abrir la puerta, me avisó. Y fui. Me mojé, pero no importa. Me dijo que le fuese a buscar un mandil al fallado. Y ahí la fastidiamos, porque no tenía ni idea. Tres o cuatro minutos después bajé con una bata, y me dijo que lo dejase. Como me dijo Víctor en el hotel el primer día, cuando estábamos él y yo solos, había alguien a quien puede no interesarle que vaya yo con ellos a contarle lo bien que lo pasé, que les caiga plomo eso. Y eso es verdad, no me había dado cuenta, nunca me importó, pero pienso que también hay que tenerlo presente. Él me dijo, es como si hiciese un poco el tonto a propósito y creo que lo que no me acuerdo que dijo sobre mí iba en esa línea.
  Quedaba un plátano pasado en la nevera. Quico me dijo que lo tomase en la comida. Yo le respondí que podía quererlo Mariora pues también le gustaba. Estaba bastante pasado, pero no estaba malo. Cuando termino el encuentro y vino mi padre, le dije a Mariora si lo quería. Y él dijo: “Si lo hay, tómatelo”. Lo tomé, pero no era eso lo que quería preguntar. Ahora es Mariora, jo. llegué a la cocina y me dijo: ¿Quieres natillas?. Debí decir que no. Pero dije que si. “Después no te levantes por la noche para comer ya que no cenaste”.
   No, no cené. Sólo estaban Mariora y mi padre y tuve miedo: volví a tenerlo. No sé qué pasó. Había una taza y dos cuenquitos. La taza no tenía canela, pero estaba más llena. Cogí uno de ellos, al final no era. Se enfadó. Para otra vez no tomo. Siempre escapo de hacer algo de lo que me diga alguien mal, pero ya ves. Elegí mal. Siempre elijo mal. Pues no tomo nada y se acabó. Menos mal que por la mañana puedo grabar tranquilo. Estaba convencido de que ahora podría marchar todo bien.

  Hoy empieza un nuevo día y comienza oyendo la cinta. Me parece que me faltan las dos anteriores del mismo tipo, pues yo sólo tengo dos. Me temo que voy a tener que bajar a Ramallosa a hacer algún recado. Siempre le doy a grabar sin conocer las canciones. Siempre me imagino el autobús a Fátima. Ahora iré a Rosa y después a Ramallosa. Ya tengo la bici fuera. Estaba grabando.
  No me acordaba, pero ahora tengo que guardar la leche. Voy a seguir grabando. Ya vine. Voy a ver si consigo otra canción de S. Wonder. Estaba en el cuarto, pero vine a la cocina. Estoy esperando acabar la cinta. Dicen que van a poner el nº 1. Pues no está tan bien. Pero la pongo. No, la corto. Bueno, pero ahora quiero una para terminar la cinta. Pero no me va a bastar sólo una. Bueno, encontré una cadena. Quise grabar una, pero ya la grabé otra vez. Jo, qué pesado. Bueno, ya cogí una. Es buena. Es una de las que estuve combinando antes. Una no llega. Tal vez Ramoncín le gusta. Es ruidosa, pero vale, ayer o el otro día grabó una igual. Y creo que faltan más de una. Voy a dejar para los animales. Bueno, ya está. Grabé una. Intento ahora. Una melodía que me gusta. Me gustaría terminar la cinta con ella. Pero no pude. Dijo que era tranquila. Esta me gusta, pero la dejo. Este domingo no sé a quién encontraré. Me doy cuenta que me gustaba. Bueno, ya está. Están buenas las patatas. Grabé la siguiente. No, la borré. Voy a ver la siguiente. Voy a pelar patatas. Están muy calientes. Me queda sólo una. Las dos y cuarto. Ya me tranquiliza.
  Me preocupa lo que le regalaré a Ana. No sé, una postal. Me quedo en esta cadena. Jo, a ver si termina. Es que las de E. John: sólo son música.. o tocaron una música antes. Pues qué desastre. Bueno, ya cogí una. Y terminó la cinta. Ya estoy más tranquilo. Ahora, a pensar en el domingo. Pasada la comida, me duele el estómago. Supongo que no cambiará mucho la postura en cuanto venga mi madre y pase la relativa calma que traerá. Ya aprendí. Ahora por la tarde. Mariora me dijo que le diera la vuelta de esta mañana y por la mañana había visto quinientas. Se lo dije y eran mil. La fastidiamos. No tenía la cuenta y sólo tenía 195. Se me ocurrió decirle que iba al pueblo y fui. Iba inseguro. Lo había perdido. El pollo doscientas cincuenta y la carne cien. ¿Entonces?. No, había jamón y pan integral. Pero seguía faltando. Carlos me preguntó si había perdido. Al final eran doscientas. Eché la cuenta y Conchita me dejó cuarenta y cinco. ¡Buf!. Cuando Carlos me dijo eso, pensé que me tomaba el pelo, después dijo mil. Creí que iba a salir mal de ésta. Al llegar arriba escribí esto. No lo paso a la libreta. Creo que mi vida quedó en aquellos lugares. Y cada vez que vuelvo a recorrer todos sus paisajes, en sólo unos momentos vuelvo a revivir lo que fue la historia de toda una vida.
  Me parece que es hoy cuando la he conseguido y me gustaría demostrarle a todos que es verdad. Que fueran felices, al menos, un segundo, como a mí me gustaría transmitirles en mi lenguaje. Tal vez hace años, y hoy lo he conseguido, pero no te fijes en eso, fíjate en lo que yo le buscaba. Quien es pero fue el tiempo, que no pudo rehacer nuestra sonrisa. Se sentirá derrotado. Bueno, así lo estuvo siempre. Déjame con ella. Esperé este hoy en todo el día de ayer. No hacen falta palabras en nuestra unión, ya sabes que yo siempre he deseado encontrarme con ella. Me siento cansado, aunque digas que ya pasó mi vida toda su historia. Allí estaba ella, al final nosotros dos nos íbamos a encontrar. No ha pasado para mí, no. Yo le sigo queriendo tal y como se presentó el primer día que fui feliz con ella. Déjala a mi lado. Y cada vez que la recuerde, déjame con ella. No es fatiga, es, simplemente, que su voz es única. Y es una soledad feliz, toda la que lleve su nombre. Déjale venir en cuanto pueda, ya sabe que yo le amo. Me da pena no soportarle comiendo manzanas. Ahora me fui de la cocina por eso, aunque tuve que estar un rato. Ahora fui a comer nueces. “Deja de comer nueces. Toda la tarde”. Me parece que si no es por el ruido, habría mucho que contar. Me fui y después me pilló comiendo huvas. “¿No entendiste?”. Yo le dije que si. ¿Qué?. Era claro que no. Me dijo: O meriendas o cenas. Yo, que nunca quiero cenar, en fin… Sólo está encendida la tele en color y mi padre escribe a máquina. No sé a dónde ir, porque allí tengo miedo. Quico no está en casa.
  Hoy me levanté. Me duele la cabeza. No sé qué día es, aunque al principio me dio la impresión que era sábado. Le pregunté a Mariora si así lo era. El pan, se van esta tarde. Lo supe cuando hablé con ella. La leche me respondió: ¿por qué?. Bueno, con lo que nos dejan supongo que no hará falta. Voy a ir a buscar la leche. Iba a subir a escribir, pero no me da tiempo. Cuando me levanté, mi padre me dijo o me preguntó si había guardado el pato ayer, que estaba suelto. Le respondí que si. Y me parece que empujó la puerta, pues no tenía ningún ladrillo. Cada vez me parece más que es verdad esa respuesta. Al principio no llegaría a dar mi vida por ella, ahora creo que si. Bajaré al pueblo a buscar las cartas. No, bajó mi hermana. Las canciones son mi debilidad. Jo, me duermo oyendo una que tocaron ahora.

  Ahora es por la noche. Me acuesto con pijama porque tengo un poco de frío. Me lavé la cabeza. Le cambié la hoja a la maquinilla, pero me he de afeitar mañana. Hoy por la noche no tengo ganas. Ya tengo preparada la carpeta para llevarle a Tere. Desde el domingo pasado vine preparando poder ir al baile, y más ahora que me dijo Antonio que le regalase la cadena a Susana, pero me parece que la obra de teatro y todo eso es mañana. Bueno, iba a ser un problema. Ya le diré, puede que no sea. Mi padre no vino. Supongo que no vendrá a dormir. Bueno, gracias a él puedo escribir. Que duerma donde quiera, ¿no?. Al principio estaba preocupado por que durmiera fuera, pero no le voy a dar ninguna importancia. No sé por qué pienso así, puede que esté con la tía. O que venga tarde. Bueno. Tengo sueño. Voy a dormir.
  Me di cuenta ahora que sólo estaba Mariora, porque papá durmió fuera y mamá está en Roma, de lo necesario que es pasar. Esta mañana intentó no hacer ruido, pero al fin y al cabo, se levantó ella con ganas y quien se la cargó fui yo.
  Un chico me dijo un día que a él también le tenían como yo casi, pero a él le gustaba, o sea, venía a portarse así, en una forma, queriendo. Yo no puedo hacerlo así, porque yo quería… Bueno, olvídalo. Habrá veces en que sí lo haré queriendo y nadie lo tomará en cuenta, pero otras que no lo haré, todos me lo llamarán. Cuando llegué ya tenía pensado hacer las camas y arreglar un poco, pero Mariora me lo quiso recordar. Después me dijo: “Dale de comer a los conejos, porque les di una hoja de verdura y la tragaron”. Pensaba: No puedo hacer dos cosas a la vez. Pero contesté: Ahora estoy haciendo la cama. Y me quedé tranquilo. Hice la mía y les cogí dos cajas de hierba, pero esa contestación me ayudó.
  Me confesé hoy para no darle tanta vía libre al problema sexual mío, y tranquilo. Ahora y cada vez veo más claramente lo que me dijo la hermana Lourdes. ¿Sabes?. Ya hay otra chica a la que le caigo simpático. No me preguntes cómo se llama porque le quise preguntar el nombre y ella me dijo que lo adivinara. De cinco letras y se decía en cuatro: Flora, y Flor, al final le dije María y Mari. Me dijo que si, pero al final que no y me enredó. Bueno, ¿por qué no se lo creo?. Ella me dijo que a veces me hacía el pesado. Ésa es la contraseña.
  Buscaba a Susana para darle la cadena, y también tenía ganas de bailar, no la encontré. Y a Ana tampoco. Lo pasé muy mal. Me caían antipáticos todos. Subí y escribí un poema. Bajé las escaleras y al rato me encontré con Ana que bailó. Después me encontré con Mari. Bueno, y lo había pensado dejar todo marchándome. Pero no, tú y yo bien sabemos lo grande de ese día. En Vilariño, había decidido ir por la tarde a ver el teatro. Al marchar de casa, llevé los últimos poemas que había hecho en una hoja aparte. Algunos no se entendían. Bueno, que los queme. Pero quien les puede dar sentido es Teresa.
  Ya en Vilariño y después de tres o cuatro obras yo fui hacia la parte de atrás del teatro. Ya iba a terminar, pero quería darle esas hojas a Teresa. Otro detalle que me gustó fue el repartir las entradas, aunque fuese con la única chica a quien no le conozco el nombre. Cuando estaba en los pasillos de escenario, junto a una de las puertas, saqué las hojas y le quise preguntar a un chico, no sé por qué me suena en aquel momento Víctor, tal vez porque fue él quien me preguntó un día si lo sabía, su obrita, pudo ser cualquiera. Le pregunté por Teresa y me respondió: “¡Ah!. ¿Es que quieres leer uno?”. Y llamó a Quico. Tenía uno bien escrito y lo leí. Parece que gustó. Me animaron todos.
  Ahora está lloviendo. Y pienso que ya era hora. Por la mañana bajé. A mi padre lo que más le asusta es que un día pueda perder lo que significó para él siempre la figura de padre, y ante todo emplea las manos. Al único que le puede tocar es a mí. Deja que se desahogue contigo. Sabes que por cualquier cosa está él encima tuya. 

  Hoy no merendé, sólo había una barra y un poco y podía no llegar para la cena. Tomé la compota, que estaba en la nevera próxima a estropearse. Cogí un trozo de pan porque estaba muy fría y Mariora echó su bronca. Y, en cambio, tengo que aguantarle al sorber la leche o el café que tomaba. Bueno, pero eso es lo de menos, porque ya me estoy acostumbrando. Cuando llegó papá en la tele en color estábamos Quico y yo, él entró y yo le dije: Buenas noches. No sé, tampoco le doy un solo sentido, tal vez para que no se sienta demasiado lejos de nosotros.
  ¿Viste?. Ahora vino y me dijo: “Vete abajo a buscar papel higiénico”. Me gustaría que alguien me pudiese decir un día que, en parte, puede necesitar un poco de mí. Aunque sea sólo unas palpitaciones, unos respiros, algo. Alguien de aquí, tan cercano. Ya sé que hay muchos.
  No dejes que me falten. ¡Ah!. Lo de antes. Me dijo que la iba a calentar un poco. Cuando terminó la serie y fui a la cocina y estaba junto a la cocina la compota, cogí el plato y fui a la mesa. No sé qué me dijo Mariora, me parece que le pregunté si era ese plato que tenía compota (de esas preguntas tontas que surgieron con mi madre), y ella me dijo: “Es que pareces tonto”, y no sé qué más. Cuando me iba a sentar hice un gesto, si, como de decir: bueno, y aceptar. Tenía la camisa vieja roja, que sólo tiene un botón y abierta. Mi padre me pegó con el dorso de la mano sobre el pecho. Dijo algo así como “ya estás haciendo muecas”. Muchas veces no llego a entender el por qué y digo que lo olvides. Tal vez ocurre porque yo lo veo desde dentro más claro, pero a nadie le interesa. Bueno, pero por eso no voy a ennegrecer lo que son estas vacaciones. Allá ellos, si, pero lo que me duele es que yo seguí sin entenderlo. Y cuando me pregunto ¿Hasta cuándo?, siento que puedo fastidiarla. Déjalo. Ya sabes qué hacer. Como te dijo Antonio, allí le tienes a él.
  A propósito, hoy estaba con él cuando pasó Palmira. Y me dijo que le mandara al cuerno a ella. Lo tenía que hacer. ¿Y a usted qué le importa?. Pues yo creo que sigo prefiriendo el no hacerle caso. Me parece que me falta el valor. Me parece que, por un lado, lo tendría que hacer para mandarla a freír pitos, pero por otro hay algo que me lo impide. No sé si es el que trabaja con nosotros, y es mejor llevar el problema bien a andar con broncas o el que se lo pueda decir a mi madre, y aguarle lo poco de alegría que puede tener. No, siento que todavía no estoy preparado.    Bueno, espera; por ejemplo, al domingo. Ya sabes a quiénes veremos. Todas guardadas para ti. Y ahora habló conmigo Mariora para darme una bolsa para la basura y lo que tengo que comprar en Manolito. No sé, no lo entiendo. Bueno, me voy a lavar los pies y supongo que algo más.
  Le pregunté: ¿Vas a entrar en el baño?. Era ese dar diálogo. Me contestó: “No, pero si vas a cagar, procura…”. Le contesté cuando terminó: No, voy a usar… Pero creo que es ese dar la última palabra en todo. Ahora me levanté y salí fuera. Sería poner unos palitos en las plantas para enderezarlas. No tengo cinta, está Quico en casa, aunque voy a dedicarme a arreglar un poco. También las cañas que están en el kiwi, están casi por el suelo. No me creí que fuera tanto.
  Bueno, ahora voy a bajar al pueblo y después arreglo un poco. Siempre que decía: Hay que arreglar un poco, pero era esa desgana mía lo que me inundaba. Y yo creo que eso se puede solucionar con un cuadro, a mí me parece así. Bueno, olvídalo. Tienes que lavarte un poco. Ahora se mostró como es en verdad. Cuando llegó de Vigo yo estaba comiendo una nuez, sólo masticando. Me dijo: “porque después no hay, porque…”, en fin. Y ahora, cuando terminamos de comer, se tragó ocho o nueve. Yo cogí una y la mordí con los dientes para abrirla: “Se lo digo a papá. No las muerdas. Y deja de comer”. Me da igual, porque puedo comer por la mañana, pero parece que me hace pensar. Ayer en el rato en que me pude poner mal fue cuando papá me dijo que “perdía el tiempo por no haber ido a recoger nueces”. Me sentí mal, es verdad. Pero porque no sabía en qué distraer el pensar. Bueno, por la tarde cambió la plana, quise ocuparme de las cosas un poco que pensara yo. Me mandó buscar unas cajas para coger manzanas, y lo que hice fue ponerle palos a estas flores de la entrada y regarlas un poquito. En parte, porque así cuando viniese ella vería muy gordito a los conejos y eso arreglado. En un momento, pasó él y me vio: “¿Qué haces?”. Le dije que ponía palos y regaba un poco. Me contestó: “Ya llovió estos días atrás”. Hace dos o tres días que llovió. Pero bueno, me alegró. No sé si lo hacía por que no gastara agua o por qué, salí de allí y fui a recoger nueces.

  Ayer me pesó el no poder grabar, pero estaba Quico. Hoy no está, puedo grabar hasta las dos y ayer pude conseguir dos cintas. Fui por la noche, Mariora me mandó a la tienda y yo, en una escapadita, se las cogí a José. Aquello de perder el tiempo es mejor olvidarlo. Me parece que también el tener flores le fastidia un poco porque gasta mucha agua. También tuve roce con Mariora, me vio comiendo una nuez. Incluso después, cuando estaba recogiendo y entré en la cocina, me preguntó y le dije que estaba cogiendo nueces. Entendía comiendo y me gritó. Le dije eso de que podía decirme mejor que a ella también le gustaban, en vez de echarme una bronca por haber comido una: era más fácil que me dijera eso, pero se lo dije gritando. Ya está caliente. Estaba esperando. Ya sé, en el informativo de las diez voy a bajar a buscar la leche, la hiervo y me da tiempo para a las doce y media bajar a buscar las cartas.
  Me preocupaba si estuviese Malena, pues me parece que le oí cuando iba a marchar mi padre, pero fuí a su habitación y vi que no estaba. En cambio, esta cinta la empecé con “Vive”, tenía ganas de cogerla. Grabé la del gato en el tejado y, después, la del Camionero. ¿Por qué lo hice?, a Quico no le gusta. Cuando fuimos a Fátima, Quico llevó una cinta en que la había grabado y borrado, pero tenía un poco. Cuando sonó, Nieves o alguien me preguntó si la tenía. Tal vez eso me impulsó a grabarla. Después dudé, la quise borrar. No, la dejo. Ya está. Pero cuando lo dije, ya estaba grabando otra. Y cuando me decidí a dejarla, la oí. La canción me gustaba. Es extraño, porque cuando empezó, me gustó y quise olvidar la del camionero. Pero al querer dejar ésta, la oí un poco (la otra). Y me enfadé, porque me gustaba. Así que la borré.
  Ahora cogí una y otra medio empezada. Olí un poco: olía a quemado. Así que me alarmé y fui a ver a la leche. No quedaba casi. Estaba quemada. Me alarmé más aún, pero decidí ir a Rosa. Me dio tres cuartos más. También ella pareció entender aquella situación. La estoy hirviendo, la junté con la otra. Sólo tengo ganas de oír música. Menos mal que mi madre vendrá de buenas. No sé si se enterarán, pero me parece que me dio menos, porque me suele dar dos litros y se van a enterar. Limpié la olla, de lo quemado, y la guardé. Junté la leche con la de ayer, como me dijo Rosa. Ya ves qué pasa.
  Estoy grabando. Cogí una que le gustaría, pero la borré. Me quedaré junto a él. Acabo de perder una canción chulísima. Es otra cadena. ¡Bah!, es la portuguesa. Ahora cogí los cuarenta, a ver.
  Otra vez llegó Quico y me pilló grabando, yo lo quise así. Me dijo que ya podía haber limpiado la loza, le respondí que no me di cuenta. Grabé una para mí y luego grabó él la de Italia. Cuando terminamos de comer, comí dos nueces y me dijo: “Ya te dijo Mariora, que no comieses. Son las que más le gustan a mamá, ésas pequeñas”. Y me quedé conforme. Le dije que nueces había dos bolsas grandes en la caseta, entonces fue cuando añadió que le gustaban. Antes de que llegase Mariora pensaba decirle que había cogido nueces y decirle también que si me hubiera dicho que le gustaban a mamá o a ella, bastaba para que yo no las tocase. Pero llegó preocupada y entonces me dio pena. No se lo dije.
  Me mandó salir de la cocina, lo cual me parece que me indica, aunque me dijo que le preguntase algo a papá, para cenar, que viene preocupada. ¡Bah!, apaga la televisión en color. Mira, estás tú solo. Podrás decir que esperabas a ver los partidos. ¿Sigues teniendo miedo?, ¿no?. Si, y antes, al cenar, tomaste la mitad de la tortilla francesa con un poco de arroz y cuando Mariora te preguntó si querías sopa de arroz, respondiste que no. Tú contestaste así porque tenías miedo, ¿no?, igual que ahora. Pienso que no está bien eso. Me parece que te falta valor. Quico dijo “si” a la sopa y tomaste un poco de arroz con leche, que había. Le preguntaste a Quico dónde estaba la canela para echar un poco: siempre lo habías tomado así. Ya tenías en la mente el decir que siempre lo tomabas así. Pero cuando te pasó el botito de canela, sólo echaste tres poquitos. No me preguntes, yo tampoco sé qué podrías hacer. Incluso me parece bien. Lo malo es que nadie se da cuenta de eso, mismo cuando papá te dijo que regases, tú le quisiste decir lo mal que veías las flores pero él se marchó sin escucharte. A lo sumo te diría: “Bueno, bueno2. Y nada más.
  Te ayudaré, porque me parece que nos estamos encerrando. Acerca de ese miedo no sé qué puedo decirte, sólo te podría ayudar el que alguien se diera cuenta. Pero sientes que a Quico le falla algo no. No sé, creo que tal vez vaya a ser mejor el conformarse con lo que se tiene. No pidas más. Yo te ayudaré. ¡Ah!, y como dijo la hermana Lourdes, esperar. No pienses que todo esto te va a llevar a un callejón sin salida ni retorno. Al contrario, encontraremos al que siempre hemos buscado. No te preocupes, ya te habrás olvidado un poco de la hermana Lourdes. Te ayudará el saber que yo también me había olvidado. Fuiste tú quien me la recordaste, para que la nombrara. No importa, es una sóla vida la nuestra.
  Ahora que va a salir papá de la habitación. Y en esos despistes rápidos, metes la libreta, el boli y las gafas bajo las sábanas y la libreta al suelo dejando en la cama las gafas. Bueno, se ve con la luz del pasillo. Hoy pensaste que era jueves, que ya no te daría tiempo a grabar las dos cintas. No, hoy es miércoles. Acuéstate, déjalo en el suelo. Cuando se te ocurra, yo estaré a tu disposición. Menos mal que Mariora y Malena no suelen decirle nada, no me acuerdo si alguna vez, aunque ellas me parece que tampoco saben el por qué. Duerme.

