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Con estas palabras os doy la bienvenida y mi mayor agradecimiento a vosotros que sois los que hacéis posible que este blog se mantenga activo y vaya renovándolo cada poco tiempo. Mi deseo es que el contenido de este blog os aporte diferentes emociones y sentimientos. Un abrazo cariñoso también a todos los que estáis ahí y formáis parte de esta poesía y a todos los que quieren también formar parte de ella, a las nuevas incorporaciones: un abrazo de bienvenida a todos ellos



sábado, 22 de diciembre de 2012

Me preguntó si quería que lo cortase ella.


 Podía yo hacerlo mal, le dije que sí. Fui a buscar la sierra al sótano. Pensaba: ¿Más inútil todavía?. Cuando subí, estaba en la lavadora. Le dije que lo hacía yo y empecé a cortar. Después apareció ella. Hasta me cuesta a mí. Déjame. Yo estaba enfadado, porque sería el inútil. Y murmuré: Mejor callarse. Mamá lo oyó a medias: “¿Qué dijiste?”. Me callo- le respondí. “Pues hasta que no digas la verdad no vengo”. Ya lo terminé. No me costó tanto. Después de ocurrir todos los enfados, me da pena el escribirlo. Ella habla ya como si lo hubiese olvidado, supongo que el que falta soy yo. Al mediodía llegó mi padre y, cuando iba a comenzar la película, yo pensaba: Quico va a la otra, no importa que pregunte o no lo haga. A mí me falta personalidad. Supongo que a mí me dirá lo contrario porque soy más blando. Me dijo que sí.

  Antes de llegar a él, le pregunté a mi madre. ¿Vas a quedar tú en la cocina?, porque así termino la libreta a máquina que me queda poco. Y me respondió que bueno, que subiera. El decir que me quedaba poco era más bien una mentira. Me quedaban siete poemas y hoy no los iba a poder terminar.

  Hoy también me puso de malhumor, pero ya fue menos. Como todos los días me levanté a las ocho. Me da tiempo para abrir el portal y después ir a escribir. Siempre confié en que mi madre respetará ese tiempo para que pueda escribir. Varias veces me lo interrumpió con alguna llamada, pero podía seguir rescribiendo. Cada vez más desolado. Ya ves, me parece que son momentos críticos. No soy capaz de concebir que en un momento se pueda echar toda la vida por tierra y, al momento siguiente, estar tan tranquilo, y olvidarse. No sigo ese caudal. Me parece que estoy equivocado desde hace mucho tiempo. Pero ya viste, ahora parece que se ha puesto de moda el decir que tomo el pelo a todos, y sobre todo a ellos dos. Creo que lo tomo cuantas veces quiera y me salga de las narices, pero son en cosas que no quieren dañar a nadie, ni quieres entre mezclarse con cosas de barro o de la tierra, como dinero y cosas así. A mi madre le gusta decir que le tomo el pelo gastando el dinero en chupitangadas.

 Hoy, cuando marché a Vigo, me dijo que si a las cinco estuviera en el dentista. No sé cómo me metí en esto. Llegué a las diez y media y fui a visitar a Mercedes, y le gustaría que fuese a preguntar sobre los mimbres.

  Pregunté para ir allí. Quise hablar con alguien. Y un señor se ofreció a llevarme. También iba. Llegamos a las doce menos veinticinco, pero ya era tarde. No me esperé este recibimiento. “Juegas y tiras el dinero, ahora qué dirá papá. Otra vez perdón”. También ella me tocó. Hipócritas, jolín, me cago en la leche. Mierda. Empezó a decir que había llegado tarde, que nadie es capaz de estar en el Serén a las diez y media, y llegar a tiempo. Me hartó. Hasta que se desahogó diciendo que el domingo no iba a salir.

  ¿Qué hago?. Bueno, no importa mucho, porque hay fiesta. No era última. Que llegué diez minutos antes. Jo, y una se puso diciendo que todo era mentira. Tenía ganas de mandarla a tomar por saco. Le quiero pedir ayuda a todas mis amigas. No me creo poder resistirlo. Toda la tarde la pasé un poco preocupado, aunque al menos no me había prohibido lo que tanto había ansiado por la mañana. Me dijo que regase las plantas de la entrada. Al menos nombró a Malena diciendo que ella se había decidido a cuidar esa parte. Pero pronto rompí esa ilusión: lo decía sólo porque estaba yo, para controlar al tontito, se puede decir. Por la mañana, cuando había abierto el portal, me había dicho que eso lo haría al subir de Ramallosa (aunque la verdad era que no iba a ir). Ya sé, después de escribir a máquina. Me puse a regar con la manguera. Así, dijo ella, no porque el agua resbalaba. Me resbala igual con el cubo. Aquello no llegué a entenderlo del todo.

  Pero en esto que llegó Lita y se pusieron a hablar. Iba a ir a la iglesia, así podría escribir. Bueno, da igual, ocurrió todo eso, y por la noche llegó mi padre. Yo tenía mi razón, aunque mi madre no quisiera entenderla, pero eso iba a ser lo de menos. Estaba viendo la televisión en color, el baloncesto, pensé que lo iba a quitar pero no fue así. Cuando terminó salí a recoger verdura a los conejos, ya lo pensaba hacer yo, aunque ella me lo quisiese decir. Igual cuando llegué de Vigo. Me dio cien, las otras eran de la vez pasada. Quise ir a dedo, pero cogí el autobús. Si, vine a dedo. También me daba miedo el jurar en falso, siempre lo temí, pero me preguntó si había venido a dedo, que lo jurase. Le mentí. Aunque me dio un poco de miedo al principio, lo tuve que hacer así. Total, una de las cosas por las que chilló fue que había llegado tarde. Estaba convencida.

sábado, 15 de diciembre de 2012

De esa forma le copié alguna a Quico hace poco

Ayer fui al sótano a vaciar unos sacos (hace tiempo mi madre dijo que los vaciaría ella, y por eso lo dejé. En el saco se pudren, y lo peor es que no lo ves). Cuando subí le llevaba en los dedos una pulga, pero se me debió escapar. Empezó a buscar en mí y, un rato después, ya había descubierto nueve. Yo me reía, en el fondo estaba alegre porque le había distraído un rato.