  Te vas a estropear la vista. Podías escribir ahora que Quico tiene la luz encendida, pero no porque ya sabes cómo se pone. Y no sé por qué lo hice. Bueno, ahora porque salía. Está en el baño. Bueno, guarda. ¡Procura!. ¡Acuérdate!. Todo esto te hace daño, pero nadie lo sabe. A estas alturas me chupo el dedo, ya ves qué respuesta. Pero no importa. Es el único que vale. Es la primera vez que no le dice nada, aprovecha. Me voy a creer que estás apuntando lo de la carne. ¿De perros?, le pregunté. Y me dijo lo del dedo. Bueno, no lo sabe. Pero no importa. Cuando te lo impide, pues no lo escribes y cuando sí pues aprovechas. Sólo Mariora te preguntó por lo de la nata, diciéndote que a ella le parecía que, cuando hervías tú era distinta o que sabía dónde la echabas. Se te debe perder. Pero no dijo nada más. Bueno, y gracias que limpiaste el fondo de la olla, el cacharro donde echaste el poco que quedó y todo, pero creo que ella te pilló por el colador de la nata. O no lo limpiaste o no lo limpiaste bien. Bueno, ya pasó.
  También tenías miedo de si Mariora decía algo del cassette radio. Ya ves que no pasó nada. Supongo que mañana podrás grabar igual. ¿Y tu vida?. Te lo preguntaría si tuviera una razón. Te diría: “Ggrabar, gallinas, conejos, ¿es suficiente para una vida?”. Y te respondería que no. Pero tú me apuntarías como la hermana Lourdes y yo me tendría que callar. No te digo: ¡ojalá sea verdad!, porque no hace falta. Vamos a ver si el grabar mañana nos puede animar a no caer, porque ya ves que hoy y ayer flojeaste. Bueno, Quico te deja escribir. Pero te duele el codo de estar apoyado. Échate un poco sobre la cama. Ya no tienes el pesar de ensuciar la funda de la almohada, porque te lavaste la cabeza. ¿Cómo será todo ahora cuando venga mi madre?. Será igual, habrá cambiado, me dejará cambiar también a mí o demostrarle que lo he conseguido.
  Ya es de mañana, se fueron todos, creo que la cinta que grabé ayer, la mitad, la voy a titular “Vive”, la canción de Fiornaliso, es la primera. Me puedo también afeitar. Voy a hacerlo. La segunda también me gusta. No lo tomó tan mal Rosa, tranquilo. No sé  cómo me pude poner ayer. Desde las ocho puedo ir. Ya escondí la radio. Bueno, es sólo coger una para terminar la cara. Me gusta con la que empieza la otra.
  Maniobras Orquestales, la conocí por Quico, sé que le gusta a él. No hizo del todo mal al llamar “mis cintas”, pero sólo quiero una canción que me guste. Me di cuenta que había empezado toda una cara y me puse todo nervioso. Si ya la había grabado, había borrado las primeras. Y fuí al cajón. La otra sin empezar. Entonces recordé que sólo había grabado una cara. Grabo una que cogí, a ver si me sale. Cogí la principal, y terminó la anterior.    También grabé una de antes, creo que a Quico le gustaban algunas antiguas, espero que ésta cuele. Tal vez me dé tiempo a terminar la cinta. Sería bueno. Lo que más nervioso me pone es creer oír que viene alguien. No, no podré terminar.
  Sale S. Wonder. No la borro. Me pasé mucho. Cogí otra, a ver. Bueno, parece que si. Me quedé con ella. Y me puse el pantalón. Pero duró mucho más. Ponen una de Simon y Grafunkel. Yo pensé que ya no sabía dónde había puesto la carta. Bajé en bici y me caí. Resbalé en la curva. Me hice un rasguño en la mano izquierda, el codo, el dedo del centro, la muñeca derecha y me rompí un poco el pantalón en la rodilla. Cogí una canción. Bah, da igual, como le dije a Conchi, si te da pena me harás daño. Total, nada las gafas, y la camisa, ni la cara ¿qué importa?. ¡Bah!, da igual.
  Fui a buscar la carne de perros, el pollo, no pasó nada con la leche, todo va bien. Ahora espero terminar la cinta. Mamá vendrá más tranquila, por lo del pantalón. La carta la subí, pues se hizo un roto en el centro. Cambié de sitio la cinta, para grabar mejor. Ya es la una y media. Y creo que la caída fue por haber caído esta mañana. Pero no me pasó nada. El caso es que me acordé que no debía hacerlo. Muchas veces es así. a veces me digo que debo empezar desde el lunes. Y como el lunes, martes o miércoles, pues eso. Incluso en esto también me parece que debo esperar. Bueno, ya empieza la música. Ayúdame después a contar lo que pasó ahora. No puedo, vuelve el miedo. Voy a intentar contártelo. Me ayuda el esperar.

  Sucedió antes de comer. Yo no comprendo lo que pasó. Mariora ayer me mandó apuntar dos pollos, el correo y una tercera cosa. Y se los traje. Pero le dije a Manolito: Dos pollos y viene el sábado a pagarte esto y lo de ayer. Pero eran dos pollos para subir el sábado. Jo, cómo se puso. Tenía razón mamá al llamarte inútil. Lo eres. Para eso lo apuntas. Pero ni así. Cuándo te darás cuenta de lo inútil que eres. Otro día ni te muevas. No vales para nada.
  No sabía qué decir. Llegó mi padre. Inútil, que eres inútil. Con eso que hace siempre de acercar su cara a la mía. Inútil. Y me pegó un puñetazo en la boca. Me quedé sin habla. Yo, con lo fácil que hubiera sido no ponerse así y guardar el pollo en la nevera. “Un rato después”, me dijo. Incluso ahora, alguien fue a la puerta principal y quedó allí un rato. Yo guardé todo. La libreta bajo la carpeta sobre la mesa, e iba a destapar la máquina. Ya se fue. Cuando lo guardé en la nevera, cogí la cacerola donde había sólo un poco de leche para hacer sitio, cayó un poco, como nadie lo vio puse tres hojas de periódico encima y lo corrí con el pie hacia donde están los demás para que limpiase, después fui a buscar la fregona, pero llegué tarde. No la encontré y mi padre vio la leche. No había secado. Me senté a la mesa y comí. Cuando iba a cortar pan, cogí también un cuchillo. Mi padre ya estaba otra vez. Me lo cortó Quico y, al darme el trozo, yo le dije: Gracias. De bajo, estaba llorando. Yo no comprendo cómo en un minuto se me puede poner así y al rato siguiente, cuatro minutos escasos, estar hablando conmigo. Hablar, Mariora, porque él no decía nada. Estoy volviendo a lo que era antes. Ayúdame. Iba a salir de la cocina, a lavarme las manos para poner la mesa, y me preguntó: “¿a dónde vas?”. No fue eso lo malo, lo malo es que no me conocían. Y que hablen conmigo como si tal cosa, sin darse cuenta del daño, quedó algo atrás.
  Ayúdame, porque nadie me lo va a querer restablecer. No sé si sería mejor que me viesen el rasguño y que no pasara nada. Cuando Mariora estaba así y él también, yo me acordé de un detalle: Ayer me lo dijo y yo anoté en un papel: Dos pollos, el correo y la tercera cosa, pero iba a poner al lado de los pollos qué había que hacer, pero ella me dijo: “Ya mañana le dejo una nota”. Y se fue. Y ahora fue corriendo a casa de la tía Maruja. Me duele un poco la cabeza. Fui y vine corriendo. Al ir paré dos o tres segundos y seguí, creo que fueron dos en cada viaje. No sé qué deporte hay en la tele en color. Ir no pienso ir. Voy a subir la libreta y escribir el poema y el que me quedó al llegar ellos. Llegaron unas amigas de ella. ¡Bah!, no, voy a terminar la libreta que me queda poco. Nunca tengo ganas de que me arregle para que vengan visitas.
  La camisa que tiene sólo el bolsillo, medio abierta, el pantalón vaquero, y debo oler mal, después de correr hasta la casa de la tía.
Y ahora peor, más pena. Me dijo Mariora que bajase tres gaseosas y las cogí: tres y un bote. Me crucé con mi padre y yo me alegré porque él siempre decía de una en una, y bajaba tres. Había junto a las escaleras, en el lado opuesto, un mueble con unas botellas almacenadas y allí había en el suelo un montón de botellas vacías. Las dejaban todos. Al fondo había botes. Estaban arreglados los dos sitios. Y yo dejé el bote junto a las botellas. Y coloqué las de gaseosa vacías. “¿Es ese el sitio?”. Me preguntó. Y zas!, un tortazón en la cara. Lo arreglé yo, ¿sabes?. “Y vete a los botes verás”. Allí, delante de él, me dio más pena. Porque eso no soy yo sólo. Ahora ya está hecho.
  Padre, ayúdame. Sé que estoy contigo. Ayúdame a saber esperar. Bueno, a esperar y a poder escribir cuando me encuentre mal. Subí la libreta y voy a escribir. La tenía en el cajón de la ropa, y ya me iba a enfadar buscándola, pues me sentía muy mal. Olvida lo del tortazo, no está bien que se nuble la llegada de mamá por eso. Es un bestia, cada vez me da más pena, el hijo que soy y el que puede ser sólo si hubiera una palabra más entre nosotros. Manolo vino a hablar con él en los toros. El otro día me dijo que podía venir cualquier día y me dijo que viniese por la tarde. Vino ayer y me dijo Manolo que hoy también le había dicho. Tal vez algo de su furia fue el no haberlo podido ver. En aquel momento llegó a darme vergüenza. Me quise cagar en alguien y el primero que salió fue su padre, pero no porque son los abuelos  y ya deben pasarlo bastante mal. No voy a escribir, se me va a estropear la vista.
  Voy a cogerle hierba o verdura a los conejos. Quise salir por la terraza. No, que está lloviendo.  Por el sótano. Oigo golpes. Mi padre. No. Me planteé imaginariamente el que todo esto acabe y le pueda preguntar a Mariora: ¿Viste lo que lograste?. Perdona. Yo le diría. ¡Bah!, para uno que varias veces estuvo a punto de matarse queriendo morir, su único placer es escribir y a quien muchas veces le da igual la vida, es normal. Pero no sucede y esto puede volverse a repetir. Me pregunto qué pensaría ella cuando papá me estaba pegando. ¡Que tienes 22 años. Ya eres un hombre!. Narices. ¿Para qué?. ¿Es normal lo que hacéis vosotros?. No voy a poder desterrar de mí este miedo. Y me da lástima.

   Bueno, espero, pero ¿cómo va a ser esa espera?.
 Ya entraron las amiguitas de Mariora. Tengo que salir. Bueno, guardaré los bichos. No me parece que seas tú, Padre, no es tu estilo. Pero déjame seguir hablando contigo cuando quiera. Es que si no sé una palabra, no quedo contento. Entré en la cocina y le oí hablar. No sabía que fuese conmigo, ni le escuche: ¿Por qué no quisiste oír?. Era meter las sillas. No quisiste oír. “¡Bah!, él qué sabrá”. Quiso rematarla. Quiero bañarme. Pero estoy esperando por si alguno quiere entrar en el baño. Y me fijé que no entraran. Entonces por si quiere Mariora que le abra el portal a ellas, pero me voy a cansar. Tanto le cuidaba a Mariora a veces que le veía entrar, o levantándome sólo para ella y mi padre, o bajando al fallado, para esto. ¡Qué indiferente parece algunas veces la vida!. “Es tu obligación”, dicen. Pero otras veces, como hoy, me quiero quedar en cama y nadie dice nada. Son todos contra mí, nunca llegaré a entenderlo.
  Aquí está el libro de la Adoración Nocturna de Quico. Y digo yo: ir a la adoración con buenos propósitos con las ganas de encontrar más y mi padre ¿para qué?. Yo iba todos los días con él a Vigo y no pasaba nada. Me imagino, preguntándole a Antonio: ¿es que todo eso que hago por ellos no tiene sentido?. Supongo que sí. ¿Entonces, es verdad, como tengo oído por ahí, que cada casa es un mundo?. Me dirá que también. ¿Y mi casa?. ¿Tiene sentido el ser así?. ¿Qué mundo es éste?. Entonces me parece que saben a cuento las palabras de la hermana Lourdes: “Espera, tranquilo”. Me pregunto yo qué es esa tranquilidad.
  Dijo ella: “¿A ver quién toma los macarrones?”. Ay, si no toma él tomo yo, dijo Quico. A mí me da igual. Estuve dudando de si decir o no buenas noches. Al final lo dije. Fui a lavarme los dientes. Entonces salió alguien que no vi. Seguro que sería él para vigilar. Después volvió: era él. Salió alguien y guardé todo. Pero era Malena. Apareció Quico y me dijo: “Mete los perros en el sótano2. Ya me había lavado los pies y no me daba tiempo a poner los calcetines. Lo hago por las sábanas. Pero fui con las sandalias. Al cuerno. A lo mejor cuando venga mamá y Mariora le diga lo del pollo, yo le diré lo de anotarlo a la mañana y ella me preguntará: “¿Y por qué no me lo dijiste entonces?”.
  Si un día me preguntan ¿cómo les quisiste?, no sabré qué contestar. Tal vez no haya respuesta. Iba a escribir a máquina, pero voy a hablar antes contigo. Ya me arreglaron la bici. Me encontré con Isabel y me espera un besito para el día de mi cumpleaños. También le dije lo de la caída, pero tanto ella como Conchita y supongo que Paco y Carlos, me van a guardar el secreto para no alterar a mamá cuando llegue contenta. Ayer sé que alguien, no sé quién, me puso un mal gesto que me entristeció. Pensé que había sido Carlos, no, fue Carmen. Nunca sabré por qué a don Ramón le gusta hablar de las chicas, bueno, a todos los que se van haciendo así. El gesto de Carmen, aunque no le gusta mucho, no era ése. Era como de “ya está otra vez”, “el pesado”, me va a hacer pasar de ella y me duele el hacerlo.
  Grabé la mitad de una cinta y ya tengo cuatro de ésas. El caso es que ya no puedo hacerlo. Bueno, no pienses en eso. Di la verdad, di que estás triste. Di que esperabas otro tipo de convivencia. Si, es verdad, lo de ayer fastidió el hilo. Quico no tenía que haber hecho lo de ayer, estaba en cama y se asomó a la puerta. “¿Guardaste todo?. ¿Y el pato?2. Al rato me dijo que andaba suelto, pero yo cogí que lo decía por esa imbecilidad común en esta casa y se fue. Si lo había hecho, ahora parece como si estuviera más pendiente de ella. Por la mañana estaba suelto. Tal vez empujó la puerta. Ahora falta ver lo que dice él. Si me quitan la confianza, creo que pierdo algo principal. Voy a ver si pongo las patatas. Pelé cinco. Le entendí cinco. Llegó Quico y eran seis. “¿Cuántas patatas te dije?”. Tres veces lo dijo y terminó: “Pues pelas una más y la echas”. Y yo me pregunto: ¿por qué? si hay solución. Está bien, me equivoqué. ¿Cuántas veces crees que bastan para que lo entienda?: ¿Quieres que me lo meta hasta el culo?.
  Mañana es el día del Pilar, menos mal. Si no hay misa, al menos habrá baile. Muchas veces me digo: Me estáis distanciando de la casa. Si todo lo que hago no tiene sentido, entonces ¿para qué?. Necesito más una palabra de ánimo. ¿Y ahora qué?. Voy a escribir arriba. Claro que subí. Lo primero que me enfureció fue el sentir también a Quico arriba. “¿Quién cuida las patatas?. ¿Qué hay que hacer cuando la nata sale por fuera?. ¿Quién cuida la espuma?2. Al salir yo, le dije: Ahora, calla. No sé si me oyó. ¿Y qué importaría?. A la primera pregunta, le respondí: ¿Hay que cuidarlas?.
  Tenía en la mente el estar un poco a rriba y luego bajar. Bueno, no. No sé, no lo tenía en la mente, no. Pero se podía hacer, ¿no?. Entra él en la cocina y lo primero que hace es tragarse un poco de gaseosa. No son tan pronto que las patatas hacen espuma. Cuando hiervo la leche suelo escribir algo, y no pasa nada. Me da miedo hasta que me vean hablar contigo. No quiero que un día te conozcan. No van a saber cómo interpretarlo.
 ¿Viste?. Ahora fui a buscarle al baño. ¿Cuándo se apagan?. ¿Y cómo se sabe cuándo están cocidas?. Siempre estoy hecho un lío. Le canso la paciencia a todos. Jo, no sé qué será de mí. Si, ya sé que estás tú conmigo. Que no me abandonarás. Que tengo que seguir esperando. Pero ya ves, dicen que me margino. Me da pena por Ana. Cómo le respondo. No soy digno. Antes también me dijo “que saques un trozo y lo pruebes” y no lo entendí. ¿En seis patatas, eso?.  Ahora me lo dijo otra vez. Le había dicho que no estaban muy duras. Lo hice, aunque no estoy de acuerdo. Pero si son para hacer puré, como le oí a Mariora, bueno. Siempre que me pongo a escribir donde sea, me da miedo solamente una puerta que se abre. Siento que Quico se está alejando, va por tiempos, no comprendo que se pueda ir así. Voy a escribir, aunque me parece que la máquina hace un ruido raro al teclear. Pienso que también va por tiempos. Y yo le cierro el portal, pero ella no le da sentido. Y ahora llega mi cumpleaños y van a decir que me quieres. Me da pena por ellos.

  Ahora necesitaba expresar lo que significa un segundo para mí, un segundo es una vida. Ahora por la tarde quise ir a quemar, le pregunté a Mariora si iba a abrir la cocina y me dijo: “Tú solo nunca quemaste. No, ahora no quemes”. No sé si significó lo mismo que pienso yo, pero tampoco quiero decirle “no” a la ilusión.
  Hablé con Pily. Ya le conté que dijo que me escribiría y no lo hizo. Esperaba que lo hiciese yo. Bueno, ahora le escribo. Será una carta larga. Mariora dijo que bajaba al pueblo a hacer las compras ya subía. Se va a ir. Estoy esperando en el portal y escribiendo. Me importa unas narices lo que piensen: Mariora aún no llega. Escribí la carta y así paso el rato. Son las 8 y 20. Pensé que era muy tarde. No sé si Quico me verá escribiendo. Hoy hay que ir a misa. No lo sabía. Con esto de obligatorio y no obligatorio…
  Yo voy a ir por Tere. Y, si esta tarde salgo, iré hoy y mañana al baile. Tampoco él me dejará escribir si me ve. Voy a pasar. No sé qué decirle. Me levanté, tomé la leche y, al mismo tiempo, puse un poco de agua para afeitarme. Me imagino que se levante mi hermano y me diga: “Tomaste mucho pan y no pensaste en los demás”. Si, en efecto, quedaba cerca de media barra y ahora no queda más que un puñado. Pero se me ocurrirá responderle: De tanto preocuparme por los demás, mira en qué me he convertido. Y me parece que todo el problema comenzó cuando me quise volcar.
  Si, ya veo que me equivoqué. Antonio habla muy bien, pero cuando se va o incluso cuando hablo me gustaría contestarle que yo creo en Dios, pero le haría daño. Hasta le pregunto si en verdad hay obligación de oír misa. ¡Qué ridículo!, ¿verdad?. Voy a afeitarme. Y creo que va a desconfiar. Ahora entré en cama y fui dos veces a coger la libreta. No creo que pueda hacer tantos poemas. Son las diez y media y no tocaron las campanas de San Pedro. Mariora y mi padre se acaban de levantar ahora. Creo que me engaño otra vez. Se lo pregunté a mi hermana y ella me dijo que a mi padre, se lo pregunté a él y me dijo que no. Al menos me distraje un poco, aunque me haya afeitado hoy.
   ¡Demasiao!- dijo Quico. Tal vez no lo sabía. Cuando Antonio habló conmigo me dijo que a mi padre le daba rabia verme con 33 años y hecho un niño. Me gustó, claro, me gustó pensarlo así. Ahora veo que no. Luego le contaré por qué. Ahora estoy en la habitación y no quiero que me cojan. ¡Bah!. Olvídalo. Creo que lo que le quería decir es que debo ver para mí en primer lugar. También recuerdo un día que me dijeron: “Tú lo que tienes que hacer es atender la casa y los animales, hacer lo que se te manda”. Creo que un día me dijo: “Buscar ya te buscamos nosotros”.
  Hoy es sábado y también fui al baile, aunque piense ir mañana. Fui. No fueron ellas, sólo… y su amiga. Hablé un rato con ellas. Cuando empezó (le decía que al menos el bailar una me bastaría. Ella decía que si pero más tarde). Sé que bailé la primera y le dije que si se enfadaba al bailar otra, que bailar sólo una… bueno, eso. Bailó otra y la tercera era “Hedí”, le dije que ya no le iba a pedir más. Ella me dijo que me lo pedía ella. Y bailó. Me animó, también me dijo que debía ser yo mismo. Y hablé con Manolo al salir. Me dijo que le contestase: si no lo fuera, no me tocarías. Pero no me atreveré.
   Me parece bien el pensar: Tú me lo hiciste y parece que me lo quieres seguir haciendo. Me molesta el que me digan: “te aconsejo”. Muchas veces no hace falta decirlo o tal vez soy yo que lo veo en todos los sitios, pero porque me molesta. Guardé los animales y le puse manzanas cortadas a los conejos. Fui a la habitación y me cambié. Después fui a la tele (Ahora es domingo por la mañana. Todos durmiendo, puedo hablar tranquilamente) donde estaba mi padre y le dije: Buenas noches, no contestó nada. No es ya porque me molestara sino que no le pareció tan tarde. No sé qué hora era, supongo que pasaría un poco de las diez. Total, me vine a la cocina y, al cabo de un rato, llegó Malena preguntando si había cerrado todo, que lo había preguntado él. Y es esa manía de decir “te aconsejo”…, ya parece escrita en las palabras. Le respondí: Si, lo acabo de hacer. Pero no quedé conforme, porque siempre habría una pregunta más. Además, ella me preguntó: “¿Seguro?”, dos veces. Y yo siempre pienso que, en el fondo, mis hermanos lo saben, mucho más inteligentes que yo, y me quieren ayudar. Pero no caer en ese miedo, o no sé si es duda, aunque sabía que lo había hecho, ese no saber qué hacer. Murmuré: Y si no que vaya él. Mariora me cortó diciendo que eso era malcontestar. Y me molestó que fuera así.

   Ahora iba a buscar algo para los animales y me dijo que me pusiera el gorro. No sé dónde está, pero a ver quién le dice que ya consiguió lo que quería y es que temiese cualquier movimiento suyo, que tuviese miedo. Y así está arruinando mi vida. Creo que lo malo es no escuchar mis razones. Yo sé que dejaría de mentir. Llegó él por la cocina. El gorro estaba debajo de los jerseys en el armario. Menos mal. Hoy, cuando iba a misa, vi más claramente lo que me contó Víctor en el bus a Fátima. Cogí a Pedro, que pasaba justo por aquí cuando yo salía, y fui con él hasta el cruce de San Pedro. Le pregunté sobre ayer, también había ido, y le conté lo que me pasó hasta San Pedro. El me dijo como todos: Tantas chicas, aunque no con una persona de Ramallosa, a él parece que le gustó de verdad. No creo que después me llame plomo. Con todos los de aquí, hace mucho que pasó de edad esa palabra. Pero cuando iba a Vilariño, pensé en Víctor. Y es verdad, ¿a Pedro le puede interesar que Fulanito, que él no conoce de nada, hablara conmigo?. Cuando le vea, pienso hablar con él.
  Nadie me dio un beso en Vilariño, al final me consideré una lapa detrás de Tere. Hasta le quise contar lo de la caída, pero no se lo conté. Ni le entregué los poemas. Bueno, pero en la misa estuve animado. Me llama la atención una de las dos hermanas, delgaditas, hoy estaban fuera y, como llegué tarde, me quedé afuera y, aunque quise entrar, al final no me moví, era distraer. La morenita, va mucho de blanco y negro, me miró dos o tres veces, aunque yo no hice nada. Recuerdo que muchos domingos que estoy dentro, a ella la veo en un banco a mi lado. Muchas veces recuerdo darle la paz. Hablo y no conmigo mismo, eso creo que lo hago, en el fondo, porque hace que miren para mí. Al ir a comulgar, fui con Teresa, que estaba en la fila en ese momento. Hoy viene mi madre. Bueno, tampoco fueron muy negativas estas dos semanas. Cierto que hubo sus más y sus menos, pero ya pasaron. Hoy traje la carne picada, y todo. Pelé, herví, más me preocupé por las flores. Las regué esta mañana y ahora parece que tienen mejor cara. Grabé la cara que me había quedado. Ayer bailé con Paz, Loli no había ido, con Ester, con una amiga suya que no quería. Lo peor fue el no ver a quienes esperaba. Pero bueno, eso me ayudó a pedir. Bailé con una de Porriño, se llamaba Pily. Supongo que me ayudará a reconocerla otro día el que llevaba unos pelos como Malena, y unas gafitas redondas. Al final bailé con, creo que es Angeles, bajita, un poco gordita y muy cariñosa, aunque no me acuerdo muy bien de su nombre. Hoy va a venir mamá. Sólo Mariora y yo en casa. Manzanas es lo que abundan y, antes que me lo digan, las como. Pero cortadas, porque enteras le afectan a los dientes. Creo que una de las cosas que hace Quico y me parece muy bien es no tomarse las llamadas.
  A todo meter, hacer esperar aunque sea al que llama. O cuando comía alguna vez nueces, me molesta que Mariora piense que como sin pensar en los demás. Ya sé que le gustan a ella y a mi madre.
  No sé si te conté las manzanas que cogimos él y yo. A mí me dijo: “Coge las del suelo, que están bien”. Y yo me pregunto: Si caen, se golpean; pudren más pronto. Hoy fue él a buscar unas oscuras que habían quedado amontonadas y me preguntó que qué había hecho durante el día y suponía que perdiendo el tiempo, lo sé hacer muy bien.
  Le pude decir que al ir a las 10 menos bastante Rosa no estaba y cuando fui a las diez y algo seguía sin estar, así que le dejé el cacharro. La rueda estaba pinchada, fui a lo de Chicha, con la de Quico y bajé. Cuando subí eran las doce y algo. Aún por la mañana estuve quemando un rato, pero tuve miedo y le dije que había estado cogiendo y puse arriba. “Inútil, que no sabes. Inútil, no sirves para nada, un rato: inútil”. Terminó diciendo que fuera arriba y bajase las mías. A lo más que le dije fue: de las que cogimos tú y yo. Cuando me preguntó por qué no las había cogido, le dije que había arriba pudriéndose. Fui arriba y aún saqué bastantes podridas de lo que hizo él. Pero no se lo dije. De todas formas, ya no tuve tanto miedo. Incluso cuando llegó y pitó, tuvo que abrir Malena que iba con él, y yo fui casi al final. Me preguntó y le respondí que apagando la tele y la luz. Me dio la impresión que él no quería oír eso.
  Paró el coche, y ya había salido, de pie delante de mí. Sé que dijo una palabra, quería atemorizarme. Le respondí lo de la luz y me la repitió. Murmuré un “bueno”, pero creo que no me lo oyó. Pues aún lo repitió una tercera vez. Pero todo esto me sirve para entender y poner en práctica cuanto antes, que ya tengo menos, pero todavía un poco, y tengo que desterrarlo. Pues aún quería que subiese para que viera la caja de podridas. Y luego bajé, pero ya no dijo nada. Ahora marchó a buscar a mamá. A ver si se gana el nombre de mamá…, para siempre. Debe traer un gripazo o una afonía de campeonato. Prepararle leche caliente. Le trajo llaveros. Le voy a llevar yo el de Fátima a ver si se entera. Pero ya me mandó a la mierda al guardar el coche. “Cierra la puerta”, “queda abierta”, “las dos manos”, “de mierda”. No se lo voy a dar, ya pasaron el valor de los llaveros. Los tiene sobre la mesa. Voy a llevárselo. Se los puse, pero no se enteró. Tal vez después al contarlos pregunte de quién es el otro. Fue a la cocina a tomar esa leche y Mariora le dijo lo de la leche ir un domingo, que quería bajar a Ramallosa (debió ser algo que le dije de que el sábado llenaba un cacharro para no coger el domingo). “Y encima se ríe”. “Y encima se ríe”. Tengo ganas de meterme en la cama. Por culpa de él. Me cago en diez, si se diera cuenta. Me voy a meter en la cama. Nada puede resultar bien. Si se metiera la lengua en el culo.

  Bueno, ya sabes lo que es para mí. Para que después diga yo que, total, soy inútil, y me responda él (por que se lo haya dicho a mamá): Pero, pero ¿quién te llama inútil, ¿es que te crees un inútil?. Me voy a meter en cama. Al parecer, allí no pinto nada. Nunca lo pintaste: ¿es mucho pedirlo?.
  Bueno, ahora llega tu noche y ya estoy en cama. Déjalo, escribe. Sé que hasta que abran la cocina, sepas que es él y hagas una de las tuyas. Le trajo un reloj a Quico. Le dije a Quico: Así queda para mí el tuyo. “El negro- me dijo-, la pila son 500 y le falta”. Pero se dio cuenta más tarde: “Así le dejas para él el que se parezca al de papá”. Yo también le había querido dar un beso cuando llegó, pero se pegó Malena a ella y no pude. Sólo cuando entré en la cocina vi el gatito que había encontrado Malena y se lo enseñé. Bueno, yo ya me bañé.
   Aunque al principio me dije: Me pongo el pijama y sólo me baño los pies. No, me bañé bastantes días. Si había uno que no, el siguiente si. Me bañé el viernes, el sábado un poco, el domingo al salir. Me sentí más a gusto. Poder bañarme tranquilamente, sin prisas y sin apurarme o mandarme nadie. Cierto es que quien me emp…
    La idea era buena, pero no supe seguir, o no quise seguir. Cada palabra tiene una razón. Y es ese nombre que le da significado a esa peli… Ayer ya lo creía demasiado pronto para echar un juicio. Hoy, porque estaba la cama un poco desarreglada que parecía de haberme sentado yo, me dijo que ya estaba sentado. No, yo estaba leyendo un selecciones, ¡pues sentado!. No, pero estaba de pie apoyado en el armario. ¡Júralo por mi muerte!. No cambia. Pero bueno, me da igual, porque yo espero que si y que me ayuden todos a seguir así.
   Empezó diciendo que las sábanas estaban en la lavadora porque estaban hechas una mierda y yo las controlaba todos los días para ver qué me quedaba por lavar, y no me parecían casi sucias. Al contrario, no quería ponerle de ese malhumor.
   Ahora habla por teléfono. Salió tres veces al pasillo, pero cuando estoy escribiendo en el armario lo dejo todo en el mismo armario. Voy a decirle que antes sí había estado sentado en la cama, viendo el papel de Fátima, el recorrido nuestro, pero mucho tiempo antes. No se lo dije, porque me mandó ir a buscar un bote con tomate y uno vino malo. El otro no abría y yo lo intenté.
  Cuando iba a buscar otro, aún lo intenté otra vez sobre la mesa. Quería que abriese, no por el trabajo de ir a buscar otro, pero se enfadó y lo dijo en tono de mandato, como si no quisiera. Me enfadé y no se lo dije. Cuando llegó Quico, le conté el episodio de los pollos, y todo lo que gritó mi padre. Pero sólo sonaban a palabras, y eso no lo entiendo.
   No le dan importancia. ¿Qué se ha creído?, ¿Qué soy el mismo miedoso de antes?, ¿que se llena de miedo ante él al oír una palabra más alta?. Pues no. Hoy tuve una riña. No sé si te dije, me parece que si, que las botellas las iba a hacer esta tarde. Cuando terminé de comer, subí a escribir, terminé el damero y, cuando cortaba hierba, me decía: las botellas después. Terminé y mi madre me preguntó si quedaban más, le dije que creía que no pero vi dos racimos. Luego fui a buscar unos pessegos y le subí el gato de Malena (se lo subí con las uvas). Cogí ayer unos pessegos y la última manzana de las rojas, blandillas que tanto le gustaban.
  Entré, hablaba por teléfono, los dejé sobre la mesa y puse la tele. Antes de ver imágenes, entró mi padre y la apagó diciendo: “No hay nada. ¿Cuándo colocas las botellas?”. Iba ahora. “Ahora ibas a ver la tele”. Ahora esperaba a mamá. Y ya sabes. No me tocó, pero le dije: Tú no sabes el daño que estás haciendo llamando inútil. Entró mamá y lloró. Yo le cogí por los hombros y le dije que se fuera. ¿Te vas?. “No, no me voy”. Pero debí decirle a mamá que sólo era un roce entre él y yo.

  Ahora no, no me callo. Ya me callé teniendo la razón. Y él decía: “Pues si se olvidó, que lo diga”. Mamá le decía que podía haberme olvidado. Gracias por ayudarme. Bajé a buscar una gaseosa y me dijo: “Baja papel y lápiz”. Para más comodidad. Guarda botellas en bolsas, las de la esquina, se refería a unas del fondo, pero no lo sabía y pensé que se refería a las mías. “Las del fondo, cacho bestia”. Pero bueno, ya no me importa.
  Ahora, por la noche, tampoco sé por qué lo hizo así mamá. Le quise hablar del reloj negro de Quico. Como le trajo uno a Quico, el de mi padre me queda a mí. Me dijo que no lo tocara. Es verdad que antes jugaba con las manecillas del otro reloj que tuve. No sé si en verdad fui yo quien lo fastidié, me supongo que si, pero éste no lo pensaba tocar, pero se lo quise decir comentándole que no tenía tanta seguridad en la mano para mover una ruedecita. Pero no lo entendió así. Supongo que piensa que lo voy a tocar. Bueno, no es culpa suya, no le des más importancia.
  Ya encontramos las postales de Portugal. Mamá parece muy animada. Igual que comentaste antes conmigo tras la riña de él, “ya empieza otra vida”. Creo que ya diste el segundo paso en lo que se llama “edad”. Ahora nunca debes olvidar que ya llevas una razón. Cuando pasaba mamá me dijo:  “José Angel, cierra esa puerta si no va a pasar algo”. La luz encendida estaba ordenando las libretas. Pero voy a dejarlo. No hacía falta decirme: “si no te cortas las uñas no sales el domingo”. Me dijo que el calcetín estaba roto, le quise decir que ya estaba, pero me las cortaba sólamente con que me lo dijese.
  ¿Eso es lo que quiere?. Un huevo lo va a conseguir. Yo también sé ser duro. Después de que discutiera con mi padre, ahora parece que es quien quiere tomar las riendas. ¿Y aquellas lágrimas?. Je, je, me río yo. Mentira. El primer día salió, yo me quedé solo. La cinta la empecé a poner cuando estaba a punto de llegar. Y, cuando llegó, oía la de S. Wonder. Supongo que le gustará. ¡Bah! N pienses en nada de eso, que te la quitará. No gasta nada y, a los demás, no dice nada.
 “Bueno, que no, cómo se puso”.
  Hoy salió y, como el casette estaba en el cuarto, que ayer lo usó Quico, pues puse la de Vive. La estaba oyendo y también parece que habla conmigo: deja los complejos, manda todo lejos, tus sueños se realizarán, la vida no es así, te sientes solitario entre la multitud, se va desperdiciando tu juventud: Vive. También puedo ser yo ese sujeto.
  Pero llegó y la radio no estaba en la habitación. “La cogéis sin permiso”. Me parece que ni oyó, no quiso oír ni le va a hacer caso a aquello que le dije a mi padre de que vosotros me habéis hecho inútil. Cierto es que no lo dije con esas palabras, pero ¿y qué?, si no hay diálogo. Seguro que todo eso que le decían a los futuros matrimonios, porque lo oí aquí, de que hablaran padre y madre en sitios donde no estuvieran ellos, también se da aquí. ¿Todo lo tengo que hacer a escondidas?, ¿es eso lo… –iba a decir”que quieren”, pero voy a decir “que hay que hacer”?. Ahora estoy en el fallado, hace sol y no puedo estar fuera. Incluso aquí no estoy tranquilo. El miedo ya pasó. Y esta mañana, eran las nueve y dormía, le dejé durmiendo. ¿Para qué?.
  Pues no lo sé, porque después bajé, no tenía ganas de decirle nada, pero se lo dije. ¿Y qué?. Será por lo que me gusta subir andando, ¿no?. 
  Desde abajo  no había trozos de pollo, había que ir a la plaza, así que fui, pero allí tampoco. Me olvidé de pedirle a Alfonso unos papeles. Llegué a casa y le dije que bajaba al pueblo otra vez; con tal de no estar allí. Cuando subí, luego, sucedió lo de la cinta. Bueno, y ahora ¿qué?. Les diría la verdad el día de mi cumpleaños, pero voy a terminar pensando que está bien por un día. Y deben pensar que, con la comida y el dinero los domingos, me deben seguir teniendo dominado. ¡Qué asco!.
  Pues no, ahora llegó Quico y debía bajar a demostrarle a que lo llevó él ayer, pero estoy mejor escribiendo. Y más porque a la mínima, me llamará enfurecida. Así fue, al rato me llamó Quico. “Dice mamá que te prohíbe subir más al fallado. Que pongas la mesa”. ¡Qué ridículo!, ¿no?. Me siento más impotente porque tenía pensado para mi cumpleaños un libro de dameros y una esponja que rascase. Ahora, después de comer, atendí a los bichos y subí, no pasó nada. Ahora voy a seguir el damero éste, pero después pienso usar la máquina.
  La usé, después bajé a casa y me mandó ir a coger verdura. Tenía ganas de contestarle ¿por qué?. Ya le había dado a los conejos y aún tenían y a las gallinas por la mañana, pero me dije: Déjalo. Vas a poner peor las cosas. No importa. Le coges a las gallinas y un poco a los conejos hasta la noche, aunque después le cojas hierba. No es necesario una riña ahora. No va a ser riña, pero ¿y qué consigues?, si no entiende por qué te portas así.  Déjalo. Y lo dejé.
  Me sigue molestando el que se pongan a comer manzanas delante, sea mi madre o sea quien sea. Yo las manzanas las tomo por la mañana cuando estoy fuera. No me gustaría nunca comer sorbiendo como hacen todos. Y aunque a veces me digan que como mal (el que a veces me ayude de la lengua para darle el último empujón a la cuchara, bueno, la mano, si, ¿y qué?, ya voy haciendo lo poco que pueda, pero es apoyar la cuchara en los labios para irla subiendo y que no haga ruido. No, pero lo que ahora me hizo tanta gracia y me hizo asomarme a su habitación acostada, sonriendo, no quita lo que pasó antes. Fui arriba a buscar un pijama y estaba el gato negro. Sentí odio por él y le quise pegar porque cagaba en la ropa, pero no, no hacía falta sentirlo. Encontré la parte de arriba del pijama y bajé. 

  Fui a la cocina. Mi padre estaba arreglando la puerta de la cocina. Tenía abierta la trampilla de arriba y estaba colocando el sitio donde debe dar vuelta la persiana. Me preguntó: “¿Ya vienes de la habitación?”, enfurecido. No, vengo del  fallado. Creo que me lo preguntó otra vez, como siempre, no fue eso lo que me irritó. A la tercera vez de preguntármelo, le seguí contestando que en el fallado, pero mamá se acercó a mí y, casi empujándome, me dijo: “Calla y vete”. No me dio tiempo a decirle nada. Reaccioné más tarde. Si, eso es lo que queréis vosotros, que me calle. Y otra vez a decir mentiras. No entiendo por qué me dijo eso, que me calle.
  Supongo que antes también sería muchas veces así, pero me imagino que los padres no buscarían decir cosas al tuntún, sólo por discutir. Lo que ya comienza a ser ánimo es que mañana es sábado, o sea, pronto llegará el baile. Toda la noche, desde que me lo dijo hasta que me dormí, estuve dándole vueltas a ese “Calla y vete”. Y ahora llego al papel y lo resumo en tres palabras y, además, esa esperanza no la tenía ayer. También me joroban las indirectas. Hoy llegó mi hermana por la noche y yo estaba en la habitación. No tenía ganas de levantarme a cerrar el portal, pero sé que si ella se acerca a mí preguntándome si puedo ir a cerrarlo, iré. Aquel poema que decía que, quería ser libre para elegir, lo siento más cerca de mí. Llegó a mi habitación y me preguntó si sabía dónde estaba la linterna para ir ella a cerrarlo. Y yo pensé: No será verdad. Está en la cocina. Se la fui a buscar y, al venir, estaba hablando por teléfono. Se lo dejé en la puerta de su cuarto y entré en el mío. “Que lo pida, ¿no?. Debe de saber que yo no voy a negarme, al contrario, no puedo hacerlo, aunque sepa que de mayor me va a mandar a tomar por saco”.  Pero me cortó el segundo paso, me parece que dijo algo así como: “¿no vas a cerrarlo?”, digo algo así, porque sé que fue en un tono de ese tipo. No estuve de acuerdo con su salida, hasta murmuré: “Cerda”. Eso no lo tenía que hacer así. Había pensado: “Ya verás cómo vas a terminar yendo tú”.
   Aquella salida cierto es que me dolió mucho porque no la esperaba, pero pienso que ya me estoy acostumbrando. Hoy hay cine de medianoche. Nacho me preguntó si había y yo le respondí que si. El va a verla, supongo, yo también y supongo que si al final es tan grosera, podré escribir en la cama.
  No la vi, me dormía allí. Ya es de mañana, me parece que me sigue dando rabia ver a algún perro lleno de tierra, sobre todo las patas. Siempre es Mimo. Y hoy pasó una cosa graciosa por teléfono. Llamó un señor hablando que no se le entendía nada. Después de repetirlo tres o cuatro veces, le pude entender “migón”, podía ser una miga grande, la panadería y le entendí después hormigón. Se había equivocado. Primero dije “¿cómo?”, luego “no entiendo” y a la tercera me quedé callado.
   Ayer mi madre se disgustó y me dijo: “No puedes estar así todos los días. Tengo que mandarte a ese centro de Vigo”. Estando aquí en casa hago lo que puedo, no mucho la verdad. Claro, veo lógico que escriba a escondidas o esté sin hacer nada, creo que si encontrara ya esa libertad para poder hacerlo, sería otra cosa, pero bueno, más vale lo malo conocido que lo bueno sin conocer. Prefiero seguir así, aunque me disguste. Al menos,  no tiene que ir tanto a lo de Chicha o incluso a Ramallosa. El otro día me apuntó en un papel ir a Manolito y coger unos papeles en lo de Alfonso. Fui a Manolito y tenía que subir dos bolsas. Me preocupaba porque no podría subir en bici. Creo que se levantó mi padre al baño, pero ya no hay nada que temer. Volví a casa y, al llegar arriba, me había olvidado los papeles. Pero podía solucionarse, por eso no entiendo.
  A la hora de comer estaba en el fallado planchando y yo escribiendo. Me dijo: “Baja a comer que yo tengo que marcharme”. Le contesté: Bajo luego, si dejo la hoja en la máquina la estropeo. Pero también es una respuesta que me tranquiliza. Ayer por la noche no escribí nada. Y ahora, cuando fui a ver si había Ayer por la tarde llamé a Pepi. Hablé con la madre, porque ella está en un instituto de Vigo. Como ella me vuelva a escribir, pensaré que todo un tiempo valioso habrá sido perdido. Me recuerda un verso que decía: “Tenemos que rehacer el tiempo”. Pero aquella inocencia, aquella dulzura, todo eso se va igual que el tiempo y todo eso es lo que me hace llorar y me hace enmudecer tantas veces. Toda la ternura que me mantuvo vivo esperando tus cartas, ya me parecerá inútil. Me horroriza pensar que ha sido culpa mía que tú estés dormida y callada. Culpa mía será al fin de cuentas, me horroriza sólo pensar en ti. hervido la leche, estaba arriba del todo, menos mal que no salió. La segunda ya no subió y la tercera no sé. No, tampoco, vine a escribir para ver si subía, pero nada.