  Cuando estaba regando, recordé algo que me parecía habérselo oído a mi padre: “Hay que mostrarse duro siempre”, pero sigo sin entenderlo. Lo que me anima muchas veces es llevar conmigo a Sulote: parece que es porque así me siento pendiente de algo. Esta mañana, cuando sacaba la bicicleta por la puerta, se presentó allí. Quería ir conmigo, pero iba a Ramallosa y no podía llevarle. Me acordaba de aquel día que se paró en los edificios de Montaña y, el último, que se paró en la Cabreira. Quería y no quería llevarle, al final decidí que sí, pero con la intención de que bajase hasta el pueblo, así podría subir a alguien. Al llegar, le tuve que bajar en brazos a la tienda. Cuando, más tarde decidí a subir y había recorrido con él un poco de acera cuando recordé que debía darle el cambio de las mil perchas a mi madre, tal vez las necesitaba. Y fui con él hasta la capilla. Ya se mostraba más tranquilo, sin miedo. Después regresé con él hasta casa: me gusta llevarle conmigo. Tal vez sea la distracción.

  Ahora por la tarde, no sé qué hacer mientras me quedo en casa. A buscar maíz iré tarde, no tengo qué escribir ni cesto que hacer. Tal vez haga algún crucigrama.

  Fui a buscar el maíz a casa de Isabel y después el pan a Ramallosa. Con el perro, ya no tuvo miedo por la carretera. Bajé a buscar el pan y, entonces sí le tuve que llevar en brazos desde los edificios hasta el principio de la acera, pero luego le dejé. Al subir me quedé hablando con Loli y bajé con ella hasta Ramallosa, pues iba a llamar por teléfono. Después se quedó con Mari Carmen Panteón y yo subí solo. Quería pedirle un beso, ella simplemente me había dicho un día: “Hace mucho tiempo que no te lo doy”. Y yo no tuve palabras.

 Todo está tranquilo, porque ahora ya no hay follones, pero hoy vinieron las jornaleras y fui a buscar el sombrero un rato más tarde. Entré en la habitación, allí estaba mi madre y me preguntó.

  Entonces abrí el armario y sólo metí la mano derecha para buscar. Ella me vio y me dijo: “La otra colgando. Pareces un inútil. Un rato antes, mi padre me dijo que recogiera la mesa. Quedaba el mantel, unas uvas, y no sé si algo más. Recogí las uvas y fui a buscar el gorro, quería llegar y terminar de recogerla. Sucedió lo de mi madre, fui al fallado, al sótano y a la habitación. Me parecía extraño que no estuviera allí. Lo encontré en el armario, bajo unos jerseys. Cuando salí a la terraza, para ir junto a ellas, me dijo él: “Te dije que recogieras la mesa y al final la tuve que recoger yo”. Estaba el mantel todo arrugado, pero sin recoger. Siempre me acuerdo de aquel sacerdote que me dijo que cuando yo tuviese la razón, una razón, lo dijese: sigo sin ser capaz. Esta mañana me quedé solo y escribí seis o siete folios a máquina, aunque salteados. Cuando llegó mi madre se enfadó porque en lo de Gloria, el señor también le había cobrado cuanto fui a buscar yo. Pero yo, si me hubiese quedado con ese dinero, supongo que lo sabría.

  Hubo un follón grandísimo, pero ya no me preocupo tanto. Siempre recuerdo eso de “lo hice por ti”, pero le dije que no me hubiese mandado a mí. No me parece verdad, aunque puede ser que fuesen días en que ella no me hubiese mandado el dinero. Supongo que lo malo de todo eso es que todos me siguen tomando por tonto. Cuando bajaba al pueblo no iba pensando en que me tomara el pelo con el dinero del pan y por eso digo “me parece”.

  Me parece que lo que antes escribí fue en miércoles. Mi madre está lavándose la cabeza y yo puedo escribir. Por la tarde vinieron las señoras. Ya había pensado bañarme el miércoles, porque vendría sucio de afuera. Más aún porque la correa del pozo me rozó el hombro y me dejó manchado de tierra. Aunque con agua fría, eso no me impidió para que no me tratase de bañar bien. Hoy por la mañana mi madre vino a ver si tenía pulgas en la cama, y quedó una mancha a la altura de mi espalda: creo que ayer no me froté lo suficiente. No me pareció mal que se enfadara, pero empezó a decir que nunca me lavaba y eso me hizo romper todo vínculo con aquel enfado. Ahora por la tarde, como no tenía pensado hacer nada, comencé a preparar un cesto. Llegó ella y me dijo que se podían hacer a tres tiestos. “Y se pueden colgar”, le afirmé. Le pareció bien, pero eso después.