  Y todo lo que pasó desde ayer. Las veces en que pensé en ti, en tu amor, en todo eso que compartimos. Sólo una cosa contigo: no te vayas aún. Ahora te iba a contar lo bien que me encontraba por que esta mañana no hubo ninguna clase de riña: mi madre bajó al pueblo y yo cogí la leche, el pan, estuve haciendo cosas y fui a coger manzanas. Hasta sé que antes de ir subió Quico al fallado con el cassette y dos cintas y puso la que titulo “Lúgame”. Primero una de Pía Zadora y M. Jackson y luego ésa que tanto me gusta.
  Cuando le vi ponerse a escribir a máquina en la mesa, me dije: Yo también tengo ganas de oír música. Me quedé haciendo alguna cosa más: recogiendo y ordenando un poco por ejemplo. Entonces ubió mi padre y me preguntó: “¿Qué buscas aquí?”. Estoy recogiendo un poco. Creo que añadió: “Vaya”, y se dejó estar. Se fue después. Y fuimos a comer. Luego marchó Quico y yo subí a escribir a máquina. Puse otra vez la canción ésa que tanto me gusta y la quise llevar al cuarto de Mariora por si se enfadaba  conmigo,así que bajé el aparato y las dos cintas. Incómodo. Intentando abrir la puerta de la habitación se me cayeron y me agaché. Salió mi madre que estaba en su habitación y, cogiéndome de los pelos, dijo: “A lo zorro, ¿no?. Yo la escondí y se la volviste a coger”. Y me enfadé. No pudo terminar bien. Siempre tiene que aparecer alguien jorobando la historia. Le dije, chillando, que había sido Quico. “Bueno, pregúntaselo a él”. Ahora me pregunto por qué no le dije que había sido yo.    Chillando, que no quiera venir ahora a mandarme que aquella vez reñí con él, al irme le mandé a la mierda y él no me dijo nada y creo que lo oyó. Que no venga a hacerse el amo que también me queda para ella.
  No se lo preguntará, pero en caso de que se lo pregunte a él, no me dirá: Perdona por tirarte de los pelos. Así que también se va a la mierda. ¿Es que siempre tiene que aparecer?. Yo, lo único que me tranquiliza es que es sábado y puedo  perderla de vista yéndome al fallado. Y eso todos los días, porque si tuviera que quedarme con como estoy, seguro que no volvería a dirigirle la palabra. Y que tengo aquí estos autodefinidos y dameros, que si no, pues no sabría qué pasaría.
  Hoy por la mañana vi que había quedado una gallina fuera, menos mal que no se enteraron. Me gustó el trozo que escribí sobre Pepi ayer en la otra hoja. Sé que lo leí una vez más esta mañana y me quedan otros días para recordarlo. Jo, la habitación está sin hacer. Pensaba bajar sólo a alimentar a las gallinas, pero tendré que quedarme en la casa limpiándola. Estoy pensando, no se me ocurre nada que contarte, me parece que va a ser mejor dejarlo para después.
 La verdad es que para mi cumpleaños quisiera que me regalasen un radio cassette, para mí y para Quico. Pero no termino de darme cuenta que todo eso son sueños perdidos. No sé cómo, de lo feliz que era hace uno o dos años, he pasado a ser tan esclavo como soy. Esclavo de todo, y ese todo fue lo que me ayudó antes a encontrar un puerto resguardado del vendaval donde poder ocultar todos mis tesoros. ¡Qué insospechada parece a veces la vida!. Bueno, me alegra saber que ya he terminado la hoja y mañana es domingo, no he perdido la esperanza. Fui a Vilariño. No le di un beso a Tere, estaba con gente y no quería ser un plomo. Mi madre le trajo de Andorra un reloj a Quico, a mí me quedará el de mi padre. Me lo puse hoy. Le llevé las dos cintas sin título a Paz y a Loli. Había hablado con Paz el anterior domingo y me pidió que le llevara la de S. Wonder. Al grabar el lunes cogí ésa y una de Berlín, y no sabía cual, así que le llevé las dos. Me encontré allí con Susana, la misa se la dedicaban a su primo. Salí del baño, quería entrar Quico, pero mi padre pasó para la cocina y no se dio cuenta, antes pasó al contrario pero despisté. Salió mi hermana y pensé que era él, pero ya pasó el peligro. Susana me dijo que Betty salía, aunque sin otra, pero podía ir. Me convencí que iría. Recuerdo que quería hablar contigo para que me tranquilizases. Quería que me dijeses que iría o que me dieses una esperanza. El collar se lo llevo para el próximo tercer domingo que irá. Le hablé del cuello, supongo que ya sabrá qué es. Bueno, da igual. Hablé con Manolo. Dudaba sobre si iría Betty con ellas. Buscaba una hoja en la carpeta y la encontré en el bolsillo. Mejor, así te cuento lo que quería. Esta mañana abrí la mesilla donde estaban los zapatos y comprobé si estaba la libreta. Encontré el papel y lo desenvolví un poco, no estaba. Entró Quico y le pregunté: Me la cogiste tú, ¿no?: la cadenita de Fátima. Me respondió que no. El caso es que estuve convencido un rato. Pero recordé que el papel tenía envuelta la cadena y, en desdoblez, el dinero. Pensé en pedirle perdón, pero no sé qué contestará. Le dije: Ya la encontré, estaba suelta. Y me quedé igual de tranquilo. Pero no sé por qué no le pedí perdón. Nadie lo hacía. Me faltó el valor.
  Me parece que a Bety voy a regalarle una especie de colgante de ésos que se ponen en la muñeca. Lo encontré en el fallado. Dime que me tranquilice, amor. Estoy como una regadera. Busqué la libreta como un loco. Después de un cuarto de hora de vueltas al fallado y a la habitación, volví al fallado y volví a buscar en la libreta. Y vi esta hoja, me di cuenta que no hay libreta, pero créeme, estoy como una regadera, como un colador. Pídeme que me tranquilice. Estoy en el baño, no hago nada, pero escribo. Aún no empecé y ya rompí el bolígrafo en la punta. Cayó un trozo. Todo empieza ayer. Pensé en hoy, iría al baile: iría Ana, Bety y todas y recordé que a Susana le había muerto el primo. Bueno, era la respuesta.
  No me importaría, no importaría. No quiero ponerme a buscar una hoja nueva. Dudaba ir, había respuestas de si y de no. Y creo que ganaban éstas últimas. Pero Paz me había dicho que le había gustado el último domingo, de blanco, pantalón y niki. Hoy iría ella, me bailaría dos, no una sóla como el último domingo. Hablé un rato con ella en su cara. Le conté problemas. No tenía que hacer nada y me dedicó todo aquel tiempo. Llegó la tarde. Le tenía que pedir a mamá un nike si quería ir de blanco. Subí con ella, le iba a planchar un pantalón a Quico. Dudé. Al final se lo pedí, un niki que había encontrado yo. Me dijo: “No, aquí tienes uno planchado”.
   Hablé con Manolo y luego fui a dar una vuelta por el pueblo. Pensaba volver y no lo hice. Vi a Bety y a la otra Susana. Y un rato más tarde, entré. Primero encontré a Bety, luego bailé con Paz (o primero con Paz, no sé), con Angeles, hablé con Mari Carmen Panteón. Total, que fueron todos. Bailé con Teresa, Rosi, aunque al final con Ana, pero lo bueno es que vi a Alicia, Pepi y una amiga suya llamada Xili (Auxiliadora). Bailé con las tres, dos, y creo que ahora tres. Me piensan volver a escribir, Alicia mañana, Pepi me dijo que me iba a dar un beso al final. Ana me dijo que se había enfadado por contárselo, pero ya sabes, estuve hasta las diez. Al final fui a buscar a Pepi, me dijeron que la buscara, di una vuelta y volví. Nada. Pero estaba con ellas, fui a decirle adiós a Ana y las perdí. Alarmado, me dirigí al ropero y allí las encontré. En la calle, al salir, se lo di.

  Y si bajo a velocidad, igual. Me dicen que corro muy rápido. Bueno, nada. Olvídalo. El roto daría mucho que hablar, si, pero ahora parece tranquila. Todas las nueces se perdieron, pero aún se pueden recoger algunas pequeñas. De todas formas, me parece que me dijo: “Espera a que venga de Roma”. 
  No, no me quito la culpa. Tengo, aunque sea por el hecho de desconocer. Mi padre está regando el trozo de césped que hay frente a la cocina, aunque ahora sea tierra. Yo estoy en el baño escribiendo. Mi madre fue a Vilariño. Regué un poco, a propósito, el jueves de la anterior semana quise levantar una flor que estaba tumbada y se rompió. Resolví dejarla allí, pero dentro de la regadera. Al día siguiente, cuando mi madre iba a marchar a misa, a arreglar la iglesia, le vi cortando flores. Le pregunté si había cogido ésa y me dijo que si. lo cual me hace suponer que necesita que yo las riegue. Tuve una idea y fui a colocarle a las gallinas un cordel largo sobre una rama para poner dos colgaderos más de verdura. Los conejos siguen gorditos.
  Yo no sé si haré tanto ruido, al menos sé que sorbiendo no. No hay quien lo aguante. Nacho al mediodía y, por la noche, mi padre. Tuve que salir ahora de la cocina, porque siempre tengo ganas de gritar. Ya sabes como yo, ayer vi una película: “El hombre que amaba a las mujeres”, un narcisista, quise yo también hablar de eso. No pierde importancia, cuente lo que cuente, pero ahora siento que no me agrada mucho esa situación. El “Más juntos” de Ana, no sé cómo sigue. Pasó por una etapa que estuvo frío, y ahora parece que ya lo vuelvo a tener presente. Aunque no sé por qué, porque ya sabes que tocar así, de esta forma, no es lo mío.
   Bueno, ríñeme cuando veas que me salga del tema. Me gustará tenerte conmigo, aunque sólo sea por el hecho de pasarte a máquina. Si vieras mi lista de direcciones. Me parece que la noche estaba preparada para llegar a mi puerta. Espero una de Pily y otra de Alicia. Son las dos grandes. Tú ya las conoces. Me parece que yo tengo una enfermedad denominada pasión por la escritura. Escribir cualquier cosa, ya ves, como ahora, y me importa un rábano caer cien mil veces si puedo seguir escribiendo.
  La verdad es que me gustaría como novias muchas, pero me parece que lo primero que le pediría es ayuda. Ayuda para ser de verdad, no una imagen como lo soy ahora. Incluso a Santiago me parece que llevaré la libreta.
  Antes me gustaba contarle todo a los amigos o amigas con las que hablase, incluso personas mayores. Ahora no, no suelo hacerlo mucho. Bueno, da igual. Porque, al fin y al cabo, pienso que nada lograrían hacer. Solo acordarse de mí. El roce con ella apareció pronto hoy. Le empujamos el coche a Nacho hasta que pudo y habían caído unas habichuelas abajo. Los ratones habían roto la bolsa. Como me pidió una pequeña para recogerlos, le quise dar la del sótano, pero era muy pequeña. Fuí a por dos que había en los conejos. Una dijo que estaba sucia y otra porque sólo tenía un asa, aunque la utilizó al final. Encontró una tarjeta que ponía Escorpión, y dijo: Este eres tú. Y me la dio.
  Si, era verdad. Tesoreros, trabajadores, pero se deprimen cuando comienzan a verlo todo negro. Pensé en Alicia, ella y yo haríamos mala pareja, pero me parecería estar muy bien en ese ánimo, porque lo conocería. Además, no quiero hacerle mal.
   Voy a bajar a llevarle alguna bola. Se me coló un gato en casa. Bueno, me entretiene, da igual. Vamos a hacer aquello. Vino Chicho. Le di las bolsas a mamá. Vio las flores. Pero si no acepta mis defectos, siempre pudiéndose superar, las va a ver negras, ya las está viendo. Bueno, al final bajo en chándal. Creí que me iba a imponer yo porque tenía mucha ilusión, pero ya ves. Por ser sincero y decirle que el calzoncillo te cae. Podías habértelo puesto, guardado en la mesilla y utilizarlo otro día. Bueno, bajaremos otra mañana. Llevas el pantalón y la parte de arriba. Baja al perro contigo, para que no tengas que correr. Y lleva la hoja, por lo que se te ocurra. Me pondré duro para llevar este chándal. Ese siempre querer hacer rápido todo lo que te pide tienes que olvidarlo. Ya ves, antes quiso limpiar las habitaciones y te dijo que cogieses la escoba que estaba arriba, en la terraza. Tú le dijiste que en el sótano había dos antes de limpiar mi padre. Yo también lo sé, y es verdad, podían estar en donde los trozos de madera, pero fíjate en que te llamó, aunque pienses que se parece a alguna vez en que se lo llamó también a mi padre, piensa en esa diferencia entre tú y él. Ya ves, tozudo, todo eso, tú no le pudiste decir nada. 

  Ahora está hablando por teléfono y le dice a Matilde que, en el verano, subía de la tienda preocupada y descargaba con este hijo suyo que estaba en casa y no sabía si, en verdad, tendría tanta culpa como decía ella. Pero eso ya, ¿para qué sirve?.
  Y creo que no vale de nada que le contestes por qué, tonta, va a tomar eso como una contestación y no va a fijarse. Ahora me da pena por aquello que reconoció. ¿Por qué no habla conmigo?. Dice que ahora hay más tranquilidad. Pero no sé por qué. Hago lo mismo que antes, pero sin música, riego un poco, bajo, subo, y ya es comer. Al final bajé en chándal y me lo cambié porque el pantalón estaba roto entre las piernas. Es un chico que estudiaba conmigo. Me guiñó el ojo. Entonces me recuerda, entre él y yo hay un abismo. Sólo un perro me entretiene un poco a distancia. No quiero que se acerque. Tiene ganas. No quiero que me miren lo que escribo. Me importa un rábano lo que piensen. Lo separaba con la pierna. No quiero que piensen todos que esto también es escribir poemas. Bueno, voy a subir. Aquel perro quería subir conmigo. Un chico que había a la altura de las damas me lo sujetó y yo vine por el desvío de Palmira. Como había pensado, dijo: ¿Más perros?.
  La hoja anterior la empecé ayer. Me entusiasma pensar que podría pasar toda la vida escribiendo, aunque no puede ser lo único, sobre todo, escribir a máquina. Pasarme todos los días, cuando sea mayor, escribiendo a máquina. No sé si el casarme va a ser una ayuda en este sentido o una pega, pero el caso es que yo siempre necesitaré de alguien a mi lado. Me gusta Ana, fantástica sería y tal vez por ser la primera que bailó a gusto y cuanto quise, Rosi. Me parece que lo voy a tener difícil. Lo que no llego es a ponerme a la altura de Antonio. El me dice: “Vas a pasar hambre. De puré no vas a vivir siempre”. Y soy incapaz de pensar para entonces. Con las manzanas que hay, siempre pienso que Dios alimenta a sus criaturas.
  Siempre pensaba que era mejor todo lo regular para el principio, siempre que se sostuviera la esperanza de triunfar un día, y todo eso bueno para el final. Así me lo va demostrando la vida ya por entonces. Y el mejor ejemplo lo tengo en el baile. Lo digo porque conservo una de esas revistitas que hacíamos en el centro de Vigo. Y me parece que hice mal colocando en las dos primeras el poema de Galicia y Tormenta sobre una ciénaga, para poner el incendio, que sería mucho mejor, al final. Creo que comprarían más. Bueno, ya no se puede regresar. Creo que he metido a Quico en un lío, porque, al bajar el pantalón azul, también dejé sobre la cama el chaquetón del armario.
  Vino mi madre porque no lo quería ver así y descubrió la laca que usó Quico. Dijo que es un bote que le desapareció y que nunca lo encontraba. Bueno, no sé si tendrá problemas Quico. Lo único que tengo en mente es el domingo. Me parece que le esperaré en la puerta hasta las siete y media para entrar con ella. Me parece que le ayudaré a sacar billete. Hay que dejarte por imposible, ésas fueron sus últimas palabras. Palabras que no comprendo. Pero, ¿qué hay que hacer?. Dejarle por imposible tantas veces.
  Fui a buscarle cera al sótano. Y se la traje. Le dije que había una espontela y era un completo. Se quedó encerando y yo bajé a cortarles manzanas a los conejos. Bajé el cuchillo. Y corté. Los conejos comían. Me alegré. Después subí a casa y le dije que iba al fallado. Iba a separar las manzanas podridas. Tal vez pensaría que a escribir. Después me llamó. Le faltaba el cuchillo. Recordé que lo había bajado, pero había un periodo en que me faltaba la imagen, y en él estaba comprendido ese momento. Total, ya sabes cómo se puso. Me acordaba de ese “inútil”, la culpa era suya. Pero ya no había salida. Le dije que lo había subido.
  
   Bajé, por encima de los conejos, una caja de carozos, debajo de ella. Tal vez estaba arriba y no la había visto. Subí. Debajo no estaba. Se puso peor. Le quise decir que se tranquilizara. No pude. Estaba chillando. En la habitación, arriba, me había enfadado conmigo por ese periodo en blanco. Tranquilo, no te sulfures. Le quise decir que no me pusiera nervioso. No pude. Me echaba la culpa. Arriba, el cuarto. Ya se tranquilizará. Entrar en la cocina será un martirio, pero ya estará más tranquila.
  ¿A quién echarle la culpa?. A nadie. Total, ¿para qué?. Seguirán llamándome inútil. Bajé a los conejos. Había caído dentro o debajo. ¿Cómo debajo?. Era un sitio imposible. En aquellas condiciones, no me digas que aún quedaba algo imposible. Encontré la hoz nueva. Hacía mucho que faltaba. Después el cuchillo: estaba en la caja de carozos, pegado en la esquina. Ahora, después de comer, me dijo: “En la estantería, encima del wáter, hay una flor rosa”. Y me cegué por la que hay enfrente.
   Cuando marchaba de la cocina Mariora comentó: “Ya verás cómo no se enteró”. Y volví, pero en la estantería no estaba. Me lo repitió, pero nada. Entró Quico al baño y le pregunté si sabía; junto al baño, en la pared, también hay una más pequeña y más baja.
  Casi nunca me fijé en ella, no sé si hace tiempo, porque nunca la utilizaba. Cuando él se la iba a dar, salía enfadada de la cocina. Y él se la dio diciendo: “Déjalo, ya ves”. Era humor, tal vez le hacía reír. Seguro que se toma en serio eso. Malena diciendo que quería entrar. Bueno, pienso que ya no podré ver a Isabel como antes. Hace un rato, después de escribir dos hojas a máquina (bueno, no es tal rato), bajé al pueblo. Fui hacia las gallinas y encontré a mi madre en la basura. Había ido a recoger las manzanas. Yo le dije que también iba. Fue mentira, si, pero el caso es que bajaba. Bueno, recogí con ella todas las del suelo y me apuntó: “Vas a regar el nabicol, todo lo que limpió Isabel”. Le respondí que ya regaba desde hace seis o siete y hoy también. Dijo: “Pero si eso no tocó agua desde que lo limpió Isabel. Eso es mentira”.
  No tiene derecho a decirlo. Y lo peor fue el callarme. Sé que estaba haciendo la segunda hoja cuando subió mi padre y no me dijo nada. Cuando vi que la máquina ya no hacía un ruido normal, quise escribir con la mano izquierda, todos los dedos, pero al dar con la mano derecha noté un ruido diferente.
  Espero que hoy, viernes, coincida con la llegada de la carta de Pily. Si me la mandó el martes, como me dijo, tiene que ser hoy. De todas formas, porque sé que seguro que el domingo irá. La historia terminará bien. Ya digo “seguro” porque ese “no ir” ya entra dentro de la suerte. Bueno, pero estoy seguro que irá. Ya empezó otra vez a escribirme y eso es algo que abre otra vez las puertas. Bueno, me iba a afeitar, no empezaba con el cotorreo. Ahora sí, andando la leche, ya me saldrán cosas para hablar contigo.
  Iba a ir a otro centro de Vigo en donde enseñaban obras con cuerdas y todo eso. El chico de Decoraciones me dijo que ya había empezado, que le preguntase a mi madre. Y yo veo lo mal que estamos de dinero. No se lo pienso decir, hablaré con el chico para decírselo, a no ser que hable ella, la cantidad de sobres que me trajo Mariora de Al Campo no los encuentro. Tanto esconderlos por temor a Quico. Tengo un sitio y creo que deben estar arriba, en los estantes que hay donde coloca las manzanas mi padre. Voy a ver.
  No. Sólo pienso en ti. Voy a llamarte. Hablé con mamá. No, no cambió nada. No sé qué hacer. No hago nada. Voy a escribir un poco. No subió del correo. Bueno, no importa: mañana. Pero ahora me acuerdo que mañana no estoy.
  Jo, para el lunes. Bueno, no importa, así empiezo una semana. Ya ves cómo soy. No está bien que te escriba sólo cuando se me ocurre algo. Me alegro que fuera a coger unas flores de donde está enterrado Ross. Las regué ayer, como todos los días, aunque aquéllas no lo hice tanto. Pero ayer estaban un poco pachuchas. Me pregunto si esperamos a Quico. Cambió, porque hace dos o tres minutos subí apurado: se me había ocurrido un poema. Al pasar por la cocina me dijo que pusiera la mesa. Le contesté: No puedo (cualquier mentira), subo a buscar una hoja. “Tú lo que quieres hacer es tu voluntad”-me aseveró. Pero no paré. Fui a la habitación y escribí.
  
  Un rato después subió y me dijo: “¿Viste?”. Pero no le atendí. No terminé en ese momento sino un rato después. Vine y puse la mesa. Normal. Ahora habla por teléfono. Cuando colgó corté yo. Pero bueno, eso es lo de menos.
  Ahora, cuando marche Quico, me gustaría llamar a Pily para leérselo, a ver si le gusta, pero no sé qué hacer. Le llamé, pero sin darme cuenta que Quico estaba en el baño, y no corté, creo que la armé buena. Una noche escribí esto, creo que no te lo conté. Quería hacer un poema distinto. “Si me equivoco, no quisiera que guardases un mal recuerdo de mí. Momentos para reír, momentos para llorar y momentos intermedios para esperar”. Me hace pensar, no sé por qué me da por pensar que ya te lo he dicho. Pensé continuarlo.
   No sé qué hacer, porque no quiero volver a empezar como antes. Creo que la culpa de todo es no poder tener música. Fui por la mañana a casa de Olga darle un sobre y, de paso, a pedirle unas flores. Y me da pena, porque no le veo cara de hipócrita; al contrario, cada vez que me miraba, sonreía. Me da pena no tener más roce con ella. No sé si Pily va a querer bailar toda la tarde. Bueno, mañana, a pasarlo bien en Santiago y, luego, ya veremos. Voy a bajar el cuaderno de pasatiempos. No, voy al cesto. Total, ya lo tengo en agua desde la comida. No puedo. Entró Quico y cerró la puerta. Dice que no hay una madera en mi cama. Estaba bajo el chaquetón.
  Bueno, empecé el cesto, y lo deshice. Iba a escribir, pero no lo hice. A llamar, bueno, voy… no, no voy. Voy a separar manzanas, y comeré. Ya terminé. Voy a vaciarlas y al baño. Ahí estaré contigo. Bueno, iré a la tienda de Chicha a comprar pienso. El cesto lo dejaré para un día en que estén ellos. Nada, ni el libro de puzzles me atrae. Subiré a escribir después del pienso.
  Ya está oscureciendo. No voy a escribir. Ni llamar a Pily. No tengo ganas de regar y eso ya es extraño. Noté a Julio enfadado. Esta mañana le dije a la madre que le esperaría. Pero tardaba y tuve miedo por las flores. Quien sí me animó un poco fue Manolo, el hijo de Chicha. Siempre suele sacarme el tema de Jesús, que es comunista, que se enojaría en el Vaticano, todo eso. Y yo me callo. Debería contestarle: déjame de rollos. Pero seguro que insistiría para convencerme.
 Ya nadie puede hacerlo. Y de política, que diga lo que quiera. Le gusta meterse, pues que se meta. Sólo me interesa el pulso. Jo, cómo añoro la música. No tengo ganas de regar. Ni sé qué hago. Sólo escribo. Voy a poner la tele. Ni allí hay algo. Voy a regar. Apenas puedo escribir. Bueno, regué las flores de aquí enfrente. Las de abajo, otro día. Me caen más simpáticas éstas. Hubo una que floreció el mismo día que la regué. O la mañana. No sé si no dolerá, bueno, el agua que riega y, encima, el que sale por la tubería. Es por mi padre.
  Mañana, no llevaré la libreta. No me dará tiempo. Es mejor conocerse. Me pregunto si no irán chicas. Y el ambiente. Bueno, no importa. Llevaré por si un poema. A ver si puedo terminar la hoja. Si, al final, todo lo pasaré a máquina, no sé qué tendrá que ver una hoja. Bueno, la alegría. Se hace de noche. Voy a coger verdura para los conejos, de afuera. Me dijo: “No, tú vienes de lo de Chicha”. Ella me mira. No sé qué pensará.
  Me da igual. Me gustaría decirle a Manolo que todo el mundo sería socialista si fuera un partido un poco religioso, como a todos los demás. Y a eso no me tiene que responder nada porque he leído mucho de lo que llega a mis manos de periódicos y de televisión también.
  Ya sabía yo que tenía que decirme algo por escribir. “Pero no tuviste tiempo para quitar el mantel”. ¿Y qué?. No me di cuenta, no. Pero también lo van a usar por la noche. Descubro una segunda intención. Voy a llevar la hoja para arriba. El caso es que siento una ilusión por llevarse bien conmigo, pero al final siempre se corta y yo no sé cómo prolongar esa tranquilidad. Siento que muchos me dirán: Fue culpa tuya. Incluso después de leer esto. Como Isabel que me dijo que era un comodón, y creo que es verdad. Pero todo se me hace un lío. Al final sé que no podré volver atrás, pero es que ahora tampoco sé ir para delante. Por eso vuelo. Mis pasos ya no saben dónde pisar.

  Tanto se preguntaron, que ahora parece todo dado la vuelta. El siente que es en su contra, pero ahora sabe que tiene unas palabras para luchar. Incluso ellas son pocas, incluso ellas, a veces, no saben qué decir. Y llora, si, aquí también lo dice. Todo se lo recuerda. Pues se va a armar. Porque me dijo la biodramina que llevé a Fátima y en el bus no tenía ninguna. Sólo una que me dieron. Olvídalo, mañana, sin nadie, qué bien. Tú siempre despistando, ¿no?. O qué buscas en la mesilla, o en el cajón, siempre igual. Bueno, no, ¿y qué?. Lo de Santiago es por lo que supone todo un día fuera. Ahora, por la noche, no le encuentro mayor ánimo. Si le dije a mi madre lo del reloj, es para que no tenga que despertarse tan pronto, o hacerlo de noche, pero siento que está muy lejos de entenderlo así. Bueno, allá ella. Me voy a enfadar también con Isabel, y va a ser un problema. Porque seguro que al final ocultaré mis verdaderas intenciones.
  Fui a hablar con mamá. Estaba acostada. Me dio pena, pero ¿qué voy a conseguir?. El único ánimo fue cuando le pregunté si tenía allí mi reloj, el que usaba yo. No tengo remedio, ¿verdad?. Bueno, no voy a destrozar de golpe todos mis ideales. Hay veces en que me gustaría saber que todo me conduce hacia lo malo, para que siempre sepa luchar. Bueno, nada, te pensaba dejar para leer el Follas Novas, pero no sé. La importancia de mañana, creo que reside en que va a ser un puente tranquilo. Yo estoy en La Pintora, esperando. Cierto que hubo sus más y sus menos, pero me animaba más, pensaba en todo esto. Llevo mil pesetas y el reloj. Sus más y sus menos, digo, con la biodramina. Mentiroso y cosas así. Pero fue sólo un momento, porque luego ya estaba hablando conmigo.
  Estoy escribiendo sobre un coche. Marchó Julio. No viene el del coche. Me quedo a esperarlo. Si no, viene Julio. Acaba de pasar el señor de la bicicleta. No sé si es que está mudo. Me hizo reír, me animó un poco. Una palmadita en el hombro, me señalaba un coche y encogió los hombros. Iba contento. Llevaba una bolsa de comida de La Pintora. Empiezan a trabajar pronto, ya lo estaban cuando llegué. Al rato, unos minutos después llegó Julio. No quería escribirte por si viene, pero el caso es que no sé esperarte sin escribir. Julio fue andando. Me preguntó la hora, eso me animó. Vamos a ser todos los minusválidos de Galicia. Habrá más.
  Allí no creo que pueda llegar a escribirte. No llevo poemas ni chistes. No van a hacer falta. Me sé la del incendio; Libre, como las aves y Dios era poeta. No sé si alguno más y chistes, pero no van a hacer falta. Todos somos extraños. No quieres reconocer que estás llorando. Si, este autobús tiene micrófono. Podía haber traído. Hice mal. Al menos, una cinta. Hicimos mal. Yo tampoco lo pensaba. Bueno, no importa, el ambiente tampoco es de familia. Tendrías que esperar.
  No importa, me tienes a mí. Se puede fijar en ti alguna chica. Espero que entiendas cuanto escribo. Se escribe muy mal. Ahora cambié porque estoy sentado. Me senté. ¡Qué música más aburrida!. Bueno, no pienses en eso. ¡Bah!, déjalo. Parece que les gusta la tele. No te pongas así. Empieza a conocer. Todo va a cambiar. Hay que animarse de alguna forma. Ya viste, te apuntaron a un centro de la misma asociación a hacer conchas. Vamos a terminar pronto tus hojas, si seguimos así. Ya ves que yo no te falto. Ya pusieron una película. Si, creo que es mejor. Conmigo se aburrirían. Apenas me conocen y apenas les conozco. Cada vez me entusiasma más la idea de escribir toda la vida. Pero no siendo un solterón. Bueno, da igual, vamos a ver la película.
   A la llegada conocí a Ita, una chica. Me gustó hablar con ella. Le dejaban atrás y fui a su lado. Procuré no pasarme. Me cayó bien. ¿Viste?, ya empecé a animarme. Creo que no me acordaba del nombre de la tercera. Teresa, Teresa y Begoña. Al principio del viaje, me anotó una chica a un centro de AMFIP. Creo que ellas también van. El caso es que me caen muy bien. No quisiera por nada del mundo que al final les resultase pesado. Siempre que hablo, en el grupo de las tres, sonríen. Es un ánimo que no quisiera que se fuese. No pienso dejar de escribir.
  El bus se mueve. Creo que la que si me agrada, me parece que le agrado yo más, es Bea. Me senté a su lado para comer. Ya la estamos fastidiando. Y si me empiezo a poner triste, ya no voy a saber qué hacer. Estamos todos aquí, en el comedor, y ella a mi lado. No hablamos, me gustaría estar hablando con ella todo el rato, pero no sé qué le parecería. Dejé tres, tres manchas de boli en toda la mesa. Y me miró. Eso ya me preocupa. Parece indiferente, pero me gustaría que conociese el vínculo que me acaba de unir a ella. ¿Qué podría decirte?. ¿Qué la comida?. No, ya lo sabes.

  Colocó mi jersey en su silla. Me gusta ese detalle. Estoy preocupado. Me entristece no haber traído la libreta. Y lo pensé. Voy a tener que olvidar a Bea. No sé por qué, no es por que no hable conmigo. Creo que le  vi de otro modo desde el principio. Es esa idea de considerar este día que no quedará consumado si no le conozco a ella. Se podría decir mucho. Yo, yo lo tomo como una convivencia. Y toda convivencia me parece hermosa. Son palabras limpias, palabras que se pueden albergar en un momento. Cualquiera. Será maravilloso cada vez que queramos dedicarle nuestra mirada, nuestro recuerdo, todo nuestro ser. No hay engaños, no hay mentiras que puedan pregonar que no hubo amor a nuestro lado. Nacieron unos ojos, unos ojos eternos, compañeros de rodas las estrellas. Un sabor de boca, no, no hace falta, cualquier aroma se sentirá feliz por impregnar nuestro alrededor. Ante él vamos a conseguir un mañana más dichoso, ese mañana entre los dos lo habremos cosechado.
  Eso me parece esta compañía. No sé si podré leer alguna. Me parece que no hay ambiente para leerla. No quedaría tranquilo. Tan animado que estuve antes. Me coloqué aquí para nada, no le doy sentido. Y el caso es que estuve a punto de descubrirlo. Todavía me siento a punto. Ya estoy mal. Se lo pregunté. No, te lo dije. Y al final creo que arrastré lo que quería. Ya te lo contaré. Ahora prefiero hablar. Me dijeron que leyese eso que hablé contigo sobre las convivencias. Y les gustó. Piensa en Begoña (no es Beatriz). No estuvo del todo mal su presencia. Ella estaba junto a Teresa y me quedó esa esperanza. Fue como el puente que me recordó más a Pily.
  Y a mi madre no le voy a dar tanta importancia a lo que dice porque no sabe que me empecé a bañar diariamente o a menudo por ella, y no me parece que se lo crea. Bueno, puede ser verdad que se le puede llamar terrorista, mi mente es pequeña, pero se llega a fijar en algo, ¿no?. Me hicieron una entrevista. Bueno, se la hicieron a todos. Me quedé disgustado en lo que dije: nos conocemos.     
  Creo que lo que más me desanimó de Begoña fue cuando le dije que ya le vería en el centro de Vigo. No sé qué fue lo que le dije, pero me cortó diciendo: “No creas que voy a ir por que vayas tú”. Yo me quedé callado. No sé qué pasó por mi mente en ese momento. No me dio tiempo a contestar. Fue todo tan rápido.
  Todavía no había nacido una semilla entre los dos, era sólo un encuentro. No sé qué pensó ella, pude haberle dañado. Ya lo hace a propósito hirviendo la leche. Caro que lo hacía a propósito. No sé la razón. Bueno, olvídala. Me gustaría saber cuál fue el daño, me parece que muchas veces soy el culpable de todo.
   Bueno, escribo en la habitación. Creo que no estaba muy preparado para ese viaje, es ese haber ido sin ganas. Me animó más la chica que comió entre el otro chico y yo. La tele donde se fueron es la de la habitación de ellos. No voy a ir yo también. Un chico me dio su dirección, no me acuerdo cómo se llamaba. Pero estuve hablando con él. Y eso me animó. No es sólo porque me diese la razón a mí y apoyase mis ideas, no sé, es ese ánimo. Si, es verdad que me dio la razón, pero apoyó ese continuar investigando y descubriendo.
   Me gustaba a mí también aquel trozo de la convivencia. Me agradó que así lo reconociera. Ninguna de las tres volvió a hablar conmigo. Bueno, ni yo con ellas. Creo que a quien más recuerdo es a Begoña, de mi altura más o menos. No sé si hice algo malo. Pero sobrevino aquello que yo tanto había indeseado en mí. De una manera espontánea, pero no me lo esperaba. Se había dado cuenta cuando yo ni siquiera había alcanzado ese nivel. No quiero que el amor sea tan lento. Considero que nunca fue de esta forma para mí y ahora me parece que sufre la transformación para convertirse en algo también nuestro. Y todo es tan lento que me parece mentira haber convivido tanto tiempo con ella.
  Siempre llego un día. También me parece que yo he sido concebido de la misma forma tal vez en la mente de alguien que siempre ha querido saber de mí. Los domingos tengo alegría segura Teresa, hoy fue el cumpleaños de Julia, ¿sabes?. Casi le engaño a Lourdes, pero es muy cariñosa. Sigo diciendo lo de antes: el amor es muy lento. Pero está lleno de sonrisas. Ya está la bronca encima: El niño que quiere ir de blanco.
  Y ahora Quico dice: “Así que va a ir Pily”. Tengo miedo que se la lleve. Aunque no era allí. Bueno, mamá planchó el pantalón y el niki, me molestó al principio que chillara, pero lo haría. Y no era para que Pily me conociera. Bueno, ya pasó. 

Te lavaste la cabeza, aunque con fría. Pero lo que me molesta no es eso, sino que me dijo que iría con el chico de Decoraciones y no le pude decir lo del grupo a Pily, que es sólo a ver. Bueno, el caso es salir de casa.
  Tengo que decírselo, no puedo dejar a las dos Teresas, al menos una me gustó. A ver a Pily iré, como pensaba, de blanco. Espero que la duda termine pronto. No me dijo nada Nacho y fui a abrirle la puerta. Bueno, antes me enfadaba con él, por nada ya estaba criticando. Ahora noto que ha cambiado. Bueno, tengo prisa. Son las seis pasadas. Ya sabes que se enfada por el dinero. Quico dijo que se lo pidiese a mamá.
  No fue tan mala tarde. No vino Pily, no, pero me parece que fue su recuerdo el que tuviste en tu ánimo, porque no lo pasamos tan mal. Aunque hay momentos en que buscas a alguien especial y el no encontrarlo parece que te deprime un poco. Pero bueno, ya viste ¿no?, esa canción de España “Cantaré, cantarás” fue Ana y la de E.E.U.U. por Africa, fue Mari Carmen. Ana empezó no queriendo, pero después bailó una o dos. Quien no te dijo que no fue Mari Carmen. Bailaste con una desconocida, la primera, el primer baile, aunque después no frecuentaras mucho este invento, le dijiste a Mari que otro día se guardase para el final, y qué final, ¿no?: te encontraste a Saulita y a Luisa, te dieron un beso las dos de tu forma y hablaste con Luisa. Para el día de tu cumple. Y, al final, te dio otros dos, pero se los hiciste repetir porque te puso sólo la cara. Bueno, ahora ya sabes que si subes a aquella esquina de la pista superior puedes encontrarlas. Y Luisa te bailará el día diez.
  Bueno, ya hablarás con Pily por carta, supongo. El caso es que ahora vas a empezar a salir de casa, ¿no?. Conviviste con aquella ilusión todo el tiempo, un espacio que te permitió conocer más a tu alrededor, todo nuestro alrededor. Hablar con el ánimo de que puede ser un día cualquiera cuando te encuentres a su lado, un día cualquiera cuando disfrutes de tus sueños, un día recordarás todo cuanto viste en esta convivencia y verás que el viento también tenía razón cuando te envolvía de su ternura. Ya viste que no le faltaba a tu caminar y vas viendo que la sonrisa tiene muchas miradas para aparecer, tantas que van componiendo una escalera a tus pies, más hermosa cada madrugada. Camina, ya ves que a tus espaldas no aparece, pero allá donde pongas el pie, allá tendrás tierra firme. Comenzará a partir de ti. No temas por alimentarla, ella misma quiere decirte que su alimento lo eres tú. Así es ella para la vida: todo cuanto se puede soñar.

  Un rábano. Como me dijo Antonio, coger un poco de dinero para mí. Siempre tengo que pedirle a alguien. Pídele a él, por si le sobra. A ver si sobra con cien. Yo le dije que si. Pero no, eran las doscientas. Como el otro día, cuando Quico me pidió. Pídeselas luego a mamá. Y ya empezamos. ¿Para qué?. Antes, cuando le decía a Jose que prácticamente no necesitaba era otra cosa. Y ahora el mayor problema va a ser el día de mi cumple. Tantos chicos y chicas que vi abrazarse en coches o en sillones, no sé por qué. Creo que no tiene mucho sentido, para lo que pienso yo. Y si ahora le parece mal que yo me vaya por las mañanas y le deje sola, es problema suyo, ¿no?. No es hoy, es mañana. No importa, pero me parece que lo voy a pasar muy mal. Ya lo empecé a pasar así. “Nadie suele pensar en los demás”, dijo mamá. Y yo me pregunto ¿para qué?. No merece la pena. Total, para algo, y se queda en que para nada más.: ¿Vale la pena?. No sé, está tan revuelto todo…
  Te diré, si quieres, que ella habla con mil bellas palabras, pero una es suficiente. Toda su intención es ésa. Y es lo que me fastidia más. Esa incertidumbre. Voy a llamar a Pily para ver si puede llamarme luego. Me llama. Fantástico, ¿no?. No sé todavía conocer esa parte de mí que está escondida, que está esperando mi regreso, lo sé, y no comprendo cuál es el vacío que se hunde a mi alrededor. Sigue todo revuelto, y ahora ya no se parece en nada a la ruta que me había forjado ayer. Cambió su cara, cambiaron sus ojos, y me molesta que todo eso me diga que también he cambiado un poco yo. Sigo buscando, ¿no?, como antes. Hay algo que quiere interponerse. Hay tantas cosas intermedias, las empecé a cruzar, pero me fastidia la lentitud a la que me somete el tiempo. Quiere ayudar, no estoy contra él, soy feliz cuando pienso, pero me parece que no quiere nada ser así y me parece que estoy solo. Recia soledad… y todo quiere hacerme reconsiderar el por qué de un principio. Busca envolverme, yo quiero saber qué es lo que puede ser para nosotros. Puede ser traición todo cuanto quiero, no soy yo, me empujan, dime que me mantenga fuerte. Si algún día os separo, el roble se verá inmerso en el olvido. ¿Qué puedo hacer si llega a mí su agonía?, ¿qué podré hacer entonces?. Me falta un valor. Me recordaste un poema. Lo voy a pasar. Me gustaría leérselo a Loli el viernes. Voy a ver si Pily me puede llamar. No pudo venir, vino la madre. Viene éste otro. Ya conozco el coche.
  
  Perdona que te haya estropeado la hoja. No tenía otra. Incluso le voy a dejar el poema a ella. Cuando terminé de hacer los cinco, de pasarlos, quise hacer otro. Y, mientras espero, estoy planeando lo que puede ser, sólo pienso en ti… pero no lo hice. Pily tenía razón cuando me dijo que, si le doy más vueltas, es mayor el lío. Escribí los poemas y, como aún hacía sol, una hoja a máquina. Después bajé, le cogí verdura a los dos y le pregunté si iba a buscar pan y carne de perros. “¡Y después vas a subir, ¿no?.  Pero no, te quedas fuera dándole de comer a los animales y trabajando en la huerta. Un día llamarás por mí cuando estés rendido de cansancio y te caiga el sudor por la frente. Te acordarás de tu madre”.
  Un rábano. Creo que en este momento llegó la hora de ir a Vigo a unos cursillos. Lo bien que estaré, ¿no crees?. Siempre coincido en recordar eso de egoísta y todo eso que ya te he dicho cientos de veces. Porque estaba limpiando la habitación de Malena y entró Blas. ¡Qué bronca?. “¿Cómo entra un perro?. No cierras las puertas”. Yo le quise decir que bueno, intentaría para otra vez, pero no era sólo yo el culpable, porque entraban otros otro día y esta mañana se preocupó cuando le dije que el gato negro estaba en la cama de la ropa lavada. Pero sólo era aquello: “¡Y contestas encima!”- me gritó. Me había preguntado antes: “¿Sigue a cien la carne de perros?”. Creo que subió- le respondí. No son esas preguntas las que necesito. Y ahora me puse a regar por darle esquinazo, debe de pensar que por qué me lo mandó.