domingo, 9 de diciembre de 2012

Cuando Malena dijo aquello


  
Cuando Malena dijo aquello, pensé: No será verdad. Pero bueno, ponla. Después, cuando era ya a comer, sólo había puesto silla para Quico, mi madre y ella. Y así lo dije preguntando por mi banqueta. Pero ya había la dura donde los pájaros y el suceso no pasó a más. Después de la película, cuando había metido esos vasos, me acerqué a Malena a decirle: “¿Y dejas que la recoja ella?”. Pero no lo oyó, se puso a chillar antes y yo tuve la culpa. Me dijo mi madre: “Vete a buscarle verdura a los conejos. Y cuando vengas, te daré otro trabajo”. Le quise responder que no hacía falta, que iba a hacer los mimbres. Pero no me oyó, seguía chillando: “Ya estás contestando. Que tienes 24 años”. Cuando entré vine a hacer los mimbres al fallado y por tres veces subió Malena. La primera escondí la libreta, después ya no y lo hacía con mala intención. Subió mi madre: la escondí. Ella dijo: “A ver si te limpias los pies al subir, que llenas las escaleras de tierra”. Instantáneamente contesté: “Pudo ser Malena, que subió tres veces”. “Pero ella no viene de afuera- afirmó. Víbora, que tenéis la lengua de víbora. Sobre todo tú”.

  Ayer, cuando llegó Quico por la tarde, me dijo que empezaban las reuniones en Sabarís. Fuimos los dos juntos y eso me animó. Nos separamos para la misa por Rosa en San Pedro. Él llegó, yo ya estaba preparado. Me pareció oír que se iba y yo había ido a buscar un pañuelo. No me fijé en que aún no debía de estar preparado. Le dije que había pensado que se había ido. “No sé si te haces el subnormal profundo”, pero sé que lo dijo en broma.

  También empiezo a dudar porque me dijo que ayer no vinieron las jornaleras porque no tenía dinero y fue una excusa decirles que no estaríamos en casa. Empiezo a dudar si no sería por la misa de Rosa. Ahora ya aprendí a pasar un poco de ella y todo me va mejor. Me gustaría, cuando empezase a chillar, ponerle ejemplos, incluso decírselos en el momento, pero siempre se me pasa la oportunidad. “Ahora vas a regar, me quedo yo en casa”. Bien, iré a regar, pero me parece que no hay nadie en la tierra que me impida dejar de escribir. Si es muy importante, incluso hay veces que no lo es, me meto en el baño a hacer del vientre. Si es importante, puedo llegar a fingir. Y si no, para ocupar el tiempo.   Y, al salir, si hay alguien en la puerta, guardo la libreta en el pantalón. Esta mañana, al marcharse Quico, me dijo: “Ahora vas a regar”. Yo me dije: “¿Qué hacemos?. Hace mucho que no regamos los tomates de abajo”. Pues vamos. Y los regué. Después unas dalias que había bajo la ventana de mi madre. Eso lo había dicho ella, pero ya que me quedaba de camino lo hice.

  Después subí y me dijo que me preparase a bajar para llenar antes la lechera. Fui a entrar al baño a hacer vientre y ella me dijo: “Nada de libretas”. ¡Bah!, sólo se supone. Muchas veces pienso que le es mejor pensar de esa forma. Y como tú lo piensas es lo mejor. Pues no. No tenía nada que escribir. Por eso no la bajé a Ramallosa.

  Quien me animó bastante en la Junquera fue aquella chica de la comisión. Me había sentado a escribir. Me preguntó: ¿Qué escribes?. Y se interesó cuando le respondí que un poema. Me dijo que le llevase algunos a La Junquera y ella me traería de su hermana que le gustaban mucho. También dijo que iba a poner mi nombre en ellos. También pasó Ricardo y me dijo que ya estaba escribiendo.

  Ahora quiero hablar de ti y no puedo. No sé qué es, se parece a una especie de barrera que me bloquea la mente. No sé si lo que quiere es alejarme de ti. Pero comprendo que no sabiendo, no le llego a dar respuesta a nada. Temo que mi respuesta sea un error. ¿Cómo voy a podérsela mostrar a nuestro alrededor, si en el fondo no tiene respuesta en sí?. ¿Cómo?. Sólo sé que quiero hablar de ti, contigo, decirte algo, y no puedo. No sé qué poder decirte aparte de lo que ya sabes.

  Es ese instante el que no me deja pensar, el que hace estar muda mi mente. Déjame salir de él. Sé que después voy a tener miles de palabras. Veo tan fácil todo, que me parece que también me hago en parte fácil como ella, sin tener mucho en cuenta la distancia de mis palabras. Y mojo todo lo que toco. Veo tan fácil la luz, el cielo, el paisaje, todo eso que me hace ver fácil nuestro alrededor y nuestra vida, para acabar sin saber por dónde concluir. Sólo hay una salida, y debo continuar mojando todo. Mojándolo… de muchas cosas, de muchas ideas: mojándolas tal vez sin razón. Hasta que llega el día de ver por qué la mojé. Y mojo todo cuanto he descubierto hasta ese momento.

  Cantando, en todos mis viajes quiero tenerte a mi lado. Canciones de amor, un día os quise, ¿sabéis?. No, no habéis pasado de mí. Y si es verdad que Chicha dijo un día de mí que yo era muy pesado, de ella lo creo, pues peor para ella, ¿no?. Menos los aguanto yo. Aunque me da pena que aquellas palabras no conozcan la realidad puras, si no me parece que serían muy buenas compañeras mías. Compañeras de toda la vida. Miro la luz y también quiero estar con ellas. No me importa lo que piensen quienes las pronuncien, para mí sólo están ellas a mi lado. Ellas mismas saben desembarazarse de todo el rencor que determina su origen. Quieren hacerse compañeras de la sonrisa. Todo ese malestar, ese tiempo perdido, y eso puede hacerle daño a quienes le sigan. Ellas mismas podrían estar satisfechas de todo lo conseguido hasta estos momentos. Cuando continúes, otra libertad les estará esperando.