  Me gusta estar contigo
pero necesito algo más…

  Ya ves que estoy hablando contigo mientras riego. ¿Recuerdas cómo estaban las de enfrente a la cocina cuando empecé a regarlas para que dieran un poco más de color?. Pues ahora ya están mejor, pero me dijo: “Están pochas, pero un poco mejor que al principio. Esas déjalas, ya están podridas”. Hoy vi los crisantemos en flor, antes ya viste que me preocupaba por que no muriesen. Pues son flores bonitas y las hay de mucha diversidad de colores. Espero que no se me pase cada noche de echarles un poco. Tan feos que estaban estos tomates aquí, junto a los pimientos, todos negros. Alguno ya tiene.
  Me van a animar a regar los de allá, al fondo, y los de aquí abajo. Ahora no tengo grandes ambiciones por hacer, así que dejo la manguera en algunas plantas y hablo contigo.
  Tanto como me dice que mi padre está tan mal de dinero, me pregunto si no le importará pagar tal cantidad de agua. Para mí, lo que es un caso es tener que estar sujetando la manguera, sin tener qué pensar, o qué cantar, sobre todo mientras esté aquí. Ahora ya ves, ¿no?, está regando ahí y yo tranquilo. Antes, la meadita se quedó por ese nombre, pero yo echaba en el hoyo porque fuera debe ser malgastar el agua, ¿no?. Bueno, a mí me encantaría que nos hiciese una visita Esperanza. Sobre todo por ver a Andrea. Hoy llamó y dijo que iba a ver si podría la semana que viene, me encantaría decirle que el viernes, pero por la tarde supongo que no estará ella. No voy a decirte qué fue lo que oí, porque extenderse sería lo de menos. El caso es que estuvo hablando conmigo un rato, que si era por aprovechar comida, con la hermana no usa tanta confianza, bueno todo eso. Colgó y llegó a la mesa para decir: “Ya viene a traer los problemas, vive lejos de mi madre porque no le aguanta y ahora viene aquí”.
  ¿Es o no es hipocresía?. Me daban pena los conejos. Los jóvenes comen bien el maíz, pero la hembra y la pareja no. Un día les di pan, me acuerdo, pan durísimo. Y quedaron contentos. Me agrada. A la hembra le di más y se metió en su casucha. A la pareja también le di, uno a cada uno. Y los jóvenes, que son tres, quedaron con dos. Pero también comían el maíz.
  Bueno, ya olvidé el domingo en que no fue Pily, aunque aquí hoy siguieron comentando de él. Me molestó el decirle a Pily que no era a Quico a quien esperaba, sino a otra de Budiño. Bueno, ya pasó. ¿Viste?. Cómo te dije ya me empiezo a echar atrás. Tal vez le diga a Isabel que me regale un bloque de hojas blancas. Y será como Palmira, llevarme bien sólo cuando esté aquí trabajando con Marisa, y ese resto que hoy digo nada ya verás como va a dar mucho que hablar.
  Mañana, a Vigo. Bueno, ya te contaré. Ya decía yo que algo estaban comentando de mí cuando me había decidido a bañarme e iba a hacerlo. No era muy alegre la cuestión. Entré en la cocina para preguntar por los otros si habían llegado. Sólo quería que me respondiesen lo de antes. Pero no dijeron nada. “No llegó nadie”.

  Pero cuando salí le oí a mi madre comentar en tono de bronca y lo único que entendí fue “máquina de arriba”. Bueno, ya me bañé. ¡Bah! No importa, no te pongas a pensar, que no vale la pena. Mañana, bueno, a ver cómo queda aquello. Aunque no me cayó tan bien.
  Begoña, pero, en fin, es mejor un cumpleaños allí que en otro sitio. No sé Lourdes, creo que ya le hice bastante daño con nuestra inconsciencia, pero es igual porque el día que se lo quiera decir, se lo digo. Ya sabes que no me importa lo que piensen los demás de mí, sólo mis amigas. Hoy, cuando escribía en el fallado, Quico puso la cinta Vive. Y escuché la canción. Dejé de escribir, subí las escaleras para escucharla mejor y me encantó. Creo que me va a gustar empezar a cogerles la letra. Me gustaría oírla cantando. Tendré que esperar al día en que me encuentre solo. Yo le diré a mi madre que el día de mi cumpleaños, cuando me llamen Alicia y Pepi, era ese grupito de dos de la costa que no recordaba, que lo hagan por la tarde. Y Pily, un coche R-5 blanco, matrícula Va. Bueno, pues delicioso.
  Decía que no saberme poner el reloj por comodidad, diría Isabel. (Y algo de eso puede ser), porque siempre temía romperlo. Hoy me lo puse. Lo pongo en la muñeca y luego lo giro. Mi padre aún no vino y los dos están en la cocina. No quiero entrar allí, así que me quedo hasta que le oiga venir. Tengo ganas de seguir leyendo el libro de Follas Novas. Intento traducir los poemas al español. Pero lo tengo que leer tranquilo, lo empecé a leer en la cama. Quico tenía la luz encendida. Me va a molestar que a Vigo tenga que ir con mi padre y venir con él. Esta mañana, al marchar mi madre, creo que desde la casa de mi tía, me dijo que regase. Si, un rábano, me siento tan libre.
  Mira el poema que hice esta mañana. Termina rimando para que llame más la atención. No es mucho el roce que tengo con Claudina, aunque sigo pensando que me gustaría que me lo hubiese dicho antes, creo que sólo le dije “hola” uno o dos días. Un día que iba a buscar el pan y un domingo. No recuerdo más. Bueno, el pantalón blanco y llevaré la camisa azul a rayas verticales. El pantalón puedo limpiarlo un poco con la esponja el mismo domingo. Voy a andar un poco, si no me aburro. A lo mejor entro en la cocina. Entré y cogí un damero. Al cabo de un rato, me dijo mamá: “Vas a ir a Vigo mañana para aprovechar”.
  Yo seguí escribiendo porque sería el mismo rollo de siempre: ¿No aproveché en los cestos?. Pero Mariora me parece que le apoya, me hizo intención de quitarlo, diciendo: “Escucha, te están hablando”. Entonces le dije lo del autobús y me respondió: “No vas a ir a los dos a la vez. Tendrás que pagar el bus”. Todo es ir a Vigo.
  Aún no sé cómo será para cuando marche a las diez y tenga que hacer todo. Ahora, antes de acostarme, le guardo los perros a Quico. Y si el servicio está ocupado y tengo ganas, por la puerta trasera del garaje. Bueno, está la luz encendida. Voy a hablarle de cualquier cosa. Este domingo, a Pily, y el próximo, a Luisa. Bueno, porque baila, y Sauri tiene novio. ¿Qué te parece?. Además, creo que en el centro que me dijeron en el autobús se trabaja con materiales tan diminutos. Voy a dejarte, no se me ocurre nada, voy a leer a Rosalía.
  Estoy aquí, en Ramallosa, voy a ir a Vigo, me dijo el chico que las tres están en aquel centro. Bueno, vamos a esperar a su hijo para que quede en la tienda. Tengo que llamar a Pily, no sea que no quiera venir el viernes, día de todos los Santos. Pensaba decirle que iría yo, pero no voy a poder hacerlo por el día que es. Salir sí pienso salir y, si es así, no voy a saber a qué otro sitio. Bueno, ahora estoy escribiendo. El problema va a ser Ana. Yo te tengo a ti, al menos, me molestaría estar pasando de un lugar a otro, como hay alguien que hace. Me dicen: Hola, pero no sé verdaderamente lo que estarán pensando, aunque no creo que piensen mucho porque, si fuera en otro momento, pudiera, pero una mañana, mientras espero que venga una chica, aunque ellos no lo saben. La respuesta será al final, como siempre es así. No me sale nada acorde.
  Estoy viendo aquí el pantalón que no se rompe, me da más seguridad. Ya cogí varias hojas más, junto a la mesa de Quico había varios papeles tirados y cogí las dos hojas grandes que había. Pero ya vi donde tiene la papelera y está llena. Cuando el señor me dijo que estaban allí, al principio no me lo llegué a creer, pero los dos sitios coinciden en estar en el Calvario, es una pista. A ver si en Vigo me acuerdo de comprar sellos y sobres. Si es así, veré a las tres antes de lo que pensaba. No me voy a quedar pasmado mirando las piernas de quien pase. Bajé la cazadora azul, pero la pienso dejar en la tienda.

  Fueron esos últimos consejos: “Que esperes tú, lleva algo de abrigo”. Yo, contentísimo por marchar. Ya se levantó a las ocho y media diciendo: “Me olvidé de avisarte”. Ya estaba yo preparado tomando la leche. Yo contentísimo, ¿no?. “Sácame la moto. Tú ya tienes que bajar. Guarda los perros. ¡Ay!, y la leche. Voy a buscarla cuando venga”. Me alegra que piense así. 
  Como le dije al señor cuando me trajo, la ilusión hace más que las manos, o que los ojos, o que toda la mente. La ilusión reside en ese trocito de alma. Ya no puedo escribirte más. Me llama. Me dijo: “Lo importante es aprovechar”. ¿Quién piensa en aprovechar?. Les enseñaré a hacer cestos, llevaré cintas, me gustan todas. Casi son todas chicas. Teresa y Begoña también. Te noto muy contento, distinto, no eres igual, más feliz. A partir de ahora vas a cambiar. ¿Por qué?, mira, no sé qué decirte, pero me parece muy oscuro. ¿Ya tienes preparado lo que vas a llevar mañana?. Me encantaron los detalles. Begoña se quiere mostrar más dura, “no creas que voy a tener celos”. La otra Begoña te trató muy bien también. Te vi, allí sentado, junto a ella. Recordaste a Ana, las del baile. Tú diviértete. Se va a acabar lo de ser feo, ¿no?. El ir con mi padre a Vigo no me importa. Voy a venir en bus, lo que significa taxi. Y llegará tu cumpleaños. Con ellas. Ya verás. Va a haber algún beso, aunque tú creas que no. Mañana te llevas los cestos y los mimbres y las cintas. Begoña, en un momento, te dijo: “Me arañaste. Las uñas largas”. Era verdad. No creí que me iba a quedar, así que le pregunté si era verdad y me dijo que no, pero si era verdad. Me las corto antes de que se me olvide. Ya lo hice. Me voy a afeitar. Como iré con mi padre, ya te hablaré desde Vigo, pues tendré que esperar. Ya me afeité, me bañé, me lavé la cabeza, me corté las uñas y les oí hablar de llevarme a mí y creo que no me quiere llevar porque es muy pronto. Mi padre tiene un problema, es lo que más se habla aquí. y es cuanto me da más pena porque la familia estaría más unida si…, pienso que debería estarlo, y yo podría estarlo pero, en el fondo, sería un fingir cruel. Bueno, aunque para ellos, les vale. Estaba comiendo un trozo de carne, sólo mi hermana y yo en la cocina, viendo la película de la segunda cadena, hasta que a ella se le ocurrió la feliz idea de tomar pan integral. Me preguntó qué mantequilla había tomado y yo le contesté: “ninguna”, es la verdad. Con la leche no tomo, el bocadillo no puedo porque siempre hay alguien en la cocina los domingos y, otros, ni me acuerdo. El otro día cogí un poco para un trozo de pan, pero si se lo digo hará montañas, y no quiero. Le dije que no tomaba e hizo un gesto como de ser mentira. Pero bueno.
  Lo que me dijo Antonio de coger siempre un poco de dinero, no lo hice hoy, también me lo comentó el chico de decoraciones cuando venía, no lo hice hoy, pero ya lo haré ahora. Aunque creo que si mañana voy a ir en bus, con los cestos que tengo que llevar no me cogerán a dedo, pero ya veré. Hay uno que no llevo porque se soltó abajo un doblez. Llevo las cintas y la última libreta, pienso leer el poema de “Libertad”. Ya los subí en el coche, pero sólo llevo uno y el redondo pequeño. Sería mucho follón en el coche. Te dije un día que me gustaría un poema cuya idea principal estuviera en el último verso, ¿no?. La idea más profunda. Si no es así, perdona, tanto tiempo preocupado por conseguir, siempre me pasaba igual, que pensaba y llegaba a dar con ella, pero para ponerla en el primer verso. Esta que hice ahora, no, ¿te acuerdas de la frase que dije ayer?, me parece que te la cité; si, ahora recuerdo, que se la dije al chico de decoraciones. Pues empecé a escribir un poema, habla de sentirse enamorado, yo en este taller, de todo. Y la frase se me ocurrió al final y la puse. Les voy a leer si quieren las de la libertad y ésta.   ¿Te conté el detalle de la chica, Begoña, que estaba a mi lado?. Cuando dije lo de las cintas, ella me dijo de trajese la de Stevie Wonder. Me gusta que haya sido por esa canción y porque le comenté que me encantaba. Soy un soñador irremediable.
  Bueno, sólo traje dos cestas y el que está por hacer porque el gordo sería mucho. Pero, como llego muy temprano, tal vez otro día venga con Julio y no le importará que lo traiga. Voy a ahorrar para comprarles algo el día de mi cumpleaños. Cambié un párrafo, ¿no?, para que el principal estuviera el último. No, mira, voy a borrarlo, porque no tiene mucho sentido. No me parece muy bien hablar de sentirme enamorado, y decir: Porque sé que lo estuve, ahora vamos a darle a todo nuestra alegría. Sobre todo se me ocurrió ahora esta idea, el último verso anterior dice: nunca podré estar solo.
  Y sería repetir. Creo que eso es ese algo que notaba raro en los poemas algunos, pero no sabía concretamente. Creo que oí arrastrar una mesa y no estoy en la puerta correcta

  Creo que voy a decidirme a preguntarle a Ana si, en verdad, quiere o no quiere que sea su novio, porque ahora ya me hago un lío. Creo que me tomo a todas en serio y son muchas, ¿no crees?. Aunque me parece que más que una escapatoria va a ser una prueba el casarme.
  Aún no van a ser las nueve. No, está cerrado, las ventanas lo están, el sello y el sobre los compro luego. Bueno, aquí tienes el poema. Te había dejado de escribir, pero me parece que es una tontería, porque viene a ser aburrirse sin razón. Apareció un perro pequeñito en la casa de al lado, pero es una birria, no hace caso. Bueno, peor para él. Ya estamos aquí otra vez. Busqué una iglesia para poder decirle a mi madre que si y ya ves. Entré y la oí, aunque ya había empezado. Ahora fui a comprar sello y sobre y todo me queda cerca. La iglesia estaba aquí, al principio casi de la calle Coruña. No quería ir a misa, pero ya ves. Bueno, va a haber algunos días que falte, espero que me perdones.
  Ayer no vino ni Fernando ni Begoña. No sé qué les pudo haber pasado. Lo de Fernando creo que está en relación con ese primer día. Mayte le dijo que me enseñase a hacer un nudo y la primera que cogió; bueno, Fernando me lo dijo, pero ya sabes que una vez es poco y, entonces, me cogió Begoña. Por eso Fernando se enfadó con Begoña ese primer día. Y yo me quedé sin habla. No supe hablar. Aquellos momentos pasaron y yo sólo fui el testigo incauto que no les supo escuchar. Pero no quiero pronunciar una palabra y que se vaya a pique toda esta historia. Una palabra como la que le pronunció Begoña a la Begoña del autobús, cuando le dijo que sentía celos. Sólo me atreví a decir: No os enfadéis.
  Mira, sólo una palabra para lo que puede ser la búsqueda de una vida. ¡Qué ridículo!, ¿no?. Me quedo mudo, inexplicablemente, me gustaría decir, pero no hay palabras, ni suficientes, ni adecuadas, tanto que sé, tanto que escribo, una historia delante mía y siento que ya no sé definirme. Y así me quedo, como alelado. Podría decirte que no sé si me busca a mí, si soy yo la persona elegida. Nunca lo he sido. Pero me parece que no hace falta esa pregunta.
  Todos los datos apuntan a mí, y ellos tampoco saben mentir, como algunas veces puede que lo haya sido yo también. Por eso es una pregunta que, para mayor comodidad mía, la voy dejando en el aire.
  No puedo decir lo que pasará con el tiempo, pero también me parece que el aire de mi alrededor no está tranquilo, y se rebela contra mí cada vez que hundo mi presencia en él. Yo sé que no se enfada, pero también es niño como yo, y ha sido testigo de un caminar. Ahora está intranquilo porque parezco alborotado y duda igual que yo, no puede verme así.

  Me parece que siempre
me sentiré enamorado

  Y me la dirá, tal y como en un principio. El y yo sabemos que tiene muchas formas de hablar y yo le entenderé en cualquiera que utilice, le reconoceré porque antes había sido mi mirada en el tiempo. Unas palabras que parecen posarse tan lejos de mí, que me resulta imposible, que encuentro otra fuerza que se opone, mi otro yo, malvado. Creo que quiere impedir que llegue a una respuesta, porque habré destrozado tantas ilusiones, tantas dudas, que significará aquel dejar de estar sometido a su merced. Todas ellas gravitan en torno a mi cabeza, y se esconden, yo nunca he sabido ver en la oscuridad. Y me parece que puedo volver a quedarme sin una respuesta concreta. Tal vez me la traiga el tiempo, pero esa intranquilidad me renace al ver que el mismo tiempo parece quedar inseguro, callado.

  No importa, estás feliz, la felicidad te traerá la respuesta. Bueno, ya continuaré. Hoy, jueves, yo volví más contento. Creo que fue Fernanda quien me dijo que saliera al patio con ella y me dijo que había chicas a las cuales les gustaba. Ya lo había notado. Pily se adelantó a Begoña y me dio bastantes abracillos. Entre tantas me hacía un lío, pero en esto hablé con el señor (ya te diré el nombre) y me aconsejó que no había que tomarse la vida tan en serio. En verdad quien me quisiera realmente ya me buscaría, pero a ellas lo que les gustaba más, o querían, era una especie de aventura. Le pude llegar a decir eso de que siempre me habían llamado feo. Eso no importaba. Una aventura o unos meses de compañerismo. Lo mismo le había sucedido a él cuando joven. 

  Por eso le había preguntado, la experiencia. Begoña se enfadó, es por Pily, yo también lo he notado. Todo es muy complicado. Jugué a las damas con Humberto y quedamos tablas. Bueno, hasta el lunes. No sabía decirle quién es la que más me gusta. Sigo igual de dormido, ¿no?. Y ahora llegará Lourdes. Joróbate. Bueno, al menos juego un poco a las damas y al ajedrez pudiera jugar.
  Es otro día, ayer, me enfadé con mi madre porque le dije que iba a llevar algún cesto más y me contestó enfadada: “Con uno basta. Los demás los vendes tú”. Le preocupa eso. Yo también me enojé, pero no supe contestarle.
   Voy a tener que esperar hasta el verano y mi vida, a partir de ahora, va a estar muy ligada a ellos. Pero no importa, si es necesario llevarlos sin que se entere, lo haré así. Hoy preparé dos bases para unos ovalados y llevaré los mimbres preparados y esas
No me ven, total, ya la oí. No bases en una bolsa. Puedo llevarlos el lunes, con los espejos. Los espejos son para que los vean. Se me ocurrió hoy porque vi allí un patito de ésos que tenían en la puerta. Considero que no corre prisa para aprender lo de las cuerdas. Ya me ves, aquí en el baño, subí el paz. Quería bajar antes para llamarle a Pily. Creo que ayer habló de llevarle unas castañas a Isabel que se le habían olvidado. Yo se lo recordé con ganas y fui. Hablé con Pily desde Ramallosa. Y creo que me animaré a llevarles algo a las vecinas de Isabel. Puede que unas bolsas, una, de galletas de ésas que parecen avellanas. Tiene mi padre y Chicha vende. Hoy, cuando marchaba, fuí corriendo y pensé: Si un día me caigo delante de ellas, la palmo. No seas loco. Como dijo mi madre hace bastantes días, Sulote parece enamorada de mí. Cuando voy andando y no le hago mucho caso, se queda atrás. Le llamo, pero tengo que volver a su altura. Hoy comentaba: Gandul, que eres un gandul. Bueno, también yo lo soy. Y, cuando subía, a la altura del bar Pampín, se acostó y quedó allí un rato. Aún se sentó varias veces más. Había bajado un poco corriendo y debía estar algo cansado. Así lo comenté con ella la primera vez.
  Jo, me gustaría decirle a Begoña que también le quiero, al principio me parece que no era eso lo que buscaba, pero me parece que temía lo que me dijo ese señor. Les gusta a ellas ser así. Pero si le dices a alguna que le quieres, se ríen.
  Precisamente casi al final se sentó enfrente mía, en una mesa separada  Begoña y me comentó que le había dicho que yo estaba guay. No sé cómo enfrentarme a eso, creo que es muy bueno lo que me aconsejaron. La vida hay que tomarla como viene, sin más preguntas. A Mayte le encantan las cintas que llevo. Ahora me encanta poderles aportar todo lo que sé.
  Ya le hice los agujeros a esas dos bases. Mañana tal vez no salga y me quede haciéndolo. El lunes a ver si me acuerdo de decirles lo de los espejos, se los puedo conseguir a comprar la madera. Tal vez se atrevan con barniz y aguarrás para terminarlos allí. Me gusta tener muchas cosas que contarte. Muchas cosas bellas, todas llevan impresas la señal de tu paso por su candor.
  Cosas que no paran de hablar. Cada una busca transformarse en miles y miles diferentes. Las encontrarás a cada paso, siempre allí donde quieras hallarlas. Porque todas habrán nacido por ti, sólo por ti, para que tú seas testigo de su encarnación. Serás su hijo predilecto. Muchas cosas que no viven sin tu aliento, tienes que estar tú en ellas para que sepan analizarse señalando nuevas experiencias. Tú serás el conquistador. Ellas, allí donde se encuentren en ese momento, lo sabrán, tu amor se lo habrá dicho y sonreirán en un solo ánimo para decirte que ya lo han conseguido. Tal vez no te enteres, no debes preocuparte por eso, pero sentirás un estímulo desde lo más profundo del universo, que calará en ti como una luz. Y se convertirá en errante, como tú, de esa forma verá la vida como tú la ves y será ese canto que brotará de sus labios a cada instante. Esos labios no son todo lo que te comunica con la realidad; no, no es así, no debes pensar que acaso algún día pueda ser así: esos labios te comunican con todo lo que los demás pueden oír de ti. En sus manos está el gran secreto de sus decisiones. Porque a ellas también les gusta oírte y comentar contigo las incidencias de cada amanecer. Todos sus miembros forman un solo sentimiento y todas las veces que les sientas alrededor de tu mente, si escuchas pacientemente, oirás que no son sólo ellas quienes caminan. No, hay alguien más.