  Hay algunos programas de televisión que sé que a mi madre le gustan. La verdad es que siempre que van a empezar me quedo intranquilo si ella no está allí para verlo. En el programa de José Luis Moreno cantaron la canción de No llores por mí Argentina. Recuerdo que antes me encantaba coleccionar canciones en una libreta: ésta también. Me gustaban sobre todo aquéllas que no rimaban, o sea, aquellas que no repetían mediante cuartetos y rimas, se hacían mimosas. Y ésta, cada vez que la cantaba, me hacía llorar. Hoy la oí y me dio pena haberla roto, a ver si intento recordarla. Me gustaba mucho antes jugar a la Eurovisión, por las noches, bajo las sábanas, las canciones que conocía. Aprendía a anotar las palabras por sus dos, tres, o incluso primera letra. Escribía más rápido. A veces. La aprendía de oír varias veces.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Los hice incómodo


porque sólo tenía una hoja, había una carta que no había terminado en toda la hoja, en las otras dos mitades dos poemas. Y creo que metí tres o cuatro más.

  Ahora por la mañana está lloviendo. Me acordé del toldo, habría que quitarlo, porque se estaba mojando, pero quise terminar de pasar los poemas. Hace un rato le pregunté a Quico, que estaba en la cama, aunque despierto, si me ayudaba a quitar el toldo y me dijo que no. Supongo que será mejor. Él tiene sueño y, además, oí la cisterna de la habitación de mis padres, aunque sólo está él en casa. Y si fue él quien se levantó, pues eso, ¿no?. No me podrá llamar inútil por no haberlo quitado.

  ¿Viste?. Ahora entré en la habitación y, al primer sitio donde miré fue a Quico que estaba sentado en la cama. Se ponía el traje de baño. Me quedo un rato mirando al bañador, porque pensé que se lo pondría sobre el calzoncillo, aunque no era así. Él me miró, y me preguntó: “¿Qué pasa?”. Yo le contesté esto que te dije a ti y él siguió: Ten cuidadito, José Ángel, ten cuidadito. Yo debía estar satisfecho, la mayoría de las cosas, menos papá, me las piden por favor y cuando me dicen algo, dicen mi nombre, pero, aunque puede que me lo digan con esa intención, sigo teniendo miedo y, así, no puedo estarlo.

  ¿Sabes qué es lo malo?. Nadie le da valor a lo que yo hago. Incluso la más pequeña molécula del mundo tiene un sentido, y yo sé que también hay una misión que comienza a partir de ella. Y la ilusión es lo que le moverá, algo que jamás debería abatirse; al contrario, darle alas. Todo debe tener un sentido, tal vez esté bien dado aquél que nosotros seamos capaz de darle. Veremos que la imaginación también tiene un sentido.

  Y así, enlazando y enlazando, aquí estamos ahora, como producto de todo un proceso. Y ese algo ha formado parte de nuestra vida alguna vez, algo nuestro que quiere desenvolverse en el aire que le vio crecer. Ese algo, con nosotros. Cualquier cosa puede ser el centro de la vida. Cualquier cosa puede edificar un paisaje. Ese secreto nos moverá a encontrarlo. Ahora, en esta época de fiestas, no me acuerdo mucho de hablar contigo. El domingo, cuando fui sal baile, lo pasé fenomenal. Y no fueron ellas. Con Rosi no bailé, al principio no sé con quién lo hice. Me parece que todo cambió al encontrar a Ana. Recuerdo que al principio no bailé porque no quise ser un pelma.

  Me encontré con esas dos chicas que decían: Yo soy Ana, yo soy Ana, y sólo querían reírse. Yo, sereno, les respondí: No, Ana está allí. Y se fueron. Espero no volvérmelas a encontrar. Lo pasé muy mal con ellas. Para lo único que hablan, es para decirme eso, cuando me las encuentro. Eso me animó a pedirle a ella. Y bailé. Después me dijo: Voy a enfadarme contigo. ¿Por qué?- le pregunté sonriendo. Bailas muy separado. Creo que ella debió notar que me puse rojo, porque ella también cambió un poquito. Yo le decía que me dijera cómo. Aquello me alegró muchísimo.     Bueno, sólo bailé una con ella así. Yo recordaba, no sé si fue con ellas al principio, que se acercó. Y a una chica más que me cogió por los hombros alrededor del cuello. Pero no bailaba así porque sentía que le iba a dañar a quien lo hiciese. Pero bueno, va a venir el próximo domingo.

  Y esa diferencia que late entre el tiempo, sólo quiero que la llenes tú. De esa forma me sentiré capaz de viajar sin caminos y de imaginar sin espacio, qué alegría al pensar que no habrá noches borrosas ni estancias interrumpidas. Me sentiré capaz de ver todo llano. Ya no habrá miedo, te iré a buscar y tú mismo verás que mi cambio ha sido tremendo. Tu sonrisa me dirá que debo volcarme en ti cada vez que esté a tu lado, y ella misma me dará cada día las fuerzas necesarias para quererte cada día un poco más.

  Después de bailar con Ana, bailé con cuatro o cinco desconocidas más. me parece que mucho de lo que me mueve tal vez a llevarme mal con Malena, es que cuando mi madre le dice algo porque hay una cosa que hizo mal, en vez de quedarse a escuchar, le sale por la tangente, y le distrae, en los gatos, cantando o, incluso, yéndose. Cada vez que lo veo, siento una especie de angustia dentro de mí y me pregunto si eso lo verá. ¿Qué le será más grato a ella?. Pero tampoco tienen respuesta. Yo puedo hacerlo, no me cuesta nada, pero no soy capaz. Y eso me parece que es lo que me revienta.

  ¿24 años?. ¿Quieres saber cómo se porta un chico de 24 años?. Prepárate. Siento que a mí me están envenenando. Terminó la película y fui hacia la cocina: Recoge lo que queda, me dijo Malena, yo ya recogí bastante. Estaba limpiando la cocina y eso me agrada. Quedaba el mantel y unos vasos. Cuando salí a la terraza, dijo mamá: “Ya recojo yo lo que queda”. Me parece que entré a la cocina ya envenenado.
  Antes de poner la mesa, yo me había puesto a terminar el cesto ovalado. Cuando mi madre me había dicho que tenía que terminarlo, me dije a mí mismo: ¿Cómo quieres que lo termine en el mismo día?. Siempre está mi padre diciendo: Ya se sacaba el tiempo. Ahora ponte a regar. O tú con los recados. Y no me digas que es que ayer estuve escribiendo, porque ésa no es razón. Necesitaba escribir, pero bueno, eso tú no lo entiendes. Y empecé a terminarla. Bastante tiempo después, le dijo Malena a mamá: Voy a poner yo sola la mesa. Un rato antes le había mandado a buscar aceite al sótano. Ella dijo: Vete tú, que me quedo terminando esto. Le contesté: ¿No puedes ir tú?, porque había desligado dos mimbres y temía que me rompiese. No sé qué dijo mi madre en ese momento, sólo sé que fui yo rabiando. Aquello me fastidió, creo que ahí comencé a sentirme envenenado.


martes, 20 de noviembre de 2012

El crujido de mis pisadas sobre la alcoba

El crujido de mis pisadas sobre la alcoba
me hacía pensar que no estaba solo: alguien
caminaba conmigo.

Y de repente le inventé un nombre
que se pareciese mucho a su caminar. Y le llamé “pum”.
como el tambor que sonaba continuamente
en mis oídos.

Entonces recordé otros espacios
que también pudieran ser suyos… y no me quedé conforme
con escucharlo.
Eran otros tiempos,
otros siglos. Pum era mi amigo.

Y cuando no pensaba en él buscaba un sonido
que se le pareciese…
Pero Pum era inalcanzable.

                                                                          -1990-


Por la mañana le felicité el cumpleaños

 y le dije que el regalo se lo traería por la tarde. Me dijo que no hacía falta pues sabía que no tenía dinero. Cuando terminé de grabar la cinta, a las dos menos algo, bajé a buscarle el regalo. No quería que me viese, así que dejé la bici en casa de Lourdes. Allí no había nadie afuera, así que me quedé más tranquilo, porque siempre temo el que empiece a hablar y no pare. Le compré el marco para una fotografía. Me lo enseñó Ángeles, pues yo no lo había visto. Ahora que van a hacer las fotos de la casa y las que le gustan a ella en un marco, me lo traje. Cuando llegó le pregunté si tenía una foto mediana, pero no supe decirle para qué y le dije para guardar yo. Después se la enseñé. Quico me dijo: “Entre los dos. Toma mi parte”, aunque sólo aparecieron cincuenta y eran cien más.

  Le gustó, me dio otro beso y dijo que le podíamos decir a mi padre, cuando llegase, que aquello había llegado en un paquete a su nombre, señalando a la chica que aparece en la foto, y preguntarle quién es. Me pareció bien, y así le animé a mamá. Cuando llegó yo le iba a decir que lo hiciese, pero cuando había subido todo, se enfadó conmigo, como suele hacerlo. Porque quise sacar los perros a la azotea. Ya los había sacado antes, pero no sé quién fue el que abrió la puerta. En aquel momento los intentaba volver a meter, pero a papá le molestó y me echó de allí. No fue eso lo que me dolió más, sino que eso enfadó a mi madre, y así expresó su molestia.
   Cuando pasó lo de Quico, fui a buscar en el armario pues había guardado en una libretita doscientas pesetas. El domingo, cuando Quico iba a salir, me pidió dinero, mamá también. Sé que quiso y no quiso, hubo un enredo y estaba convencido que no, por tanto él me las había cogido. Pensé mal de él y era mentira, pues se las había llevado el domingo. Lo bueno fue que no discutí con él, seguro de habérmelas cogido. Ahora voy a terminar el cesto.   Muchas veces recuerdo eso que me dijo Teresa: “por lo que ellos nos dan comida, etc”, pero cuando llega el momento, me quedo siempre intranquilo.
  Después de lo que pasó con mi padre, al volver a la cocina, me acordé de decírselo, pero no tuve ganas, no quería hacerlo. Ahora por la tarde se rompió la paz. Yo estaba en la cocina terminando la bandeja. Muchos mimbres quedaban demasiado pequeños. Cuando empezó a doblarlos recuerdo que los doblaba para ver cuánto tenía que meter. Yo no lo hice así. Esto se debe a que hubo alguien que aturdió una especie de ilusión que yo tenía. Creo que fue por de mojar el mimbre cada vez que quiera enredarlo. Ella dice que de tanto mojar se vuelve oscuro y, en cuanto a la madera, se dobla. La madera, sí lo he visto, pero el mimbre no; y no lo comprendo, porque si se moja debe secarse y volver al color natural. La bandeja, la hice con un cubilete de agua caliente y una esponja, como ella la empezó a hacer. Se rompían, aún en donde estaban secos y me di cuenta de que, si no lo hago de un tirón, si vuelvo atrás, se rompen. Quise dejarlo para más tarde, porque ya estaban muy dañados, o que lo terminase ella, así se lo dije, estaba en el baño. “No lo voy a hacer, no sé si le dije por ahora o no”.                        
  Se puso triste y me dijo: “Recoge arriba si no lo piensas tocar más”. No pude resistir eso, así que volví y le dije: “No es que no lo piense tocar más, lo dejo para más tarde”. La culpa fue mía, por cortar los mimbres algunos demasiado sin darme cuenta, pero me extrañó esa postura.