   ¿Qué te parece si me quedo hasta ellas y después salgo?. No quiero ser un beato, o que me vean por eso. Dos al día es mucho. Quedé hasta las lecturas, luego salí diciendo que me mareaba. Estuve hablando con el hermano de Joaquín, sentado sobre el muro, aunque no me hizo mucho caso; pero bueno, no me importa, sólo quería pasar el rato. Llegó Julio y quedó fuera, me entretuve en el trance de si me viese o no. Cuando me decidí a ver por dónde iban, ya había terminado. Bueno, me quedé fuera.
  Encontraba a varias de las que iban al baile, un grupo de ellas. Me encontré con Loli y me preguntó si no me importaba que saliese con ella. Iría hasta la playa andando. Me dolía el pie, pero quería ir. Bueno, les dije a mis padres que iría andando y ella entró un rato en el cementerio. Después pasé un rato pensando que se había ido y le esperé en la entrada. Apareció luego. Fuimos pues hasta Ramallosa, después a Playa América hasta la estatua y volvimos. El pie ya empezaba a dolerme más, le dije que tal vez me apoyase en ella por el dedo. Me alegró que me viesen con ella, entramos al bar Galicia, bebimos y luego dimos un paseo por el puente.
  No quería ser yo el que le hubiese convencido. Entramos, bailó, luego bebimos y volvió a bailar.
  Bajamos a la otra pista y quiso bailar suelta. Pues bien. Pero bailó más. Le había pedido a un señor un batido y me pidió que se lo pagase, al final quedó en que se lo diría a Angel, que él me había dado. Angel, al final, me dijo que pidiese lo que quisiera. El batido se lo di a ella, yo pedí un trina. Y siguió bailando. Llegó a las nueve y media y me dijo que se tenía que ir. Según la que sea ahora: “Cantaré, cantarás”. La bailó.
  Voy a preparar algunas bases y las llevo a Vigo. Como te dije, Don Ramón se fijó en la chica que había llevado ayer conmigo, en Loli, y le gustó, estaba muy bien, y también pareció comprender ese “para pasar el rato”. Para ir llenando momentos, diría yo. Momentos de dulzura, momentos especiales de melodías fulgurantes y dichosas. Todas ellas siempre guardarán en sus entrañas muchas cosas que contarme. Para ir llenando historias, que es lo único que no pasa o se marchita contra su voluntad. Cosas que son aves, como yo. Así quiero que sean.
  Y unas alas que les permitirán gozar de todo cuanto quieran, haciéndome gozar a mí también e invitándome a todo eso que un día compuso su historia, su historia preferida, su deseada, su historia principal. Aquello me diré que es su misma vida la que saborea. Y yo me sentiré como el encargado de prolongarla. De prolongarla y de cuidarla también, sintiéndome como ese único testigo que tiene vida aún. También me sorprende mucho cuando dijo: porque Nacho, porque Mariora, porque… Me trata como uno de los demás.
  No puedo quitarme de la cabeza el día que habló con Matilde y le decía que, al salir de la tienda, descargaba su malhumor conmigo. ¡Qué incauto fui entonces!. Bueno, yo no soy de ésos que se quedan en un pasado imaginario, un pasado a la medida de su origen. Llega el descanso, no sé. Como tengo más bases que están mal, voy a hacerlas más pequeñas. Pensé también en quedarme a escribir, pero pienso que llega el invierno y en él podré tener más oportunidad. El mejor día de mi vida, se lo definía a ella. Eran las gracias, no pensaba ir a San Pedro, ya ves qué tontería iba a cometer. Ya, por la mañana, me meto en el baño a escribir. Ya ves, a ver si me acuerdo de comprar una libreta.
  La cabeza me sigue doliendo. Tengo las sandalias y el pie descalzo, para más comodidad del dedo. Sé que me esperan dos domingos de aúpa. Ayer, en la misa, tuve un lío con un chaval, lo conozco. Pero es que el Evangelio fue distinto al que leyeron en Vilariño. Decían todos, lo que oí, que si ayer fue el día de todos los santos, hoy es el día de todos los difuntos, si hoy era fiesta, preguntaba y, aunque al principio la pregunta fue en serio, pronto cogí que se lo podía tomar a risa, así que yo también me reí. Y, en el baile, yo cantaba las canciones alegre, pues ella estaba conmigo y me dijo que lo pasaba muy bien, porque también tenía problemas, aunque de otra índole, pero parecidos y había reñido con su hermana. Ella también estaba allí y noté que le encantó cuando le dijo, le dije yo: Loli se va. Me preguntó si sola y le respondí: No, conmigo. Incluso ella se lo dijo también.
  Ya no me duele tantito el dedo, me dolía al moverlo en la cama, pero lo dejaba tranquilo. Me duele, si, al rozarlo con algo, pero no lo hago y ya está. Me vio don Ramón por Ramallosa y me quería preguntar, pero le dije: No, voy con ella.

  Me preguntó si me verá al domingo con Pily. Canciones que me acuerde: “Hey”, una de Bertín, “Cantaré, cantarás”. Yo iba a pedir una de Camilo Sexto para ella, pero se adelantaron. Voy a buscar la leche. Como ayer, que desde su casa, me vine cantando un velero llamado libertad. No me importa que me oigan, aunque sí cuando me cruzo con alguien. ¿Inútil?. Eso fue lo que nunca quisisteis reconocer  y hoy, que lo reconocéis, os da rabia: haber perdido todo el tiempo. Dejadme en paz, siempre que estoy yo con alguno de ellos, tienes que gritar, si no, no están tranquilos. 

Al parecer, mi padre está recogiendo papeles por la finca; bueno, la verdad es que yo no lo hago, pero en fin. Me aturden tanto la cabeza, que ése es un trabajo sencillo y no me causa trastorno, pero me olvido. Ya me duele otra vez el dedo pero estoy feliz. Enterré la gallina y termino de quemar. Tengo una azada cerca y tengo miedo. Voy para casa, no se me ocurre nada. Arreglaré el cuarto. Quico está en la cama, o sea, yo arriba, con las cintas. Le dije que eran las once y me marché. Bueno, me contestó, ya llamé. Busca una agenda negra que hay en la mesa. Luego me dijo: “En ésa no, en la otra”. A pesar de no haber luz, veía. Pero no estaba. Me dijo: “Marcha”. Pero me iba disgustado.
    Cada vez que hago uno o lo preparo, me acuerdo de lo que dijo: “Esos son para vender tú”. Me parece que ya no va a hacer falta. Estoy esperando a don Ramón. Si te hablara antes te diría que estaba disgustado, porque teniendo el dedo como lo tengo y andando de la forma que ando, me preguntan por la regadera. Estaba en las gallinas. Pero tuve que ir yo. Por la mañana, fui a buscar la leche, quemé plásticos y fui a continuar el cesto. Pero llegó mi madre y le dijo: “Todo el día dentro de casa, pero a saber qué estará haciendo”. Y me callé. Pero tampoco pasó nada, así que no importa. Pero me parece que hice mal callándome, porque me parece que es el no empezar desde el principio.
  Fui a comprar el periódico. Fui cojeando, me importa un rábano lo que piensen los demás. Le cogí el cambio sin fijarme en lo que me daba. Confiando, así espero que lo entiendan todos. Y yo espero que a don Ramón no le importe el pie sucio. No le importó. Agua solamente. En la playa o en casa. Me dijo que no es muy serio, no está muy crecido. “Hueles a sudor a reseso. ¿Te bañaste ayer?. ¿Tú crees que bañarse es sentarse a escribir poesías?”.
  Si hablas con Quico te pones más seria, conmigo más zorra. Si, me bañé ayer. Pero tampoco le pude contestar. Hipócrita, ¿qué es lo que decías tú?: te diré cuando ocurra. ¿Me dejarás contestar?.. Ahora que recuerdo, ayer no me bañé, sólo lavé un poco los pies, pero ella no lo sabe. Puede ser que alguna vez vaya al baño y escribir, cuando meta el pie en un cacharro de agua salada. Hasta puedo guardar el agua en una botella grande, mejor en un cubo. Incluso pueden saberlo ellos. La idea ésa de que me prohíban salir, deja que se atrevan.
  Los padres muchas veces son inconscientes de lo que haces, ¿no?. Entonces me dais pena, os aprovecháis de todo lo que Dios os dio. Era demasiado inocente antes y por inocente me pasó lo que me pasó, que me fueron convenciendo. Comprendo más por qué decía en un cuento: “Enamorado de la vida”, fue la única que me cuidó. Y lo sigue haciendo. No sé si soy digno para resultar elegido. Quico dice: “Soy tu preferido porque soy quien más habla contigo y nadie no se pregunta “por qué”. Entonces, ¿por qué voy a ir de cabeza preguntándomelo yo?. Lo que más me gustaría sería poder escuchar música y ni eso puedo hacer. Entonces, ¿qué me vas a decir?. Fingimientos.
  Bueno, no sé qué fue lo último que te dije. Estuve configurando dos bases. ¿Sabes lo que hago?. Aquéllos que me quedaron mal: la que los tiene muy separados y las que se rompen en un agujerito, las corto y hago otras más pequeñas. Ya se me ocurrió una idea, pero al poco la olvidé. No puse el pie en agua con sal. Bueno, anduve de forma que no me doliese. Lo pienso hacer aquí, en casa. No, no puedo correr. Espero que les gusten los espejos, me acuerdo mucho de ellos, pero tampoco tiro el día de ayer por la ventana. Fue una estrella que pasó, una sonrisa que quedó orgullosa de volver a encontrarse conmigo. Se hubiera quedado triste si me encontrase dormido. Nada esperaba, pero la vida es el ánimo que yo esperaba, siempre lo será y ella lo sabe. Por eso me gusta repetírselo cuantas veces quiera. Puede que muchas no sean necesarias, pero tampoco es necesario el mundo para comunicarse con ella. Bien sabemos qué es lo que nos une. Es una historia que me repite que ella jamás estuvo lejos de mí, que a ella le gustó mi compañía. Somos dos y toda la vida que se mueve a nuestro alrededor está en sus manos.

   Cada vez que una palabra mane de sus labios, se encontrará con ella y pasará a ser su fruto más sabroso. Y ella sabe lo que ansió su compañía. Por eso. Me gustó esta última frase.
  Fui al fallado porque había luz y supuse que estaba mi madre, le di la camisa que voy a llevar mañana para que la planchase. Y se me ocurrió preguntarle si había alguna tina más, aparte de las del baño llenas de agua. “Sabes, no, di si tengo, no olvides que…”. Pues un rábano.
  Y ese grano lo tengo que ver yo y hablar con don Benigno. Le iba a decir que esa mañana me lo había visto don Ramón, pero se iba a armar, así que me callé: La tina, ¿para qué?, ¿para los mimbres?. “No, para el dedo del pie, para meterlo”. Y la jorobamos. Creo que voy a pensar que lo mejor sería no habérselo dicho. Pero no importa, mañana voy a salir.
  Ya ves, con el papel se puede decir más fácil. Escribo sobre el coche de mi padre. Bajé unas gaseosas. Mejor va a ser no ir a buscar la libreta. Mañana preparo el pantalón blanco y me lavo la cabeza. Nada, no es que quiera entrar en el baño, estoy aquí, simplemente porque no quiero entrar en la cocina donde está mi padre. Quien me empieza a preocupar un poco es el chaval que conocí a la vuelta de Santiago. No quedó en nada de escribir antes aunque yo estuve a punto de preguntárselo. Seguro que quería él. No quiero tener sólo dos amigas. Puedes pensar que he cambiado. No, no es así, me gustaría que fuese chica, pero no importa. No todo va a ser igual en esta vida. Ya es hora de ir cambiando. Aunque ahora ganas de escribir no es que vaya a tener muchas. El paquete éste de Dash 3 ya lo tengo todo rayado de escribir encima. Me gusta cogerlo, está a mano, junto a la lavadora y no pesa tanto.
  El caso es que cuando vaya Loli el día diez al baile y quiera encontrarme con todas. Bueno, ya me las arreglaré. Pero el día de ayer no hizo falta bailar cinco o seis seguidas, también me gustó bailar sueltas y me gustó sentarme a beber dos veces. Me hizo la broma de escaparse cuando estaba distraído y al principio que le había dejado una mesa con la bebida, el batido de fresa suyo y luego, cuando volví con la mía, no le hallé. Pasé un momento muy malo, fue que se había corrido hacia la pista pequeña. Comenzamos a bailar allí ella y yo solos, al rato ya había cuatro parejas más. Ella también les llamaba copiones. En la pista de abajo, también, bailando suelto, pero ya me supuse que se había escondido.
  Creo que el pensamiento de estar toda la tarde con una chica, toda la tarde bailando, se me había esfumado. Cuando paseábamos, yo le dije lo que me había dicho aquel señor y ella me decía que era verdad. Me gustaba meterme con ella diciéndole que ya lo sabía para cuando quisiera pedirle la mano. Pienso en Pily, la de Vigo, pero también en Begoña. Es un mano a mano entre las dos.

  Me gustó bailar con Loli, que me viesen, me sentía más suelto, más libre, bailaba suelto con los dos brazos estirados. No tengo miedo porque llueva mañana. Tendré que hacerle una visita a Lourdes, ¿no?, hace mucho tiempo. Bueno, ya salgo. Me dijo Loli que está perdiendo la memoria. Ya me gustaría a mí hablar. (Mariora va a comer una manzana). Ya está, al baño. Aunque, como yo supongo que me vio de reojo ella, mi madre, si sale, va a decir que estoy escribiendo. (Sigo)… como leí que dicen en la radio, un diálogo sincero, de todo, y no como yo, que todo esto más parece ser niño a cada paso. No, no quiero conocerme y que me conozcan todos tal y como soy. No sé, pero una vida de gloria, porque tengo muchas equivocaciones, pero si quiero llegar al final de un día y llegar satisfecho de mí mismo. Llegar diciendo que he sabido salir de estros errores. He tenido muchos menos, pero más o menos todos se han cumplido de una manera grata y estoy convencido de haberles dado un total aprovechamiento en la medida en que me era posible. Fui descubriendo cada vez más el secreto de mi libertad. A partir de haber oído hablar de ella. Fue algo que caló profundamente y me sostuvo en la lucha diaria. Me hacías falta. Ahora pienso que fue conmigo con quien hablaba cada día. Si al principio me dijera: Voy a tardar tres años en descubrir lo que es la libertad, ya no sería tanta lucha porque me quedaría esperando y te sentiría cada vez más lejos. Pero tú te fuiste deshojando lentamente delante mía, a mi presencia, para al final mostrarte tú en todas tu inmensidad. Sobraría entonces una palabra que me dijese: Yo soy tu búsqueda, habiendo ligado todos aquellos encuentros, el detalle habría crecido y se habría desarrollado en tu mirada. Dos ojos azules, como el mar. Es verdad que yo fui tanto tiempo errante, pero tú, sin darte cuenta, le ibas dando el sentido que sabías que ahora me gustaría encontrar.

  Y puedo decirte que fue por ti por quien conocí la inocencia del amor. Me gusta esto. Voy a ver si mañana se lo leo a Loli. Hoy debí regar ocho o nueve veces al día. Viendo una película, ésta de la noche, dos amigas que tuvieron que separarse, y luego una vio a la otra en un hospital con toda la cabeza vendada. Quería coger su mano y lo hacía muy lentamente.
  Cuando ves partir a esa amiga que tanto has querido, cuando te sientes testigo de su partida, el tiempo va a ser tu distancia, cuando todo va a clamar la más profunda y solitaria hora, sólo son recuerdos y si no confías, cuando todo vuelve a ser antiguo, sientes que se pierde la dirección de tu existencia, ese algo que no conoces, nunca lo conocerás, pero tienes que acostumbrarte a su compañía, simplemente porque no hay otra. No puedes elegir, tienes que aceptar aunque no quieras. Sientes que tu voluntad siempre ha sido esclava. Tú la ves alejarse, y vas a sentir todos esos pensamientos que nunca has considerado verdad para ti. Todos están ahora, eran verdad. Ahora cambian pero no están en tu mano. Y empiezas a preguntarte si alguna vez has sido sincero para ella, si alguna vez has sido válido para todas esas palabras que tú creías verdaderas. Sus movimientos son pausados, todos parecen escritos en el tiempo que se mueve a tu alrededor y él parece indestructible.
  Y te preguntas por qué, si un día a su lado te habías creído capaz de superar todos los obstáculos. Ella se va despacio, no sabes qué te quiere hacer pensar porque tú ya no comprendes lo que te pasa. No es algo tuyo, pero su amanecer está en la muerte y se ha vuelto más limpio entre tú y ella. Ya no vuelve, se acabó la distancia, ya no puedes esperar en esa lentitud. Y tus movimientos, tus miradas, ya jamás podrán encontrarla. ¿Qué quieres que te diga?. Y esa vuelta tomará muchas perspectivas. Sigues siendo tú.
  Son las cinco de la mañana. No puedo dormir. Por eso tengo ganas de venir a hablar un rato. Todo está tranquilo. Pero dejé la puerta abierta. Tengo miedo que se haya despertado mi madre. El otro domingo también me desperté (no, creo que fue el día que se iba a ir a Vigo) a esta hora, y por la mañana se lo dije. “Ya lo sé. Te oí”. Sólo se oyen ruidos y todos ellos sospechosos. Se oyen también por allí, y el del papel también, no es mucho, pero con atención se oye.

  Estaba pensando en cerrar la puerta, simulando que voy al baño, pero me dejo en manos de la suerte. No puede estar despierta. Sigo siendo un gandul. No quiero dejar de escribir. Viendo todo lo maravilloso que me viene encima. Fui a Vilariño, me iba a colocar atrás, como siempre, allí en una esquina, pero Teresa me dijo que fuera con ellos para adelante. Creo que me gustó mucho ese algo que le impulsó a decírmelo.
  Voy a ir siempre porque Sor Gemma me da un beso en la paz y, como era de esperar, se lo di a Teresa. Me gustó, allí también me sentí libre para sonreír cuanto quisiera y hablar también. Fue Susana, al principio me enfadé por no llevarle la cadena, pero le di el teléfono y me llamará el viernes. Mónica y (no recuerdo el nombre de la otra) no picaron en el cumpleaños. Fue Lourdes, iré a verle esta tarde.
  Fue fabuloso, ¿no?. Hablé un rato con Loli y Bibiana me dará un beso por mi cumple. Los únicos momentos cuando estoy tranquilo es cuando le oigo hacer algo en concreto: fregar, hablar por teléfono. Ahora no tengo que regar, pero me dio pena cuando vi las flores de enfrente que yo iba cuidando. Hoy cogí el autobús porque lloviznaba un poco. Sólo me quedan doscientas. Me iba a afeitar hoy pero no tengo ganas. Pensándolo bien, estoy lunes y martes, miércoles y jueves, para afeitarme esa tarde y el viernes estar listo. Había aquí tirada una cadena de la muñeca y la cogí. Me mandó ir a coger las manzanas y fui, no puedo estar con ella. Subió, yo hice que buscaba el espejo, lo buscaba: “No llevas más” plim plam y el sermón, así que, en cuento lo dijo, me fui. La cama tiene la tabla, unos libros y algo más. Pues si, desde hace más de tres meses. Ahora es cuando  menos deseo sus regalos.”Dinero, yo le regalo dinero y a él le gusta”. ¡Ah, si! (con la boca abierta) ¿para qué?. Me molesta que vaya a cerrarlas, pero antes se lo pregunté y me dijo: No, voy yo; que me lo diga, ¿no?. Pues no se lo pregunté otra vez y me molesta que otra en su situación, se lo preguntaría. No entiendo que piense esto. Ya cogió Mariora una manzana, me fui para el baño, aunque pensaba ir al sótano (decirlo al menos) cuando salí de la cocina. Bueno, puedo estar todo tranquilo. Cuando recogía manzanas, pensaba: Lo que pasa es que ya me he desencarrilado.

  No me pidas que llegue a definirme. Ya sabes cómo soy. Pienso que nunca me gusta buscar una definición de mí mismo, porque nunca me sentiré de acuerdo con ella. Si algunas veces digo que soy un soñador, es porque me siento libre y puedo escapar de las prisiones a las que puedo estar sometido. O tal vez son prisiones que no existen y que yo me creo. No sé, pero ellas me llevaron a tu encuentro un día. No le hago daño a nadie pensando así, pero no me dejes buscar otra definición.
  No me dejes que piense en lo que pudo ser, pues mi imaginación llegaría a contaminarse y ni tú ni yo sabríamos volver a ser como antes. Tanto que me dijo ella que no llevara los espejos a Vigo, ¡oh! lo sabía.  El inútil que hacía espejos. En el momento éste de salir afuera, me recordó unos zapatos que no son de suela y los tenía en el cajón, bueno, para la lluvia. Ya no me acordaba de ellos, la última vez me quedaban un poco grandes. No sé qué será de mí en aquel sitio de Vigo, pero me gusta aquel ambiente. Igual que espero conocer pronto a todas las chicas. Extrañé hoy mucho a Pily. Era una buena compañía. Y no es por que me quisiera, no, es por algo distinto. No me preguntes nunca qué es lo que me agrada de ese alguien que me gusta tener a mi lado. Si me lo preguntas, puede que llegara a enfadarme contra el destino, porque me conduce y no sé a dónde, porque es como si quisiera tenerme a su merced. Recuerda la melodía que tanto te gusta, ella te lo dirá mejor que yo. No es a base de nombres, ni palabras, sino de sueños. Sueños mágicos, de fantasía tal vez, pero no se acaban nunca en sólo una noche, ni acaso en muchas más. Acéptame  como soy, sabes que nunca he conseguido responderme a qué es lo que más te gusta de mí. Me gusta hablar con ella, pero también hay algo en mí que me dice que puedo perderle un día, o que le pude haber perdido. Quisiera continuar hablando con ella, quisiera seguir reteniéndole en mi mente, aguantándole hasta otra vez que vuelva a verle, pero supongo que sería eso, un retener sin rumbo, un retener sin provecho, porque me gusta tenerle conmigo, pero quiero que sea libre. Libre para que vuelva a mí otro día y me haga nuevamente pensar en ti. Libre, como yo siempre quise ser. Con aquel ánimo que yo mismo elegí, con aquel sueño que yo mismo reanimé. Libre, porque también los sueños pueden convertirse en realidad.
  No me digas que ya no existe esa compañía. No me digas que se alejó la madrugada, que estás dudando, que llegó la penumbra y ya no veré más el sol. No me digas que va a llorar y está anocheciendo, que ya las nubes han aparecido y han sembrado terror a su paso. No me digas que el sol va cayendo y ya hay un olvido que vino a cobijarse entre nosotros. No me digas que mi memoria va perdiendo el recuerdo de tantos años en su compañía, y ya no sabe recordar lo que fue para ella. No lo me digas, no, que también lo habré ido sintiendo.
  Antes ya que tú, apareció tu nombre. Y fue formando sus pequeñas partículas entre el polvo que formaba tu cuerpo. Ese corazón encierra un gran tesoro, no lo dudes. Y ahí están las semillas que son más fáciles. Tú las debes encontrar. No te agobies, él también quedó contigo cuando desapareció esa máscara de la realidad. Pero quiere que aprendas. De nada valdrá desesperarse porque él quizás se sienta un poco más derrotado. No, tal vez sea eso que tú buscas en la distancia en tu subconsciente. A veces has pensado que no existe. Ellas nunca han sido de polvo, son más gruesas, piensa en un jardín, tú vas recogiendo pequeños trozos de tu pasado. Mira bien: ¿qué ves?. Si, allí está. Pero no te apures. Ella te espera, sabe bien que eres tú. Es esa parte de ti que siempre ha permanecido callada. Tú le has dado tu libertad. Ahora encontró ya la calma que buscaba. Y ya es más fácil que la vuelvas a ver. Se quedará contigo. Tanta ilusión es a veces mi orgullo. Tanta ilusión, esa semilla que iba sembrándose en los jardines desiertos, en los lugares sin agua, miles que volaban repletas de agua, de bellas melodías, todas iban dispuestas a dejar volar mis lágrimas sin el impulso de la tierra. Lágrimas hermosas, no podían enfadarse porque sabía que cada uno de sus amigos le esperaba en la punta de las hojas, en cada suave susurro del reflejo en un charco. Llegaban a su hogar y todas amanecían alegres de volver a recibir aquel sueño, el regalo de la primavera. Hay muchas cosas que se pueden decir en un momento; espera, cariño, todo sale del corazón. ¡Libertad!. Ya has llegado. ¡Mira!, tú sabrás mejor que yo si hay algo para aprovechar, o si hay algo para sanear en nosotros. Estamos dispuestos, tú sabes cuál es la fuerza que nos hace llamarte, la intención de pronunciar tu nombre.