viernes, 9 de noviembre de 2012

Y ahora soledad



    Y ahora…
sledad. Soledad después del espacio y del silencio.
Soledad para encajar los golpes
que te ha dado el destino…
lentamente.
Y ahora soledad.
Ríos plateados corren por las profundas venas
que me limitan
y quisiera estar allí, con ellos, siendo río…
quisiera saber de dónde nacen,
de dónde.
Ríos de soledad y de vida… contigo,
sobre todo eso que me ha dado sentido
y ser.
Ríos de soledad y de tinta vertidos sobre un papel
envuelto en sombras
y engalanados del oro que relucía en las cumbres
cuando las tocaste al pasar.

Y ahora…
soledad. Descansa sobre tu lecho
en el pausado devenir de las horas…
como una forma de sentirte esencia
y alma. Después llegará ella…
mi dama, que habrá venido para no dejarme solo…
para hacerme sentir la vida.
Soledad después del ruido,
de la furia…
soledad después del espacio y el tiempo.
Han sido tantos los días apasionados, tantos…
los días
que esperaba ver que tu sueño
era un universo para mí.

Ahora…
soledad.
Y después la vida.

-2009-


Cogí el batón, a pesar que le molesta

  


Hoy por la mañana, me levanté, escribí a máquina y regué. Ya en casa me preguntaron si había comido una magdalena. Quedaba una y alguien la comió. Yo no voy por ahí. Cogí aquellas dos peras para mamá y Nacho al llegar a casa, sin preguntar, se comió una. Ayer sí que comí una y lo hice a escondidas, pero era de un plato donde había seis. A mí a veces también me gusta hacerlo, pero siempre me queda.

  Avellanas, hay un bote grande; chocolate de leche, mamá no toma; manzanas de la huerta, mantequilla, un bocadillo por la tarde si queda o, hace unos días fue por la mañana, pero quedaba. Esta mañana se enfadó mi madre porque ayer quedaba un bote lleno y un poco de otro. Y hoy, cuando quiso ir a buscarlo, sólo quedaba el medio vacío. La magdalena, bien pudo ser Doc ayer: en la cena aquélla lo pillamos comiendo los chorizos, aunque estaban atrás del todo en la baldosa. Pero no tengo fuerzas para decírselo. Yo le dije que no había sido y que a mí también me gustaría encontrar al culpable. Quico, esta mañana, a esa pregunta contestó: cosa tiene que estar (pensé que a mí no me iba a nombrar, pues creo que me conoce que yo no voy por ahí) entre Nacho, Malena y José Ángel (a mí me nombró el primero).

  Bueno, bien. Tú crees que es algo que comenzó a partir de ahora. No, es algo que ya lleva toda su historia cumplida. ¿Por qué no te preguntas por qué ayer forjé en mi imaginación que te referías a mí?. ¿Crees que a mí me gusta?. No, ahora no quiero que me conozcas. Cuando le dije que lo de las magdalenas no había sido, tú me dijiste que no te referías a mí. ¿Viste?. Eso es lo malo. Yo ahora no voy a decirle que a mí me eduques de una manera distinta. Y por compadecerme tantas veces.

  Si, lo hice por ti, todo lo hago por ti. Y tú me dices que no se parecen en nada unas peras a unas magdalenas. Ahora me doy cuenta que no merece hacer nada por ti. ¡Cuánta razón tenía don José Carvajal. Yo quería apurar lo de los poemas porque sentí que tú querías verlos pronto porque habías sentido que, a partir de ellos, llegarías a conocerme mejor. ¡Qué equivocado estaba!. Me das pena. ¡Porque yo veo una relación tan clara…!

  Creo que lo malo es eso, que yo lo veo. Y tú me parece que lo quieres ver, pero en el fondo prefieres pensar lo contrario. Bueno, está bien (Ahora vino Malena a vaciar el cubo, pero como ella es tonta, le pude engañar haciéndole creer que andaba buscando. Ahora voy a dejarte, pues temo que venga quien falta). Me dijiste que subiera rápido porque se cortaba la leche, sólo para tenerme más vigilado, ¿no?. Entonces ya cambian las cosas. Siempre me dices que cuando mueras no se me ocurra llevarte flores al cementerio. No sé cómo será la vida cuando ocurra eso, pero ahora siento que ni tú ni nadie me lo podrá impedir por la vida que me conseguiste.

  No es que sea mío solo, como aquello. Pero me gusta poder sentirme como la voz de todo un pueblo, la voz que nunca podrá callarse. Vosotros vais a ser mis testigos. Mi pequeño grupo preferido, para realizar mis pensamientos.

  Ahora estaba haciendo una bandejita redonda y empezó a ladrar Blas. Me enfadé, salí y le quise pegar, pero se me escapó, así que le lancé una piedra, pero no a lo bruto, sino como si quisiese dársela aunque desde lejos, y tuve tan mala pata que le di en la cabeza. Salió Malena gritando, y yo le decía que no había sido. Pero entonces sí me dio pena de mí mismo. Lo de esta mañana fue porque bajé a Ramallosa a buscar la leche y el pan, y me habían vendido un cesto. Yo entré en la tienda enfadado por lo de mi madre y sólo estaba Carlos. No tenía intención de saludar y supongo que él también debería estar molesto, aunque se lo dijera más tarde; cuando cogí la leche, me dijo: “Se dice hola”, o algo así. Yo le respondí: “Hola. Pensé que estabas enfadado”.

  Al llegar a casa y darle el dinero, un rato después me preguntó: ¿te dijeron algo?. Y se lo conté. Pero lo hice mal, porque empezó a chillar: “Al entrar siempre se saluda. Igual que a las personas mayores siempre se les trata de usted. Aquel día, en Tuy, no debiste llamar as la hermana Reparadora por “tú”. Tú no tienes nada que ver con lo que me pasó a mí. Los días que vaya y haya mucha gente, pues me pondré a despachar. Y mañana puedo volver. “Pero todo esto con muchas más palabras. Yo me sentí muy abatido. Le mezclé a lo de la discusión por la magdalena. “Yo eso no lo digo por ti sino que se lo dije a todos. Además, no sé en qué se parecen unas peras a unas magdalenas. Ahora estoy yo en casa y vas a salir a regar esas dalias”. Sin embargo ahora por la tarde estaba en la mesa de la cocina preparando un cesto y, al pasar Quico porque iba a salir, me dio una palmadita en la espalda de ánimo. Casi por la noche, me dijo si quería ir con él a la fiesta de Camos, iba Eladio. Como dijo Eladio, hoy es más bien cuando comienzan: Camos, Donas, etc, hoy son en Donas. No hablé con nadie allí, pero yo pensaba más bien en las de hoy cuando me enteré que eran las de Donas. Escribí varios poemas. Y me sentía mejor por saber que no estaba en casa. Me siento extraño esta mañana. Es algo que me parece que no estoy aquí en estos momentos. No me duele nada, pero tampoco pienso en nada. Voy a escribirlos.


    Cogí el batón, a pesar de que le molesta, porque era más rápido. Entré en la cocina. Mamá estaba llorando. Mi padre, enfadado. “¿No comes?” le preguntaron varias veces. “Ahora tomo un poco”. Quico comió y yo no quería enfadarle también, iban a comer todos. Varias veces me detuve un rato, porque mamá no comía. “Me sigues dominando”, me repetía. Pero también pensaba que lo que quería era guardarse. Para el chocolate. Y seguí comiendo.

  No tenía intención de comer. Lo cierto es que no me fijé para los demás, porque Mariora dijo que no había comido. Al final, ellos marcharon y quedamos Mariora, Quico y yo. Ella dijo: “No debimos comer nada”. En mí también resonó esa pregunta, pero no sabía de qué iba la riña.
 Hoy por la mañana, me levanté, escribí a máquina y regué. Ya en casa me preguntaron si había comido una magdalena. Quedaba una y alguien la comió. Yo no voy por ahí. Cogí aquellas dos peras para mamá y Nacho al llegar a casa, sin preguntar, se comió una. Ayer sí que comí una y lo hice a escondidas, pero era de un plato donde había seis. A mí a veces también me gusta hacerlo, pero siempre me queda.

  Avellanas, hay un bote grande; chocolate de leche, mamá no toma; manzanas de la huerta, mantequilla, un bocadillo por la tarde si queda o, hace unos días fue por la mañana, pero quedaba. Esta mañana se enfadó mi madre porque ayer quedaba un bote lleno y un poco de otro. Y hoy, cuando quiso ir a buscarlo, sólo quedaba el medio vacío. La magdalena, bien pudo ser Doc ayer: en la cena aquélla lo pillamos comiendo los chorizos, aunque estaban atrás del todo en la baldosa. Pero no tengo fuerzas para decírselo. Yo le dije que no había sido y que a mí también me gustaría encontrar al culpable. Quico, esta mañana, a esa pregunta contestó: cosa tiene que estar (pensé que a mí no me iba a nombrar, pues creo que me conoce que yo no voy por ahí) entre Nacho, Malena y José Ángel (a mí me nombró el primero).

 Bueno, bien. Tú crees que es algo que comenzó a partir de ahora. No, es algo que ya lleva toda su historia cumplida. ¿Por qué no te preguntas por qué ayer forjé en mi imaginación que te referías a mí?. ¿Crees que a mí me gusta?. No, ahora no quiero que me conozcas. Cuando le dije que lo de las magdalenas no había sido, tú me dijiste que no te referías a mí. ¿Viste?. Eso es lo malo. Yo ahora no voy a decirle que a mí me eduques de una manera distinta. Y por compadecerme tantas veces.

  Si, lo hice por ti, todo lo hago por ti. Y tú me dices que no se parecen en nada unas peras a unas magdalenas. Ahora me doy cuenta que no merece hacer nada por ti. ¡Cuánta razón tenía don José Carvajal. Yo quería apurar lo de los poemas porque sentí que tú querías verlos pronto porque habías sentido que, a partir de ellos, llegarías a conocerme mejor. ¡Qué equivocado estaba!. Me das pena. ¡Porque yo veo una relación tan clara…!