  ¡Mírala!. Y dime si, acaso, algo puede estar desordenado. Creí que tardarías más, que no vendrías nunca, hay también que arreglar ese algo que siempre piensa en la depresión., porque hiere mi manera de ser. Ese algo… bueno, tú ya sabes cómo es. No entiendo por qué siempre está en tu contra. Ha aparecido de improviso, seguro que no quiere verte conmigo. Pues va listo, porque yo ya elegí que te quiero. Me lo trajo la mañana, me lo trae cada día.


  Y ella es una de esas flores. No hace falta hablar, ya sabes que hay palabras que aún no entiendo y encontrarme con ellas sería una destrucción. Coloreaba la realidad, todo cuanto puede ver bajo esos ojos bellos. Ya no me importó que fuese un extraño, quizás porque me había convencido serlo, me llenó de alegría aquella palabra.
  Al principio no quise convencerme de ella, pero su sonrisa, su mirada; tal vez parecía un poco más alegre. No había ningún mensaje, ninguna propuesta, pero ella lo había cogido del aire: también es sinceridad cuando puede ser de ese modo. También, no sé, pero yo me encuentro vacío sin ella. Descubriré ese alguien que me quiera sin conocerme, yo tal vez lo fui conociendo sin darme cuenta. Rompió la soledad, dejó la huella de no volver a verlo nunca. Y a mí me comunicó cuanto había realizado.
  Lo dijo espontáneamente, la primera, me querían quitar la esperanza. Sólo sé pensar en ella, toda mi vida viene a mí en estos momentos para descubrir un motivo, una causa, pero sólo se encuentra con ella. Si, hubo algunos días en que le consideré ajena, lejana de mí, en otra naturaleza de fulgor. No era de esa manera, me doy cuenta que era otra, pero estaba tan cerca de mí, que mi mente sólo sabe nombrarle hoy. Puedo ver algo a lo que llegan muy pocos, que sólo soy yo en esta vida, aunque sean tantos los que me acosan.
  Me encontraré con ella. Llegará, porque estaré esperándole. Me gustaría dejar toda mi vida en este pensamiento, sólo puedo dejar un trozo de ella en él y disponerme a continuar. Bueno, me quedan muchos días para volver a verle. Me gustaría conocer sus ilusiones, el parecido que pudiese tener con las mías, tal vez sea uno de los escollos que iré descubriendo al paso del tiempo. Veo pasar, quería decirle, veo pasar todo, pero ese algo que no pasa, ese algo que se renueva cada amanecer, ese algo nuevo, lo refleja en sus ojos.
  Su mirada podrá seguir siendo igual, pero para mí comenzará a descubrir un nuevo significado. Del ayer pienso que ya no queda nada que podamos continuar recogiendo. Del ayer sólo el recuerdo ha sobrevivido, el hermoso, solamente el que encierra un parecido con el de hoy. Ese ayer no tiene colores, como puede ser tu pensamiento a nuestro lado, ese único pensamiento que nos consuelo. Sólo sé pensar en ella. Me entregó las llaves que en un momento pude desechar entre nosotros. Me desagrada la idea que pudo estar esperándome mientras yo caminaba perdido. Me desagrada la idea de haber sido un inconsciente tantas veces. Por lo visto, una de las semillas de amor cobró vida entre nosotros y hoy sólo podemos estar hablando de ella.

  No, no me digas que hay un relativo estado de indiferencia en mis palabras. La luna está a mi lado y herirás su partida, herirás todo cuanto puede ser el sueño de su descanso, de su reposo, allá en la inmensidad del cielo. No, no me digas que fueron mis palabras despreocuparse de ella, quitarle el alimento que fue su impulso, el sustento que le mantuvo gravitando en torno nuestra. No me digas que ahora ya puede despedirse de nuestro lado. Cuando me acuerde de ella, quiero encontrar todo liso, sólo el susurro que me repita sus palabras en esta noche.
 ¡Cómo tarda el tiempo de traerla a mi lado!. En esta espera de que aún no ha de venir, sólo puedo murmurar sus palabras. Tal vez después no me acuerde de todas cuando intente recordarlas. Pero no importa. Las suyas sólo fueron cuatro hablando de ti. Puedo recordarlas a ellas. Puedo unir en un sueño aquella mirada que parecía tan feliz. Ella también es sincera, cuanto pudo ser de silencio, ya no puede existir. Me cuesta llegar a comprender esos trozos de un pasado que no quisieron seguir buscando. Me cuesta hasta llegar a pensar que yo les vi partir sin otras ilusiones. Pero más me cuesta pensar que fui yo quien les di el impulso. Ellos se fueron y sus ilusiones las dejaron conmigo ya creadas. No comprendes que fue huella de un periodo de vida, no comprendes que a nuestra espera la que le va alimentando es toda nuestra reserva. Ahora si, ahora que tú me hablas, comprendo mejor aquello que fue nuestro sueño. No quiero encontrar contigo ningún obstáculo, también la vida quiere sellar el pacto de nuestra unión.
  Cada uno somos libres, pero es una libertad ligada en una misma alegría, un mismo descubrimiento en nuestra eternidad. Si, también ella, ¿por qué no?. Siempre está contigo, así que siempre podrás hablar de ella. La eternidad, mi eternidad, ese algo ya unido a mí en otro tiempo. No hizo falta que le añadiese nadie. Ahora que te voy conociendo mejor, sé que era de día cuando tú comenzaste a brotar como el primer retoño, y así quedó para siempre. Ya ves, sigo enamorado. Como cuando era un niño. Tanto que podía haber descubierto si hubiese sido de otra forma de ser. No quiero quedarme, sólo sé que cuando llegue ella ya no podré mirar a otra. Ni acaso porque pueda parecerse o ser idéntica. Puede, tal vez, que diga lo mismo, la misma intención, pero ya no podrá darle el mismo sabor de un primer día. Me hizo no sentirme extraño acaso puede ser mi primera vez.

Ahora cambió todo. Ya cuento con varias amigas.
  Cuando se pone a disparar es algo único. Un señor le dijo que a ver cuándo le mandaba los cestos y armó la bronca cuando le pregunté si, en verdad, le había llamado. Yo me hice un lío, él no me había dicho eso, pero me imagino que tampoco voy a saberlo, porque tampoco dice siempre la verdad. Me duele la cabeza ya al pensar que no sé por dónde va a salir. Y sus preguntas dañan más. ¿Te acuerdas el día que me preguntó sobre lo que había quedado mal compuesto?. Le dije que se lo diría en el momento. Pues nada. Me dijo que algunos se podían vender los cestos sin barnizar, pues yo me fijaba en este rectangular que se está rompiendo. Tampoco hubo diálogo.
  “Pues vete al pueblo y coge los que te llevé sin barnizar”. Pues voy. Ya Mayte no quiere comprar aquélla que hice. Pues lo hago. El señor, Sito, se quedó toda la mañana sin hacer nada por no tener para barnizar. Y, mientras venía, pensaba decirle: Los llevo por el barnizador especial de allí. Total, se lo dije, pero me parece que faltó algo. “O todo o nada, ¿no?. Ya nos echaste mierda encima”. Y no podía decir nada.
  Ahora, por las tarde, parece que se tranquilizó un poco. “Toda la razón es tuya, ¿no?. Te metiste delante del coche, ¿quién sufrió a tu lado, horas de médico, viajes a Murcia, ¿y todo eso?”. Bueno, pero no se puede quedar ahí. Ahora necesito otro tipo de ayuda.
  Me dio la comida, ahí habló un poco, cuando le fui a pedir más, pero lo que hice mejor fue el irme a escribir para arriba. ¿Cuáles serán las represalias?. En Vigo ya se dieron cuenta que les tengo miedo. Y sigue diciendo eso de que me quedaré solo. Bueno, olvídalo.
  Ya tienes otras historias hermosas. Le dije a Teresa que había escrito sobre ella y me pidió que se lo leyese. Le leí un poco. Que le copiase a máquina y encontré unas hojas en lo de Quico. Ya todo va cambiando, todas me lo decían. Cuando me dijo Sito que Pily me quería, me extrañé. Hoy le vi junto a José y me di cuenta, Sito me lo aclaró. A José le gusta ella, pero ella no siente tanto apego. Voy a ver si puedo ayudarle. Tal vez hablando con ella. Pero no voy a saber qué decirle. Tal vez le influyera a José lo que le llamara Mayte un tanto enfadada.
  Ahora voy a bañarme y mamá está hablando con Mariora, le amansaré porque le diré que Sito había quedado sin trabajo. ¡Ah! ¿Es que decir algo en serio es amenazar?. Entré con temor en la cocina, pero no pasó nada.
  Bah! Olvídalo! Mira, piensa en ella para el viernes, y luego en Loli para el domingo. También dijeron que irían Luisa y Saulita. Puedo decirle a Pily que yo le quiero como amiga, que espero ese beso en mi cumpleaños, pero hay otros que le quieren más que yo. Tú acaso pudiste llegar tarde, muy tarde a lo que otros comenzaron, tú eres una añadidura sin valor. Primero le convencí que había sido él. Yo me lo creí y, al final, no era. Me da igual. Olvídalo. Piensa en ellas. Mañana tendrás que decírselo a Pily. No te olvides de llevarle el cesto. Tú quieres sentirte más integrado en aquella familia. Volveremos a encontrarnos con ella. Renacerá en otro lugar, pero no olvidaré tus palabras fácilmente. No olvidaré que en un momento pareciste quererme, dejar todo por un instante. Hoy me gusta volver a repetir tu nombre, algo con lo que yo siempre había soñado. Me gustaría olvidar. Pienso que no nací para tener un carácter duro, siempre he creído en la utilidad del diálogo. Pero, a veces, parece un terreno peligroso. Sólo tengo que reconocer que no fui sincero, o que no le conocía aún lo suficiente. Sigo pensando en Pily.
     Hoy me olvidé de traer el bolígrafo azul. Sigo pensando en Pily, creo que ayer no me encontraste muy animado, ¿verdad?, yo tampoco noté estarlo. Y es por ella. No sé qué flechazo insertó en mí, pero sólo fueron necesarios esos pocos segundos. Caló hondo, y ni ella ni yo somos inconscientes. Y, en este momento, cuando pienso en ella, hay algo en este corazón mío que quiere reproducir aquellos segundos, pero sólo puede esperar porque sólo ella lo sabe. Y, junto a ella, también aparece Begoña. Creo que el margen de distancia que puede existir entre las dos, es que Pily, sin decirle yo nada, me tocó, digámoslo así, penetró en otra vida, en otra oscuridad para dejar de serlo. Penetró, y no tuvo miedo de lo que pensara el pasado. Tantas historias podría contarle, pero no hace falta, porque ella ya está encabezando una.
  Mi corazón quedó libre hace algunos días pensando en ella, y a todos los guardó en un lugar más profundo. No puedo dejarme vencer un día, si hay una vida por delante. Ese quedar libre tan lleno de amor, es la libertad soñada, es el convivir pudiendo estar contigo. Ellas, Begoña, la otra Begoña y no sé si alguna más, sé que se acordaron de mí oyendo aquellas cintas. Que sean felices. Me encontrarán al final del tiempo, esperando sus amaneceres sinceros. Esperando, con ganas de encontrarles. Esa respuesta no soy yo el encargado de encontrarla. Aunque soñar que me quieren no es suficiente, ahora van a llegar, me levantaré y no será otro día monótono el que aparezca. Nunca llegará a ser monótono, si hay un sueño que me va diciendo, con su lenguaje tan familiar, al pan, pan y al vino, vino. Y hay veces en que se deprimirá la estrella, pero tienes que pensar que todos somos así algún día. O a veces tal vez. Sin ese síntoma de realidad, perderíamos la luz que alumbra nuestro mañana  y dejaríamos ese poder.
  No, vuelve a releer ese sueño pasado. Ya ves que se puede conjugar de todo un poco de una manera rítmica y melodiosa. Pues ahí estoy yo hablando contigo, ahí pudimos entender mejor qué fue de aquel ayer. Ha sido todo nuestro ayer, sin poder pasear por sus veredas. El mar está en calma ahora, sólo espero tu presencia junto a la suya, para mostrarte todo eso que te ha guardado. Vamos. No cojas una barca, entra tú. Si lo quieres, no te mojarás, pero tú bien sabes que a su lado, quieres llenarte cada vez más de su cielo, de sus estrellas.

  Vamos, desnudos de rencor, sólo está ella con nosotros, deja esos harapos. Pero no le detengas. Bien sabes que el distraerte es soñar con ella. No le detengas, sueña y distráete si quieres, pero sabes que el detenerse se clavaría en ella como tantas otras lanzas que hieren sin manchar. Lanzas, hechas de sangre, que atraviesan, un dolor más incandescente para marcar esta vida, una huella tan difícil de olvidar, sólo puedes llenarte de hermosura para dejarla de lado. No dejarle amanecer, sabes que hay otras muchas cosas que se oponen a su presencia, esa ilusión que te envuelve a ti ahora en otra huella, pero más bella, indestructible. Y es que a ti te gusta que sea así. 

  Cuando llegué a Vigo, mi padre me dijo: “Toma”, y me dio un papel: era la dirección de Barcelona. Se acordó. Hay otro algo escondido que no entiendo. Es bello, pero no sé por qué está condenado a seguir oculto. No sé, cuando menos lo esperas. Es algo que existió de siempre. Lo siento tener yo, pero no sé cómo definirlo. Yo me pregunto una cosa: ¿es mejor vivir así rebelde como yo, o es mejor vivir así como viven mis hermanos?. En ellos hay algo que no se ve, pero en el fondo pasan, aunque no lo aparentan.
  Creo que eso responde un poco a aquella frase que escribí: “Hace más daño lo que no se ve”, aunque no sé de dónde la leí. No voy a dejar de escribir por estar cansado de estar sentado en este portal. Ya salieron varias personas, y siguen saliendo. Bueno, siempre se ve un poco de juventud. Pasan muchas verdades seguidas. ¡Qué difícil se hace conocer una sóla!.
  A Teresa no le importa darme un beso. Ya no cuenta el que haya alguna que no quiera. Teresa es la que empezó a contar a partir de hoy. A partir de ahora, yo cambié, nace una nueva etapa en mi vida. Que quién es ella. La conocí el otro día, pero me parece, tú ya sabes. Supongo que de una irán otras. Ya estoy contento. Le encanta el trozo escrito a Pily. Voy a ver si puedo escribírselo a máquina esta tarde. Estoy haciendo un cestito ovalado allí y le gusta a la hermana de Begoña, me dice que lo quiere, aunque esperará a que haya otros cuando vengan de Barcelona. No sé qué decirte de ellas, y es una lástima, porque Begoña me pidió que le hiciera un trozo. Enamorado de la vida… mañana a ver si me acuerdo de llevarles un relato. Supongo que se me ocurrirá mejor por la mañana.
  Me agrada la sinceridad de Teresa, que me dijo aquello. Me agrada la forma de expresarse, su sonrisa, esa mirada de pícara y cariñosa, su carácter, esa alegría que reluce en su cara. Me agrada cuando habla conmigo, su dulzura, y cuando no, cuando la miro de reojo, todo el universo quiere reunirse conmigo para decirme que allí le tengo, esperando. En parte le veo un poco como el yo de mi niñez. Como el yo que no conocí, pero el yo que todos llevamos dentro.
  Me gustará como una especie de definición un día, de sus labios, sincera, pero me agrada esa manera que tiene de presentarse, conociéndole cada día un poco más. Aquí, en silencio, no sé hablar de ella. No tiene sentido todo cuanto se me ocurre decir. No sé quién puede ser. Tiene que ser en contacto con la brisa, con el rocío, con el calor de la mañana. Tiene que ser en contacto con las aves, oyéndoles cantar, acompañar sus melodías. Oyéndoles decir que ella también está entre sus trinos. No se me ocurre nada en casa, merendé, me bañé, ya me decidí a decirle el roto del pantalón azul marino. Buscaba pantalones de invierno para llevar yo a Vigo y, al final, le recordé un pantalón, pero tenía un roto. “Dichosa bicicleta”, pero nada más.
  Cuando el sol se asome a la rivera de sus montañas con esas primeras llamas que llevan calor en sus labios, cuando la lluvia riegue un recuerdo para limpiar esa imagen tuya que llegó tan clara, cuando las estrellas me digan que ya puedo correr hacia ti, y encontrarte limpia, como siempre eras cada vez que me imaginaba. Cuando esos primeros brillos compongan una alfombra entre tú y yo, cuando todo esté esperándote, quiero acordarme de ti. Quiero saber que tú también pudiste estar esperando la señal, quiero saber que el tiempo fue nuestro durante unos segundos, y tú no has cambiado. Si, he sido yo el que ha permanecido oculto, despiértame, tú ya sabes cómo. Sólo despiértame y dime que olvidaste el desacuerdo y no estás enfadada conmigo.
  ¿Cómo decir que te quiero?. Te siento tan lejos, tan lejana cada vez más de todo cuanto te digo, que pareces abstraída en el encanto, pareces tan delicada y tan dulce, pero tan lejana a la vez, que mis palabras encuentran el dolor, el dolor y el lamento antes de llegar a ti. ¿Cómo decirte lo que pienso, si tengo miedo de que te sientas engañada o desencantada a la vez de un sueño, no sé, pero si te enojas, destruirás todo lo que apuré a tu encuentro?.
  ¿Cómo decirte que ya he llegado, si soy tan débil en el fondo que no sé permanecer en el suelo?. Tú no perteneces a las aves de mi vida, pareces un ave peregrina, pero no sabes volar. Todavía me queda mucho por recorrer, quisiera que me esperases, hasta el día de nuestro encuentro, pero no sé cuándo será. Sólo, si quieres, dame un beso, y en ti encontraré las fuerzas necesarias para regar esa esperanza. Se queda marchita mi vida si no estás a mi lado. Hablando, sonriendo, haciéndome compartir todas esas pequeñeces de tu vida, tan agradables en estos momentos por ser la espera de estos tiempos.
  Compartir, por ser tú la mañana que encontraré al despertarme y abrir los ojos. Compartir, porque estoy seguro que así querrías tú todo el Amor que posees. Quiero volver a encontrarme con todo eso que musitaron tus labios el primer día, quiero convencerme que todavía no he olvidado tus palabras, y poder hacerlas mías de nuevo para que no se sientan solas.
  Hoy, domingo, antes de Reyes, me encontré con Loli, sólo bailó una, no vi a Pepi, me encontré con Bety, bailé con una desconocida, me encontré y bailé con Angeles, aunque se fue, bailé con Ana, la amiga de Ana y bailé con María casi al final, no le conocía, me dijo que el próximo domingo me llamaba. Yo lo prometí, a que eso sería mentira. Lo pasé fenómeno. Me quedó la pena de no pedirle un beso a Angeles y de olvidar la cara de María. También se animó Manolo. Y no le pedí a Tere y a Rosi. Un día divino.
  No sé si ir a ver los regalos. No tengo ganas. Estoy indeciso. ¿Qué hago?. Dímelo tú. Me espera Teresa en Vilariño. No había radio-casette. Mariora si sirve para hacerle feliz, y Quico, y Nacho, y Malena, yo no, yo no soy expresivo. Una sopa y unas libretas. Ellos si, me gustaría ser un poco como ellos. Tan cerrado mi padre, dijeron ayer que era carácter de todos los zamoranos. Y yo me pregunto: ¿un lugar que ya ha pasado hace tantos años, puede seguir siendo así?. Déjame estar contigo un rato. Pues estoy animado, pero ya viste. Leí un trozo de la primera carta de Alicia: cuando está rodeada de gente extraña, todo lo que quiere olvidar, y se pone seria. Y recuerdo algo que leí en aquel análisis: se deprime sin apenas razón. “Estás loca!, parecen buenos. Pero es ella, si sabe alegrarle.
  Estuve pensando si hoy iría al baile. Primero pensé que no, pensé si un día, más adelante, me cobraran la entrada, no tenía por qué ir tanto, pensé si ir al cine, pero está más caro. El baile es el único sitio donde puedo ir. Un día apareció una chica, después marchó y yo dije: Ya aparecerán más. Y aparecieron, ¿no?. Pero yo soy muy serio. Me gusta que estés en mí, pero ¿no aprovecharías más en otro?. Tengo miedo de que me digas que si. No me preguntes por qué te digo esto. Me vería solo. Tantos pensamientos se relacionan con caídas de pisos, muertes, choques, creo que todas me van mordiendo cada vez más. Fuí allí: un jersey, un desodorante, una ropa pequeña y una ropa más. Bueno, a ver qué cara pones ahora. No vayas con cara de radio-casette porque ya sabes que sería peor. Vamos, ya me dirás. Tal vez esta tarde. Escribí un poco en la libreta: sentimientos,  sueños…





                                              

No hay comentarios:

Publicar un comentario