  Creo que lo malo es eso, que yo lo veo. Y tú me parece que lo quieres ver, pero en el fondo prefieres pensar lo contrario. Bueno, está bien (Ahora vino Malena a vaciar el cubo, pero como ella es tonta, le pude engañar haciéndole creer que andaba buscando. Ahora voy a dejarte, pues temo que venga quien falta). Me dijiste que subiera rápido porque se cortaba la leche, sólo para tenerme más vigilado, ¿no?. Entonces ya cambian las cosas. Siempre me dices que cuando mueras no se me ocurra llevarte flores al cementerio. No sé cómo será la vida cuando ocurra eso, pero ahora siento que ni tú ni nadie me lo podrá impedir por la vida que me conseguiste.

  No es que sea mío solo, como aquello. Pero me gusta poder sentirme como la voz de todo un pueblo, la voz que nunca podrá callarse. Vosotros vais a ser mis testigos. Mi pequeño grupo preferido, para realizar mis pensamientos.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Por la mañana le felicité el cumpleaños

y le dije que el regalo se lo traería por la tarde. Me contestó que no hacía falta pues sabía que no tenía dinero. Cuando terminé de grabar la cinta, a las dos menos algo, bajé a buscarle el regalo. No quería que me viese, así que dejé la bici en casa de Lourdes. Allí no había nadie afuera, así que me quedé más tranquilo, porque siempre temo el que empiece a hablar y no pare. Le compré el marco para una fotografía. Me lo enseñó Ángeles, pues yo no lo había visto. Ahora que van a hacer las fotos de la casa y las que le gustan  a ella en un marco: me lo traje. Cuando llegó le pregunté si tenía una foto mediana, pero no supe decirle para qué y le respondí que para guardar yo. Después se la enseñé. Quico me dijo: “Entre los dos. Toma mi parte”, aunque sólo aparecieron cincuenta y eran cien más.

  Le gustó, me dio otro beso y dijo que le podíamos decir a mi padre, cuando llegase, que aquello había llegado en un paquete a sui nombre, señalando a la chica que aparecía en la foto, y preguntarle quién es. Me pareció bien, y así le animé a mamá. Cuando llegó él, yo le iba a decir que lo hiciese, pero cuando había subido todo, se enfadó conmigo, como suele hacerlo. Porque quise sacar los perros a la azotea.

  Ya los había sacado antes, pero no sé quién fue el que abrió la puerta. Yo los intentaba volver a meter, pero a él le molestó y me echó de allí. No fue eso lo que me dolió más, pues eso enfadó a mi madre, y así expresó su molestia. Cuando pasó lo de Quico, fui a buscar en el armario pues había guardado en una libretita doscientas pesetas.

  El domingo, cuando Quico iba a salir, me pidió dinero, mamá también. Sé que quiso y no quiso, hubo un enredo y estaba convencido que no, por tanto él me las había cogido. Pensé mal de él y era mentira, pues se las había llevado el domingo. Lo bueno es que no discutí con él, seguro de habérmelas cogido. Ahora voy a terminar el cesto.

  Muchas veces recuerdo eso que me dijo Teresa: “por lo que ellos nos dan comida, etc”, pero cuando llega el momento, me quedo siempre intranquilo. Después de lo que pasó con mi padre, al volver a la cocina me acordé de decírselo pero no tenía ganas: no quería hacerlo.

  Ahora por la tarde se rompió la paz. Yo estaba en la cocina terminando la bandeja. Muchos mimbres quedaban demasiado pequeños. Cuando ella empezó a doblarlos recuerdo que los doblaba para ver cuánto tenía que meter. Pero no lo hice así. Esto se debe a que hubo alguien que aturdió una especie de ilusión. Creo que es lo de mojar el mimbre cada vez que quiera enredarlo. Me dice que de tanto mojar se vuelve oscuro y, en cuanto a la madera, se dobla. La madera, sí lo he visto, pero el mimbre no y no lo comprendo, porque si se moja debe secarse y volver al color natural. La bandeja, la hice con un cubilete de agua caliente y una esponja, como me la empezó a hacer. Se rompían, aún en donde estaban secos y me di cuenta de que, si no lo hago de un tirón, si vuelvo atrás, se rompen. Quise dejarlo para más tarde, porque ya estaban muy dañados, o que lo terminase mamá y así se lo dije, pero estaba en el baño. “No lo voy a hacer, no sé si le dije por ahora o no”.                        

  Se puso triste y me dijo: “Recoge arriba si no lo piensas tocar más”. No pude resistir eso, así que volví y le dije: “No es que no lo piense tocar más, lo dejo para más tarde”. La culpa fue mía, por cortar los mimbres algunos demasiado sin darme cuenta, pero me extrañó esa postura.

  Ayer, cuando llegó del pueblo, un poco más tarde, dijo que había dejado la tienda. Me afectó más en un principio, porque significa no grabar tanto, pero pronto me recuperé porque puedo, aunque no tanto, además, puedo ir a casa de José a hacerlo. Lo que más me afectó fue por la tarde, cuando ya estaba sentado a la mesa para festejarlo. Había ido a bañarme con agua fría.

  Empezaron a oír unos chillidos entre mi madre y mi padre, con lo peor para ella, que siempre es la más débil. Llegaron a la puerta del baño, giraron la manivela y, como si estuviera cerrado, pegaron dos golpes a mano abierta, supongo que sería mi padre. Me levanté diciendo: Pero si yo me había decidido a dejarla abierta. ¿Cómo decirle “Pero estaba abierta”?. Después llegó Malena diciendo: “A la mesa”. Me sequé y salí.